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entrevista
"La
gente dice que se matan, que es violento, que no se quieren, que se
odian. Eso es mentira"
Se estrenó en la Cinemateca Nacional el corto documental
Aquí empezó todo, realizado por internos del pabellón 5 la cárcel de
Yare I que participaron en un taller de cine popular del cineclub Waleker.
Trabajos como este se han hecho en otros países, y entre ellos destaca El
preso de la reja de hierro (O prisoneiro da grade de ferro,
2003), realizado por reclusos en el desaparecido penal de Carandirú, a quien
el director, Paulo Nascimento, dio cámaras para que se hicieran
autorretratos en video. La película venezolana no tiene nada que envidiarle
al largometraje brasileño, salvo por algunos detalles técnicos que
impidieron, por ejemplo, usar sonido directo. Más allá de su importancia
como documento de la vida cotidiana de los presos en una de las cárceles más
peligrosas del país, es una cinta que el público puede ver y disfrutar como
cine.Aunque se trata de una realización
colectiva, Aquí empezó todo está basada en un relato en primera
persona del preso Domingo Marrero, escrito en forma de diario y leído por
Alberto Alvarado, uno de los integrantes del cineclub. Además de revelar
detalles poco conocidos de la realidad en el interior de las prisiones, que
contrastan con el estereotipo infernal que difunden los medios informativos
sin dejar de dar cuenta de la violencia, la película destaca por el
desparpajo y el humor con el que Marrero describe a sus compañeros, los
“locosos” que viven en la “casa de Dios”, como llama al pabellón por estar
reunidos en él los fieles de una iglesia evangélica. Éste es, por ejemplo,
el retrato que hace de un interno conocido como “Moe”: “Triple personalidad,
demencia, impulsos homosexuales constantes. Vive pensando en una faena de
masturbación, fornicación, sexo anal, totalmente poseído. Su lado bueno hay
que buscarlo con lupa, porque no es muy evidente. El único lado bueno que
tiene es que es mi amigo”. Con el mismo espíritu relata el hallazgo de un
cadáver –“he visto tantos muertos que ya parezco forense”– y los disparos de
la Guardia Nacional, a la que llama la “orquesta sinfónica guardia”. Pero
también deja traslucir la tristeza que permanentemente acompaña de los
reclusos, y los problemas personales que no dejan de acosarlos cuando están
tras las rejas. “Parece que la mujer que parecía que era mi mujer está con
otro, y ella me está viendo la cara de pendejo”, dice, en confesión de sus
cuitas amorosas. “Que Dios los bendiga, y jódanse todos los que odian a los
demás”, son las palabras con que termina su relación del diario acontecer en
la cárcel, que dura 12 minutos. Vértigo entrevistó a Livia Montes, fundadora del cineclub Waleker, y coproductora y
camarógrafa de Aquí empezó todo, sobre la película y el taller de
cine popular que dictó en Yare I. También sobre su trabajo cultural en las
cárceles, que comenzó en el demolido Retén de Catia, en 1994, y que
continuará con una película de los presos de Yare sobre uno de sus ídolos:
el cantor de “Las tumbas”, Ismael Rivera.
—¿Cómo fue que comenzó su trabajo con los presos en el Retén de Catia,
en 1994?
—Yo
pertenecía al movimiento popular cineclubista de aquella época. Me mudé
para Catia y allí, en Lomas de Urdaneta, fundé el cineclub Waleker, que
es una palabra wayuu y una leyenda que habla de los tejidos. Proyectaba
en la comunidad y trabajaba con niños, en las plazas y en los parques, y
un vecino me invitó al Retén de Catia a pasar una película. Recuerdo que
me dijo: “Para que le hagas una proyección a los muchachos”. Yo nunca
había ido. Nunca pensé que iba a tocar un lugar como ese y esa realidad,
que era de mucha violencia y de mucha necesidad, porque no había nada.
Me di cuenta de que un proyector de 16 mm era un salvoconducto: podía
subir y todo el mundo me llamaba, todo el mundo quería. Las películas
las sacaba de la Dirección de Cine del Conac. Estaba afiliada y ellos me
las prestaban. Así empecé el trabajo, hasta que me estabilicé en un
pabellón que era sumamente violento. Ahí había muertos todas las
semanas. En ese pabellón muy violento, del que todo el mundo hablaba y
le tenían miedo, ahí me quedé yo.
—¿Por qué decidió trabajar en ese pabellón?
—Porque el que me acompañaba, que primero era un vigilante y después,
como no me podían acompañar siempre, fue un interno, me dijo que esos
muchachos eran muy maltratados por los problemas que tenían, pero que no
eran malos. Me convenció de que podía trabajar ahí y me quedé. Tuve
receptividad. Ellos me escucharon, les gustó la idea de que fuera un día
a la semana y así fuimos, sin saber y sin querer, haciendo un proyecto.
Se unieron otros compañeros más, Juan Sanoja, Ricardo Guerrero,
decimista y cineclubista, y Ángel Palacios. Me acuerdo que estaba recién
llegado de Cuba y se fue con una cámara para allá a dar un taller de
video. Pienso que Aquí empezó todo es una semilla que dejó Ángel
sembrada en nosotros y que germinó ahora, después de varios años, en
Yare.
—¿Cómo fue su traslado a Yare?
—Ya
había estado trabajando en varias cárceles. Cada año escojo una para
trabajar. Yare siempre lo tenía en mente porque sabía que era muy
peligrosa y muy necesitada también. Era como conquistarla. La Casa de
las Letras Andrés Bello, porque también soy promotora de creación
literaria, me dio la oportunidad, el transporte para que fuera. Entonces
me metí con los talleres de creación, un trabajo de hormiguita. Había
poca participación y es muy difícil, porque la población está totalmente
dividida. Los que viven en un área no pueden pasar para otra, y nunca se
puede unir gente todos los grupos para tener un buen grupo de trabajo.
Son grupos muy reducidos. Además, la población, al no conocerte, no se
te acerca. Bueno, es cuesta arriba. Pero mi constancia permaneció desde
que entré. Ingresé en 2006 y ese año estuve con los talleres de
creación, y al otro año dije que también le iba a meter al cine, porque
ya me conocían un poco más y me estaban llamando. Allá la población se
muda mucho y ellos de a donde se mudaban me llamaban, porque me
conocían. “Trabaje aquí”, me decían, y me hacían la apertura. Así
introduje el cineclub.
—¿Cómo fue el taller y el proceso de realización de la película?
—Después que hice la difusión por un año, me dije: “Ahora voy con los
talleres de realización de video popular”.
—¿A qué se refiere con “video popular”?
—Nosotros somos cineclubistas, no somos cineastas, y tenemos
conocimientos elementales de la realización de videos. Quisimos
transmitirles eso a los muchachos también: que con pocos recursos podían
hacer algo con contenido. Yo siempre les digo que lo importante es el
contenido que lleve el trabajo que se haga.
—¿Cómo hizo para meter la cámara en el penal?
—Le
pasé la carta al Ministerio de Justicia, con una carta anexa en la que
el CNAC me avalaba. No me dieron respuesta, pero por mi trabajo, la
directora que estaba en ese momento, que tenía muchas referencias de mí,
me dio esa confianza y permitió que la cámara entrara en el penal. Me
costó mucho el permiso, porque por esos meses mataron a unos muchachos,
a los que les cortaron la cabeza, y salió por Internet. Eso afectaba la
posibilidad de que yo pudiera meter una cámara, hasta que por fin llegó
el día en que dije “esta es nuestra oportunidad”, y con Alberto
Alvarado, que es un miembro del cineclub muy joven y que tiene muchas
inquietudes, aprovechamos que había estado dando el taller por cinco
meses, aunque interrumpidos, porque siempre hay problemas. Ese pabellón
pertenece a una iglesia evangélica que viene de la calle y siempre tiene
su servicio, y hay que respetarle sus horarios. Había todo eso pero yo
siempre estaba allí, y me dije: “Vamos a continuar”. Con una camarita de
fotografías les di a ellos los valores y planos, porque no tenía
posibilidades de hacer más nada. Con esa camarita hicimos todas las
prácticas de documental, viendo y analizando siempre documentales. Hasta
que conseguí el permiso y la producción se hizo en dos días.
—¿Con qué cámara trabajó?
—Una
pequeñita. Incluso se perdieron los diálogos. No los pudimos incluir en
la edición porque, cuando caminábamos, como es una cámara básica y tiene
el micrófono incorporado, se perdía el audio. Por eso tuvimos que montar
toda la voz en off. La idea era que hubiese voz en off pero también que
se escuchara el sonido del ambiente, y a ellos conversando, pero eso no
fue posible.
—La
película no es exactamente un documental, es un ensayo en primera
persona...
—Cuando terminamos el taller, les puse a ellos una tarea: tenían que
hacer un guión. Los dividí en dos grupos y un muchacho que se destaca,
porque le gusta mucho escribir, que es Domingo Marrero, y que es el
protagonista, escribió su historia, su día a día. Eso era largo,
largísimo, y no podíamos hacerlo tan largo. Además, estábamos limitados
de espacio. No podíamos bajar con la cámara a grabar por ahí porque era
meterlo a él en problemas, y que la población se enardeciera. Incluso
para grabar el muerto tuvimos que pedirle permiso al pabellón de
enfrente. Ellos no son de la iglesia y había que pedirles permiso porque
era su espacio. Nos lo permitieron: se guardaron y nosotros pudimos
grabar. Domingo nos entregó esa propuesta en nombre de todo el grupo y
nos gustó mucho mucho, aunque él no dice por qué está ahí. Nosotros lo
sabemos, pero él no lo termina de decirlo, y así fue que se hizo.
—La película muestra una parte poco conocida de la vida de los presos,
la cotidianidad.
—Hay
un mundo que nosotros no conocemos. Los días de visita tienen una
característica: la gente está muy alegre, todo el mundo está relajado y
feliz. Se ve una cara. Cuando nosotros vamos allá a trabajar se forma
otro ambiente. Pero cuando no hay nadie, ¿cómo es el mundo de ellos? La
gente dice que se matan, que es violento, que no se quieren, que se
odian. Eso es mentira. Hay mucho amor ahí, mucha solidaridad y mucha
alegría, abrazos. Ellos mismos se abrazan, están todo el día echando
broma unos con otros. Eso es lo que nosotros quisimos que la gente viera
en ese corto: la vida de ellos cuando nadie los ve, y sus reflexiones.
Cuando lo proyecté por toda la torre, porque nos fuimos pabellón por
pabellón proyectándolo, todos los internos decían que estaban de acuerdo
con las reflexiones de Domingo, porque a cualquiera lo ha dejado una
mujer, y él dice: “Tengo ganas de llorar, tengo ganas de llamarla. Pero,
¿querrá hablar conmigo?”. Cuando dice “Yo soy el rata”, se ve la
vergüenza de familia, y eso mismo también lo piensan los demás. Pensar
“¿qué voy a hacer en el futuro?, ¿qué voy a hacer con los años?”. Son
las reflexiones de él pero también las de todos los internos.
—¿Cuál es su próximo proyecto?
—Tenemos uno que va a ser muy divertido y va a abarcar varios lugares
del penal, porque lo estamos haciendo por sectores. Hay mucha más
participación, porque la gente, gracias al trabajo de Domingo, lo
entendieron y se interesaron, y ahora aceptan: todo el mundo quiere
hacerlo. Hay muchas propuestas por ahí, que no nos han entregado pero
que nos han dicho. El corto va a ser un tributo a Ismael Rivera, que se
llama De Yare p’a La Bombilla. Allí hay gente de La Bombilla que está presa y allí se le hace un homenaje
todos los años. “Las tumbas” va a ser una de las piezas del corto, y “El
nazareno”.
—¿Van a hacer películas en otros penales?
—Nosotros pensamos estabilizar el proyecto de cine popular en Yare,
porque viene la cárcel nueva, Yare III, y hemos solicitado al Ministerio
de Justicia que nos facilite un espacio permanente, para tener una
editora y, con un grupo de compañeros, formar la escuela de una manera
más sistemática. Pensamos que ahora es un proyecto piloto y, después de
que veamos el resultado, queremos que los muchachos salgan a trabajar
verdaderamente, que no sea una afición, para cuando recuperen la
libertad. Queremos hacer esta prueba piloto, y después ir a otros
lugares, a seguir.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |