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entrevista
"Al
latinoamericano promedio que quiere hacer cine le parece más importante
que le den tres palmadas en la espalda en Cannes que tener estilo y
discurso"
Felipe Cardona es uno de los contados latinoamericanos que participaron con
sus películas en el Festival Pocket Films, que se llevó a cabo del 13 al 15
de este mes en el centro Pompidou, en París. Desde que incursionó por
primera vez el Interfilm Berlin, en 2004, con un corto grabado con un
Siemens SX1, este realizador audiovisual colombiano ha llegado a ser
conocido como “el man de los celulares”, y ha dado cursos para difundir esa
alternativa de producción en varios lugares de su país, e incluso en
Venezuela, adonde vino a dar un taller como invitado de Ávila TV. Sin
embargo, sigue siendo en sentido estadístico una figura de vanguardia, al
igual que quienes han desarrollado un trabajo similar en otros países de la
región. Hacer películas con herramientas como las cámaras de los teléfonos o
las de fotos parece seguir siendo una alternativa relativamente exótica
entre los cineastas de América Latina, o al menos entre los que se plantean
hacer cine de arte y concursan por subsidios y otros financiamientos a tal
efecto, y lo mismo ocurre con el empleo de los portales de video de la web
para llegar al público. Considerando que la tecnología de hoy hace posible
que prácticamente cualquiera que pueda comprar un celular de esas
características y tenga una computadora sea capaz de convertirse en un
cineasta en constante producción, al menos cabe pensar que esos recursos
están subutilizados.No hace falta haber viajado a Francia para ver los videos que Cardona llevó
al festival. En Youtube están puestos Énfasis, grabado con la cámara
de un Nokia N93, y La H no sueña, una película de difícil
clasificación, entre videoclip y cortometraje, que realizó por encargo del
grupo de música electrónica Debra Kadabra. También varios de sus trabajos
anteriores, como Redial, Ojando al Quijote, La balada de
Walkman y Checklist. En común tienen algo más que las técnicas de
realización: sus cintas se caracterizan por el trabajo con el ritmo, que en
ocasiones hace que música e imagen se fundan en una misma cosa. Tampoco se
trata de piezas narrativas en un sentido tradicional. En un sentido
positivo, Cardona es también vanguardista en lo que respecta a la
consideración del cine como un ámbito abierto a la exploración, en el que no
hay formas de narrar ni de crear sentido que deban seguirse por el mero
hecho de haber sido institucionalizadas. Se trata de inventar.
Vértigo
aprovecho la coyuntura de la reciente participación de Felipe Cardona en
Pocket Films, y la accesibilidad de su material, para conversar con él sobre
el camino que está recorriendo con sus obras, que podría ser también una
ruta hacia un futuro más democrático de la producción artística audiovisual.
—¿Cómo empezó su trabajo como realizador y con los teléfonos celulares?
—¿Cómo comenzó todo? Una vez me gané un premio del Ministerio de Cultura
y me dejaron hacer una película. El típico trayecto del cinematografista
colombiano o latinoamericano, que tiene que buscar plata del estado para
poder hacer sus películas, yo empecé a hacerlo. Me metí en la
convocatoria, una vez tuve fortuna y me la gané. Hice una película, y
quería seguir en ese plan: de convocatoria en convocatoria, de película
en película. En el dos mil y pico, cuando estaba en Bogotá, me compré un
computador y una cámara mini DV. Ahí me di cuenta de que era más fácil
hacer las cosas: las puedes hacer con tres amigos. No tenía que tener un
circo de gente alrededor para poder hacer una triste película sino que
las podía hacer un sábado. Cuadraba las cosas, con tres personas y una
locación, y me divertía. A mí me parece muy importante que un realizador
pueda crear estilo y tener discurso, y si vos hacés una película cada
cuatro años, ¿qué estilo y qué discurso estás haciendo? ¡Nada! Si nos
ponemos a pensar que los únicos que pueden tener estilo y discurso son
los manes de Hollywood, que pueden hacer una película cada año, pues
entonces en América Latina no tenemos nada que hacer. Apague y vámonos.
En ese sentido, a mí me parece importante producir bastante, y con el
mini DV pude hacerlo.
—En
2004 tenía un corto que se llamaba Justicia voyeur, que lo hice
en mini DV con unos amigos, y lo quería mandar a Interfilm Berlin. Me
dijeron: “Listo, mándelo, pero, ¿por qué no hace un corto con un
teléfono celular?” ¿Cómo era esa vaina? Los celulares en aquella época
eran para decir adiós, y chao. Entonces esos manes me dijeron: “Nosotros
le mandamos un Siemens SX1”. Yo pensé: “Ande a saber si es cierto que me
van a mandar un aparato de ese tipo”. Y me llegó un aparato, el berraco,
que hacía de todo; en ese momento era la NASA. Tenía que grabar con él,
editarlo como pudiera y mandarlo a Berlín. Asumí el reto, le presté el
celular a unos amigos para que también lo hicieran y les ayudé porque
era un bonche. Vos grababas en un formato muy podrido, muy pixelado, y
tenías que pasarlo a un editor de video Final Cut Pro, Premiere o alguna
joda. No había las herramientas. Pero nos rebuscamos y lo hicimos.
Mandamos 4 cortos de aquí, de Colombia.
—Después de un tiempo me dijeron que estaba entre los 20 primeros del
mundo. Yo nunca había estado finalista, y en Europa es muy jodido. Luego
me dijeron que si quería ir: “Nosotros le damos 500 euros; ponga usted
el resto”. Listo, pegué para Berlín y ahí estuve. Era un evento muy de
putas, porque era con gente de todo el mundo. Había de la India, de
Europa, había gringos y 3 latinoamericanos nomás: 1 mexicano, 1
argentino y yo. A la India mandaron otro SX1 y en una sola ciudad
hicieron 25 cortometrajes. Esos hindúes son serios, mano. Allá en el
festival gozamos viendo los programas y conociendo Europa, y al final
dizque me lo había ganado. Para mí fue la sorpresa más grande. A raíz de
ese primer festival me llamaron y me pusieron a dar cursos de nuevos
medios. Estuve en Caracas, en Ávila TV, y he ido a muchas partes. Me
invitaron a Argentina, al Bafici. Me tienen como el man de los
celulares. Yo les digo: “No, yo soy realizador audiovisual”. “No, usted
es el de los celulares”. Ya no me toman en serio.
—Ese
fue el primer festival que hubo en la historia de ese nuevo género, que
en el momento empezaron a llamar “micromovies”, o “micropelículas”.
Después, cuando era seriado, era “moviesodio”. En últimas, era un nuevo
género cinematográfico de entre 15 y 90 segundos de duración. Contar una
historia en ese momentico de tiempo tan chiquito. ¿Por qué tan cortico?
Era una cosa meramente técnica. En ese momento, en 2004, no existía
Youtube todavía, como explotó en 2005. ¿Qué podía hacer uno para
mostrarle un video a los amigos? Transmitirlo como un mensaje por
Bluetooth, o ponerlo como un attachment de un correo electrónico o, si
estaba hablando por el Messenger, hacer una transferencia de archivos.
No más. Obviamente, si vos tenías una película de 500 megas, estabas muy
jodido. No podías hacer nada. En estos formaticos de video, 1 minuto
pesa 540 KB, o sea, medio mega. Entonces era muy conveniente para
difundirlo por esa red de mentiras que había en 2004, por esas formas de
transmisión que ya quedaron devaluadas.
—Cuando explotó Youtube, hermano, eso fue la feria del video. Todo el
mundo empezó a publicar. Ya no es necesario transmitir nada, sino que un
hosting monstruoso de Google almacena los videos del planeta. ¿Cuál es
el estrés? Publica y punto. En términos técnicos, puedes publicar
cualquier cosa que pese menos de 100 megas. Todo el mundo sabe esa
vuelta. Hoy en día, las micropelículas y todo lo que se haga con móviles
y para móviles puede durar un poco más. Ya las redes son un poco
mejores.
—¿Hay un movimiento en Colombia de cine con celulares?
—Es
muy chistoso. Yo he dado cursos en muchas partes, en Cali, en Bogotá, en
Arauca, en la frontera con Venezuela, en Caracas. He traído a los amigos
latinos que me encontré en Berlín para acá, para Colombia, para que
diéramos cursos los tres, y hemos tenido una cantidad grande de alumnos.
En Caracas hicieron unos cortos de puta madre. La gente se ha enganchado
con el tema, y entiende que esta novedad redunda en un concepto más
importante, que es la democracia. El cine siempre había sido para los
grandes estudios de Hollywood, para gente con mucho billete, para
canales de televisión. Ahora, el que tenga un celular en el bolsillo, y
cualquier computador, puede hacer lo que le dé la gana. Ya es una labor
del ser humano, no del capital. Pero en los eventos internacionales uno
no ve una participación avasalladora. Hay gente en Brasil haciendo
cosas, argentinos, estoy siempre yo, mostrando las tonterías mías, y
cosas así. A mí me encantaría que fuera una cosa de movimiento pero, la
verdad sea dicha, es de algunas personas entusiasmadas con el tema. ¿Por
qué? Porque al latinoamericano promedio que quiere hacer cine, le parece
más importante hacer una película carísima y que le den tres palmadas en
al espalda en Cannes que tener estilo y tener discurso.
—En términos muy generales, ¿podría mencionar algunas características
que diferencien el lenguaje estos nuevos géneros de video del lenguaje
del cine?
—Es
un fenómeno muy similar a la aparición del cine a finales del siglo XIX.
El cine era una novedad tecnológica incomprendida. La gente compraba
cámaras fabricadas por los hermanos Lumière o por fisiólogos, por ahí en
Europa, que tenían cámaras diferentes, y capturaban el movimiento, lo
mostraban y les parecía asombroso, pero no se hacía más. Cuando Méliès
descubrió el corte por accidente y se dio cuenta de que las cosas se
podían desaparecer en el aire, se le tostó la cabeza y se puso a hacer
400 cortos en 12 años. Ese man abrió la olla de las posibilidades. Con
el descubrimiento de que usted, el hijo de vecino, puede hacer una
película, gracias a los medios tan baratos, tan cercanos que hay ahora,
la gente está redescubriendo el potencial del lenguaje audiovisual
porque lo tiene en sus manos. Eso es lo que lo diferencia del cine
institucional grande que uno ve en las salas de cine. A los realizadores
tradicionales les dijeron a finales de los años veinte, cuando apareció
el sonoro, que el cine tenía que ser así. Hollywood dictó unas reglas y
una sintaxis de hierro, la cosa más berraca, y la gente empezó a hacer
las películas teatrales de siempre, y usaba el montaje y el lenguaje
audiovisual como un pegamento, para darle coherencia a un texto. Lo
chévere es que ahora la gente está haciendo lo que le da la gana. Pienso
que, así como en los años ochenta a los duros del video musical le
mostraron a todo el mundo que el cine estaba por reinventarse, lo mismo
pasa ahora, y lo más bacano es que está en manos de mucha gente.
—Usted hace la captura con el celular pero después trabaja muy
intensamente la posproducción. ¿Cómo concibe ese trabajo y cuáles son
sus fuentes de inspiración?
—Antes, en 2004 o 2005, el problema era que el formato 3GP era muy
pequeño, de 174 X 144 píxeles, y el frame rate era de entre 8 y
15 frames por segundo. Entonces, cuando uno lo ponía en una pantalla 640
X 480 normal, o de mini DV, o de DC Pro o de cualquier cosa, pues se
veía el píxel. Era una cuestión estética decir “con esto voy a trabajar,
y me importa un carajo”. Otra cosa era que las cámaras eran ciegas.
Tocaba tener una muy buena fuente de luz. La mejor fuente de luz es el
sol, por ende mis primeros cortos, Checklist y La balada del
Walkman, eran en exteriores, a plena luz del día. Uno capturaba eso,
lo transformaba, lo metía en una sala de edición normal y editaba.
Ahora, el video que se captura con los Nokia de la serie N, el N80, el
N93, el N95, el N96, tiene una calidad de video 640 X 480 a 30 frames
por segundo. Estamos hablando de lo más próximo al DV. Ahí hay buena
calidad. Otro de mis cortos, Énfasis, fue hecho con un N93.
—En
la posproducción yo hago como si fuera un material cualquiera, hecho en
cine, o en mini DV o lo que sea. ¿Las fuentes de inspiración? Yo admiro
mucho a mucha gente. Antes me gustaban mucho las películas de Scorsese y
esa mierda, pero ya no. Ya no me gusta un carajo. El cine que veo no me
gusta por teatral. Pero me siguen gustando cosas como Terry Gilliam. Es
muy interesante. Me gusta mucha gente que hace cine corto o piezas
cortas: Michel Gondry, Chris Cunningham, Mark Romanek, Jonas Ackerlund.
Hay un man de Youtube ahora que es un putas y se llama Lasse Gjertsen,
que hace videos a punta de repeticiones, como Énfasis. También
hay un japonés de ese estilo que me gusta: Tanaka Hideyuki. Y
obviamente, la inspiración máxima para cualquier persona que le guste el
cine es Georges Méliès. Ese señor con nada hizo de todo. Para mí ese man
es el santo del cine.
—Un
rasgo muy marcado en sus filmes es la musicalidad. ¿Cómo concibe la
relación entre la música y el cine?
—Yo
trabajo a partir de loops. Me gusta mucho la repetición en el cine y en
los mensajes. La repetición es lo que le da sentido a algo, aunque no lo
tenga. Como la yuxtaposición da sentido a dos cosas que no tienen que
ver la una con la otra, la repetición también crea una ilusión de
sentido. A mí me gusta mucho, en esos términos, lo que se hace con
música electrónica, el drum and bass o el beat bit, donde la gente, a
partir de loops y con variaciones, crea cosas completas. La música, para
crear ritmo, tiene que recurrir a las repeticiones. En ese sentido me
gusta mucho musicalizar con loops. La música y el cine tienen un factor
común, y es el ritmo. El ritmo tiene que ser muy bien manejado y es,
simple y llanamente, tomar la decisión racional de cada cuánto pasa
algo. A mí me gusta tener un patrón de ritmo definido temporalmente. Por
ejemplo, mi duración básica, en el corto X, va a ser de 5 segundos. En
las escenas no tan densas, no tan rápidas, un múltiplo de 5. Puede ser
20, para que cada 20 segundos pase algo. En las escenas rápidas, la
mitad: cada 2,5 segundos. Trato de establecer muy claramente en mis
cortos el patrón de ritmo, para que vos, como espectador, tengas la
ilusión de que eso tiene sentido, aunque no tenga sentido p’a un carajo.
Mis cortos son para divertirse, y punto. Son una mamadera de gallo.
—¿La
H no sueña qué es? ¿Es un videoclip, es un corto?
—Comenzó como un video musical para Debra Kadabra. Me llamaron y
negociamos. Yo me metí tanto en él, y ellos me llevaron tanto la
corriente, que al final terminé haciendo lo que me dio la gana, y se
volvió como una pequeña historia de ficción. Manipulé un poco el sonido.
Si hubiera sido un video musical en sentido estricto, para promocionar
un artista y ponerlo en un canal, no lo hubiera hecho durar tanto y no
le hubiera metido sonidos incidentales. Hay músicos que son
quisquillosos con eso: “Mi canción déjamela quieta”. Pero ellos me
alcahuetearon todas las tonterías que quise hacer, y eso es La H no
sueña.
—Entonces terminó siendo un video con música, más que un video musical.
—Como
lo quieras ver. Nos gustó tanto al final que, cuando vamos a un evento,
vamos mita y mita. Si nos ganamos algo, la mitad es para mí y la mitad
para ellos, porque la música es muy bacana y ellos me ayudaron a
producir hasta las últimas consecuencias.
Pablo Gamba
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