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entrevista
"Para
mí lo importante es trabajar sobre la idiosincrasia del venezolano, en
el sentido más amplio"
El cortometraje Historias del viento, la ópera prima de Javier Beltrán, participará
en el festival New Directors/New Films, que organizan el Museo de Arte
Moderno de Nueva York y el Lincoln Center, y que se realiza desde hoy hasta
el 6 de abril. Es la segunda película venezolana que es seleccionada para la
muestra, que está dedicada a descubrir y promover realizadores emergentes, y
básicamente la integran óperas primas. La primera fue El camino de las
hormigas de Rafael Marziano Tinoco, en 1993.
Historias del viento
es un filme contemplativo, sin diálogos y prácticamente sin música, aunque
con un cuidado trabajo de sonido. Por sus características ha sido
considerado como afín al cine asiático. Se rodó en Clarines, Anzoátegui, en 35 mm,
principalmente por la luz, según el director. Es una historia del campo
cuyos protagonistas son un niño, su madre, que está embarazada, y un pollo
recién nacido, y trata sobre el asombro de los primeros descubrimientos sobre la
muerte y el comienzo de la vida. Los actores son gente de la población, con
la excepción de una actriz, Rosana Hernández, que interpreta a la madre.
Javier Beltrán es un cineasta que se formó académicamente en la Escuela de
Artes de la UCV, de la que egresó con una tesis de realización cuyo tutor
fue Marziano Tinoco. Profesionalmente se ha forjado en el
oficio. Se ha establecido como montador, aunque también se
ha desempeñado como director de fotografía y como guionista. Su llegada a la
universidad, y también su acercamiento a la
creación artística, estuvieron precedidos de una formación como mecánico de
producción en el bachillerato. Esta experiencia ha dejado impronta en el cineasta que
hoy es. También su infancia en Cabimas y el contacto con el campo, gracias a
su familia.
—Historias del viento
ha sido considerado como un corto “oriental”. ¿Qué opina de eso?
—No
lo había tomado conciencia de eso hasta que una vez, en una entrevista,
me dijeron que tenía algo como de oriental, de tiempos lentos. Yo no lo
había notado hasta el montaje. Porque, ¿qué me pasó? Me tocó reeditarlo
porque el corto pasaba muy rápido. Parecía que duraba cuatro, cinco
minutos. Entonces, saqué todos los cortes del tiempo, para
ralentizarlos. Algunos los adelanté, otros los atrasé, y ganó tiempo.
Duraba casi exactamente lo mismo pero se sentía más lento. Cambió
muchísimo. Por esa nota, que era de atmósfera, no hay diálogos, llegó un
momento que me dije: “Parece un corto oriental”.
—¿Por qué filmó en 35 mm?
—Porque apuntaba a algo plástico. Las posibilidades de fotografía que da
todavía el HD no llega a los millones de puntos de color del 35 mm. Creo
que tiene ahora tiene mejores posibilidades, pero no lo he probado, y en
aquel momento no existía esa plataforma aquí, en Venezuela. En un
momento pensé hacerlo en Super 16, pero no lo hice por el grano. Son
decisiones que se toman. Claro, por novatada, puesto que es mi primer
corto, no contaba con dos factores: el animal, el pollito, y el niño de
tres años. Es muy difícil trabajar con un niño por su estado anímico.
Todos los días no es igual y no soporta un margen amplio de horas de
trabajo continuo. Yo llevé diez latas de películas. Fueron tres latas y
media para la parte del niño y tres para el pollito, y me tocó, en
caliente, editar el guión. Menos mal que soy editor y tengo esa
facilidad.
—¿Por qué un corto sin diálogos?
—Cuando estaba en la universidad, Rafael Marziano, me dijo: “Lo más
difícil que hay es hacer buenas atmósferas y buenos diálogos”. Yo probé
hacer un corto de atmósfera. Luego, por la naturaleza de la historia. Un
niño de tres años, y una madre de esa clase social, ¿qué facilidades
discursivas pueden tener? Los diálogos iban a quedar fuera de contexto o
iban a ser muy pobres. Además, el universo del que se quiere hablar es
de muy pocas palabras y de un discurso muy inmediato. Por eso aposté
totalmente por la atmósfera.
—¿Por
qué fue al campo a filmar?
—Me
pareció plásticamente más bonito un niño del campo venezolano, que no ha
sido muy presentado. También hay historias de los Andes que no se han
podido ver. Una película que me parece espectacular, increíblemente
bella, es Diles que no me maten. Yo preferí trabajar en
Historias del viento con lo que conozco más. Vengo del interior y sé
cómo son esas formas de hablar sin hablar, esas historias que están por
ahí, de cosas que pasan y, simplemente, no se ven. Diles que no me
maten me parece genial porque es eso. Una ciudad, un apartamento,
una tasca pueden estar aquí, en Madrid, en Francia, en Buenos Aires. Son
códigos trasnacionales.
—Sin embargo, al haber tenido que remontar el corto significa que en
algún momento no se captó el ritmo del campo. ¿Cómo fue el proceso para
llegar a él?
—Se
pudo reajustar al ritmo más propio del campo porque estaba filmado así.
Lo que sucede es que hubo cierto desajuste, por el niño y por el
pollito. Yo compré cinco pollitos y, cuando íbamos a filmar la escena,
los gavilanes se los habían comido. Perdimos casi un día comprando uno
nuevo. Además, algunas escenas se eliminaron, otras se modificaron. Yo
edité lo que recuerdo que edité en caliente, y dije: “No me funciona”.
Lo dejé reposar y, cuando lo retomé, dije: “OK, sé lo que quiero y lo
que tengo de material, vamos a ver cómo lo llevo a lo que filmé”. Y
estaba allí, escondido entre el material.
—El corto siempre se planteó así, entonces...
—Claro. Por eso los planos son largos, lentos.
—Usted menciona a Freddy Siso. En su momento, las películas de Siso
fueron vistas como ejemplos de un cine campesino. ¿Usted sería afín a
esa búsqueda?
—Yo
creo que sí. El documental El domador, de Joaquín Cortés, para mí
es uno de los mejores que se han hecho en toda la historia del cine
venezolano. Pero también he visto que existen los lugares comunes
usuales. Ciertas influencias que tenemos del cine foráneo cierran el
mercado a otro tipo de historias. Pero también todo es cuestión de
reeducar. Mientras se haga este tipo de películas, en las que uno se
puede identificar, o aquellos que no se identifican reconocen, por lo
menos, el contexto venezolano, a la larga aprenderemos a leer ese
lenguaje, como se ha aprendido a leer otros, que no son propios. Se
disfrutará entonces de reconocerse a uno mismo. Y hablo del contexto
venezolano y el contexto latinoamericano. Me parece importante rescatar
eso, no con esa visión altruista de rescatar la cultura por rescatarla,
sino hacerlo porque muchísima gente que tiene estas formas de vida, y
las vive emocionalmente.
—Para
mí lo importante es trabajar sobre la idiosincrasia del venezolano, en
el sentido más amplio. La idiosincrasia no es la zona metropolitana, no
es el campo, no es los Andes, no es el humor acelerado del maracucho, el
zuliano, no es el humor picaresco occidental u oriental. La
idiosincrasia del venezolano es todo eso simultáneamente. Evidentemente,
en una película, por cuestiones de temática, de locación, habrá que
escoger alguna de ellas, pero es importante que se refleje eso.
—Usted ha hecho carrera como montador, pero también como director de
fotografía, ¿con qué campo se identifica más?
—Realmente quería ser director de fotografía. Pero, cuando entré en la
universidad, Alfredo D’Ambrosio me dio la oportunidad de trabajar como
asistente de sala en Televisión de Actualidad. Allí estuve como cuatro o
cinco años. Terminé como director de postproducción. En ese tiempo
estuve editando y trabajé con directores reconocidos en Venezuela, con
Leonardo Henríquez, con Román Chalbaud, con Diego Rísquez, con Carlos
Azpúrua. Con eso me puse a estudiar mucho de guión. No porque quisiera
ser escritor sino porque no quería romper la dramaturgia del guión que
estaba editando. Logré manejar un poco las dos herramientas. Me hice un
nombre como editor, y he vivido de eso.
—Usted viene de una familia en la que la gente ha trabajado con las
manos, e hizo el bachillerato en una escuela técnica. ¿Ve el cine como
un trabajo manual?
—Yo
lo veo como algo eminentemente artesanal. Hasta el proceso de escribir
es tener una idea, madurarla, cambiarla, volverla a cambiar, dejarla
otra vez madurar... Las nuevas tecnologías, que han facilitado muchos
caminos, pero el proceso de edición es algo totalmente artesanal. Uno ve
la película millones de veces antes de decir “a lo mejor así está
lista”. Pero uno la deja reposar, y después ve que le puede hacer más
cambios. El cine es un proceso como el amasado de arcilla, como la talla
de la madera. Es un proceso de paciencia muy orgánico, aunque la materia
es intangible. Es un proceso emocionalmente orgánico.
—Es interesante lo que dice, porque se afirma que el proceso de
realización es de la idea al filme. Pero podría ser también del material
al filme.
—Yo
creo que el proceso es la parte más difícil, costosa, agotadora. Es
también la parte más hermosa, porque es la maduración de la idea, la
materialización de la idea. En esa materialización muchas veces se le
puede incorporar nuevos valores, nuevas ideas y completar la obra en ese
proceso.
—¿Cómo percibe la situación actual del cine en Venezuela y qué
directores le llaman la atención?
—A mí
me parece fantástico que se estén renovando las ideas del cine nacional.
El margen se está ampliando para gente joven, también, y los que se
están incorporandon trae nuevos ánimos, nuevas formas de querer contar,
unas experimentales, otras no. De toda esa gama se nutre la nueva paleta
de los nuevos realizadores. Creo que también la temática está cambiando.
Yo vi en estos días El tinte de la fama, y me parece que
asumieron un buen riesgo: no es aprovechar las miserias sino el drama de
la gente, presentado de una manera muy decente. Los personajes
principales, económicamente, están desfavorecidos, pero presentan
dignidades humanas. Se trabajó eso, la condición humana. No se explotó
la miseria, factores dramáticos de chantaje emocional. Hay otras
películas que, variando el género, están muy, muy bien, por realización,
por factura, por técnica, por dirección.
—¿Cuáles han sido las películas que le han marcado como cineasta?
—La
primera película que yo vi que me trastornó fue en la escuelita de
Cabimas donde yo hacía la primaria. Llevaron un proyector a la
biblioteca, convocaron al salón donde yo estudiaba y proyectaron La
guerra de las galaxias. Yo me senté de primero, accidentalmente,
frente a la pantalla. Cuando empezó la película, yo dejé de existir
hasta que se terminó. Estaba trastornado, esa era la palabra. Era
terrible lo que me pasó. Mi pregunta a la maestra fue: “¿De dónde salió
eso?”. Ella, dentro de sus posibilidades, y mis posibilidades de
entendimiento, trató de explicarme que eso fue un señor al que se le
ocurrió eso, lo escribió e hizo la película. Esa respuesta no me cabía
en mi entendimiento. Después fui a ver con mi mamá una película que se
llamaba La mochila azul. Esta vez sí sabía con qué me enfrentaba:
era una sala de cine, y sabía que iban a pasar la película. Entonces
pude entender lo que pasaba, asociándolo a la idea de la maestra. Y
dije: “Qusiera sacar una idea como esa, y hacer una película”. Pero no
tenía idea de cómo. Parir una idea me parecía superdifícil, y como casi
imposible de lograr. No sabía si podría lograr, algún día, hacer una
cosa así. Después, al estudiar en una escuela técnica, de soldaduras,
termodinámica, mecánica de los fluidos, electricidad, dejé un poco eso.
Pero, cuando vino el examen del CNU, y tenía que tomar una decisión, me
acordé. La única opción para estudiarlo era Artes, en la Central. Cuando
salí, no lo podía creer. No sé si estaba escrito, pero aquí estoy.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |