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entrevistas
"En la narrativa andina, cuando
un viejo cuenta una historia desarma la intriga. El espectador sabe lo
que va a ocurrir y tiene más tiempo de pensar en la problemática que la
historia le plantea"
Jorge Sanjinés estuvo en Venezuela para recibir el Premio Alba. Es una
distinción política para un realizador que ha hecho en toda su carrera cine
político, desde sus primeros trabajos, como el cortometraje documental
Revolución (1963) y Ukamau (1966), hasta las cintas que hizo
después con el colectivo de cineastas que tomó el nombre de ese filme, el
Grupo Ukamau, como Yawar Mallku, más conocida como La sangre del
cóndor (1968), El coraje del pueblo (1971) y El enemigo
principal (1973), hasta La nación clandestina (1986) y los filmes
más recientes.
Pero su obra está marcada también, y esto es más importante desde el punto
de vista cultural y cinematográfico, por la búsqueda de un cine
auténticamente boliviano, con una forma de narrar propia. A lo largo de un
difícil proceso de acercamiento a las comunidades para hacer con ellas las
películas, que estuvo tan marcado por la autocrítica como por los objetivos
políticos revolucionarios, se fue convirtiendo en un requisito indispensable
para alcanzar la meta expresada en uno de los manifiestos del grupo: hacer
cine junto al pueblo. Entre sus características están la preferencia por el
protagonismo colectivo y un manejo del tiempo acorde con la forma circular
como lo entienden muchos pueblos indígenas. En relación con el tiempo
también adquiere relevancia el uso del planosecuencia, como un medio de
captar tal como es el devenir andino. Por todo eso los filmes que hicieron
desde El enemigo principal se inscriben en una segunda fase de la
producción de Sanjinés y Ukamau, signada por la reflexión además de por la
denuncia, que era el objetivo principal de las cintas anteriores.
En la Cinemateca Nacional se llevó a cabo un cineforo con Jorge Sanjinés, en
el cual se proyectó La nación clandestina, cinta en la que el
cineasta considera que cristalizó el tipo de cine que se propone hacer el
Grupo Ukamau y que compartió con Homer and Eddie de Andrei
Konchalovski, la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián en 1989.
Vértigo ofrece la transcripción de lo dicho por Sanjinés, antecedida por
la breve introducción que hizo de la película y seguida de cinco preguntas
que se le hicieron antes de que comenzara la función. Las preguntas del
público han tratado de ser interpretadas en su espíritu, y no reproducidas
textualmente, para darles la redondez, brevedad y claridad que el texto
escrito requiere.
—No
quería que vieran La nación clandestina sin antes darles una
información que pueda ayudar a mirarla mejor. Esta película es el
resultado de una intensa búsqueda de construir una narrativa
cinematográfica propia, que nos perteneciera, que nos permitiera contar
nuestras historias no con la gramática americana o europea. No por ser
diferentes sino para llegar mejor a la nación profunda, a mucha gente
que tiene una cultura muy distinta a la europea o a la norteamericana.
La película tiene sólo 100 capítulos y está filmada en 100 planos. Es
una película que, curiosamente, no tiene edición. Se terminó, se reveló
el material y sólo tuvimos que elegir las secuencias que estaban mejor y
sincronizar la banda sonora. La película estaba lista. Pero tampoco eso
se hizo por manierismo o por sorprender a nadie, sino porque tenía que
ver con la manera de entender el mundo de los pueblos indígenas quechua
y aimara, que son las etnias mayores en la sociedad boliviana. La
concepción, por ejemplo, circular del tiempo del mundo antiguo. Esos
pueblos grandes, que han creado civilizaciones como la de Tiwanaku,
concebían el tiempo como una manera de regresar permanente. No es como
el pensamiento occidental, para el que el tiempo tiene un comienzo, un
desarrollo y un final. Es lineal. En el mundo indígena el tiempo es
circular: la muerte puede ser el comienzo de la vida y el futuro,
curiosamente, no siempre está delante, también puede estar atrás, como
van a ver en esta película.
—Hemos visto en esta película una concepción del tiempo circular, y el
nuevo cine latinoamericano, ese popcine que se viene haciendo ahora,
intenta de alguna manera hacer propuesta nueva de montaje en el que
toman fragmentos de un lado y los ponen al final y todo eso, para llegar
a convencer a Cannes, para mostrar un cine bonito, novedoso. Ese cine
nos deja vacíos. Sentimos la sensación de que no nos pertenece, de que
no nos vemos reflejados en él. ¿Qué le hace falta a ese cine para que el
pueblo lo sienta realmente suyo?
—Es
un problema grave y no concierne solamente a la cinematografía. Creo que
todo el arte latinoamericano está interpelado por una imperiosa
necesidad de identidad y de ser nosotros mismos. Es muy raro ese camino
que notas en algunos jóvenes cineastas que, para llegar a los festivales
se acomodan al lenguaje del cine hegemónico. Sin embargo, una película
como La nación clandestina, que es tan diferente, compitió en San
Sebastián, primero con 125 películas de todo el mundo, después fueron
seleccionadas 12 películas para la competencia y ganó el premio de ese
festival, con un lenguaje que no tiene nada que ver con todas esas
búsquedas formales modernas. Creo que el tema es sencillo en el fondo:
se trata de buscar el sentido de nuestras raíces culturales, de componer
una visión de quiénes somos, de qué manera somos indígenas o mestizos en
nuestra cultura, u otras cosas necesarias para expresar la realidad
verdadera de la sociedad. El llamado importante que veo que hace el
Grupo Ukamau de cine boliviano es a la autenticidad, a ser auténticos.
Nosotros mismos en algunas películas no lo hemos sido suficientemente, y
probablemente por eso esas películas no funcionaron como pensábamos.
Creo que ese es el mayor desafío: la autenticidad.
—Yo no sé cómo interpretar el final de la película. ¿Podría aclarármelo
un poco?
—En
La Paz la película se estrenó en dos salas del centro de la ciudad y en
una sala marginal, en un barrio popular, concurrida principalmente por
gente aimara. Es una sala enorme, de 2.000 espectadores, y estuvo muchas
semanas, siempre llena. En esa sala a nadie se le ocurrió preguntar por
qué Sebastián aparece vivo al final. En cambio, sí pasaba en el centro.
Estudiantes universitarios decían: “¿qué significa?, ¿que no había
muerto? Para los aimaras era muy natural que apareciera otra vez, porque
es el regreso de la vida. Él lo que entierra es su pasado. Por eso decía
al comienzo que el futuro puede estar atrás. Ese es el futuro: el hombre
nuevo que ha renacido del dolor, de la conciencia, y que entierra su
pasado. Incluso hay otra anécdota más terrorífica. En un momento dado,
cuando estábamos editando la película en Buenos Aires, a mí me entró la
duda: “Eso es coherente con lo que queremos expresar, pero ¿qué va a
pensar el público cuando aparezca otra vez Sebastián?” A mi esposa, que
es la productora de la película, le dije: “¿Qué tal si le cortamos el
final?” Ella me dijo: “Realmente creo que tú estás demasiado cansado
para proponerme eso. Vas a tener que pasar por sobre mi cadáver antes de
cortar el final”. Ocurre eso: a veces el exceso de trabajo a uno lo
atonta, porque ese final cierra coherentemente todo el discurso cultural
de la obra, cuando él se mira a sí mismo, en el pasado. El éxito de la
película se debe a que se ha dado en varios países y los japoneses, los
suecos o los norteamericanos la ven tranquilamente. No les parece que
haya nada extraño en ella. Pienso que uno llega a ser universal cuando
puede ser profundamente regional. Todos tenemos interés en entender el
mundo y la cultura de los pueblos.
—Si hace 110 años, cuando llegó el cine a Venezuela, por ejemplo, se
hubieran entregado las cámaras y los proyectores a los indígenas, ¿qué
hubiera pasado?
—Cada
país tiene sus propios misterios, sus propios secretos. Unos más aliados
que otros, unos más ocupados culturalmente que otros; unos con más
presencia indígena, otros con menos, todos nos pueden enseñar cosas en
la vida, y el llamado a los artistas, a los intelectuales, a los
creadores es a que miren con profundidad su sociedad. De eso se trata:
de mirar adentro, no de mirar hacia fuera.
—¿Podría hablarnos un poco de su metodología de trabajo a medio camino
entre el documental y la ficción?
—Cuando hicimos hace años El coraje del pueblo se nos planteó ese
dilema. Queríamos devolverle a la sociedad boliviana la memoria de una
masacre que estaba siendo ocultada por el estado, por la política
oficial; una masacre que costó la vida a cientos de personas. Cuando
habían pasado cerca de cuatro años, se publicó en la prensa una pequeña
noticia en la que decía que en un incidente, en una zona minera, había
muerto un minero y un policía, y que era todo lo que había pasado. Nos
dimos cuenta de que era muy grave lo que ocurría porque esa masacre
tenía que ver mucho con la política del país en ese tiempo. Esa masacre
había sido instrumentada por la misión militar norteamericana en
Bolivia. Su objetivo era impedir que los mineros, los trabajadores, los
estudiantes, se reunieran en un centro minero para discutir de qué
manera iban a darle apoyo a la guerrilla del Che Guevara, porque desde
1967 el Che estaba en Ñnancahuazú, combatiendo contra el ejército de
Bolivia. ¿Cómo hacíamos una ficción sobre un hecho histórico tan
reciente, tan tremendo? ¿Un documental? Podría resultar el documental,
tal vez, un recurso muy frío, aunque tal vez era más fácil entrevistar a
la gente y poner un relato encima para explicar lo que había pasado la
Noche de San Juan de 1971. Discutimos los compañeros del Grupo Ukamau y
dijimos: “Lo que deberíamos hacer es un documento irrefutable, una
película que reconstruyera la historia de lo que había pasado”. ¿Por
qué? Porque nos interesaba conmover, emocionar, llegar no solamente a la
razón sino al corazón de la gente. Estoy convencido de que, cuando se
toca el corazón, el cerebro piensa mejor. Eso es lo que hicimos. En esa
película se trabajó con los protagonistas de los hechos históricos,
muchos testigos que los habían vivido, que habían sufrido, que habían
perdido familiares en la masacre, que habían sido heridos. Ellos
testimoniaron y trabajaron como actores. La película descolocó en ese
tiempo a los críticos europeos. Se preguntaban: “¿Esto qué es? Un
documental no. ¿Es una ficción? Tampoco”. Fue muy interesante.
—La búsqueda de Sebastián, el protagonista, es de su raíz. Porque él
hasta tiene que cambiarse el nombre para sobrevivir. Por eso, en la
escena final, trata de quitarse todo ese peso que trae encima. Ese peso,
hoy, es el de la globalización.
—Hoy
ocurre un proceso muy curioso en la sociedad boliviana. Esta película se
llama La nación clandestina y responde a un momento histórico del
país. Todo eso que muestra la película detrás de Sebastián son hechos
históricos de Bolivia. Para un boliviano es tal vez más fácil comprender
la película porque puede identificar los diversos momentos en los 40
años de historia contemporánea del país que están reflejados en la
historia de Sebastián. Esa nación en esos años tenía que realizar muchas
actividades clandestinamente. Sus festividades muchas veces eran
perseguidas por la policía, sus ritos perseguidos, su medicina. Hoy en
día no necesita ser clandestina. La nueva Constitución Política del
Estado reconoce la presencia de los pueblos indígenas, y hoy están
aprendiendo todos los funcionarios públicos del estado boliviano, de
acuerdo con la región donde viven, quechua o aimara. Es obligatorio que
un funcionario público maneje por lo menos una de las lenguas
vernáculas. Pero en ese proceso de clandestinaje que vivió el pueblo
boliviano era una verdad terrible. El joven indígena, para trabajar en
esa sociedad discriminadora y racista, tenía que hacer lo que hizo
Sebastián: cambiarse el apellido para que lo vieran menos indio. Para
que pudiera mimetizarse con los mestizos tenía que renunciar a su
identidad. Uno de los temas de la película es ese: la necesidad de
reconocer la identidad, porque los pueblos o los hombres que no
reconocen su identidad y no tienen conciencia de ella se confunden. Eso
está pasando en todo el mundo, y la confusión siempre termina en
violencia.
—¿Cómo aproximarse a compartir el conocimiento con una comunidad
indígena sin que parezca que se la está invadiendo y robando?
—A
nosotros mismos nos pasó una situación dramática cuando estábamos
filmando Yawar Mallku. Es una película que tiene toda una
historia porque es un filme de agitación como La hora de los hornos,
y siempre las dos iban juntas a agitar a las multitudes. Cuando hicimos
esa película fuimos a la comunidad de Kaata, que estaba 350 kilómetros al norte
de la ciudad de La Paz. Llegamos allá porque el jefe de la comunidad,
Marcelino Yanahuaya,
había visto una película nuestra anterior, Ukamau. Nos
contactamos por casualidad, hablamos con él, y nos propuso hacer una
película en su comunidad. “¡Qué maravilla!”, dijimos. Nosotros estábamos
buscando una comunidad. Queríamos denunciar lo que los norteamericanos
estaban haciendo en el campo, esterilizando mujeres campesinas indígenas
sin su consentimiento, un genocidio. Ese plan de Robert McNamara (presidente del Banco Mundial), tuvo alcances siniestros y gravísimos en Puerto Rico,
donde esterilizaron a 50% de las mujeres jóvenes. Entonces nos
propusimos hacer una película para denunciar en la sociedad boliviana
ese crimen, y nos venía muy bien esa propuesta. Nos trasladamos hasta
allá con muy pocos medios. Esa película se hizo de una manera increíble.
Teníamos una cámara con un solo lente, 300 dólares de presupuesto y un
cheque sin fondos, que puso en crisis a algunos de los compañeros porque
no se atrevían a vivir con ese peso, con ese peligro. Pero uno de ellos
dijo: “De la cárcel podemos salir en un rato; de la frustración de no
hacer esta película no saldremos nunca”. Y la hicimos.
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—Pero
ocurrió algo tremendo. Después de tres días de estar en la comunidad
indígena, siendo amigos del jefe, nadie quería venir a trabajar. ¿Qué
ocurría? Estábamos ofreciendo un salario tremendo, el doble de lo que
podía ganar un campesino en un pueblo cercano. ¿Por qué no querían
trabajar? ¿Qué clase de extranjeros éramos nosotros?, ¿gringos
nacionales? No sólo eso. Unos campesinos que se habían tomado unos
tragos quisieron atacar la casita donde estábamos alojados, que era del
jefe. Entonces nos dimos cuenta de que cosa tomaba un cariz tremendo,
violento, e íbamos a tener que irnos. ¡Qué vergüenza! Llegar a hacer una
película con las mejores intenciones políticas y que de esa manera nos
reciban, nos traten. Era un problema de no comprensión, de falta de
conocimiento de la cultura del pueblo, de falta de respeto, de
paternalismo intelectual. Cuando nos dimos cuenta de eso, había que
pedir disculpas. Teníamos que haberle pedido permiso, no al jefe de la
comunidad, porque no resolvía nunca el problema. Le decíamos: “Pero si
tú eres el jefe, amigo, ¿por qué no ordenas que vengan a trabajar?” No
sabía darnos una respuesta convincente. Y es que no habíamos
comprendido, porque éramos ignorantes de nuestra propia cultura, que el
poder político en el mundo andino no está concentrado en un hombre, en
un partido; está concentrado en el pueblo, en la asamblea, en la base de
la sociedad. Era el pueblo al que teníamos que haberle pedido permiso
para entrar en su tierra y hacer una película con ellos.
—Cuando entendimos eso, se nos ocurrió una demostración de respeto a la
cultura de ellos. Contactamos al jefe y le dijimos: “Mañana nos vamos a
ir, tenemos todo preparado. Pero hemos entendido lo que está pasando
aquí y quisiéramos proponer a la comunidad, a través de su autoridad,
que convoque al clarividente, que él vea con los medios que tiene”. En
Cuba se ve con los caracoles, en Bolivia se ve con la coca. “Que lea en
la coca si nosotros estamos aquí por el bien o por el mal. Si estamos
por el mal, nos iremos mañana mismo”, dijimos. Eso le pareció muy bien.
Le fue a preguntar a la gente, estuvieron de acuerdo, se reunieron a las
10 de la noche, en una ceremonia larguísima, muy bella, y al final el
clarividente echó las hojas de la coca tres veces. Después vino el jefe
con la cara más sonriente y nos dijo: “Dice el maestro que ustedes
tienen el corazón limpio”. Entonces los llamamos a trabajar e hicimos la
película.
—Los críticos han señalado dos etapas en su obra. La primera, la de
Ukamau, Yawar Mallku, El coraje del pueblo y El
enemigo principal, está marcada por las dictaduras y el objetivo de
la denuncia; la segunda, la de La nación clandestina y Para
escuchar el canto de los pájaros, sería una etapa más reflexiva, que
se desarrolla en democracia. ¿Qué piensa usted de ese juicio crítico?
—El
cine nuestro, el del Grupo Ukamau, porque no lo hice yo solo, cada
película se debe también al esfuerzo y al talento de otra gente, desde
un temprano momento se constituyó en un cine político que intentaba
acompañar el proceso liberador del pueblo boliviano haciendo películas
de denuncia de la represión, de los atropellos de la dictadura, y
también, principalmente, de las intervenciones del imperio. Vivíamos en
una suerte de enfervorización por la situación política de América
Latina en esos años. Sin embargo, nuestro cine ya era político antes. En
1963 hicimos Revolución, un cortometraje que ganó el premio en
Leipzig. Era una película que planteaba los problemas de la miseria y de
la revolución, y de la solución por la vía armada en esos años, en
1963-1964. Pero la epopeya y la muerte del Che replantearon el
compromiso de los intelectuales y los artistas en América Latina. Un
hombre que tenía a su alcance todo, el poder y la gloria, que va a
sacrificar su vida por la liberación de un pueblo nos interpela todos
desde el punto de vista moral. Entonces eso incrementó el carácter
revolucionario del cine latinoamericano, no solamente el nuestro.
—Eso
corresponde a un momento de enfrentamiento directo con los estamentos
del poder, que duró hasta que se abrió la democracia, en el año 1982.
Hasta ese momento, películas como El coraje del pueblo eran
importantes porque se extendían oscuridades sobre la memoria colectiva
que negaban hechos como esos. No había televisión, la prensa estaba
amordazada, la radio amordazada, y el cine era el único lugar donde se
podía recuperar la memoria histórica. Ese papel de enfrentamiento fue
muy nítido hasta que cayeron las dictaduras militares. Con el proceso
democrático nosotros tuvimos posibilidades de hacer un cine político
pero de mayor penetración en la sociedad. Abrimos espacios a la
reflexión sobre grandes temas como el racismo, la identidad cultural.
La nación clandestina corresponde a ese proceso, pero no deja de ser
una película comprometida con la vida política del país. Esa es la
diferencia: la terminación de las dictaduras nos llevó a replantearnos
el cine que debemos hacer ahora.
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—¿Qué rescataría usted de la etapa de la denuncia y qué considera que
debe ser superado?
—Todo
está signado por la búsqueda de una narrativa propia. Lo más importante
para nosotros fue construir un cine político pero con identidad. Para
hacer eso teníamos que preguntarnos en qué país vivíamos, cuál es la
cultura de nuestro país. Teníamos la narrativa europea, norteamericana y
podíamos contar historias bolivianas a través de ella. ¿Funcionaba o no
funcionaba? No funcionaba. Las películas que tenían éxito en Europa y
que eran aplaudidas en las ciudades no funcionaban en el campo. No
porque los campesinos no entendieran las películas sino porque las
sentían como una intervención cultural más, como un acercamiento siempre
desde arriba, desde el paternalismo de la otra cultura. La nación
clandestina es la culminación de esa búsqueda de una narrativa
propia, en la que, por ejemplo, eliminamos el protagonista individual y
nos abrimos a un protagonista colectivo. Aunque esta película tiene un
protagonista individual, no podría existir sin el colectivo. Las
películas anteriores están todas abiertas a protagonistas colectivos:
El coraje del pueblo, El enemigo principal… Los pueblos
indígenas en Bolivia, y en otras partes de América Latina también,
tienen una cosmovisión colectiva. Se piensan como grupo y después como
individuos. Entonces, a una persona que tiene esa mecánica de pensar no
se le puede contar una historia a través de un protagonista que sea el
jovencito de la película. Los jovencitos tienen que ser el pueblo en su
conjunto, el colectivo, el grupo. De esa manera lo aceptan mejor, lo
creen más propio, como una narrativa propia.
—Hay un rasgo en Yawar Mallku que la hace una gran película, y es
que la narración va descubriendo diversas “capas” del problema, sin que
al principio se sepa con claridad de qué se trata, hasta llegar a lo
esencial, que es la política de esterilización. ¿Cómo llegaron a esa
forma de contar la historia?
—El
proceso creativo es en gran medida intuitivo. Nosotros no nos
propusimos, cuando hicimos el guión de Yawar Mallku, hacer eso
así. Lo vimos de esa manera, lo compusimos de esa manera porque
pensábamos que era eficaz. Empezamos a tener conciencia de la narrativa
y empezamos a controlarla después de Yawar Mallku, no en esa
película. Los logros de esa película diría que se deben a la intuición.
La búsqueda consciente de un lenguaje propio vino como consecuencia de
lo que pasó cuando filmábamos Yawar Mallku. Comprendimos que para
dirigirnos a los campesinos teníamos que cambiar la narrativa, como
ocurre en El enemigo principal. En El enemigo principal
hay un viejo que anticipa los hechos, narra lo que va a pasar. ¿Por qué?
No porque pensáramos en Bertolt Brecht. Coincidimos con Brecht porque,
en la narrativa andina, cuando un viejo cuenta una historia lo hace de
esa manera. Desarma la intriga y el espectador no está preocupado en qué
irá a pasar. Ya sabe lo que va a ocurrir, entonces no se distrae con la
intriga y tiene más tiempo para pensar en la problemática que la
historia le plantea.
—El Grupo Ukamau se propuso hacer cine junto al pueblo. ¿Cómo se
mantiene vigente esa meta en la actualidad, cuando los indígenas en
Bolivia han tomado las cámaras para contar ellos sus propias historias y
denunciar ellos sus problemas?
—Nosotros lo apoyamos plenamente. El director del centro que forma a los
indígenas que hacen cine es mi hijo. Él ha entendido claramente que hay
que abrir los espacios de preparación para que los propios indígenas
hagan su cine. Eso es lo que está ocurriendo con esa experiencia, que va
a revelarnos seguramente muchas cosas nuevas con el tiempo.
—¿Y usted, como cineasta, cómo afronta eso?
—Eso no
quita ni contradice el hecho de que yo haga cine. Yo tengo tanto derecho
a hacer cine en mi país como ellos. Lo puedo hacer con indígenas o, como
en las últimas películas, con gente de la clase media. No hay conflicto.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |