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entrevista
"En un momento logramos el
sueño, la fantasía de uno, que era convertirse en una cosa como
Spielberg y hacer una película por año"
Alfredo J. Anzola, el realizador venezolano que más películas ha dedicado a
promover el cooperativismo en el país, con filmes como A medio y de los
trabajadores y El hombre invisible, más 44 documentales
realizados para Foncofin, entre otros, cumple en noviembre 30 años como empresario, al
frente de la sociedad anónima Cine Seis Ocho. En esa firma, que ha hecho 23
cortometrajes para la Fundación Polar entre 1997 y 2004, entre otros
trabajos institucionales, ha querido mantener vivo el espíritu
cooperativista en general, y en particular el de la asociación que la
precedió: PPK Cine. Entre las modalidades que ha ensayado para ello está la
constitución de asociaciones de cuentas por participación, en las que cada
persona que aporta trabajo a la realización de un filme se convierte en
propietaria de una parte de la película, y de las ganancias que pueda llegar
a producir.
Vértigo conversó con Alfredo J. Anzola acerca de
las tres décadas que ha cumplido intentando hacer del cine una experiencia
de economía solidaria. A lo largo de ese tiempo Anzola también participó en la realización largometrajes de ficción que han llegado a
ocupar un lugar destacado en la historia del cine venezolano, como Coctel
de camarones en el Día de la Secretaria (1984), Pequeña revancha
-dirigida por Olegario Barrera- (1985) y De cómo Anita Camacho quiso levantarse
a Marino Méndez (1986), y su producción ha continuado hasta tiempos
recientes con 1888, el extraordinario viaje de la Santa Isabel
(2005). Alguien que tiene más de 30 años haciendo cine en Venezuela debe
tener algo que contar sobre cuál ha sido la fórmula para haber podido
lograrlo en medio de
tantas dificultades. También sobre cómo a comienzos de
los ochenta la continuidad de la obra de los directores de largometrajes de
ficción venezolanos llegó a parecer una utopía posible de alcanzar, y sobre
las problemáticas fronteras entre el cine de autor y el cine "de encargo".
—Cuénteme un poco sobre la historia de Seis Ocho.
—Nosotros teníamos PPK Cine, Juan Santana, Fernando Toro, Mario Nazoa,
Andrés Agusti, Jorge Gerardi y yo. Un día nos divorciamos, con gran
dolor, y yo decidí inventar Cine Seis Ocho, que vino a ser un poco la
continuación, a pesar de que no era con ellos. Yo me quedé solo, pero
solo entre comillas, porque seguí con otra de las personas que estaba
con nosotros: Olegario Barrera. A pesar de que no éramos socios en Cine
Seis Ocho, éramos compañeros y estuvimos muchos años juntos. Hicimos
Pequeña revancha, Se solicita muchacha, Coctel de
camarones y Anita Camacho juntos. En un momento logramos el
sueño, la fantasía de uno, que era convertirnos en una cosa como
Spielberg y hacer una película todos los años. Cine Seis Ocho hizo
varias películas pero fue muy difícil tener continuidad. En esa época
hicimos tres con un solo crédito, el de Coctel de camarones.
Hicimos Coctel de camarones, Anita Camacho y Pequeña
revancha. En lo que iba entrando plata la íbamos usando otra vez.
Eso nunca le pareció bueno a Foncine. Les parecía que era saltarse las
costumbres. La costumbre era gastarse los reales y pedir más real.
¿Sabes por qué se acabó PPK? Entre otras cosas, porque nosotros éramos
un grupo de autores y técnicos, y todos queríamos hacer películas.
Hicimos una y, cuando dijimos que queríamos hacer otra, nos dijeron que
no: “El año pasado ya les dimos dinero para una”. Entonces, claro, si
nos manteníamos como grupo, ese grupo de siete personas iba a hacer una
sola película, en vez de poder optar a hacer siete películas.
—PPK
fue creada con un espíritu cooperativo. ¿Qué de ese espíritu pasó a Seis
Ocho?
—Luis
Delgado, que yo creo que es la mayor autoridad en cooperativismo en el
país, dice que esta es la propia empresa de economía solidaria,
cooperativista, a pesar de que es una sociedad anónima. Yo nunca lo he
logrado entender, y necesito que él me lo explique, pero creo que es,
básicamente, porque nos asociamos para el trabajo. Aquí no hay
empleados, ninguno de nosotros tiene sueldo. Cuando tenemos trabajo,
trabajamos juntos como se trabaja en el cine, free lance. Pero claro,
cuando la cosa se pone apretada, la gente tiene que ponerse a buscar
trabajo en otros lados.
—¿El
cooperativismo es más un espíritu que una forma legal de constituir las
empresas, o hay un poco de las dos cosas?
—La
compañía, en el papel, es una sociedad anónima. Pero las películas las
hemos hecho siempre con una forma de asociación que nosotros descubrimos
en el código mercantil o qué se yo, y que se llama asociación de cuentas
en participación. En casos como Manuel y Pequeña revancha,
donde nos asociamos ciento por ciento, cada quien aportó el valor de su
trabajo, y si ese trabajo representa 1% del costo de película, es dueño
de 1% de la película. Eso nos fue dando buenos resultados, y además nos
ha dado una gran confianza, porque nunca hemos fallado en las
reparticiones, cuando se han podido hacer. Y cuando no se ha podido
hacer, nos hemos calado juntos la pérdida de la inversión, porque
siempre hemos disfrutado las películas. Pero Cine Seis Ocho es también
una compañía que produce películas, que nos contratan. Yo la hice para
que pudiéramos seguir juntos, haciendo películas, pero lamentablemente
no se pudo, porque necesitábamos los reales. Para que una compañía
produzca más tiene que crecer, y para crecer hace falta otro espíritu
ante el trabajo. Una de las cosas locas es que nosotros hemos hecho las
películas que nos interesan. Yo siempre he dicho: “¿Tú quieres que te
haga una película sobre eso? Entonces, déjame hacerla. Si me vas a decir
cómo la tengo que hacer, entonces la hacer tú”. Hemos hecho muchas
películas contratadas pero de las cuales yo estoy muy orgulloso,
contento.
—¿Los
clientes entienden eso?
—No
todos.
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| Alfredo J. Anzola y Olegario Barrera) |
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—¿Ha
logrado que la Fundación Polar le diga: “Alfredo Anzola, haga su
película”?
—Las
películas que hemos hecho con la Fundación Polar han sido unas películas
interesantísimas, porque son los proyectos sociales de la fundación. No
son vehículos de propaganda sino son películas de análisis. Esos son los
documentales que uno quisiera hacer. El sueño del cine urgente, del cine
imperfecto y todo eso, que era que uno hacía un cine insertado en el
proceso social, curiosamente terminó haciéndose, muchos años después,
contratado por la Fundación Polar. Hemos hecho unas películas sobre sus
proyectos sociales extremadamente críticas, duras, que cuando las ven
todo el mundo se pone bravo conmigo. “¿Es que ese proyecto está malo?”.
“No, son las cosas que están malas para que las veamos”. Con Foncofin
hicimos 44 películas sobre cooperativismo que también fueron hechas con
absoluta libertad. Luis Delgado, que era el presidente de Foncofin, me
preguntó: “¿Cómo se te ocurre a ti que podríamos mostrar qué es el
cooperativismo?” Y yo le dije: “Vamos a buscar cooperativas que sean
realmente solidarias y exitosas”. Eso pasó en la cuarta república, hace
tiempo, no ahora, cuando hay moda cooperativista desatada. Hicimos 44
películas que todavía hoy se utilizan en el Ince y en la
Superintendencia de Cooperativas para los cursos de cooperativismo. Si
una experiencia no reunía esas características, no la hacíamos. Les
decíamos “Esta no va”, y más de una vez tuvimos encontronazos por eso,
pero para bien.
—Entonces uno puede hacer el cine que uno quiere, haciendo cine de
encargo.
—Ese
es un error fatal, por ideas fijas y por prejuicios. Qué maravilla que
venga alguien y te encargue hacer una película. Hace muchos años, cuando
se hicieron las famosas películas del Inciba, contrataron a una serie de
cineastas. Fue cuando yo hice El beisbol. Muchas de las películas
terminaron pareciéndose a eso que llaman “cine institucional” y no sé
qué cosa, porque a la gente se le trancó el serrucho. Como es de
encargo, yo tengo que hacer lo que ellos quieren que yo diga, pensaron.
Pero yo creo que eso no es verdad. Claro, eso no vale para las cuñas.
Por eso es que a mí no se me ha dado muy bien eso. Ni los publicistas me
quieren mucho a mí, ni yo los quiero mucho a ellos.
—¿Cómo fue que usted comenzó a interesarse por el cooperativismo?
—Mi
historia política y social tiene que ver con mi formación. A mí me
educaron los jesuitas, y en un momento estuve en contacto con un
personaje muy particular que fue Manuel Aguirre, que fomentó y organizó
mucho el sindicalismo en Venezuela, y que predicaba la doctrina social
de la Iglesia. Yo creo que por ahí me acerqué a esa opción, que me
pareció interesante, no por una razón religiosa, sino porque me parecía
que era una cosa socialmente importante, y me sigue pareciéndolo, a
pesar de este boom loco de cooperativas que hay ahora. Porque, antes,
una cooperativa quería decir una cosa; ahora quiere decir llenar unos
papeles para que les den trabajo con el gobierno. Aquello otro es que
unas personas, que tienen una necesidad común, se juntan para
resolverla. Es como cuando hacemos una película. Todos queremos hacerla
y qué tenemos: nuestro trabajo. Entonces, vamos a juntarlo. Esa es una
posibilidad. La gente se junta y tenemos algo más que trabajo: tenemos
dinero, etcétera. El cooperativismo creo que es la propia actividad
económica solidaria. Si uno quisiera seguir las modas de ahora, sería la
propia actividad socialista. Creo, además, que es perfectamente lícito
que produzca beneficios, que produzca mejoría de la vida de las personas
que se asocian. Por eso siempre lo he promovido. Y es algo muy
complicado, porque es como casarse. Antes tenías que casarte con siete,
ahora te puedes casar con cinco. Imagínate: si casarse con una persona
es una catástrofe, casarse con cinco es una hecatombe. A mí siempre me
interesó el tema, y de ahí salieron El hombre invisible y A
medio y de los trabajadores, películas que eran sobre
cooperativismo. Yo siempre he hecho películas porque me gusta, pero
siento que quiero también, bueno, cambiar el mundo. Es como una
obligación, una necesidad. Yo no creo que las películas vayan a cambiar
el mundo, pero sí ayudan. Entonces, por qué despreciar la cosa. Son una
manera de transmitir conocimiento, ilusiones, sueños, posibilidades,
alternativas...
—¿Por
qué cree usted que ha durado Cine Seis Ocho?
—El
título del libro aquel de Adriano González León, que se llama País
portátil, es una genialidad. Sólo el título es maravilloso porque
cuenta cómo es la cosa. ¿Por qué ha durado? No sé. Quizás por tozudez.
Por tozudez mía y de toda la gente que nos ha acompañado. Por eso es que
digo que es una empresa solidaria, porque ha durado por lo que ha
significado para todos.
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Rodaje de 1888, el extraordinario viaje de la Santa
Isabel |
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—¿Cómo fue ese proceso que les permitió hacer una película detrás de
otra a finales de los setenta?
—En
ese momento, Coctel de camarones produjo algo y, por una mezcla
de circunstancias, todos pudimos hacer ese esfuerzo, porque habíamos
trabajado en otras cosas o tenían otro trabajo. Había personas que
trabajaban y, para hacer Pequeña revancha, pidieron vacaciones en
su trabajo. Pero mal que bien era un esfuerzo que no podía ser
sostenido, porque se necesitaba plata para vivir, para llevar a la casa,
para los muchachos. Ese era el problema: no era lo suficientemente
productivo. Por eso produjimos tres películas y listo. No sólo de pan
vive el hombre, pero tampoco podemos vivir de otras cosas eternamente.
Tampoco las estructuras de financiamiento nos facilitaban la cosa. Son
muchas cosas. Uno podría decir, y estoy de acuerdo en eso con nuestro
Presidente, que la sociedad es una estructura que no está construida
sobre la solidaridad sino de la acumulación de ganancias, de unos
esquemas con los cuales no se acomodaba bien el proceso que nosotros
estábamos llevando. No tuvimos la sabiduría, y más que nada financiera,
no cinematográfica ni humana, para saber cómo se podía mantener ese
proceso andando. Pero no me quejo. Te lo cuento porque tú me lo
preguntas. No me lamento: así pasó, y así lo vivimos y lo disfrutamos. Y
las películas están, y están vivas.
—¿Eso
podría repetirse en el presente?
—Yo
no sé si tenga la energía, pero puede que haya gente que la tenga. Sería
muy maravilloso que eso pasara, y pasara más veces. Lo que pasa es que
ahora se está produciendo un esquema muy raro, con la Villa del Cine.
Ahora resulta que la Villa del Cine es una productora como Hollywood. Al
cineasta independiente ahora sí se le pone difícil la cosa. Siempre
habíamos sido cineastas independientes, pero éramos independientes de
nadie. Ahora no. Ahora hay una estructura grande para hacer películas.
Entonces, ¿qué pasa? A la película de cuatro lochas se le pone más
cuesta arriba la cosa, porque hay una producción nacional que no es
cuatro lochas. No lo critico. Está bien. Qué bueno que haya mucho. Pero
ahora sí que es reducido el espacio para esas películas solidarias, que
un poco de socios nos poníamos a hacer juntos. Pero hay también un
momento que es superimportante: la democratización tecnológica, que es
impresionante. Cualquier hijo de vecina que le pueda poner la mano a la
cámara, y tenga una buena historia y una computadora, puede hacer una
película, puede hacer un largometraje. Eso quiere decir que vamos a ver
infinitos largometrajes malísimos, pero también van a venir
interesantísimas películas.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |