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entrevistas
"Conozco muchos realizadores
mediocres que defienden sus trabajos por medios académicos. Su fuerza es
la tradición oligárquica del privilegio"
La reciente exhibición de una selección de trabajos del Festival Latinoamericano de
Cortos En Transe permitió a unos pocos en Venezuela ver algunas obras de
Carlosmagno Rodrigues, entre las de varios otros realizadores a los que
fueron dedicadas muestras autorales. Las cintas de Rodríguez, nacido en
Brasil en 1972, se caracterizan por la puesta en cuestión de las fronteras
de los géneros cinematográficos en la búsqueda de un imaginario personal, lo
que es uno de los principales temas y problemas del videoarte, y a la
representación del autor y de su mundo privado en la obra, y por la
investigación de las relaciones de poder que pueden darse en ese ámbito.
Destacan entre los trabajos dedicados a ese tema los que ha hecho con su
hijo.
En el catálogo argentino del festival Rodrigues cuenta que comenzó su
trabajo en VHS, seleccionando y compilando imágenes de televisión. Después
usó cámaras prestadas, hasta que compró una. “No soy (Nam June) Paik, soy
igual a tantos otros que entre intentos y errores dañaron algunos
electrodomésticos”, escribe allí, y agrega: “‘Revelación decepcionante’ es
la expresión que me persigue como sujeción máxima de las cosas mediocres.
Aquí intento hacer mío lo que no es mío y posiblemente robado, como una
tentativa absorta de un imaginario personal. Lo que me conduce en mis
ejercicios de lenguaje o en mis tentativas poéticas de anhelar alguna
realidad palpable, amable, en medio de esa diversidad no más escondida,
puede estar en una dirección de web movies o en una novedad coreana. Estoy
harto de mí mismo, harto de mis habilidades construidas como un esfuerzo de
convertirme en algo más que en un mediocre”.
Vértigo conversó con Carlosmagno Rodrigues sobre los videos suyos que se presentaron en
Venezuela. Algunos de ellos están publicados en Internet y han sido
incluidos como apoyo a la entrevista, para que los lectores puedan saber de
qué se trata. También aparecieron anteriormente en la sección Imágenes en
Línea de la revista.
—En videos como
Todo punk e católico e Imprescindíveis usted trae temas
políticos universales a un ámbito que es casi el de la home movie.
¿Por qué esa combinación de Historia, con mayúsculas, y vida doméstica?
—Tuve una formación intelectual que me posibilitó hacer elecciones
políticas y elecciones individuales. No consigo separar el pensamiento
político de mi vida privada. Por otro lado, mis opciones políticas son
críticas. Sé que pensar en revoluciones sociales dentro de esta
tradición de “privilegio oligárquico” en que vivimos es demasiado
romántico, pensar en una ruptura de nuestra infeliz tradición en cuanto
latinoamericanos. Mucho antes de los “reality shows” vivía impresionado
con la exposición de lo privado por parte de fotógrafos como Sally Mann,
Nan Goldin, Larry Clark. Esos fotógrafos, conjuntamente con el trabajo
de cineastas como Werner Herzog, Wim Wenders (en los años setenta y
ochenta), Lars von Trier, Abbas Kiarostami, Mohsen Makhmalbaf y Harmony
Korine, me permiten ver mi espacio familiar como un laboratorio de un
posible espacio fílmico, y la posibilidad de crear nuevas realidades.
—Usted también parece tener una predilección por los niños como
personajes, en relación con una figura de autoridad que se expresa en
off. ¿Por qué?
—Son filmes o videos en los que intento exponer la “violencia simbólica”
latente en las relaciones familiares e interpersonales. En verdad lo que
está disponible son esos trabajos que hice con mi hijo en diversas
edades, pero antes hacía videos con mis hermanos y otros parientes,
después videos con mis novias, después de casado, después con amigos,
hermanos y mi hijo. Tengo una producción continua y me apego a lo que
está más próximo. Felizmente, o infelizmente, la faceta de mi “aparente”
relación padre-hijo es la faceta que de mi trabajo que ha repercutido,
tal vez también por mi mejoría estética, al trabajar con la imagen y el
sonido con más eficacia en mi intención de síntesis.
—Más allá de esa consideración política, ¿por qué cree que se ha
vuelto tan importante la presencia del autor, y de su mundo inmediato,
en sus obras y las de otros videoartistas?
—“Videoarte” es un término en crisis, así como todas las denominaciones
de lo audiovisual que tenemos alrededor. Creo que el ejercicio de la
autoría debe ser democrático y universal. Las nuevas tecnologías y su
popularización permiten una difusión de las posibilidades creativas,
independientemente de las instituciones, mecenas y otros artificios del
mercado del arte. Pero el acceso al medio de producción y reflexión
intelectual no garantiza novedades creativas; apenas posibilita menos la
reproducción de las diferencias sociales. La pluralidad creativa es
fundamental para la transformación social democrática, pero todavía
vivimos arraigados en un mercado eurocentrista, al igual que buena parte
de la producción económica del producto artístico sale de Estados
Unidos. Por ejemplo, debo aquí citar los magníficos trabajos en los
años setenta en Estados Unidos de Marina Abramovic, nacida en 1946 en
Belgrado, en la antigua Yugoslavia. Hoy la vieja Marina no es nada más
que un mediocre cadáver que da asco en los espacios institucionales, con
aberraciones patéticas con fines meramente comerciales.
—Sus críticas
políticas apuntan en buena medida hacia la izquierda, y el subcomandante
Marcos parece ser un blanco favorito. ¿Por qué?
—En Brasil, los revolucionarios como el subcomandante Marcos han sido
olvidados. Brasil durante el siglo XX tuvo importantes líderes
revolucionarios que sucumbían ante las retaliaciones de la CIA en nombre
de la Guerra Fría y de la reserva del mercado. Por ejemplo, en cuanto se
habla de un embargo económico a Cuba que ha durado décadas, olvidamos
que todos los estados latinos y africanos, en fin, todas las periferias
pobres en tecnología y logística sufren un embargo económico que se
perpetúa desde el inicio de las grandes navegaciones. Tengo un gran
respeto por la resistencia del EZLN, así como otros focos de
resistencia, pero también es bueno recordar que entre el Tíbet y
América Latina existe África. ¡Palo en el culo del Dalai Lama!
—Otro rasgo en sus obras parece ser la inserción de la palabra
escrita en la obra audiovisual. ¿Por qué le interesa ese recurso?
—Vivimos en una
cultura eurocéntrica en la que la escritura es más valorizada que la
oralidad y los íconos. Trato de cierta manera de convertir el lenguaje
escrito en íconos. Así, en vez de ser usado como soporte de comprensión
de lo que está siendo presentado o hablado, él se convierte en ruido, se
convierte en gráfico, un elemento estético que tanto puede incomodar al
observador como puede tornarse un elemento plástico. Los subtítulos en
diversos idiomas presentan diseños diferentes y es así que yo los veo,
no como una forma comunicativa verbal sino icónica. Muchas veces me
quedo imaginando como un alemán haría una interpretación gráfica de los
idiomas latinos. Lo que para nosotros es obvio para ellos puede ser
visto como algo exótico. Imagine bellos filmes chinos escritos en
español o antiguos filmes de vanguardia rusa con letreros en inglés.
Esta invasión de grafemas sería una intoxicación estética. En su momento
debo resaltar el valor de la socialización del conocimiento por el
acondicionamiento formal lingüístico, pues es importante, al igual que
redundante, constituir acervos verbales escritos para la construcción de
una autonomía crítica y económica.
—Un tema central
en relación con el videoarte es su problemática relación con el cine en
general y con los géneros cinematográficos. ¿Considera usted que el
videoarte ocupa un ámbito aparte del cine? ¿Se le puede definir como
"cine experimental"?
—Odio el término
“experimental”. Lo experimental no es género cinematográfico. Si así
fuese, ¿su adversario sería lo “convencional”? Nunca vi un
festival de cine o video con una categoría denominada “cine
convencional” o “video convencional”. Ya hace mucho tiempo que los
tradicionales espacios institucionales de promoción artística del
videoarte están en crisis conceptual. A cada mitad de década surgen
neologismos para intentar denominar tanto el hibridismo en el arte
electrónico al igual que en el cine. “No hay banda, no hay música…
silencio…” (David Lynch). Lo que siempre valdrá es la capacidad
inventiva de nosotros, los humanos. Crearemos dispositivos lúdicos que
permitan al espectador soñar con ojos abiertos. Es algo de lo que hablo
hace 15 años, desde el tiempo en que era apenas un estudiante de arte.
—¿Cómo llegan las obras de los videoartistas al público en Brasil?
¿Qué canales están abiertos para ellas?
—Existe un mercado
segregador de arte electrónico para pocos aquí, en Brasil. Otro camino
es sustentarse con la argumentación o la posición académica. Conozco
muchos realizadores mediocres que defienden sus trabajos por medios
académicos. Poseen una jerga, una falacia y un torbellino de trabajos, o
mejor, intentos estéticos de autopromoción que están predestinados a los
congresos y guetos de semiólogos y comunicólogos. Su fuerza es la
tradición oligárquica del privilegio y la institucionalización del
producto cultural. En otras palabras, son pesadeces pedantes que no nos
llevan a ningún lugar. ¿Será que para que mi trabajo tenga valor tendré
que ocupar una cátedra académica y citar a algún filósofo de moda?
Aprovecho aquí el espacio para empalar a Deleuze, Bill Viola, Marina
Abramovic y, claro… al Dalai Lama.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |