entrevistas
"¿Qué haces cuando estás
huérfano, no de padre y madre sino existencialmente"
María y el Nuevo Mundo es un documental dirigido, coescrito y
en el que también hace la cámara principal George Walker Torres. El
realizador cuenta que la película nació como consecuencia lejana de un
trabajo fotográfico que hizo en la Colonia Tovar hace 15 años, sobre
personajes de esa localidad de inmigrantes de Alemania fundada en 1843 y que
hoy es un atractivo turístico cercano a Caracas. Al realizador le llamó la
atención alguna gente que todavía hablaba en dialecto alemán y muy poco
español.
La película no trata de esas personas porque la mayoría había muerto o eran muy mayores
para cuando Walker Torres regresó al país, luego de estudiar en la Femis, en
París. Eso le llevó al descubrimiento de una mujer, María Ester Cabrera
Vásquez, y del lugar donde vive, junto a la localidad que en los folletos
para los visitantes es descrita como un pequeño rincón de la Selva Negra en
las montañas del estado Aragua. Se trata de “el bote”, como llaman al
botadero de basura sus habitantes. La proximidad del basurero de alguna
manera arroja una sombra sobre la historia de la Colonia Tovar, cuya leyenda
también desenmascara el documental con detalles poco difundidos de la
historia: el asentamiento no resultó para los colonos el paraíso que les
habían prometido, e intentaron regresar a Alemania, lo que les impidió el
ejército venezolano por órdenes del ideólogo de la colonia, Agustín Codazzi.
María y el Nuevo Mundo es un filme
producido por Rafael Marziano Tinoco, Franco de Peña y Beatriz Ciliberto de
una impecable realización. Destaca especialmente por el trabajo con el
personaje, que hace que la película se desarrolle como una profundización,
desde el registro de las condiciones en las que vive la gente en el botadero
de basura y su contraste con el pueblo turístico, hasta la vida íntima de
María, en la que el drama social muestra sus repercusiones en las relaciones
familiares, en especial las madre-hija. Con motivo del estreno Vértigo
conversó con George Walker Torres.
—La película comienza
como un documental sobre la Colonia Tovar y luego ocurre, literalmente,
un desvío del tema: el narrador va por una carretera, ve a una persona a
la vera del camino y decide seguirla. ¿Por qué ese recurso?
—Es el cuento de lo que me ocurrió de verdad. Acuérdate de que en el
documental estamos lidiando con la realidad y la realidad es cambiante.
—Un basurero, además de
ser un lugar real donde botan basura, está cargado de peso simbólico.
¿Le dio ese valor en la película?
—Más que todo la película es un encuentro humano con María. Claro, ella
vive en ese basurero. Dos cosas que me llamaron la atención es que eso
está a la salida de la Colonia Tovar. Es el lado oscuro de un lugar
idílico, paradisíaco, una tacita de plata. El basurero es parte de la
vida de María pero no es el tema principal de la película. Es la
tragedia de María, su drama como persona y su inocencia. La inocencia de
ese personaje, que es más metafísica que real, es la misma del lugar.
Encontré lo mismo en ella que en los personajes de hace 15 años que
conocí en la Colonia Tovar. Eso me conmovió y me atrajo. Para mi
establece una relación, aparte de la geográfica.
—¿Por que le conmueve
la inocencia?
—¿Por qué a tal pintor le gusta el amarillo más que el rojo? Como
cineasta tengo una visión subjetiva y es algo que a me conmovió
psicológicamente. Debe haber razones en mi vida personal. Me pareció un
personaje muy bonito en un mundo que no es bonito, y ella se volvió una
amiga para mí. La película es una forma de darle una voz a esa persona
que nadie mira, que a nadie le importa. Es como los perros que abandonan
en el basurero, de cierta manera. En ella hay algo a lo que quise darle
un espacio.
—Algo similar a lo del
basurero podría decirse del Nuevo Mundo del título. Es una realidad
geográfica, pero sobre todo un ideal…
—Lo que primero me atrajo son esos alemanes que vinieron aquí buscando
un nuevo mundo, algo un poco utópico, y fueron botados en ese monte y de
milagro vivieron en la pobreza hasta hace 30 o 40 años, cuando el pueblo
prosperó como atractivo turístico. Eso tiene que ver con la historia de
Venezuela, la ilusión de hacer un paraíso y construir un mundo mejor.
Esa utopía se vuelve otra cosa al chocar con la realidad. En ese lugar
muy hermoso, de naturaleza paradisíaca, está “el bote”, un basurero
lleno de enfermedades. Eso es parte de nuestra realidad como país en
formación.
—¿Cómo fue el
acercamiento al personaje?
—Fue muy natural… no sé cómo explicarlo. Ella es bastante natural
delante de la cámara y con ella se estableció una relación de amistad,
cariño, respeto.
—En el tratamiento del
personaje de María, usted pasa del plano de la problemática social al
drama familiar, de las relaciones con su madre y con su hija. ¿Por qué?
—Para mí los temas principales de la película son la inocencia y también
el abandono. María es una mujer sellada por el abandono desde que nació.
Es una niña abandonada en el mundo, aunque tiene 40 años de edad. A ese
lugar llaman “el bote”. Los perros y la gente que están allí han sido
botados. Ese tema es muy fuerte en Venezuela, en Latinoamérica y en el
mundo: la gente que es abandonada. Es gente marginal, no sólo en el
sentido de pobre sino porque la gente no le presta atención, no tiene
voz. María repite el abandono en sus hijos sin darse cuenta. Abandona a
su hija, que tiene 15 años; no puede darle lo que ella no recibió como
madre. Eso ocurre con muchos niños en mundo. ¿Qué haces cuando estás
huérfano, no de padre y madre sino existencialmente? Probablemente
repites el mismo patrón. Cómo salir de ese círculo, ése es el drama de
la vida de María. Ella no puede salir del círculo del abandono.
—Hay una secuencia que
destaca en la película, y es un diálogo madre-hija, en el que una está
montada en el carro y la otra parada en la puerta, grabado desde el
interior del vehículo, en un encuadramiento en el que la mejilla de la
hija ocupa casi la mitad de la pantalla. Es un momento de poderosa
intimidad con los personajes. ¿Cómo lo logró?
—Creo que lo esencial es que me gusta establecer una relación con las
personas que filmo para que ese tipo de situaciones se den en un
documental. Las personas tienen que olvidarse de la cámara y sentir que
es parte de su intimidad. Ese tipo de momentos, que a veces tienen algo
muy íntimo en el buen sentido de la palabra, se logran con una intimidad
respetuosa.
—¿Qué planes tiene con
la película? Dura 56 minutos, ¿ha pensado en la televisión?
—Sobre todo en Venezuela, ese tipo de documentales no se pasan mucho.
Sería ideal para televisión porque para cine es muy corta para ser
explotada comercialmente. Si se puede ver en cine, chévere, si hay un
distribuidor. Acabo de terminarla. Ahorita hay que ver cómo reacciona el
público, si la película interesa, si va a festivales.
—¿Qué planes tiene con
los festivales?
—Está el Festival de Margarita; voy a ver si la mando para allá. Después
los festivales de documentales, que generalmente son a partir de
septiembre. Está Cinema de lo Real, en París. Me da mucha da mucha
curiosidad ver cómo es recibida en Venezuela.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |