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cine venezolano
2007: largometrajes de ficción
En 2007 se confirmó que cine venezolano en cartelera ha vuelto a ser una
realidad, como lo fue en los setenta y en los ochenta, al menos en lo que
respecta a los largometrajes de ficción. En lo que se refiere a los
documentales y a los cortometrajes, lograr que las películas lleguen a los
cines sigue siendo una fantasía, a pesar de que la producción de este tipo
de filmes es superior en número y que Ley de Cine no establece distinciones
en lo que respecta al deber de exhibir películas nacionales, e indica
expresamente que es obligatorio programar cortos. Sin embargo, 9 cintas
venezolanas fueron proyectadas en los circuitos comerciales, y a ellas el CNAC suma 2
coproducciones, El último bandoneón y La edad de la peseta, para
completar 11. Aunque la cifra más abultada es igual a la del año
pasado, permite constatar la voluntad de convertir en hechos parte de lo
dispuesto en la legislación para fomentar el cine nacional.
Los largos de ficción estrenados en 2007
-uno de ellos resultado de la unión de dos cortos- son, además,
expresión de un cine plural en lo que a las búsquedas de los realizadores
respecta. Se estaría realizando así la utopía esbozada por la
directora de Postales de Leningrado, Mariana Rondón: "El cine es un
arte, y en la medida en que son arte, todas las películas tienen que ser
diferentes". Sin embargo, no se trata de una diversidad caótica. En el
conjunto de producciones podría haber cinco principales vertientes por las
que los filmes se decantan. La nota central de Vértigo esta semana es
un intento de señalarlas, con la esperanza de generar un debate que
contribuya a entender mejor hacia dónde se encamina en el cine
venezolano hoy, en especial porque de los nueve filmes que son
considerados en el trabajo, cinco son operas primas.
Las
cinco vertientes por las que se decantaría el cine venezolano actual, a
juzgar por las películas exhibidas en 2007, son las siguientes:
preocupación central por la forma y por la técnica; atención a los temas
sociales y políticos; interés en la historia; predilección por la
comedia y lo cómico en general, y asimilación creativa de los géneros de Hollywood. De la primera tendencia serían representativas principalmente
Postales de Leningrado de Mariana Rondón, Ni tan largos... ni
tan cortos de Héctor Palma, y Puras joyitas de César Oropeza
y Henry Rivero. De la segunda, La clase de José
Antonio Varela, Señor Presidente de Rómulo Guardia y 13
segundos de Freddy Fadel. El tema histórico es claramente
identificable en Miranda regresa de Luis Alberto Lamata y en
Postales de Leningrado, al igual que la influencia de Hollywood en
Ni tan largos... ni tan cortos y en Puras joyitas.
Comedias son Una abuela virgen de Olegario Barrera, Puras
joyitas y el segundo de los cortos reunidos en el filme doble de
Héctor Palma: Mayor o menor. Sin embargo, el tono humorístico
está presente también en Al borde de la línea e incluso por
Postales de Leningrado, cuya escena culminante –un asalto
perpetrado con ratas–
es cómica, a pesar de que no se trata, precisamente, de una película
para reír.
En
relación con la preocupación por la forma y por la técnica, es
importante aclarar que no se trata de que las películas se hayan vuelto
huecamente “formalistas”, ni que importe que parezcan bien realizadas,
más que lo que se diga en ellas. El punto de partida de esta inquietud, en
todos los filmes, parece ser la consideración detenida y el planteamiento de problemas sobre aquello
que hace posibles las historias, los recursos expresivos del lenguaje
cinematográfico.
Para
los realizadores que consideran esencial este asunto, la presunta transparencia del
cine parece ser motivo de sospechas bien fundadas. En Postales de
Leningrado, por ejemplo, hay un obvio cuestionamiento del lugar
desde el que se pretende contar la historia con más confianza en un filme como Miranda
regresa, por ejemplo. A ese punto de vista desde el que parece
conocerse todo lo que realmente pasó, y por eso mismo el filme de la
Villa del Cine puede
plantearse como didáctico, Mariana Rondón opone la perspectiva de una niña
que echa el cuento de otro niño y de sus padres con su lenguaje
infantil. La narradora juega así con todo aquello que para muchos
constituyen verdades establecidas, y designadas con palabras que aún
se escriben con mayúsculas. Al saber sobre el país de Miranda se
contrapone también un sentir íntimo en Postales, y a las
relaciones abstractas que conforman una concepción del pasado histórico
en el filme sobre el prócer, los vínculos de sangre y afecto de una
familia, con todos los problemas que ellos conllevan, algo que nunca
está ausente de las relaciones humanas, por más que se las destile
para señalar aquello que trasciende lo individual.
El
contraste entre ambas cintas define también, por tanto, dos vertientes
contrapuestas en el tratamiento de otro de los temas clave presentes en
los largometrajes de ficción venezolanos estrenados en 2007: la
historia. En el caso de Miranda regresa, la virtud de la película
está en el buen tino para señalar problemas encubiertos por las
historias oficiales del pasado, como la lucha de clases en la sociedad
colonial, por ejemplo, así como la cuestión de la falsa independencia
que significa para un país librarse del yugo de ser colonia para
establecer lazos de dependencia con otras potencias. Sin embargo, la
claridad del planteamiento se debe, en buena medida, a la lejanía en el
tiempo, que permite abordar los temas desde esa perspectiva general,
casi abstracta, que es la única desde la cual es posible señalar
verdades como esas. En Postales de Leningrado también se saca a
relucir el lado escondido de la historia, en este caso de la guerra
sucia de las Fuerzas Armadas de Venezuela contra los guerrilleros, con
toda su crueldad. Pero la relación cercana, incluso íntima, de la
realizadora con el tema permite desmenuzar también lo que las
abstracciones hacen borroso. Podría decirse que la película es una
crítica feroz de la trillada consigna “El presente es de lucha, el
futuro es nuestro”, en la medida en que desnuda las penurias del aquí y
ahora de los combatientes, de las miserias debidas al carácter desigual
de la lucha armada y de las irónicas disputas por el poder entre los que
se revelan como muy poco poderosos frente al enemigo principal. Y
también pone en cuestión la consigna al mostrar las heridas causadas por
el compromiso abstracto con el pueblo en las relaciones concretas con
los seres más cercanos: la familia. Pero debe subrayarse que en ningún
momento se manifiestan en la película dudas en relación con la justicia de la lucha: en
el filme se critica aquello en lo que se cree y a los que se ama, tarea
siempre más dolorosa y compleja que arremeter contra los que se odia.
Los
otros filmes que se decantan por preocupaciones en relación con la forma
son aquellos en los que se ha optado por asimilar a Hollywood: la cinta
de 30 minutos Larga distancia, que forma parte de Ni tan
largos... ni tan cortos de Héctor Palma, y Puras joyitas, de
César Oropeza y Henry Rivero. Hacer cine de género no es ninguna novedad
en Venezuela. El policial, por ejemplo, ha sido intensamente utilizado
en el pasado en el cine nacional con fines de denuncia o para
representar diversos aspectos del crimen, entendido como un aspecto
revelador de determinadas facetas de la realidad nacional. Puras
joyitas es en cierto modo continuadora de esta vertiente, aunque de
manera jocosa, por su abordaje crítico del tema del Miss Venezuela.
Larga distancia no. Si bien en la historia de la película de Palma
hay un trasfondo de corrupción, lo importante no es la denuncia sino
lograr el suspenso. El modelo de Hitchcock que se sigue eb esta cinta apunta
hacia una concepción del cine como artilugio que sirve para jugar con el
espectador, en un nivel de lectura, y para invitar al público a ser
partícipe del juego, como sujetos conscientes de los recursos con los
que el filme intenta lograr su cometido, en un nivel de disfrute más
profundo de la película. No se pone la película al servicio de causas
morales, sociales o políticas que lo trasciendan, como ocurre generalmente en el policial social.
La
invitación a la reflexión sobre el cine está hecha en Puras joyitas,
en la medida en que la primera parte de la cinta plantea una analogía
entre los objetos sin relación aparente entre sí que la banda de Los Entendidos emplea para el robo y
los que se usan para crear las historias. La crítica que se hace del Miss
Venezuela en el filme también parece apuntar en esta dirección: a
diferencia de la película, que puede ser vista con actitud reflexiva por
un espectador que se deja engañar a conciencia por la ficción para
participar en un juego que le permite divertirse con la historia y la
forma como se la cuentan, el concurso de belleza no ofrecería otra
posibilidad de disfrute que la de tragarse el cuento de que Venezuela es
el país de la belleza. Si se comienza a reflexionar aquello que le ha
permitido adquirir una dimensión desproporcionada en la cultura popular
nacional, el Miss Venezuela puede perder la gracia.
Así
como antes se dijo que la búsqueda formal pone de manifiesto una actitud
de sospecha en relación con la transparencia, cabe agregar que también
puede que sea expresión de escepticismo en relación con capacidades que se
atribuía al cine en otras épocas. Esta diferencia podría apreciarse, por
ejemplo, si se compara las películas venezolanas de hoy con filmes no
muy lejanos en el tiempo, como Oriana de Fina Torres (1985) y
Macu de Solveig Hoogesteijn (1987). En estas cintas se percibe la
confianza característicamente moderna en el poder del cine de indagar en
las profundidades del alma humana. En el cine venezolano actual no
parece existir esa fe, salvo en la película que Jorge Hernández Aldana
hizo en México: El búfalo de la noche. Lo mismo ocurre en relación con el poder que
tendría el cine de descubrir realidades sociales que se intenta ocultar
por razones políticas, y de subvertir por esta vía el orden de los
discursos establecidos, como ocurría en Soy un
delincuente (1976) y Reincidente (1977) de Clemente de la
Cerda.
Entre las películas venezolanas estrenadas en 2007,
una pareciera decantarse hacia la revelación de lo no visto,
pero con medios y fines diferentes, y se trata también de una realidad
distinta. Del realismo social se pasa al
hiperrealismo que la tecnología actual hace posible en 13 segundos,
una película que muestra lo que no es visible para el ojo humano, no por
razones sociales sino porque hasta ahora no estaban disponibles los
aparatos necesarios para ello: la “vida” y “muerte” de los embriones y
fetos en el vientre materno. Y no han dejado
de buscarse otros recursos para revelar realidades que no son la
realidad social. En
Postales de Leningrado, por ejemplo, para denunciar la guerra sucia
de las Fuerzas Armadas de Venezuela contra los guerrilleros se recurre a
la inserción de fragmentos de documentales de propaganda, en los que los
militares dan a entender con bastante claridad cuáles eran los métodos
de lucha contra sus compatriotas alzados en armas. En vez de usar la
cámara para captar la realidad, la película incorpora así aquello en lo
que hoy sigue existiendo el pasado: los documentos reales.
Podría pensarse también que la preocupación formal es el correlato
cultural de la marginación socioeconómica que se profundizó en el país
en la década de los noventa, con las políticas neoliberales del gobierno
de Carlos Andrés Pérez. Sin embargo, las inquietudes sociales y
políticas no están en modo alguno excluidas del cine venezolano actual,
como sí continúan muchos venezolanos marginados de la riqueza que
produce la sociedad. Estos temas son importantes en el cine
venezolano de hoy, salvo quizás en casos como los de Ni tan largos...
ni tan cortos y también Una abuela virgen.
La principal
novedad de 2007, en este sentido, y aunque a algunos les parezca una
paradoja, ha sido la exhibición de dos cintas en las que el tratamiento
de la problemática social, en el pasado y en el presente, se hace desde
una clara perspectiva marxista: Miranda regresa y La clase.
Esto hay que celebrarlo, en primer lugar por el hecho de que enriquece la
diversidad de pensamiento que existe en el cine nacional, prueba de lo
cual es que en el mismo año se estrenó un filme que aborda el tema del
aborto desde una perspectiva conservadora y católica, 13 segundos,
y un panfleto contra Chávez realizado por uno de sus más
encarnizados enemigos políticos: Señor presidente, una película
de RCTV. Afortunadamente también, a pesar de la polarización política y
de la realización del referéndum constitucional, estos dos últimos
filmes venezolanos fueron los únicos a los que podría calificarse de
panfletarios. De Miranda regresa se ha elogiado sobre todo el
buen tino para plantear la historia desde un punto de vista que, aunque
está claramente identificado con una corriente de pensamiento, no es recalcitrante. Esa potabilidad del
discurso no deja de ser un también requerimiento estratégico para
plantear cualquier idea y defenderla en una sociedad en la que existen y
se expresan libremente otras formas de pensar. Actuar como si se
estuviera en posesión de la verdad absoluta y única en relación con
cualquier tema es exponerse al rechazo de muchos en una cultura donde
existe consenso sobre el valor del pluralismo.
Incluso en el caso de La clase, que es una cinta en la que el
planteamiento político marxista se hace más explícito en la medida en
que trata de cuestiones históricamente más cercanas que las de
Miranda regresa, la intención de hacer un cine de llamado a la
conciencia, a la manera soviética, tuvo que ser necesariamente adaptada
a las condiciones de la Venezuela democrática. Y se lo hizo con
creatividad. La principal virtud del
filme es que, para poder plantear el tema de la lucha de clases, optó
por centrarse en aquello que hace borrosos los conflictos: el mito de la
superación de las diferencias por la vía de un ascenso social que
recompensa con aparente justicia los méritos individuales. Esa es la
trampa de las sociedades capitalistas con sistemas de bienestar social,
aunque esto último tenga mucho de caricatura en Venezuela, donde el
welfare tiende a confundirse con
la repartición de prebendas, bien sea de la antiestética
manera “populista” o de esa forma tan chic llamada “meritocracia”
por la clase media, su beneficiaria. El valor
de La clase consiste entonces, no en que afirme la verdad de la
lucha de clases, lo cual nunca podría pasar de ser una opinión política
controversial, sino en que siembra interrogantes acerca del consenso que
ha permitido albergar la ilusión de que ese conflicto fue superado en el
país. Además, cuestiona la neutralidad ideológica de lo que para
muchos es la creación más maravillosa del estado en el campo de la
cultura: el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de José
Antonio Abreu. Si algo puede mantener viva una doctrina política del
siglo XIX es su capacidad de plantear buenas preguntas, más que de
afirmar verdades que sea necesario disfrazar de poesía para hacerlas
digeribles, y en ese punto es un acierto político el filme de
José Antonio Varela.
También destaca en las películas venezolanas estrenadas en 2007 la sutil
agudeza para plantear otros problemas de la sociedad. Los ejemplos más claros
fueron traídos a colación antes: en Puras joyitas se cuestiona el
fenómeno mediático del Miss Venezuela y en Postales de Leningrado
los documentales citados hacen manifiesto cómo la representación de la
situación del país en una época determinada es una clarinada victoriosa
de quienes ejercen el poder en ese momento. Y también pervive en la
producción actual una de las estrategias acuñadas por el cine venezolano
en el pasado para abordar tangencialmente la problemática del
país. El microcosmos que es de alguna manera reflejo de la sociedad
venezolana, en filmes como El pez que fuma (1977) y La
oveja negra (1987) de Román Chalbaud, está presente de nuevo en
Al borde de la línea, la opera prima de Carlos Villegas.
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Lógicamente, la preocupación por el medio expresivo, característica del
cine venezolano de hoy, comprende también la técnica. Realizadores como
Mariana Rondón, Héctor Palma, César Oropeza y Henry Rivero, así como
también Olegario Barrera, con la cámara expresivamente móvil de Una
abuela virgen, se han dedicado a explorar la magia de los recursos
que las nuevas tecnologías ha puesto a
su alcance. Pero aunque los equipos que han utilizado los realizadores sean
en algunos casos los mismos que emplean las producciones de Hollywood,
la búsqueda de los cineastas nacionales no apunta hacia el facilismo de
esa industria. Por el contrario, la puesta al
día técnica ha estado acompañada de un uso de los recursos que es
francamente exquisito en comparación con lo habitual en Hollywood,
especialmente en filmes como Postales de Leningrado, Ni tan
largos... ni tan cortos y Puras joyitas. Incluso cuando se
juega con la caricatura, como en la cinta de Oropeza y Rivero, y en
Una abuela virgen, hay un notable cuidado por evadir lo chabacano.
Hasta el uso del lenguaje vulgar, que en un momento fue un argumento
válido para poder escuchar en el cine lo que estaba prohibido en la TV,
hoy parece ir en franca merma.
La inquietud formal, como ejercicio del
virtuosismo en la realización, estaría acompañada así de una búsqueda de
espectadores más refinados en lo que a sus exigencias respecta. En vez
de darles más violencia y más vulgaridad de las que la televisión
permite, se trataría de ofrecerles obras de mayor calidad y más
participativas, en el sentido de que exigen mayor atención y formación
cultural. El cine venezolano, en otras palabras,
pareciera comenzar a tener la ambición de lograr que la gente vaya a ver
las películas porque son mejores que el promedio de la industria
trasnacional, además de porque permiten al público verse “reflejado” en
la pantalla, como reza el lugar común de la defensa de los cines
nacionales. Y esta no parece ser una búsqueda dictada por la
necesidad de competir en otros mercados, como repetía la cantinela
neoliberal en los noventa del talento "de exportación". La calidad, más bien, se ha convertido en un
valor por sí misma, en la medida en que la excusa del cine “imperfecto” desaparece
cuando los medios técnicos para alcanzar la perfección están a la mano.
Esa
búsqueda de la calidad, finalmente, se ha manifestado especialmente en
el tratamiento elegante de la comedia. Pareciera ser difícil de concebir
en el cine nacional un filme cómico que llevara por título El rey de
los huevones, como la película chilena de Boris Quercia (2007),
aunque la principal referencia histórica en el humorismo audiovisual
venezolano sea la vulgaridad de Radio Rochela. El humor, además, se
halla presente como un elemento central, no solamente de las comedias
Una abuela virgen, el filme Mayor o menor de Ni tan
largos... ni tan cortos y Puras joyitas, sino también en
Al borde de la línea y en Postales de Leningrado. Serían un
total de cinco filmes contra otros cuatro. De estos últimos, además, dos son aquellos
que no se encuentran a altura del resto de la producción por su mala
calidad –13 segundos y Señor Presidente– y los otros dos
los de la Villa del Cine. Si las producciones de la Villa son
presentadas como vehículos para la difusión de una serie de valores,
principalmente aquellos relacionados con la nacionalidad y la inclusión
social, lo habrían hecho, por tanto, con cierta solemnidad, si se
las compara con las cinco películas señaladas, que son más jocosas.
Este
contraste llama la atención sobre otros valores que se expresarían en
esas cintas independientes, y no en las realizadas por la institución
del Estado, y que no serían menos importantes que los de la cultura
nacional y la inclusión. Se trataría principalmente de la irreverencia, que expresa
el humor, y de la reivindicación de la excelencia antes señaladas, que
nada tiene que ver tampoco con aquella que se critica en La clase
como coartada para ocultar los conflictos sociales a través de la
recompensa "justa" del mérito individual. Señalar la
importancia de ser virtuoso en el dominio de aquello que se hace, y
emprender la tarea, no sólo con profesionalismo sino también con alegría
y sin dejarse coartar por la veneración de las viejas o nuevas verdades
establecidas, podría ser el aporte que esboza este cine a la formación de nuevos
valores culturales en un país donde todo continúa cambiando, año tras
año.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |