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Elogio corto y animado
El programa de cortometrajes de animación venezolanos que se exhibió el
viernes en el Centro Cultural Chacao, en la clausura de la Semana Animada de
Caracas, infunde optimismo con respecto a un tipo de cine de escasa
producción en el país. Cintas como las de José Castillo o El cuatro de
hojalata (1978) de Alberto Monteagudo, El sueño de los hombres
(1986) y Manzanita (1978) de Armando Arce, entre otras que realmente
no son muchas, deberían tener como acompañantes hoy a
Autómata (2002) Temerario (2006) de Carl Zitelmann; Siniestro
(2006) de Beatriz Helena Ramos, Miguel Villalobos y Peter Sluszka, y
Bigband (2008) de Daniel Calvo en el canon del cine de animación
venezolano. Y se vieron otras sólidas promesas en la Semana,
como Vanessa Rodríguez y Octavio van Praag, los realizadores de Consumo
cuidado (2008), y Beto Acosta y sus compañeros de Ultrapancho, con
¿Qué gigantes?
Los dos filmes de Zitelmann, hechos con computadoras, destacan por la
superación creativa de las limitaciones tecnológicas y la adaptación de la
técnica a las necesidades de la historia. En Autómata el predominio
del gris en la primera parte, a la vez que es perfectamente acorde con el
tema robótico, permite disimular las carencias del tipo de animación
utilizado, mientras que al final lo que puede tener de rudimentaria la
representación de las personas es acordes con la pobreza del mundo humano en
el filme, al igual que los colores pastel. Temerario es el tipo de
película a la que más se presta el cortometraje de animación: un filme
fantástico. También tiene esta cinta un uso inteligente del color, no
metálico sino terroso, acorde con el género: el western. Eso indica otro
rasgo importante del trabajo de Zitelmann en animación: la incursión en
géneros casi inexplorados por el cine venezolano, como la ciencia ficción y las
películas del Oeste.
Siniestro es otra cinta de género y un ejemplo de exitosa asimilación creativa de las
técnicas y el imaginario desarrollado por otro realizador. En este caso se
trata de Jan Svankmajer, una de las figuras capitales en la animación en
stop motion de la actualidad e inspirador de los hermanos Quay en Gran
Bretaña, entre muchos otros. Pero los realizadores de Siniestro
usaron a Svankmajer para la realización de un tipo diferente de cine: un
filme irónico de terror. De allí que el que no conozca la fuente checa pueda imaginarse que está inspirada en Tim Burton, lo cual podría
ser válido en la estricta medida en que Burton también ha bebido de Svankmajer.
Bigband
sobresale por la amplia diversidad de técnicas utilizadas en el
filme, y la correspondencia de eso con la narración, que cambia
constantemente de una cosa a otra completamente distinta, pero
volviendo siempre sobre el mismo tema ecologista e indigenista. Hay en la película
ilustraciones a mano, animación en 2D y 3D hecha con computadoras,
animación de objetos, otras formas de trabajo con la técnica del
stop motion, video de paisajes y con actores, e incluso combinación
de diversos tipos de animación y juegos con el formato, que incluyen el paso del
tamaño de pantalla del televisor al formato
panorámico de cine e incluso la emulación de un álbum fotográfico,
etcétera. El collage de estilos traslada la cuestión autoral del
campo más obvio en el cine de animación, que es el del estilo
plasmado en la creación de
los elementos que se animan, bien sean dibujos, muñecos, etcétera, y
la técnica para darles vida, a la construcción de la narración. El
autor implícito de Bigband no es un animador que narra sino
un narrador que recurre a la combinación de diversas formas de
expresión para narrar.
Al igual que ocurre con los mejores cortos de ficción que se han realizado
en el país en los últimos años, como son para mí Historias del viento
de Javier Beltrán (2008) y Conexiones de Lídice Abreu (2008), entre
los que he podido ver a campo traviesa, como se ven los cortometrajes en
Venezuela, estos cuatro filmes de animación tienen el nivel de las piezas
que compiten en los festivales internacionales. Es una buena razón para
volver a lanzar la pregunta acerca de la exhibición del cine venezolano de
este formato, que no ha encontrado una buena respuesta ni en el CNAC, ni en
Amazonia Films ni en la Cinemateca Nacional hasta ahora, aunque sí en grupos
independientes como los organizadores de la Semana Animada, el laboratorio
audiovisual Bajo la Manga; los que llevan adelante la programación Hay
Talento en el Bar y han presentado cortos en otros lugares; y los
organizadores del Festial Viart en Caracas, entre otros. Si los cortos
quedan por fuera o se les encuentra apenas una inserción marginal, limitada
al estreno y a la lucha por presentarlos antes de los largos, lo que se da a
conocer al público mayoritario no es sólo una versión mutilada del cine
venezolano sino que además privada de la que ha sido siempre su parte más
audaz y creativa, junto con los documentales.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |