 |
entrevista
"La
parte del ego se nos llena a nosotros cuando la comunidad nos dice:
'Dame una copia'"
El
CNAC aprobó la transferencia a 35 mm, con miras a exhibición en salas, del
documental ¡Epa tú!, dirigido por Jean-Charles L’Ami, una película
que toca el tema del deslave que se produjo en Vargas en 1999 sin incluir
ninguna imagen de la tragedia, con el fin de mostrar cómo el dolor puede
transformarse en conciencia y prevención de hechos similares, causados por
lluvias, o terremotos. Es la tercera cinta que L’Ami realiza sobre ese
desastre y sus consecuencias. La primera fue Falta un pequeño detalle,
codirigida con Fabienne Piot (2002), un relato duramente crítico de la
situación de los damnificados que tiene como eje la historia de una madre de
familia, Reina Da Silva, y que ganó el premio al mejor video documental en
el Festival de Caracas de ese año. Luego dirigió el mediometraje de
animación Mi historia es tu historia (2005), orientado hacia la
prevención de riesgos, en cuya realización participaron los niños que
vuelven a ser protagonistas en ¡Epa tú! Esta segunda película ganó el
Premio Municipal de Cine de Caracas, en los renglones de mejor corto
documental y mejor música, y participó en el Festival del Nuevo Cine
Latinoamericano en La Habana.¡Epa
tú!
fue concebida como una herramienta para propiciar cambios en las
comunidades. Pero trasciende ese propósito por el hecho de que busca basar
su eficacia en el establecimiento de una conexión emotiva con el espectador.
También por la forma como evoca el deslave y porque las secuencias dedicadas
a los simulacros, conducidos por los bomberos, hacen que la segunda parte
del documental sea una suerte de disaster movie sin tragedia, donde
los sobrevivientes se organizan para salir adelante y son rescatados como
parte del ejercicio. ¡Epa tú! tiene, además, secuencias conmovedoras.
En una de ellas, una niña comienza a rayar con un creyón marrón las casas
que antes había dibujado hasta cubrirlas de modo similar a como lo hizo el
barro que bajó de la montaña en 1999. En otra parte se utiliza, por poner un
segundo ejemplo, una grabación del ruido que hizo el terremoto de 1967 en
Caracas. El registro fue efectuado en un estudio donde se estaba grabando un
disco de anguinaldos, por lo que el estruendo del temblor acompaña a la
música en esa cinta. Detalles como estos y otros han justificado su inflado
a 35 mm.
Jean Charles L’Ami nació en Bélgica y estudió cine en su país. Antes de
venir a Venezuela y hacer Falta un pequeño detalle había realizado
cuarto cortometrajes que fueron aceptados en festivales internacionales, y
tuvieron difusión en cines y en televisión. Con Antartica (1996)
obtuvo el primer premio de la comunidad francófona belga en el Festival
Independiente de Bruselas. En Venezuela ha realizado también el largometraje
documental de animación Nuestro Miranda, codirigido por Norma
Courlaender (2006), entre otros trabajos. Vértigo conversó con él
sobre ¡Epa tú! y su actividad en Vargas.
—¿Cómo surgió el proyecto de ¡Epa tú!, en relación con Mi
historia es tu historia?
—La
razón por la cual empezamos a hacer este documental era tener la
oportunidad de revelar, de manera sencilla, todas las llagas de la
catástrofe. Pero dentro de los niños, dándoles la palabra a ellos, o no
tanto la palabra sino la forma de expresarse con dibujos, con cantos, de
diferentes maneras, y que ellos comentaran su trabajo. Esa fue la base
de ¡Epa tú! La palabra clave es la resilencia: cómo tú, que
viviste algo duro, lo vas superando, y al final ese dolor puede servir a
los demás como experiencia para prevenir otro mal. Cómo ese dolor se
transforma en motivación y en un papel: ser alguien. Se ve cómo 4 niños
que eran víctimas, que hoy son unos adolescentes y son los que quedaron
de los 70 con los que comenzamos a trabajar, son ahora algo entre las
autoridades de la prevención y su comunidad. Están, como lo explica el
psicólogo, de tú a tú, al mismo nivel pero cargados de la experiencia y
de la capacidad de prevenir y transformar, con el lenguaje apropiado.
—Los
dos proyectos nacieron al mismo tiempo. Cuando quisimos hacer Mi
historia es tu historia, la idea era hacer un documental que le
diera perspectiva. Si en el cortometraje el punto de vista es solamente
el de los niños, el documental le da una contextualización, una mirada
más adulta, más de especialista; una mirada en perspectiva. Si ellos
dibujan su barrio, queríamos mostrar cómo es el barrio en realidad,
jugar con un hecho y su representación. Eso se paró por una cuestión
económica y de hechos reales: se nos dañó la cámara, y llegó 2005 y, en
plena grabación los niños fueron llevados otra vez a refugios. No
pudimos seguir trabajando con todo nuestro equipo, de 70 adolescentes,
porque fueron afectados otra vez por la catástrofe. Allí se cerró una
primera etapa de ¡Epa tú! Luego terminamos Mi historia es tu
historia, con 10 de los 70.
—¿Por qué continuaron empleando la animación en este otro documental?
—El
collage de diferentes técnicas era el desafío del concepto de ¡Epa
tú! Era reunir cosas muy fragmentadas que es una metáfora de la
situación en la cual viven los niños. Ellos tienen un mundo partido. La
catástrofe arrastró una parte de su realidad, de su mundo, y terminaron
ellos fragmentados como las casas: emocionalmente, socialmente. Siempre
pensé que el collage era una manera lógica de dar cuenta de esta cosa en
términos de material cinematográfico. Además, tuve que hacerlo así
porque era lo que quedaba. Como dije, la cámara que usábamos se dañó, y
no teníamos otra porque era la cámara PAL del coproductor belga. En el
estreno de Mi historia es tu historia, cuando fuimos a enseñar
por primera vez la película en la Cinemateca, en diciembre de 2004, no
teníamos más la cámara. Por eso lo que sale en la película lo hicimos
con dibujos animados, con los mismos muñecos que los niños habían hecho
para Mi historia es tu historia y con una técnica más o menos
similar, para que fuera coherente.
 |
|
—Todo
esto surge, en principio, como consecuencia del deslave de 1999, ¿no?
—Yo
había grabado entonces por primera vez, pero mi implicación personal fue
diferente. Llegué aquí y descubrí este país el 13 de diciembre de 1999,
y quedé muy impresionado con lo que vi en la televisión. Luego, en los
días siguientes, el 15 o el 16, me llamó Francisco Gozon, el director de
fotografía, que estaba trabajando con Panafilms en la identificación de
los damnificados para un programa que se llamaba Aquí Estamos. Todos los
canales lo organizaron conjuntamente: se trataba de grabar gente que
decía su nombre y dónde estaba. Ese trabajo no era cinematográfico, era
utilizar la cámara para resolver un problema de reunir las familias que
estaban dispersas, partidas, y para mí fue el primer contacto. Después
me instalé en Venezuela en el año 2000. Vivía en Catia La Mar y veía
todos los días a los damnificados. Así que hice un documental, que
financié con los derechos de autor de cortometrajes que había hecho en
Europa y que fueron muy bien distribuidos. Tenía suficiente dinero para
producir yo mismo la película como quería, que fue Falta un pequeño
detalle.
—Cuando hizo esa película, ¿su propósito era político?
—Era
más una cuestión de empatía. Yo quedé muy afectado porque todo lo que
veía en la televisión era una cosa como geológica y del momento. A mí me
pareció muy importante ver cómo se puede sobrevivir a eso. ¿Por qué me
tocó tanto? Creo que fue por los cuentos de mis abuelos, que tuvieron
que sobrevivir a dos guerras mundiales en la frontera entre Bélgica y
Alemania, en la zona de entrada y salida de los alemanes, donde la
guerra fue más devastadora. Ellos me contaron que lo difícil no fue
tanto el bombardeo sino el año después, cuando no había manera de
conseguir comida, cuando todavía tu casa tenía un hueco terrible, o se
había incendiado y habías perdido muchas cosas. El deslave de Vargas me
tocó íntimamente por mi historia familiar. Cuando vi a la gente vivir
con tanta precariedad fue la ilustración de todo lo que debieron haber
sufrido mis abuelos y sus amigos, porque fue todo un grupo social el que
vivió la misma cosa. A mí me educaron con una obstinación de prevención
en respuesta a dos guerras mundiales, y me sentí responsable. Sentí que
entendía el sufrimiento de ellos y que podía servir para filmarlo. Podía
ser el receptor de ese sufrimiento y de cómo se supera.
—El
último cortometraje que hice en Bélgica, antes de venir a Venezuela, se
titula Stand Up, y es una película experimental que en la que hay
una búsqueda de levantarse, cuando se está tirado en el piso. Quizás
aunque caigas la primera vez, al menos diste el primer paso. El epígrafe
decía: “A todos los que intentan pararse y caminar de nuevo”. Esa es
razón por la cual estoy aquí y todavía no he dejado de filmar: he visto
todo el proceso de levantarse, primero en una familia, en Falta un
pequeño detalle; después, cuando me conecté con los niños y vimos
que estaban terriblemente afectados, decidimos replicar la experiencia
con ellos en Mi historia es tu historia. Pero no era posible
trabajar de la misma manera. Recuerdo que vi en un canal, no recuerdo
cuál, que una periodista entrevistaba a un niño y le preguntaba cómo
había visto a su mamá cómo había sido tragada por una ola. Si después
apagas la cámara y te vas, ¿cómo queda el chamo? Es una cosa casi de
terapia salvaje, pero no resuelve nada. Nosotros dijimos: “No vamos a
curar a estos niños, no tenemos el poder de hacerlo. Pero las preguntas
que vamos a hacer, la perturbación que vamos a crear, va a formar una
burbuja de cariño con las herramientas adecuadas”. Trabajamos durante un
año con psicólogos, utilizando dibujos y el cuento La calle es libre,
publicado por Ekaré, que es una historia donde los niños se enteran de
que pueden hacer algo juntos.
 |
|
—Cuando
terminamos Mi historia es tu historia y comenzamos a difundirlo,
la película empezó a tener una cadena de distribución totalmente
atípica. Se vio en la Cinemateca, se vio en Vive TV y representó a
Venezuela en el Festival de La Habana, tuvo premios, es decir, tuvo una
vida de cortometraje. Pero al mismo tiempo empezó a ser utilizado por
los bomberos, por la gente de Protección Civil, cuando querían dar una
charla en una comunidad. Nosotros siempre recibimos de la gente de las
comunidades una lectura de la película que nos llenó de orgullo,
hablando como cineasta. A veces haces una película, y la gente queda
fascinada y recibes premios... La parte del ego se nos llena a nosotros,
a todo el equipo, cuando la gente de la comunidad nos dice: “Dame una
copia”. Cuando conseguimos la película pirateada, para nosotros es un
honor. Las mejores funciones que hicimos fueron con sillas de plástico y
videobeam, proyectando en una pared, con un equipo de sonido sencillo.
—¿Cómo ha cambiado su idea del documental a partir de estas
experiencias?
—Ha
cambiado totalmente. Antes yo no había hecho documentales. Hacía
cortometrajes que eran una búsqueda entre el movimiento y la luz. Eran
conceptuales, una cosa de laboratorio. Había hecho el programa de
Literatura y Filosofía, además, y cosas de danza contemporánea. Yo
estaba lejos de la realidad cruda, y, ¡pam!, el choque con la tragedia
me hizo saltar de mi nube.
—Cuando te enfrentas con una realidad, muchas veces proyectas imágenes.
Cuando empecé el proyecto de Falta un pequeño detalle, tenía la
idea de hacer un documental sobre los camiones. A mí siempre me han
gustado los camiones viejos que hay aquí. Veía camiones de agua con un
fondo azul, y me parecía bellísimo. También el ruido: en Europa no hacen
el mismo ruido. Entonces me dije: “Voy a hacer el retrato de un chofer
de camión de agua que fue víctima de la vaguada”. Y pensaba siempre en
la música de Muerte en Venecia, en Mahler. Pero el primer mes de
preparación del documental fue un golpe tras otro, hasta que caí en la
ONG Niños del Mundo, con la que Fabienne Piot, que hizo la película
conmigo, había hecho un mural con los niños allá. El chofer de ellos me
agarró, casi como para regañarme. Me montó en su jeep y me abrió la
visión. Entonces yo dejé de proyectar. Antes yo andaba detrás de la
gente, preguntándole: “¿Tú no conoces un chofer de camión que haya sido
víctima del deslave?”. Y el tipo me dijo: “¡Basta ya! Ahora sígueme”. Me
montó en su jeep y me llevó a los refugios. Me quedé tres semanas con
entregando agua, entregando aceite, haciendo el trabajo cotidiano de la
ONG. Eso de verdad me hizo bajar del pedestal. Fue la mejor escuela de
cine que tuve.
—Se bajó del pedestal pero no dejó de hacer cine.
—Yo sé
que no soy una ONG. No tengo el poder económico. Pero podía alquilar una
cámara y grabar. La cuestión de la empatía siempre fue una cosa mía.
Cuando hacía mis estudios de cine la gente me decía: “Tienes que hacer
documentales”. Pero yo no quería. Me parecía molestar a la gente. Era
como indecente. En este caso me pareció más indecente no hacer nada.
Pero había que tener ética. No podía llegar como un vampiro: chupar el
desastre de la gente, apagar la cámara e ir a ganar premios. No me
gustaban los documentales porque muchas veces veía que los directores
hacían eso.
—Usted ha dicho que ¡Epa tú! es un documental de intervención, y
ese término tiene un sentido muy preciso en el cine político. ¿Cómo lo
maneja en esta película?
—La
intervención como se hizo en Italia, en el mundo sindical, en las
fábricas, para concientizar a la gente, para mí era una cosa que había
visto en la escuela de cine, y era un modelo de lo que puede ser el
lenguaje audiovisual. El curso donde vimos eso fue una ventana. Incluso
se estudiaba el documental con animales, para reflexionar sobre cuál es
el lenguaje, cómo se desarrolla. Lo interesante de una buena escuela de
cine es que vas viendo desde en la publicidad hasta en el largometraje
artístico, buscando todos los caminos que hay. A veces hay algo que
buscas para tu película y no lo consigues, y lo encuentras en las
películas familiares, en las películas caseras. Después leí mucho en los
Cahiers du Cinéma sobre el documental de intervención. Me
interesaba cómo hacer una película en un grupo, en la que el grupo
interviene en la concepción y en la transformación del proyecto, donde
no seas un autor que mira por encima sino el primer receptor y el tipo
que va a transformar, a servir de prisma para captar rayos de diferentes
colores para que al final salga un rayo blanco o azul, que sea la suma
de todos. O lo contrario: a veces ves una realidad, y hay que mostrar
cómo una luz blanca tiene todo el espectro de color. Yo veo mi papel
así, y es lo que intentamos hacer en los documentales. Entiendo la
intervención de esa manera.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |