06/08
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entrevista

Felipe Cardona
(Foto: cortesía del realizador) 

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"Al latinoamericano promedio que quiere hacer cine le parece más importante que le den tres palmadas en la espalda en Cannes que tener estilo y discurso"
 

 

Felipe Cardona es uno de los contados latinoamericanos que participaron con sus películas en el Festival Pocket Films, que se llevó a cabo del 13 al 15 de este mes en el centro Pompidou, en París. Desde que incursionó por primera vez el Interfilm Berlin, en 2004, con un corto grabado con un Siemens SX1, este realizador audiovisual colombiano ha llegado a ser conocido como “el man de los celulares”, y ha dado cursos para difundir esa alternativa de producción en varios lugares de su país, e incluso en Venezuela, adonde vino a dar un taller como invitado de Ávila TV. Sin embargo, sigue siendo en sentido estadístico una figura de vanguardia, al igual que quienes han desarrollado un trabajo similar en otros países de la región. Hacer películas con herramientas como las cámaras de los teléfonos o las de fotos parece seguir siendo una alternativa relativamente exótica entre los cineastas de América Latina, o al menos entre los que se plantean hacer cine de arte y concursan por subsidios y otros financiamientos a tal efecto, y lo mismo ocurre con el empleo de los portales de video de la web para llegar al público. Considerando que la tecnología de hoy hace posible que prácticamente cualquiera que pueda comprar un celular de esas características y tenga una computadora sea capaz de convertirse en un cineasta en constante producción, al menos cabe pensar que esos recursos están subutilizados.

No hace falta haber viajado a Francia para ver los videos que Cardona llevó al festival. En Youtube están puestos Énfasis, grabado con la cámara de un Nokia N93, y La H no sueña, una película de difícil clasificación, entre videoclip y cortometraje, que realizó por encargo del grupo de música electrónica Debra Kadabra. También varios de sus trabajos anteriores, como Redial, Ojando al Quijote, La balada de Walkman y Checklist. En común tienen algo más que las técnicas de realización: sus cintas se caracterizan por el trabajo con el ritmo, que en ocasiones hace que música e imagen se fundan en una misma cosa. Tampoco se trata de piezas narrativas en un sentido tradicional. En un sentido positivo, Cardona es también vanguardista en lo que respecta a la consideración del cine como un ámbito abierto a la exploración, en el que no hay formas de narrar ni de crear sentido que deban seguirse por el mero hecho de haber sido institucionalizadas. Se trata de inventar.

Vértigo aprovecho la coyuntura de la reciente participación de Felipe Cardona en Pocket Films, y la accesibilidad de su material, para conversar con él sobre el camino que está recorriendo con sus obras, que podría ser también una ruta hacia un futuro más democrático de la producción artística audiovisual.

 

 

—¿Cómo empezó su trabajo como realizador y con los teléfonos celulares?

 

—¿Cómo comenzó todo? Una vez me gané un premio del Ministerio de Cultura y me dejaron hacer una película. El típico trayecto del cinematografista colombiano o latinoamericano, que tiene que buscar plata del estado para poder hacer sus películas, yo empecé a hacerlo. Me metí en la convocatoria, una vez tuve fortuna y me la gané. Hice una película, y quería seguir en ese plan: de convocatoria en convocatoria, de película en película. En el dos mil y pico, cuando estaba en Bogotá, me compré un computador y una cámara mini DV. Ahí me di cuenta de que era más fácil hacer las cosas: las puedes hacer con tres amigos. No tenía que tener un circo de gente alrededor para poder hacer una triste película sino que las podía hacer un sábado. Cuadraba las cosas, con tres personas y una locación, y me divertía. A mí me parece muy importante que un realizador pueda crear estilo y tener discurso, y si vos hacés una película cada cuatro años, ¿qué estilo y qué discurso estás haciendo? ¡Nada! Si nos ponemos a pensar que los únicos que pueden tener estilo y discurso son los manes de Hollywood, que pueden hacer una película cada año, pues entonces en América Latina no tenemos nada que hacer. Apague y vámonos. En ese sentido, a mí me parece importante producir bastante, y con el mini DV pude hacerlo.

 

 
 
Énfasis de Felipe Cardona
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—En 2004 tenía un corto que se llamaba Justicia voyeur, que lo hice en mini DV con unos amigos, y lo quería mandar a Interfilm Berlin. Me dijeron: “Listo, mándelo, pero, ¿por qué no hace un corto con un teléfono celular?” ¿Cómo era esa vaina? Los celulares en aquella época eran para decir adiós, y chao. Entonces esos manes me dijeron: “Nosotros le mandamos un Siemens SX1”. Yo pensé: “Ande a saber si es cierto que me van a mandar un aparato de ese tipo”. Y me llegó un aparato, el berraco, que hacía de todo; en ese momento era la NASA. Tenía que grabar con él, editarlo como pudiera y mandarlo a Berlín. Asumí el reto, le presté el celular a unos amigos para que también lo hicieran y les ayudé porque era un bonche. Vos grababas en un formato muy podrido, muy pixelado, y tenías que pasarlo a un editor de video Final Cut Pro, Premiere o alguna joda. No había las herramientas. Pero nos rebuscamos y lo hicimos. Mandamos 4 cortos de aquí, de Colombia.

 

—Después de un tiempo me dijeron que estaba entre los 20 primeros del mundo. Yo nunca había estado finalista, y en Europa es muy jodido. Luego me dijeron que si quería ir: “Nosotros le damos 500 euros; ponga usted el resto”. Listo, pegué para Berlín y ahí estuve. Era un evento muy de putas, porque era con gente de todo el mundo. Había de la India, de Europa, había gringos y 3 latinoamericanos nomás: 1 mexicano, 1 argentino y yo. A la India mandaron otro SX1 y en una sola ciudad hicieron 25 cortometrajes. Esos hindúes son serios, mano. Allá en el festival gozamos viendo los programas y conociendo Europa, y al final dizque me lo había ganado. Para mí fue la sorpresa más grande. A raíz de ese primer festival me llamaron y me pusieron a dar cursos de nuevos medios. Estuve en Caracas, en Ávila TV, y he ido a muchas partes. Me invitaron a Argentina, al Bafici. Me tienen como el man de los celulares. Yo les digo: “No, yo soy realizador audiovisual”. “No, usted es el de los celulares”. Ya no me toman en serio.

 

—Ese fue el primer festival que hubo en la historia de ese nuevo género, que en el momento empezaron a llamar “micromovies”, o “micropelículas”. Después, cuando era seriado, era “moviesodio”. En últimas, era un nuevo género cinematográfico de entre 15 y 90 segundos de duración. Contar una historia en ese momentico de tiempo tan chiquito. ¿Por qué tan cortico? Era una cosa meramente técnica. En ese momento, en 2004, no existía Youtube todavía, como explotó en 2005. ¿Qué podía hacer uno para mostrarle un video a los amigos? Transmitirlo como un mensaje por Bluetooth, o ponerlo como un attachment de un correo electrónico o, si estaba hablando por el Messenger, hacer una transferencia de archivos. No más. Obviamente, si vos tenías una película de 500 megas, estabas muy jodido. No podías hacer nada. En estos formaticos de video, 1 minuto pesa 540 KB, o sea, medio mega. Entonces era muy conveniente para difundirlo por esa red de mentiras que había en 2004, por esas formas de transmisión que ya quedaron devaluadas.

 

—Cuando explotó Youtube, hermano, eso fue la feria del video. Todo el mundo empezó a publicar. Ya no es necesario transmitir nada, sino que un hosting monstruoso de Google almacena los videos del planeta. ¿Cuál es el estrés? Publica y punto. En términos técnicos, puedes publicar cualquier cosa que pese menos de 100 megas. Todo el mundo sabe esa vuelta. Hoy en día, las micropelículas y todo lo que se haga con móviles y para móviles puede durar un poco más. Ya las redes son un poco mejores.

 

 
 
La H no sueña. Videoclip de Felipe Cardina para Debra Kadabra
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—¿Hay un movimiento en Colombia de cine con celulares?

 

—Es muy chistoso. Yo he dado cursos en muchas partes, en Cali, en Bogotá, en Arauca, en la frontera con Venezuela, en Caracas. He traído a los amigos latinos que me encontré en Berlín para acá, para Colombia, para que diéramos cursos los tres, y hemos tenido una cantidad grande de alumnos. En Caracas hicieron unos cortos de puta madre. La gente se ha enganchado con el tema, y entiende que esta novedad redunda en un concepto más importante, que es la democracia. El cine siempre había sido para los grandes estudios de Hollywood, para gente con mucho billete, para canales de televisión. Ahora, el que tenga un celular en el bolsillo, y cualquier computador, puede hacer lo que le dé la gana. Ya es una labor del ser humano, no del capital. Pero en los eventos internacionales uno no ve una participación avasalladora. Hay gente en Brasil haciendo cosas, argentinos, estoy siempre yo, mostrando las tonterías mías, y cosas así. A mí me encantaría que fuera una cosa de movimiento pero, la verdad sea dicha, es de algunas personas entusiasmadas con el tema. ¿Por qué? Porque al latinoamericano promedio que quiere hacer cine, le parece más importante hacer una película carísima y que le den tres palmadas en al espalda en Cannes que tener estilo y tener discurso.

 

—En términos muy generales, ¿podría mencionar algunas características que diferencien el lenguaje estos nuevos géneros de video del lenguaje del cine?

 

—Es un fenómeno muy similar a la aparición del cine a finales del siglo XIX. El cine era una novedad tecnológica incomprendida. La gente compraba cámaras fabricadas por los hermanos Lumière o por fisiólogos, por ahí en Europa, que tenían cámaras diferentes, y capturaban el movimiento, lo mostraban y les parecía asombroso, pero no se hacía más. Cuando Méliès descubrió el corte por accidente y se dio cuenta de que las cosas se podían desaparecer en el aire, se le tostó la cabeza y se puso a hacer 400 cortos en 12 años. Ese man abrió la olla de las posibilidades. Con el descubrimiento de que usted, el hijo de vecino, puede hacer una película, gracias a los medios tan baratos, tan cercanos que hay ahora, la gente está redescubriendo el potencial del lenguaje audiovisual porque lo tiene en sus manos. Eso es lo que lo diferencia del cine institucional grande que uno ve en las salas de cine. A los realizadores tradicionales les dijeron a finales de los años veinte, cuando apareció el sonoro, que el cine tenía que ser así. Hollywood dictó unas reglas y una sintaxis de hierro, la cosa más berraca, y la gente empezó a hacer las películas teatrales de siempre, y usaba el montaje y el lenguaje audiovisual como un pegamento, para darle coherencia a un texto. Lo chévere es que ahora la gente está haciendo lo que le da la gana. Pienso que, así como en los años ochenta a los duros del video musical le mostraron a todo el mundo que el cine estaba por reinventarse, lo mismo pasa ahora, y lo más bacano es que está en manos de mucha gente.

 

—Usted hace la captura con el celular pero después trabaja muy intensamente la posproducción. ¿Cómo concibe ese trabajo y cuáles son sus fuentes de inspiración?

 

—Antes, en 2004 o 2005, el problema era que el formato 3GP era muy pequeño, de 174 X 144 píxeles, y el frame rate era de entre 8 y 15 frames por segundo. Entonces, cuando uno lo ponía en una pantalla 640 X 480 normal, o de mini DV, o de DC Pro o de cualquier cosa, pues se veía el píxel. Era una cuestión estética decir “con esto voy a trabajar, y me importa un carajo”. Otra cosa era que las cámaras eran ciegas. Tocaba tener una muy buena fuente de luz. La mejor fuente de luz es el sol, por ende mis primeros cortos, Checklist y La balada del Walkman, eran en exteriores, a plena luz del día. Uno capturaba eso, lo transformaba, lo metía en una sala de edición normal y editaba. Ahora, el video que se captura con los Nokia de la serie N, el N80, el N93, el N95, el N96, tiene una calidad de video 640 X 480 a 30 frames por segundo. Estamos hablando de lo más próximo al DV. Ahí hay buena calidad. Otro de mis cortos, Énfasis, fue hecho con un N93.

 

—En la posproducción yo hago como si fuera un material cualquiera, hecho en cine, o en mini DV o lo que sea. ¿Las fuentes de inspiración? Yo admiro mucho a mucha gente. Antes me gustaban mucho las películas de Scorsese y esa mierda, pero ya no. Ya no me gusta un carajo. El cine que veo no me gusta por teatral. Pero me siguen gustando cosas como Terry Gilliam. Es muy interesante. Me gusta mucha gente que hace cine corto o piezas cortas: Michel Gondry, Chris Cunningham, Mark Romanek, Jonas Ackerlund. Hay un man de Youtube ahora que es un putas y se llama Lasse Gjertsen, que hace videos a punta de repeticiones, como Énfasis. También hay un japonés de ese estilo que me gusta: Tanaka Hideyuki. Y obviamente, la inspiración máxima para cualquier persona que le guste el cine es Georges Méliès. Ese señor con nada hizo de todo. Para mí ese man es el santo del cine.

 

 
 
Redial de Felipe Cardina
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—Un rasgo muy marcado en sus filmes es la musicalidad. ¿Cómo concibe la relación entre la música y el cine?

 

—Yo trabajo a partir de loops. Me gusta mucho la repetición en el cine y en los mensajes. La repetición es lo que le da sentido a algo, aunque no lo tenga. Como la yuxtaposición da sentido a dos cosas que no tienen que ver la una con la otra, la repetición también crea una ilusión de sentido. A mí me gusta mucho, en esos términos, lo que se hace con música electrónica, el drum and bass o el beat bit, donde la gente, a partir de loops y con variaciones, crea cosas completas. La música, para crear ritmo, tiene que recurrir a las repeticiones. En ese sentido me gusta mucho musicalizar con loops. La música y el cine tienen un factor común, y es el ritmo. El ritmo tiene que ser muy bien manejado y es, simple y llanamente, tomar la decisión racional de cada cuánto pasa algo. A mí me gusta tener un patrón de ritmo definido temporalmente. Por ejemplo, mi duración básica, en el corto X, va a ser de 5 segundos. En las escenas no tan densas, no tan rápidas, un múltiplo de 5. Puede ser 20, para que cada 20 segundos pase algo. En las escenas rápidas, la mitad: cada 2,5 segundos. Trato de establecer muy claramente en mis cortos el patrón de ritmo, para que vos, como espectador, tengas la ilusión de que eso tiene sentido, aunque no tenga sentido p’a un carajo. Mis cortos son para divertirse, y punto. Son una mamadera de gallo.

 

—¿La H no sueña qué es? ¿Es un videoclip, es un corto?

 

—Comenzó como un video musical para Debra Kadabra. Me llamaron y negociamos. Yo me metí tanto en él, y ellos me llevaron tanto la corriente, que al final terminé haciendo lo que me dio la gana, y se volvió como una pequeña historia de ficción. Manipulé un poco el sonido. Si hubiera sido un video musical en sentido estricto, para promocionar un artista y ponerlo en un canal, no lo hubiera hecho durar tanto y no le hubiera metido sonidos incidentales. Hay músicos que son quisquillosos con eso: “Mi canción déjamela quieta”. Pero ellos me alcahuetearon todas las tonterías que quise hacer, y eso es La H no sueña.

 

—Entonces terminó siendo un video con música, más que un video musical.

 

—Como lo quieras ver. Nos gustó tanto al final que, cuando vamos a un evento, vamos mita y mita. Si nos ganamos algo, la mitad  es para mí y la mitad para ellos, porque la música es muy bacana y ellos me ayudaron a producir hasta las últimas consecuencias.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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