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entrevista
"Entre el blanco y el negro
está una gama de grises, que los separan y a la vez los unen, y
que permiten que entendamos que es más compleja la situación"
El filme mexicano El violín (2005), escrito y dirigido
por Francisco Vargas, el cual forma parte de la muestra del Primer
Festival de Cine de los Pueblos del Sur que se lleva a cabo en Margarita,
acaba de ganar el Círculo de Críticos en el Cinemafest, en Puerto Rico, por
"su capacidad de llevar un mensaje bien articulado a pesar de su carencia de
medios". Es una distinción que se suma a una larga lista, en la que figuran
el Ariel de Plata 2007 a la mejor ópera prima en su país de origen y el
Colón de Oro a la mejor película en el Festival de Cine Latinoamericano de
Huelva 2006. El actor protagonista, el músico popular Ángel Tavira, se hizo
acreedor también del premio a la mejor interpretación en la sección Una
Cierta Mirada, en el Festival de Cannes 2006.
El mensaje a que hace referencia el veredicto de los
críticos de Puerto Rico se refiere a las guerrillas campesinas, un problema
que, según el realizador, y como se evidencia también en el filme, se
remonta a un pasado remoto y continúa apareciendo una y otra vez en su país,
con manifestaciones menos publicitadas que el levantamiento zapatista en
Chiapas. Por esta razón es El violín una película importante en el
cine latinoamericano actual, además de por la calidad alcanzada con
precariedad de medios y la actuación magistral de Tavira.
Vértigo conversó con
Francisco Vargas con motivo de la participación de su película en el
festival en Venezuela.
—¿Cómo
surgió el proyecto de El violín?
—Hace
tanto tiempo que ya ni me acuerdo, porque nos tardamos como cinco años
en hacer la película, aparte de lo del guión y de la producción. No hay
un solo lugar de donde venga esta historia. Es más bien como un costal
al cual se le fueron echando un montón de cosas. Ahí yo eché las cosas
que me gustan, como la música y la tradición oral, las costumbres. Pero,
por otro lado están todas esas cosas que uno no se explica, que no
entiende, preguntas para las que uno no tiene respuesta, cosas que uno
quisiera cambiar porque no está de acuerdo. Todo eso está ahí, dentro de
la película. Luego, pues uno va tomando cositas de aquí y de allá, de lo
que le ha escuchado, de lo que le han contado, de lo que ha visto, de lo
que sabe que sucede, de lo que está ahí, en la calle, de lo que pasa a
millones y millones de personas.
—¿Por
qué eligió a Ángel Tavira para el papel protagónico?
—Habíamos hecho un casting de seis meses, buscando al actor protagónico,
y no lo encontrábamos, porque era muy difícil encontrar un actor con
esas características: un hombre viejo, con una apariencia de fragilidad
grande pero con una mirada carismática. Todo esto era muy difícil.
Entonces alguien me dijo: “Bueno, por qué no comenzamos a buscar músicos
reales”. Y dije: “Bueno, pues si hay que buscar músicos reales, no hay
que buscar, porque ese papel lo podría hacer Ángel Tavira”. Él es un
músico que yo conocí cuando hacía programas de radio. Durante mucho
tiempo tuve un programa de radio que se dedicaba a la promoción de la
música tradicional mexicana, y abrí espacio a músicos de diferentes
regiones del país. Ahí fue que conocí a Ángel y al conjunto de los
hermanos Tavira. A partir de eso, hice un documental de la música de la
región de ellos, que se llama Tierra Caliente, en el estado de Guerrero,
en el sur de México. Así fue que después lo invité a la película.
—Entonces, en principio su idea no era trabajar con actores no
profesionales...
—No.
Yo quería un actor para el protagonista, pero eso no significa que todos
los demás tuvieran que ser actores. Es algo que he hecho desde antes, y
que además me gusta mucho: trabajar con no profesionales y apenas meter
tres cuatro cosas que hagan profesionales, y aquí era lo mismo. Yo
quería un actor porque la película iba a ser complicada. La íbamos a
filmar en una montaña, en condiciones de clima difíciles. En cuatro
semanas estaba planeado hacerla toda. Además, es mi opera prima, y uno
siempre quiere ir más a la segura. Por eso es que había decidido que el
protagonista fuera un actor.
—¿Por
qué hacer una película sobre la guerrilla rural en estos tiempos?
—¿Cómo que en estos tiempos? Pareciera, cuando me lo pregunta, como si
esa fuera una cosa del pasado, y justamente lo que plantea la película
es que no es una cosa del pasado. Es algo que ha sucedido desde hace
mucho tiempo, está sucediendo ahora mismo que estamos platicando y, por
desgracia, va a seguir sucediendo. Los discursos oficiales y dominantes
han intentado hacernos creer que eso es cosa del pasado. Por eso alguno
se puede preguntar: “¿Por qué ahora?” Pero es igual de actual que tantos
otros problemas sociales que viven millones. No habría que ir con el
discurso oficial sino con la realidad.
—¿Qué
antecedentes consideró usted sobre el tema guerrillero, tanto en el cine
mexicano como en el cine latinoamericano y otras cinematografías?
—Hay
toda una investigación bibliográfica y hemerográfica de movimientos y
levantamientos armados campesinos en México y en América Latina.
Nosotros tratamos de alimentarnos de todo eso. En cuanto la
cinematografía, pues hay toda una tradición latinoamericana de un tipo
de cine que trata de denunciar, de mostrar, y por supuesto que El
violín bebe de ahí. Son películas que uno ha visto y que están
guardadas en el inconsciente.
—¿Habría
algún aspecto en el que El violín renovaría o trataría de cambiar
esa tradición?
—¡Híjole!
Eso sí no sé.
—¿Por
qué filmó en blanco y negro?
—La
cámara en mano, el trabajo de actores no profesionales, con apenas unos
cuantos profesionales, filmar en las comunidades con la gente, y el
blanco y negro, todo eso junto, permite que la película tenga una
apariencia documental. Quería lograr en el espectador una sensación de
verdad, de realidad, mucho más cercana a la que se tiene cuando uno ve
un documental, en vez de una ficción. Quería buscar ese realismo.
—¿Podría
decirse que la realidad que retrata la película es también en blanco y
negro?
—No,
justamente no. Otra de las cosas por las que escogimos el blanco y negro
es que, le dábamos vuelta y vuelta al asunto, y no encontrábamos otra
manera de hablar, estéticamente, de un tema que es tan, tan complejo. El
blanco y negro permitía hablar por un lado del blanco, por otro lado del
negro, en contraposición. Esa sería la forma más obvia y facilona de ver
esa realidad de la que estábamos hablando: por un lado los buenos, por
un lado los malos, una visión maniquea. Sin embargo, eso no es cierto.
Entre el blanco y el negro está una gama de grises, que los separan y a
la vez los une, y hacen que entendamos que es mucho más compleja la
situación. Nosotros no queríamos tener una visión simplista del asunto,
ni facilona, porque sabíamos que es un tema que no se había tocado nunca
en el cine en México. Tratamos de tener mucho cuidado de no caer en ese
tipo de visiones facilonas porque era muy riesgoso, y es muy fácil caer,
además, en ese tipo de cosas.
—Usted dijo que la película fue como un saco en el que introdujo muchas
preocupaciones, y hay una que destaca: la relación entre el arte, y el
pueblo y sus luchas. ¿Cómo ve usted esa relación?
—No
se me da este asunto de reflexionar de esa manera, sobre el “Arte” y el
“Pueblo”. Difícilmente lo podría hacer porque no sé hacerlo. Lo que te
puedo decir, únicamente, es que yo veo el cine como una responsabilidad
social. Lo digo en serio, sin afán de no contestar: para mí el cine es
una responsabilidad social. No digo que todo el cine tenga que ser así,
porque entonces sería una posición tan radical como lo otro, pero me
parece que hay una parte del cine que nos merecemos, que también podría,
además de conmovernos y emocionarnos con las historias, hacernos
reflexionar y hablar de la realidad mucho más inmediata, la que no se ve
en el cine dominante, hollywoodense, que pisa y sofoca las
cinematografías en todo el mundo. Ese es un cine que, desde mi punto de
vista, nos debemos y nos merecemos. Hablando de México, que es un país
donde hay pocas oportunidades de hacer una película, al momento de
hacerla eso se convierte en un privilegio, y ese privilegio se convierte
en una responsabilidad social, porque uno no puede no hablar de esa
realidad que está afuera, y viven millones y millones de personas. En
ese sentido es que yo lo veo.
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—¿Cuáles
son las posibilidades de inserción de esas películas en los circuitos de
exhibición en México?
—Pues
en México ya se estrenó, y con bastante éxito de taquilla. Sin embargo,
es una cosa complicada porque los sistemas de exhibición y distribución
están cooptados y están cerrados completamente. Yo durante mucho tiempo
decía, y lo sigo diciendo porque eso no ha cambiado, que el lugar donde
más difícil la tiene el cine mexicano es en México. Eso es cierto, y yo
lo afirmo porque la película, un año antes, estuvo en muchísimos
festivales, y sigue estando. Había sido estrenada en varios países con
éxito de público. En Francia habíamos estrenado seis, siete meses antes,
y le había ido de maravilla, en España, y en México no. ¿Por qué? Porque
el sistema de distribución no permite que otro tipo de propuestas puedan
entrar fácilmente. Tuvimos nosotros mismos que convertirnos en
distribuidores para poder sacar esta película en México. Sin embargo, a
pesar de todas estas dificultades, al lograr ponerla en cartelera, el
público respondió de maravilla.
—¿A qué
atribuiría esa respuesta del público? ¿Hay un hambre de este tipo de
cine?
—Sí.
Me parece que estamos un poco cansados. A eso me refería al decir que
nos la debemos, que estamos necesitados, y hablo del público porque yo
también soy parte del público. Estamos cansados de ver sólo un tipo de
cosas. Lo ideal sería que el abanico de posibilidades, el espectro de
películas, fuera diverso, como sucede en muchos otros países. Que
hubiera propuestas de diferentes tipos, diferentes puntos de vista
puestos en una cartelera diversa. Pero eso no existe. Entonces, pues,
cuando viene una película mucho más cercana, en la cual uno puede ver
que la historia es mucho más cercana, donde la gente que uno está viendo
en la pantalla tiene el mismo color de piel que uno... ¿me explico?
—El cine
mexicano ha tenido recientemente un boom, a partir de éxitos como
Amores perros. ¿Se estaría produciendo una segmentación, como la
que existe en cinematografías más desarrolladas, entre grandes
producciones y un cine muy pequeño e independiente?
—No
creo que tanto, porque no tenemos una industria. Hay un remedo de
industria, que está intentando levantarse pero que todavía no existe
como tal. No creo que a tal grado pero sí, por supuesto, sucede el
fenómeno. A menor escala, pero sucede. Por un lado están estas películas
que se insertan en mecanismos de producción muy parecidos a los
hollywoodenses, que intentan remedar y competir, incluso, con ese tipo
de cine. Se convierten en grandes superproducciones, que apuntan hacia
hacer cine de esa manera. Las otras, que son la mayoría, se tienen que
hacer con lo que haya.
—¿En qué
proyectos trabaja actualmente?
—Estoy escribiendo un par de guiones, que todavía no he terminado por
estar metido tanto con la película, haciéndole promoción. Porque, además
de producción y dirección, nos convertimos en distribuidores. Estamos
terminando el asunto de la película en México. Salió el DVD hace como un
mes, mes y medio. Está muy, muy reciente, y eso no me ha permitido
dedicarme a los siguientes proyectos. Pero también era importante
acompañarla hasta lo más que se pudiera.
—¿De qué
tratan esos proyectos? ¿Podría adelantar algo?
—No.
Dicen que es de mala suerte, y yo soy creyente de esas cosas
supersticiosas.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |