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entrevistas
"Yo no quise hacer una película
fácil, no tengo tiempo para eso"
Se estrenó Encuentro con el pueblo wayuu,
escrita, dirigida, fotografiada y montada por Joaquín Cortés, en la sala de
la Cinemateca Nacional, en Caracas y en Maracaibo, con la presencia del director en la capital del
Zulia. Es el más reciente documental, de 27 minutos de duración, del
realizador de una de las películas más importantes de ese género en la
historia del cine venezolano: El domador. Al igual que en ese filme,
Cortés prescinde de una voice over que narre. También se asemeja a la cinta
de 1978 en que descubre para el espectador cosas que muy probablemente no
conocía de la realidad de los indígenas que habitan en la Guajira, entre
Venezuela y Colombia, y se parecen, además, en la crudeza de algunos
detalles. Por ejemplo en el registro de la ceremonia de desentierro y
limpieza de los huesos que antecede el traslado de los restos al segundo
entierro, el definitivo, como es costumbre entre la gente de ese pueblo
indígena.
El pueblo wayuu se ha convertido en tema de algunos documentales venezolanos
destacados en los últimos años. Están, por ejemplo, El cartero wayuu
de Alejandra Fonseca, que ganó el Premio Documenta otorgado por la Embajada
de Francia, y El niño Shuá de Patricia Ortega, sobre el intelectual
indígena Miguel Ángel Jusayú, que recibió el premio al mejor documental,
entre otras distinciones, en el Festival de Mérida, y fue premiada también
como mejor documental experimental el Festival de Bahía. Encuentro con el
pueblo wayuu, a pesar de la distancia generacional que separa al
director, que nació en España en 1938, de esas dos jóvenes cineastas,
se inscribe en la misma búsqueda de un documental de autor, distinto tanto
del modelo comercial-televisivo como del filme antropológico. En su caso la
película tiene como hilo conductor un adentramiento en la realidad de los
wayuu, que va de las celebraciones multitudinarias a la vida cotidiana de
una familia en la Alta Guajira. Entre los wayuu también han surgido
recientemente cineastas que han destacado con sus películas y la
colaboración en otros filmes, como Leiqui Uriana y David Hernández-Palmar.
Con motivo del estreno de la película, Vértigo participó en una
conversación un pequeño grupo de periodistas con Joaquín Cortés, quien ha
realizado también largometrajes de ficción, como Caballo salvaje y
La montaña de cristal, y ha publicado cinco libros de fotografía entre
1968 y 2007.
—¿Cuál fue su motivación para hacer la película?
—Hace
más o menos 20 años estuve en la Guajira, y realmente me impresionó lo
que vi. Sobre todo la gente, su comportamiento y la diferencia tan
grande que había entre el wayuu en su vida privada, digamos, y como es
visto por el criollo. Pasó el tiempo, no se dio el proyecto, y hace como
4 años hice un trabajo fotográfico. De ahí salieron amistades y se abrió
la posibilidad de entrar en la vida de ellos de forma un poco diferente
a como normalmente entra un equipo de filmación. Considero que formé
parte de su vida durante ese tiempo y no me veían como algo extraño,
porque estaba todo el precedente de las fotos y del tiempo que le
dediqué antes de empezar a filmar. La motivación era poner de relieve lo
que yo admiro en ellos, que es una gran integridad, un sentido del valor
de su propia cultura y, sobre todo, algo de dignidad que es muy difícil
encontrar hoy en día.
—¿Cuánto tiempo le llevó la realización de la película?
—Se
hizo en varias etapas. Claro, hay eventos que uno no puede prever, como
el segundo entierro y esas cosas. Creo que fueron en total como 5
viajes, cada uno de entre 7 y 20 días, porque había mucho tiempo
dedicado a facilitar lo que se iba a filmar. A nadie se le decía lo que
tenía que hacer ni cómo tenía que hacerlo. Nada de eso.
—¿Y la investigación?
—La
película no está basada en investigación. No quise hacerlo. Pienso que
los antropólogos pueden agarrar la película, diseccionarla y encontrar
razones, y probablemente, al cabo de unos años, esas razones no sean
válidas, porque descubren otra cosa. La película lo que pretende ser es
un encuentro, no en el sentido de que yo los encuentro sino de que ambos
nos encontramos. Esa fue la idea. Claro, había un conocimiento básico,
por supuesto.
—¿Cuál fue la reacción de la gente al hacer la película?
—En
el press book hay una serie de personas viendo una cámara y una
niña que ve al espectador. Eso es intencional. De alguna manera es un
filme en el que todos participaron. Todos sabían que estaba haciendo la
película y sabían cómo estaba siendo hecha, quiénes eran ellos en la
cinta, y estaban encantados de que la gente supiera cómo vivían. Me
ocupé durante mucho tiempo, antes de empezar, en que supieran cuál era
la intención. En ningún momento fueron manipulados o pensaron que los
iba a utilizar. Pienso que en los documentales esa es una parte muy
importante. Uno no puede llegar a la casa de alguien con una cámara de
video y decirle a la gente: “Siéntense ahí”. Eso no funciona. No le
interesa a nadie que un señor que se para y dice: “Yo cuando era
chiquito hacía esto y lo otro”. Si alguien se interesa y tiene
curiosidad, más allá de ver la película puede leer puede meterse en
Internet, mil cosas. Pero eso es una cosa distinta.
—En El domador ha sido visto por la crítica un propósito de
polemizar con otro filme: Llano adentro, la película de 1958 que
hizo Elia Marcelli para la Shell. ¿Hay un deseo similar de diálogo con
otros filmes, con otras representaciones, en Encuentro con el pueblo
wayuu?
—No
intencionalmente, probablemente, pero sí en el planteamiento general de
no tener un personaje narrando y diciendo cosas. Evité en todo momento
eso y es quizás el extremo opuesto. Hay muchas películas que hablan, y
hablan y hablan. No es mi manera de ver el cine. En ese sentido es
posible que haya, sin una intención manifiesta de encuentro con ese otro
tipo de cine, el de la narración verbal.
—Usted es fotógrafo. ¿Qué cree que distingue al fotógrafo cuando se
aproxima al cine que lo pudiera diferenciar, por ejemplo, del escritor,
del guionista?
—En
general no suele ser muy exitosa la participación, incluso de los
fotógrafos de cine, en la dirección de películas. Grandes directores de
fotografías raramente logran hacer un buen filme. No logran narrar sino
que se van por la luz, el encuadre, todo eso. Pienso que no hay ninguna
relación. Son dos lenguajes absolutamente distintos. Yo no pienso en
términos fotográficos cuando hago una película sino en términos
narrativos. No sé qué facilidad puede darle a un fotógrafo, para hacer
cine, el ser fotógrafo. Creo que generalmente suele ser
contraproducente. Lo que yo he visto, por lo menos.
—Pero, ¿cómo fue el proceso de ir del trabajo fotográfico que precedió a
la película, en este caso, a la realización del documental?
—No
es sólo en ésta. Otras películas mías vinieron de ese desarrollo.
Primero entro en contacto con la gente, y es una buena manera hacerlo a
través de la fotografía. Pero cuando me planteo que eso se pueda
convertir en cine, ya no pienso en términos fotográficos. No sabría
decir exactamente cómo se desarrolla en mi cabeza el hacer la película
pero, en términos generales, en el cine documental que hago me planteo
el descubrimiento de las cosas, no preestablecer cómo van a ser las
cosas, lo que sí es necesario en el cine de ficción, obviamente. Hay
mucha plata envuelta, hay un productor y no puedes ponerte a divagar
porque dicen que no sabes hacer cine. En cambio, en el cine documental
sí se puede descubrir. En ese sentido se parece un poco a la fotografía,
porque descubres cosas también. Pero en términos de lenguaje no hay
ninguna relación. Lo que me facilita el haber hecho las fotografías es
la relación con la gente, saber cómo se comportan, cómo se mueven. Pero
no pienso que eso sea imprescindible. Puedes hacer la película sin haber
hecho las fotos.
—Usted viene de trabajar con el medio fotoquímico, y en Encuentros
con el pueblo wayuu trabajó en digital. ¿Cómo ve la relación entre
una cosa y la otra?
—El
medio digital tiene ciertas ventajas. Por ejemplo, los costos: puedes
grabar, y grabar y grabar. Y tiene ciertas desventajas en cuanto al
contraste. La imagen tiene otra textura. Por más que inventen que van a
ponerle un sistema a la cámara para que parezca que es cine, parecerá
que es cine pero no es cine, es otra cosa fotográficamente. A mí me
parece maravilloso el video. Esto no lo hubiera podido hacer en cine.
También por el equipo, el peso, la cantidad de material que hubiera sido
necesaria. Quizás el 16 mm se acerque un poco, pero sigue siendo
diferente.
—¿En algún momento usted se dijo: “Ah, si hubiera tenido una cámara de
16 mm”?
—No
realmente. Me planteé que era video, y así fue que trabajé. Una cosa que
observé en muchas películas de la Guajira es el gran contraste que hay
en la imagen. El sol es impresionante y las partes que no reciben luz
quedan bloqueadas. Eso sucede en cine y en video, por supuesto, también
sucede. Habrás visto que en la película hay fondos que están
sobreexpuestos, ese tipo de cosas, lo cual no me molesta porque de
alguna manera traduce ese ambiente, esa atmósfera. Pero, cuando se trata
de momentos en los que quisiéramos ver los rostros, es realmente un
problema. Yo elegí épocas del año en las que no hubiera ese sol, y si
hay un personaje al que le hago un close up, por ejemplo a una señora
cuando se estaba pintando, está debajo de un techo. Ella no sabía que yo
quería que estuviera bajo techo, pero ella se puso ahí porque nadie se
pone al sol a pintarse. Si hubiera estado en otras circunstancias, no
hubiera servido.
—Otra cosa importante en el filme es el sonido: el crujido de los
árboles cuando los mece el viento, el chirrido de una balanza movida por
la brisa…
—Eso
sirve, sobre todo, para crear atmósfera.
—¿Se escuchan así esos sonidos en realidad?
—No.
—¿Qué proyectos tiene después de Encuentro con el pueblo wayuu?
—Tengo un proyecto que se llama Hombres de arena. Hay una serie
de personas que, en la época de sequía, cuando el río Apure está bajo,
se dedican a extraer arena. Se sumergen y, con un balde pequeño,
agujereado para que el agua se escurra, van sacando la arena y llenan la
curiara completamente, como una pirámide, que luego llevan hasta el
puerto. Yo he hecho algunos trabajos sobre ellos en fotografía y siempre
me intrigaba qué piensan mientras están abajo. Porque ellos se sumergen
y desaparecen, y luego salen con el balde y paf, tiran la arena ahí. Yo
pensaba en qué pensaban, y hablando con ellos me di cuenta de dónde está
la película. Esa es la idea básica: la vida de esa gente.
—¿Piensa llevar Encuentro con el pueblo wayuu a la televisión?
—No lo
he intentado pero me encantaría. Claro, no sé cuál podría ser la
reacción del público en televisión. Yo no quise hacer una película
fácil, no tengo tiempo para eso. Quería hacer una película que me
satisficiera, y este tipo de cosas hace que la audiencia de televisión
cambie de canal, porque no hay nadie explicándole lo que está viendo. Yo
no soy de los que creen que las películas, para que tengan razón de ser,
tiene que verlas una gran audiencia. Pienso que es suficiente que la
vean las personas que las puedan apreciar. Hay obras que las ha visto
muy poca gente y, sin embargo, son muy importantes.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |