"Una película haitiana, aunque sea mala, tiene
más público en Haití que cualquier
película extranjera"

La inclusión de
la película haitiana ¿Tiene sida el presidente? de
Arnold Antonin (2006), ganadora del premio a al mejor filme
de la diáspora africana en el Festival de Ouagadougou,
Burkina Faso, en la Muestra Itinerante de Cine del Caribe
que exhibe la Cinemateca Nacional, probablemente ha causado
alegría a varios en Venezuela. Por fin se vuelve a ver algo
de quien estuviera largos años exiliado aquí de la dictadura
del “Bebé” de los Duvalier, Jean-Claude. Para más nostalgia,
el título es típicamente antoniniano. La interrogación trae
a la mente ¿Puede un mecenas ser agente de la CIA?
(1976) y, sobre todo, ¿Puede un ton-ton macoute ser un
poeta? (1980), que en su momento fueron ampliamente
difundidas aquí, al igual que Radio Haití, el derecho a
la palabra (1984) y el monumental documental histórico
Haití, el camino de la libertad (1975). Antonin
integra, junto con Raoul Peck, la dupla de realizadores
haitianos más conocidos fuera de su país.
Su producción de las décadas de los setenta y ochenta estuvo
estrechamente vinculada con su militancia en la Organización
Revolucionaria 18 de Mayo, y se inició con el cortometraje
Duvalier acusado (1974). Luego vinieron los títulos
anteriormente mencionados, antes de su regreso a Haití en 1986,
cuando cayó la dictadura.¿Qué ha sido desde
entonces de la vida y obra de este amigo de Venezuela? La
exhibición de ¿Tiene sida el señor presidente? es también
un buen motivo para hacerle esta pregunta.
—¿Qué ha sido de su carrera y de su
producción desde que dejó Venezuela?
—Un mes después de la caída de la
dictadura de los Duvalier, en febrero de 1986, volví a
Haití. Al regresar empecé, sobre todo, la lucha política
para lograr el cambio democrático y hice un poco menos de
cine en los primeros tiempos. Después hice sobre todo
películas, diría yo, institucionales, sobre los derechos de
los niños, sobre los derechos de los trabajadores, películas
sobre cuestiones de salud. En el 94 hice una película sobre
Puerto Príncipe, que se llamaba Puerto Príncipe, la
Tercera Guerra Mundial ha tenido lugar. Ese filme tuvo
un premio en el Festival de Montreal. A partir de 2000
comencé una serie de documentales sobre los artistas
importantes de Haití, los maestros de la pintura haitiana,
su universo mental, material y artístico. Además, hice
retratos de gente del pueblo: sobre una mujer mecánico y
otra película titulada Coraje de mujer. Y también una
cinta inspirada en la obra teatral Chupeta y el bandido.
Después filme un documental de largo metraje sobre la
lucha estudiantil y varios otros documentales sobre el
problema del sida en Haití.
—Últimamente hice esta película de
ficción que se llama ¿Tiene sida el presidente?
–prosigue–. Era un modo de hacer algo más popular, que
tocara más gente que los documentales. La película tuvo el
premio al mejor filme de la diáspora africana en el Fespaco,
en Ouagadougou, y el premio del comité nacional de lucha
contra el sida en Burkina Faso. Después ganó un premio en el
Festival Imágenes del Caribe, en Montréal, y ha sido
invitada a un montón de festivales: La Habana, Amiens, San
Sebastián, el Festival Películas del Sur, en Noruega... La
película sigue haciendo su camino.
—El salto a la ficción, ¿se debió
básicamente al interés por despertar el interés de la gente?
—Es evidente que ¿Tiene sida el
presidente? ha llegado a un público mayor. Un crítico de
la revista Africultures dijo que había logrado hacer
una película que fuera a la vez comprometida y popular. Esa
era mi intención: hacer un cine de ficción, más popular, que
pudiera llevar mensaje.
—¿Se va a dedicar ahora a hacer películas
de ficción?
—Acabo de hacer un documental sobre un
pintor haitiano. Estoy haciendo otro sobre Jacques Roumain,
que fue un gran escritor haitiano, autor de Gobernadores
del rocío, y este año se celebra en Haití su centenario.
A finales de julio empezaré a filmar otra película de
ficción, que se llama Los amores de un zombie.
—El título suena interesante. ¿Es una
revisión de la mitología del zombie?
—No. Es una película alegórica sobre la
situación de Haití.
—Hablando de situaciones, ¿cuál es el
estado del cine en Haití?
—En Haití actualmente se hace mucho cine
en video. La mayor parte son películas hechas con pocos
medios, con poca plata, muy rápidamente y son, o bien
historias de amor rosa, de telenovela, o bien tratan de
imitar un poco el cine de Hollywood. Pero se produce
bastante. Ocurre un poco como el fenómeno de Nigeria. Al
lado de esto hay un esfuerzo para hacer unas películas
populares pero de mejor nivel. ¿Tiene sida el presidente?,
por ejemplo, es protagonizada por un gran actor haitiano que
está en Los Ángeles, en Hollywood, Jimmy Jean-Louis. En
resumen, es un cine que está todavía buscándose. Pero existe
un gran peligro que lo amenaza, que es la piratería. Copian
las películas que hacemos muy rápidamente. Hay salas que las
proyectan, como ha ocurrido con mi película, sin
autorización. Hay hasta cadenas de televisión que hacen eso,
sin pagar. Pero el cine haitiano cuenta con algo muy
importante, y es el gran apoyo del público. Una película
haitiana, aunque sea mala, tiene más público en Haití que
cualquier película extranjera.
—¿A qué atribuye eso?
—A la búsqueda de ver la propia imagen.
El cine es como un espejo, y la gente está ávida de ver su
propia imagen, su propio idioma, su propia historia.
—Por qué fue usted a Ouagadougou con
¿Tiene sida el presidente? ¿Es un destino de los
cineastas haitianos vincularse con África?
—No. El Festival de Ouagadougou es el
mayor festival de cine del Tercer Mundo y es el más
importante de África. Es un festival muy prestigioso, tan
prestigioso o más que el de La Habana. Cuando estuve en
Ouagadougou había periodistas de Japón, de Australia, de
China, de toda Europa y del mundo entero. Además, es un
festival que tiene 40 años; no es un festival que acaba de
nacer. Es también un epicentro del buen cine africano, que
no se conoce en otros países pero es de muy buen nivel, con
grandes maestros. Es igualmente el único festival que tiene
un premio, que se llama Paul Robeson, para la mejor película
de la diáspora africana. Entonces, además de ser un festival
africano, participan los caribeños, los norteamericanos, los
brasileños... Todos ellos participan en este festival.
—¿Por qué usted siempre ha tenido
inquietud de hacer cine sobre los artistas en general, y
sobre todo sobre los creadores de las artes plásticas?
—Porque yo pienso que todo el mundo, pero
particularmente en nuestros países, la cultura tiene un
papel muy importante. Haití, actualmente, no es solamente un
país donde la cultura tiene un gran peso sino que es el
único producto exportable en este momento. Desgraciadamente
no se le da la importancia que tiene, pero en Haití hay una
gran producción de artes plásticas, pintura y escultura, una
gran producción de artesanía artística y siempre ha habido
momentos en los que el teatro ha sido importante. Pero en
Haití hay una especie de complot contra la memoria: no hay
museos y, cuando muere un artista, nadie se acuerda de él.
Entonces hago esos pequeños museos personales míos, que
quedan para la comunidad haitiana, y que son esas películas
sobre los artistas.
—En términos de rescate de la memoria,
¿podría decirse que son como una suerte de continuación de
Haití, el camino de la libertad?
—Bueno, si quiere también. Pero yo he
evolucionado mucho con el tiempo. Haití, el camino de la
libertad era una película un poco esquemática, muy
militante, de los años setenta. Pero, claro, hay una
continuidad de la lucha para que la situación haitiana
mejore, que, desgraciadamente, parece mucho más larga de lo
que esperaba.
—En Nueva Sociedad usted escribió
un artículo en el cual consideraba que la intervención que
puso fin al gobierno de Jean-Bertrand Aristide había sido
positiva en algunos aspectos. Hay sectores políticos en
Venezuela a los que eso les llamará la atención y quizás
pedirían que usted explique su posición.
—Aristide fue el primero que llamó a la
intervención extranjera en Haití. Yo estaba completamente
opuesto y luchamos durante mucho tiempo para que no
interviniera ningún extranjero en el país. Pero fue él quien
los llamó. Cuando fue derrocado en un golpe de Estado por
los militares, 20.000 marines lo trajeron de regreso. Una
vez que estuvo en el poder, él eligió como guardia
pretoriana a un grupo de militares extranjeros y,
contrariamente a todo lo que se cree en Venezuela, hasta el
último momento tuvo el apoyo del exterior. Nosotros siempre
hemos luchado contra la intervención extranjera en este
país. Sólo que en este caso fue una misión de Naciones
Unidas, que tuvo que actuar frente a los bandidos armados
por la destrucción de la policía.
—Entonces usted considera que la
actuación de las Naciones Unidas fue positiva en algunos
aspectos.
—No. Fue vergonzoso que eso ocurriera en
el bicentenario de la Independencia. Pero fue una
intervención de las Naciones Unidas, de las que Haití es
miembro fundador, no una intervención de los
norteamericanos. Se tendría que haber evitado pero, una vez
que estuvo en el país la misión, había que hacer que
cumpliera un papel político. Es por eso que estamos
luchando, para que no sea un papel absolutamente negativo.
Evidentemente, de la situación política de Haití y de la
historia reciente habría para escribir varios libros y, para
comprender la complejidad de estos imbroglios políticos,
tendríamos que hablar mucho más extensamente. Quedo a tu
disposición para seguir hablando del tema. Antes de
despedirme quisiera mandar un gran saludo a todos los amigos
y cineastas venezolanos y latinoamericanos que me
acompañaron y apoyaron durante mis largos años de exilio en
Venezuela.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info