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"En un diálogo hay un gran
misterio y una gran reconfiguración de la idea de individuo"
—Si usted parte
de un concepto sonoro, sobre la base del cual va trabajando las
historias, me gustaría saber cómo sucede la evolución hasta llegar al
guión.
—No sé si habrá
alguna persona que haya tenido experiencia mezclando sonido. Hay una
circunstancia técnica…
—Es que nosotros
somos sonidistas y nos interesa muchísimo todo eso.
—Esto no tiene
mucho que ver exactamente con la profesión. Tiene que ver con una forma
de trabajo. En cuanto uno va a mezclar pistas, lo que tiene es una
sucesión de capas, y hay que tomar decisiones de qué relevancia va a ir
teniendo en cada momento cada capa. Entonces uno va haciendo pasar
ciertos sonidos a un primer plano y después otros sonidos. Esa forma,
como si hubiese una superficie y las cosas fueran acercándose a ella, y
después se van a hundir y otra va a acercarse, desplazando a otra
imagen, a otro objeto, a mí me sirve mucho como forma de escritura. Para
escribir, yo pienso en general como si fuese en capas, incluso a veces
organizadas espacialmente en el cuadro, como si fuera una sucesión de
profundidad, me refiero, y solamente a algunas líneas que están en el
fondo de la escena las voy a traer a primer plano y otra vez las pongo
un poco más atrás, o lo que se escucha en un primer plano sonoro se ve
en un plano físico, es decir, visual, más lejano. Ahí la pantalla es
como una pecera, y las cosas se van acercando y alejando, y también el
sonido se va acercando y alejando, y eso hace que quizás durante todas
las escenas de la película estén presentes todas las líneas dramáticas.
En La mujer sin cabeza, la presencia del recuerdo de ella del
accidente está en todas las escenas, de distintas maneras puesto: con
miradas, o cosas que se parecen, o con sombras o con sonidos que tienen
alguna relación con el momento del accidente. Siempre hay elementos que
sostienen esta línea, que es: “Hubo un accidente. Hay alguien que quizás
ha desaparecido por causa de ese hecho”. No reniego de las otras formas
de escritura, en las que se piensa en el argumento, en el plot point,
el turning point y todos los points. Me parece que está
bien eso. Es genial y se han hecho obras magníficas con esa forma de
construcción narrativa. Pero a mí no me sirve mucho, o por lo menos no
resulta el camino expresivo con el que yo siento que me puedo acercar a
la gente. En cambio, esta otra forma de pensar las cosas, como una
sucesión de capas, que es la mezcla de sonido, sí.
—A propósito de que
ustedes son sonidistas quiero decir que una grave pobreza del cine
latinoamericano sin duda es el sonido. Eso tiene que ver con muchas
situaciones históricas. En las escuelas de cine la mayor atención,
durante décadas, fue la imagen, a tal punto que la figura misma del
sonidista queda desvalorizada dentro del set. La cámara, como
dispositivo técnico, suele ser más cara que los micrófonos y los
elementos de toma de sonido. El director de fotografía, en general
fuerte, llega al set con todas las cosas, las pinzas, en general fuerte,
con todos sus hombres armando sus cables, luces y qué se yo, un gran
ejército. En cambio, el sonidista, flaco, contrahecho, con el boom y la
jirafa, tiene que doblarse en cuatro pedazos para meterse debajo de una
mesa, para poder registrar el sonido de un actor, y cuando logró
doblarse alguien dice: “Ahí no, porque el mantel se arruga”. Dentro del
set no tiene espacio físico o muchas veces no se tiene ninguna
consideración a tomar sonido directo, y así funcionan los rodajes de
nuestras películas. El lugar que uno no le dio al sonido en la previa,
en la búsqueda de locaciones; el lugar que no le dio al sonidista en el
set, después uno lo quiere encontrar en la postproducción, y no va a
estar. Tengo amigos que dicen: “Hay un lugar demente que encontré para
filmar una película”. Pero hay una línea de colectivos que para en la
esquina y están en un estado desastroso. Es imposible filmar en ese
lugar. Pero las decisiones son siempre así, lo digo solamente en defensa
de estos muchachos.
—¿Podría
profundizar un poco más en qué consiste la escritura del guión por
capas?
—Hay un ejemplo que
me sirve para graficar esa idea. Supongamos que vamos a hacer una
película donde se va a cometer un crimen. Las formas de abordar eso son
miles, pero supongamos que en la primera escena mostramos el cuchillo:
hay una mano que agarra el cuchillo. La película se llama El crimen
del cuchillo, entonces ya sabes que cuando alguien agarra un
cuchillo probablemente va a pasar algo. Ya tenés, por tanto, El
crimen del cuchillo y el cuchillo en la mano. En la siguiente escena
hay unas personas hablando en una escuela de cine, en una conferencia:
se charla y un pequeño reflejo metálico es lo único que vemos que nos
recuerda el cuchillo. La conversación sigue, pero nosotros sabemos que
la película se llama El crimen del cuchillo, y hay un
reflejo metálico más o menos a la altura de la cadera de una persona que
entra. En la siguiente toma vemos una actitud extraña de una persona que
pasa. Algo raro esa persona lleva pero no se ve. Está fuera de foco pero
lo suficientemente cerca, y nos acordamos: El crimen del cuchillo,
alguien agarró un cuchillo, una persona parece que entró con un
cuchillo, ese tipo, ¿quién es? El cuchillo está presente en todas las
tomas de distinta manera. Quizás en un momento vemos que el tipo medio
fuera de foco tropieza y escuchamos: clan, clan, clan, el ruido del
cuchillo. La gente se da vuelta: no pasa nada. Vemos que se agacha y
esconde la cosa. No la vemos pero el ruido lo conocemos bien: el sonido
de la hoja metálica contra el piso, y la película se llama El crimen
del cuchillo. No podemos olvidarnos de eso. Si concibiésemos la
pantalla como una pecera, tuve el cuchillo muy cerca del vidrio, tuve el
cuchillo más lejos, como un reflejo; lo tuve como palabra, como sonido y
con una función: el crimen del cuchillo. El cuchillo está presente de
principio a fin en esa secuencia.
—Traslademos eso a
otros temas, por ejemplo, las diferencias de clase. En el Norte, donde
vive toda mi familia, las diferencias de clase coinciden con diferencias
étnicas. Hay una clase media, y una clase media alta y alta con bastante
sangre europea, y con mestizaje pero no tanto, y una clase baja que es
étnicamente mucho más de población americana. En las clases sociales
hay, además de los abismos culturales, una naturalización por la
diferencia física. Hay una cantidad de expresiones, de gestos, de cosas
que expresan ese abismo de clase. A mí eso siempre me interesó como
tema. El entorno en el que crecí, en el que crecimos todos, es de
supuestamente buenas personas, pero tiene una base terrible de
desigualdad y de violencia de racismo. No hace falta que ponga un
personaje que diga: “Qué increíble cómo tratamos a esta gente. Algún día
Dios nos va a castigar por eso”. No hace falta, porque hay tantos
elementos, como el cuchillo, para ir haciendo aparecer eso, para ir
haciendo presente ese tema. Ver que hay unos blancos tirados en la cama
y alguien de color entra, y está trabajando, basta. Hay un montón de
cosas pequeñas con las cuales se puede hacer que esa línea, digamos, del
racismo, el abismo de clases o la organización social, esté presente a
lo largo de una película. Con eso se elabora cualquier línea que te
interese que esté presente. Es sólo cuestión de encontrar cuál es el
brillo, cuál es el sonido, cuáles son las partes, los detalles de
percepción de esos fenómenos para irlos haciendo aparecer y que el
espectador los tenga presentes en la acumulación de la película. Si uno
confía en ese proceso no hace falta el diálogo que lo exprese. Quizás
necesites mucho más de una expresión muy cotidiana. Me acuerdo de una
frase espantosa de mi abuela: “Al indio y al mulo, palo por el culo”. No
sé de dónde sacaba esas frases pero las usaba con bastante naturalidad y
gracia. Nadie bueno puede criarse escuchando esas frases. Y no era una
mala persona, pero había allí una semilla de horror.
—Quisiera que me
explicara la concepción del monstruo en sus películas.
—“Monstrare”,
en latín, significa “manifestar”. En la antigüedad, y en muchas
culturas, la aparición de un monstruo, que podía ser un niño albino o
pelirrojo, o una persona a la que le faltaran partes o con algún
síndrome, era el lugar donde se expresaba la divinidad. Si en un pueblo
nacía un pelirrojo, algún problema iba a haber. “Fenómeno” viene del
griego phainom, que significa “aparecer”. La idea de lo que
aparece ante nuestros ojos me parece una idea potente e interesante,
incluso para establecer algún concepto ético a posteriori. Observar la
vida y a las personas como apariciones. Nuestra filosofía está muy
marcada por esa idea de la semilla que se va desarrollando en algo que
ya está presente en ella. Es una idea de que todos debemos cumplir una
expectativa. En cambio, la idea del monstruo, del fenómeno que aparece,
es una idea de la particularidad y de la individualidad, donde nadie
viene a cumplir un desarrollo de semilla y nadie tiene que aceptar su
camino sino, sencillamente, manifestarse. Esa idea a mí me sirve para la
escritura de los personajes. Yo creo que esta es la única especie que,
aparte de que se distingue por el uso del lenguaje y de la razón, es la
única especie de monstruos. Cada individuo es la aparición, la
emergencia de algo único. En el uso del idioma es lo que decía hace un
rato: cada persona toma algo que nos pertenece a todos, y lo vuelve suyo
y propio, y lo manifiesta de una manera particular. Ese es un signo
sonoro muy claro. Cada vida es un punto de vista, una perspectiva, una
experiencia del mundo absolutamente particular. El monstruo para mí
representa eso. No se puede atar a la moral. La moral le es ajena, un
pequeño corset que intenta contener una cosa tumorada y sin forma. Es la
visión que tengo de mí misma y de los demás, y me sirve como imagen muy
fuerte para la escritura.
—Me interesaría
saber qué papel considera que ha desempeñado la crítica en el desarrollo
del Nuevo Cine Argentino.
—En un momento fue
muy importante que le prestaran atención. Eso generó un espacio en los
medios públicos. También tuvo su contraparte negativa porque hubo
algunos críticos que intentaron demonizar la relación entre nuestra
generación y la precedente, o las precedentes, lo cual es una cosa
arbitraria. Sea cual sea la naturaleza del trabajo de otros, te sientes
muy cercano por las dificultades que hay que atravesar para hacer una
película, por el privilegio que significa hacer una película por la
cantidad de situaciones magníficas que te hace vivir. De una forma u
otra eso te hace sentir cercano a esa experiencia. Creo que los críticos
trataron de establecer una enemistad falsa entre directores. Esa me
parece la parte pobre de la crítica. Por otro lado, parte del fenómeno
de la aparición de esa nueva generación, que rápidamente tuvo un lugar
en los medios, fue que muchos críticos le prestaron atención.
—Agrego algo que no
preguntaste: para un director, para cualquier persona que hace algo que
se transforma en público, cualquier respuesta pública a lo que hizo, una
crítica, un comentario, así tenga una naturaleza muy elogiosa o muy
destructiva, tiene la misma violencia sobre uno. Tiene el mismo nivel de
violencia lo más maravilloso que se pueda decir de vos o lo muy
negativo, sobre todo por cómo se concibe la crítica en los medios. Es
algo que les aconsejo a todos ustedes, que probablemente van a tener
parte de su vida hecha pública por el trabajo, la carrera que han
elegido, que hay que desoír un poco. Yo, desde que presenté La
ciénaga en Berlín, me di cuenta de que no es una buena cosa andar
detrás de la crítica, gulgeándome a ver qué dijeron de mí, cómo me
consideran y eso. Puede volverse un proceso muy venenoso. Distinto es
cuando compartís con personas que no están tratando de evaluar en qué
lugar de bueno o malo estás sino sencillamente comparten cosas, como la
experiencia de ver la película a qué mundo personal las lleva. Eso es
otra cosa. La crítica valorativa o desvalorativa de la película resulta
una cosa bastante inútil para una persona que hace. Yo les recomiendo no
estar atentos a eso porque es muy difícil trabajar así.
—¿Nos puede
hablar un poco del manejo de la simbología en sus películas?
—La gente dice
simbología a veces como metáfora. Uno puede escuchar de películas que
tienen, por momentos, una serie de elementos así contemplados, o el
camino de lectura que elige el espectador es muchas veces la metáfora.
Ese es un juego de la humanidad: tratar de encontrar detrás de algo otra
cosa. Eso me parece encantador pero no es lo que yo uso para la
construcción. Para mí una pileta es una pileta, porque muchas veces me
preguntan qué simbolizan las piletas; un perro es un perro, un camino es
un camino, una vaca empantanada no es la Argentina hundiéndose. Hay ese
juego, y es para mí sumamente válido, pero no me parece que la gente
tenga que respetarlo. Lo único que no me gusta es cuando alguien asegura
que yo lo hice adrede. Suele suceder esto: cuando sentidos o elementos
que tienen sentido están superpuestos, eso sugiere que debe haber otra
lectura. Pero, para mí, una vez que uno supera el juego de la lectura
metafórica o la simbólica, me parece que pueden aparecer otras formas de
leer las imágenes y los sonidos, y de completar las películas.
—¿Cómo sabe
usted cuándo una película está terminada?
—Una forma es
cuando vas a la sala de edición, y el editor, que antes se divertía y te
convidaba galletas, iba a almorzar con vos, empieza a esquivarte. Ahí
parece que ya se terminó. A mí me cuesta muchísimo porque siempre creo
que voy a tener una idea genial que va a ser un éxito de público y nunca
sucedió. Es muy difícil, pero uno tiene que atravesar con paciencia ese
proceso y estar atento a las caras de sus queridos compañeros de
trabajo, porque cuando ya las caras no son de tanto cariño, ya no hay
más nada que hacer. Creo que una clave también es rodearse de buena
gente, no solamente profesionalmente sino de buenas personas, que si
existe una instancia de esfuerzo y de trabajo más para lograr algo, la
van a intentar, aunque económica y físicamente sea complicado.
—Convérsenos un
poco sobre su puesta en escena y cómo trabaja con el camarógrafo.
—La única claridad
que yo tengo al momento del rodaje es sobre la banda sonora. Eso te
permite ahorrar mucho material. Para La mujer sin cabeza tenía
35.000 metros de negativo de 35 mm presupuestado y usamos 25.000. Cuando
ya sabés qué es lo que querés, no necesitás filmar todo.
—Tener la banda
sonora significa que uno escribe los diálogos y hay un aporte. Digamos
que hay dos personajes y en el medio están las líneas de diálogo. Si uno
está escribiendo, no para esos dos personajes sino para que lo vean,
esas líneas de diálogo importan para que el espectador entienda algo; no
significan nada para los dos personajes. Ese es un grave problema en el
cine. Hay obras de arte que tienen ese problema. Es bueno aclarar que a
todo lo que parece un problema hay alguien que le ha dado una vuelta y
ha hecho algo magnífico. Pero, como ejercicio, a mí me parece que,
cuando uno tiene dos personajes, esos personajes tienen que hablar entre
ellos. No hay que estar con esa voluntad tonta de guionista de querer
que todo el tiempo se entienda lo que está sucediendo. De todo lo que
uno escribe en una carilla de diálogos, no es importante que todo se
comprenda nítidamente. Los personajes no necesitan entender todas las
palabras moduladas a la perfección. Muchas veces lo que puede interesar
del diálogo es el efecto, o la distracción, o el cambio de tono, o
quizás el ritmo general de la escena y no lo que se dice. En el cine la
experiencia amorosa personal sirve muchísimo para regular muchos
fenómenos. En una discusión amorosa uno puede decir cualquier
barbaridad. Lo importante es el ritmo y el tono. Después, si alguien se
queda clavado con el sentido de las palabras, no sabe nada del amor. Hay
que guiarse más bien por la musicalidad y no quedarse resentido porque
dijiste tal cosa o tal otra. En el cine pasa lo mismo. Hay que pensar en
el ritmo general del diálogo y no tanto en la precisión del sentido de
las palabras.
—Entendiendo qué es
que va a ser importante escuchar o no, o cómo va a ser el ritmo de la
cosa, no lo tenés que filmar todo. Otro criterio que puede servir para
la puesta en escena y saber qué hacer en un set es una cosa que la
pienso el día que voy a filmar, cuando están los actores, está el lugar.
Pensarlo antes resulta muy difícil. Es decidir quién es la cámara o qué
es. Qué posición tiene en ese lugar. En las 3 películas que he hecho, me
ha servido y naturalmente el camino por el que he ido es el de alguien
que pertenece a esa clase social, y en general es un chico de 9 o 10
años, una persona que tiene más curiosidad que juicios morales. Eso hace
que haya muchas cosas que no hago. No subiría la cámara a un carro,
bueno a un carro de travelling no, porque tarda muchísimo tiempo ponerlo
y yo nunca he tenido tanto tiempo en una película. No pondría nunca la
cámara en una grúa porque nunca pondría algún chico a 10 metros de
altura, porque se podría caer o algo así, o qué hace una criatura
volando por el aire, Nunca pongo la cámara en el capó de un auto, aunque
fuera del auto algunas veces la he puesto, porque a mí me produce
inseguridad ver un encuadre donde me imagino que esa criatura se pueda
caer. Qué hace sobre el capó de un auto si el auto va rápido. Esas
triquiñuelas a mí me sirven para clarificar la puesta de cámara. También
eso define cosas: la altura de cámara, un chico curioso puede acercarse
deliberadamente a una escena, como un personaje, o puede esconderse
detrás de las cosas y espiar por entre los objetos para poder ver. Eso
define la forma de los encuadres de las películas.
—Por otro lado hay
unas cositas que son muy del cine, y que yo no las entiendo mucho. Por
ejemplo, el aire. En todas las películas dejan un aire. Eso a mí me
sobra muchísimo. Son pequeños detalles de los que me doy cuenta después
de tres películas: que me molesta que la gente tenga mucho aire arriba;
me parece innecesario. La otra cosa es que, y justo ahora estoy
escribiendo un proyecto que es casi todo lo contrario, el rostro humano
es un lugar tremendamente expresivo y a la vez de una falta tremenda de
expresión. Eso es muy encantador, pero no es necesario abordar siempre
las emociones humanas tratando de verlas en el rostro. Yo sé que el
cuerpo transmite de muchas maneras y confío más en la nuca a veces que
en la cara como lugar de expresión.
—Usted dijo que
en los ochenta en el cine argentino se renegaba del lenguaje, que
resultaba incómodo. ¿Cómo fue en Argentina esa apropiación del idioma?
¿Será que hay que crear, a partir de la realidad real, una realidad
cinematográfica con la cual uno pueda sentirse cómodo?
—Me parece que
todas las observaciones en torno a este mundo son muy reveladoras y muy
interesantes. Así como te dije que hubo ese período en el que hubo
películas en las que casualmente la gente hablaba en inglés y eran
científicos norteamericanos, o eran extranjeros y eran los únicos que
hablaban, también había una gran cantidad de películas mudas o de
experimentos en los que las personas no hablaban. Eso puede tener, para
mí, tres razones: una es un enorme deseo de experimentar, y bienvenido
todo lo que alguien pueda experimentar en su vida; dos, un terror enorme
al idioma, por no saber ni escribirlo ni manejarlo, la sensación de que
el idioma español es deficiente en el cine, y, tercero, una
imposibilidad de trabajar con los actores. En Argentina todo eso existía
cuando nosotros empezamos. Una cosa de nosotros, directores jóvenes con
muy poca experiencia, es que muy pocos de nosotros teníamos relación con
los actores. Mi comienzo fue estudiando dibujos animados, así que
imaginate que para mí era mucho más sencillo mover algo y animarlo que
pedirle a un actor que haga algo. Era aterrador. Así que todos
inventamos truquillos para salir del paso. Uno era trabajar con no
actores, con los que el naturalismo estaba implícito en su esencia
humana. Muchos cortometrajes se hicieron con no actores o trabajando con
actores y no actores. Al poner en un grupo mixto a la vez personas sin
un entrenamiento físico, inmediatamente organiza el tono general de la
actuación y lo baja más a tierra. Pero eso también tiene una cosa
deficitaria: un actor está preparado para pasar por muchas situaciones
que un no actor no las puede atravesar. A un no actor le pedís que haga
de sí mismo, pero si querés algo más allá, e incluso si querés que un no
actor haga algo intenso, que tenga una manifestación intensa de sí
mismo, es también difícil, porque hay mucho pudor. En cambio, un actor
está entrenado para eso. Y todo lo fuimos aprendiendo de a poco.
—Trabajar con
actores es, básicamente, un problema de memoria del idioma. Yo nunca
estudié nada de dirección de actores pero por ahí aprendí bastante
escuchando. Cuando vos escuchás que un actor dice algo y decís “Esto no
está saliendo, ¿repetís?”, es la pesadilla de la imposibilidad. Pero, si
vos le decís: “Me parece que, como vos ya sabés la frase, estás tomando
todo el aire necesario al principio y llegás al final con el aire justo,
esa frase se vuelve completamente ininteligible”. Eso desnaturaliza lo
propio de la dinámica del diálogo. Muchas veces uno arranca a decir algo
y enseguida te quedás sin aire, y tenés bajadas, subidas. Eso va
conformando cuál es la dinámica de lo que supuestamente es natural, de
la experiencia cotidiana. La única cosa que hago de taller, de
workshop, con respecto del cine es exclusivamente eso: escuchar
diálogos, pensar la puesta en escena y cómo se trabaja con los actores
solamente de escuchar audio, porque en eso hay muchas revelaciones.
—Eso es para
lograr algo naturalista, pero, cuando lo logras…
—Es un estadio.
Nuestras cinematografías, cuando comienzan a querer apropiarse del
lenguaje cinematográfico, hacen todos estos experimentos: que hablen
otro idioma, que hablen con sonidos que no sean humanos, que haya
silencio, trabajar con no actores, y después uno va lentamente
sofisticando los mecanismos. Lo que creo que ha hecho magníficamente el
cine norteamericano es que tiene un montón de estilos de inglés para sus
distintas películas. Lo que hablan en el cine negro no se escucha en la
calle. Imagino que no se escuchaba en aquella época.
—Es a eso que me
refería como realidad cinematográfica, porque uno lo asume como real…
—Sin duda. Si no,
estaríamos condenados al naturalismo. Sería la única posibilidad en el
cine en la que podríamos creer. Yo creo que, superadas las distancias de
pudor con el propio idioma, es muy interesante investigar y crear. Hay
muchos directores argentinos que han hecho sus experimentos. Por
ejemplo, Martín Retjman: nadie habla así. Él inventó esa forma de habla.
Me acuerdo al principio, cuando sacó su primera película, él me dijo:
“Lo que se escucha en las películas no se escucha en la calle”. Hay una
reelaboración del inglés y a él le interesaba ese juego.
—¿Cómo abordó la
construcción del personaje principal de La mujer sin cabeza con
la actriz?
—A mí me sirve
mucho tener como referencia a alguien que conozco. Si yo tuviera que
pagar derechos por las cosas robadas que hay en mis películas, a mi mamá
le debería una fortuna, a mi abuela, por suerte ya muerta, le debo una
fortuna. Tengo deudas impagas a granel. Me parece que sirve bastante
tener como referencia alguien que conocemos porque entonces puedes
salirte de tu forma de hablar y pensar en la organización de las frases
de los otros. Otra cosa que me sirve mucho, a la hora de escribir un
guión, es que en un diálogo, cuando hay más de dos personas, se forma
una entidad nueva que no es un individuo. Es una hidra que habla con una
persona. Me acuerdo que, en un curso que hice en Costa Rica, un chico
trajo una grabación de un chico que estaba por casarse y había ido a
visitar a unas tías, y las tías, por ese gran acontecimiento que era que
él se iba a casar, le empezaban a hablar del mundo de los matrimonios y
la vida matrimonial, tomando algunos ejemplos de la familia. El sonido
era clarísimo: este chico estaba sentado, evidentemente en un living, y
las tías estaban por ahí, dando vueltas, y la imagen que uno podía tener
de ese sonido era como un monstruo de muchas cabezas que hablaban y lo
iban enredando, y un poco amargando acerca de la idea del matrimonio con
ejemplos precisos.
—En un diálogo hay
un gran misterio y una gran reconfiguración de la idea de individuo. Hay
otro fenómeno, que es que, cuando una persona habla, el espacio y tiempo
con el que organizamos nuestra percepción se diluye. Incluso la idea
misma de individuo: cuando una persona se sumerge en el diálogo es muy
difícil saber qué edad tiene, en qué momento de su vida está, qué
espacio, qué fenómenos la rodean. En un diálogo alguien cambia de tono y
habla con personas que ni siquiera están ahí. Dirán que esa persona está
loca, pero eso pasa todo el tiempo. Si grabáramos cualquier
conversación, uno pudiera subrayar distintos cambios de tono, distintos
quiebres, y en esos quiebres aparecen otras configuraciones de espacio y
de tiempo. Es una cosa que a lo mejor suena medio rara pero es muy fácil
de comprobar, muy fácil de percibir, y cuando una persona se entrega a
la conversación, eso sucede de inmediato. Muchas de sus frases están
dichas desde un sí mismo que era en el pasado, no es ahora. Cantidad de
veces escuchamos frases que nos producen risa de alguien, porque vemos
una persona en un estado equis, de no mucha fortaleza, hablando de
grandes empresas. Esa persona no está hablando desde el ser que tiene
ahora, fragilizado, desordenado. Está hablando desde un lugar que era
antes. Esas frases corresponden a una forma física, a un estado físico
que era antes. Atender a esas cuestiones sirve mucho para escribir, y
sobre todo para dirigir actores.
—Sus películas
me dan una sensación muy grata, porque no son películas didácticas sino
expresiones de vida.
—El motivo por el
cual creo que hago cine es porque probablemente no encontré otro lugar
de expresión en el que otras personas hayan confiado en mí, y en el cine
me pasó sin que yo lo forzara demasiado. Pero al hacer cine, escribir un
libro, hacer cualquier cosa que se transforme en un discurso público, al
hablar, en el sexo, toda vez que intentamos acercarnos a otro me parece
que se intenta superar una condición propia de la naturaleza humana de
la que no podemos escapar, y que tiene muchísimas ventajas y muchísimas
desventajas, y es que uno en su cuerpo está solo. Uno nace solo y se
muere solo; superar esa soledad es todo lo que hacemos. Todas las
instancias de creación, narrativas, sexuales, amorosas, de diálogo son
intentos de superar una inevitable condición de soledad. Una película es
durante dos horas intentar compartir con otras personas una experiencia
de soledad, de expresión de cosas que han estado hasta ese instante
dentro de mí y ahora van a estar en otros, de una manera fracasada, por
supuesto, porque no es lo mismo, me imagino, comerse a una persona y que
te mire desde dentro. Es un intento lleno de fracasos, pero a veces hay
segundos en los que se logra, y en esos segundos lo que sucede no es que
uno logra que los demás vean lo que uno ve, sino que los demás te
muestran que hay muchas más cosas para ver y que ese milagro que sucede
por segundos, a veces, en una sala en la que quizás tienes la suerte de
que esté presente una persona a la que le pasó eso, y tiene la
suficiente personalidad como para acercarse y decírtelo. Eso justifica
todo, ese pequeño instante minúsculo. Cuando uno no está intentando
compartir sino transformar a la audiencia, es cuando aparece esa cosa
didáctica.
—La niña
santa me causa una suerte de sorpresa, porque si bien en las otras
dos está ese personaje absolutamente individual que es un monstruo, como
dice usted, no me resulta tan presente. ¿Qué hay de eso en La niña
santa, que es una película que por imagen, ritmo y sonido me resulta
ajena a las otras dos?
—En el casting
sucedió que unas chiquitas que vinieron cantaron esta canción: “Doctor
Jano, cirujano”, una canción que cantan en el recreo mientras van
jugando con las manos. El texto es entre erótico, aterrador y médico:
“Doctor Jano, cirujano, hoy tenemos que operar, en la sala de
emergencias a una chica de su edad. Ella tiene 21 años, usted tiene un
poco más”, y sigue: “Con cuchillos en las manos y tijeras en los pies”.
Eso es lo que dice la canción. No sé de dónde salió esa deformidad de
esas niñas. Cuando en el proceso de casting unos les pedía que hicieran
cosas de la escuela, cantaban eso. Entonces lo pusimos en una escena de
la película, y el tema del ventilador, que le daba esa cosa ya
aterradora, y encima las voces de los niños que, no sé por qué, son un
poco aterradoras. El ventilador les daba ese reverb que lo volvía una
cosa fantasmagórica. El doctor de La niña santa salió de esa
canción, por eso se llama doctor Jano. Siempre hay alguien que se excede
en las interpretaciones y dice que doctor Jano era por el dios Jano, que
tiene la doble cara del pasado y el presente. Todo es por “Doctor Jano,
cirujano”. Después alguien me dio una interpretación más compleja del
dios Jano y vi que tenía su chiste.
—La niña santa
es como un cuento. Por eso en la abstracción, en la imagen, en el
sonido es distinta de las otras películas. Es como si fuera un cuento
contado por la gente que vive en La ciénaga y La mujer sin
cabeza. Para mí no tiene el mismo plano de realidad, está más
lejana. Por eso también hay muchísimos detalles de fotografía. La
fotografía es sumamente irreal en La niña santa. Todas las luces
vienen desde el techo. Para mí es como un cuento amoral. Y la idea del
monstruo, como la pensé en la película, no sé quizás si ha estado lo
suficientemente bien hecha, son todos los personajes. En La niña
santa no es tanto el hombre que la toca a la chica, que es un
degenerado, monstruoso. Me parece que su cualidad monstruosa está tan
encorsetada que es más fácil de atrapar. Para mí lo monstruoso en la
niña santa es ese poder de creer que está ligada personalmente a Dios y
creer que tiene que salvar a alguien, y que la instancia sexual del
deseo sea la revelación.
—¿Cómo usa la
música en sus películas?
—Hay un extremo mal
uso de la música en el cine. Poquísimas veces estoy de acuerdo, incluso
en películas extraordinarias, en cómo usan la música como parte del
lenguaje del cine. En parte tiene que ver con que la música, en sí, es
una trama de previsiones. La armonía, salvo la extremadamente
experimental, cuando uno escucha un acorde o dos, puede sugerir cuál va
a ser el tercero. Después de tres o cuatro tenemos una cantidad de
previsiones de cómo va a seguir la música. Se genera una trama de
expectativas. Hay momentos de sorpresa pero mucha satisfacción en cuanto
a que algo que esperabas sucedió, sonoramente. Esa estructura fortísima,
extraordinaria de la música, aplicada a cualquier escena, puede ser un
mamarracho. Si uno ha construido una escena con los diálogos, con los
planos, con cierto trabajo con el sonido, y es una trama en la que el
espectador está mirando algo y no sabe exactamente lo que va a suceder,
y los sonidos o los diálogos un poco traicionan o satisfacen su
expectativa, y vos le ponés música un poco sin pensar, porque te gusta,
porque te parece, o porque levanta o porque baja, porque significa o
porque subraya, es una gran torpeza. Estás poniendo un mecanismo de una
complejidad enorme sobre tu enorme complejidad. Entonces, cuando uno
dice, “aquí voy a poner música”, tiene que tener muchísima sensibilidad,
cuidado y, sobre todo, no liviandad acerca de ese hecho. Asumir el uso
de la música de una manera clásica, como “esto es música de película”,
puede ser la peor decisión de tu vida. Bueno, tampoco tanto: para esa
película. El asunto es este: la música no es un track, es una
construcción absolutamente llena de plot points, llena de
turning points. Si te pasaste escribiendo el guión tratando de
zafarte de todo eso y le pones una música que está toda construida así,
es una locura. De lo que se trata es de ser consciente: hay que ponerla
porque uno intuye que es perfecta, pero no ser ingenuo con respecto a
que la música no te va a transformar por completo la escena.
—A mí por lo
general me resulta importante por la construcción total del cuadro y de
la banda sonora la actitud de búsqueda y de experimentación del
espectador, que esté atento a muchas más cosas en el cuadro y sea mucho
más permeable al sonido. Por eso, cuando pongo música en general surge
de una radio o de algo. Es música propia de la escena, lo cual me
permite ser torpe con la elección de los temas, que generalmente son
canciones muy populares de la radio. En La mujer sin cabeza me
interesan esos temas que no tenían conflicto para salir por los medios
públicos en la época de la dictadura. Me parecía que era interesante
para la película.
—¿Tiene su cine
alguna influencia de Dogma 95?
—Las veces que
escuché hablar del Dogma me pareció que era un chiste entre directores
talentosos, que se divertían haciendo cosas que les gustaban hacer. A mí
me parece que adscribir cómo se debe hacer las cosas a cualquier
mandamiento es un peligro y no me parece recomendable para nadie, salvo
que quiera hacer un juego experimental. Eso es perfecto. A mí lo que me
gusta del cine es que todo es mentira. Eso me encanta. Los que se mueren
siguen vivos, los que sufren después van a comer y están contentos,
llueve agua que no es de lluvia. Todo es falso. Esa falsedad me parece
una de las cosas más atractivas del cine. Después, el efecto que pueda
ser más o menos creíble, es ya un milagro del conjunto de las cosas.
Pero el cine es, por definición, un artificio. Eso para mí establece una
cierta ética de trabajo. A mí no me gustan los actores masoquistas, que
necesitan que alguien los torture para actuar. Entiendo que cada uno se
divierte en su casa como quiere, pero yo no voy a hacer que nadie se
meta en una bañadera helada para que ponga cara de no sé qué, ni voy a
torturar ni voy a hacer infeliz a alguien para una escena. Me parece que
es un privilegio tan pequeñoburgués el cine, como trabajo, entretanto no
llegue a otras capas de la sociedad y tenga otras funciones, que no
merece la pena que nadie la pase mal ni que nadie trabaje gratis por el
cine. Esa es básicamente mi postura frente a la puesta en escena. Y
respecto de qué lograr con los actores, uno tiene una memoria de un
diálogo y es eso lo que intentás que pase. Algo de eso, quizás no todo.
Tenés una memoria de una situación que te gusta como estructura sonora
para esa escena, y si bien no estás tratando de emular perfectamente
eso, hay ciertos elementos que sí vas a tomar. Por ejemplo, no vas a
tomar las frases de ese diálogo que recordás, pero sí tomás el ritmo, el
volumen, el tono. Quizás tomás otras cosas. Y yo me pongo de acuerdo con
los actores para tratar de lograr eso.
—Hay una cosa que
les recomiendo ampliamente, que es el tema de los chicos y los no
actores. En la publicidad hay una frase: “El infierno son niños y
perros”. A mí no hay nada que me parezca más delicioso que trabajar una
escena con un chico porque es un momento donde se recupera el mayor
concepto de juego que puede tener una persona. Eso lo tenés cuando estás
cerca de un chico. Un no actor, o un chico, esas personas que no están
entrenadas técnicamente para leer un texto y transformarlo en sonido,
leen un texto y ven palabras, organizaciones gramaticales, gráficas. Es
tal el deseo que tiene un niño o un no actor de participar en la
película, es tal el respeto que siente por el trabajo que va a hacer,
que con mucha devoción va a tratar de aprenderse con precisión todo lo
que ha leído. Entonces, el texto escrito va a jugar en contra de la
escena, y lo que va a suceder, y eso lo podés chequear con cualquier
programa que grafique el sonido, es que en una escena grabada con
actores que están repitiendo el texto hay una homogeneidad en los
espacios, en la alternancia. Tiene una lógica que es sumamente
homologable a la gráfica del texto escrito. Un ritmo que nada tiene que
ver con el fluir del habla. No hay superposición: un actor dice una
cosa, cuando termina el otro dice otra. Todas las frases son claras,
todas las palabras se escuchan, las letras suenan. Eso no es lo propio
de la lengua. Eso es propio de la escritura y de la lectura de la
escritura. Eso daña mucho a un no actor y a un niño. En cambio, un actor
está entrenado, todo su cuerpo está entrenado, para tomar ese texto
escrito, y romperlo y transformarlo en otra cosa, ya no en la palabra
organizada gramaticalmente sino en un fluido del sonido, en una cosa
mucho más física.
—En esos programas
que grafican las ondas sonoras vas a ver que hay una complejidad en la
estructura. De la misma manera, si vos grabás un audio de cualquier
persona, un audio de la calle, de una persona que está hablando
fluidamente, vas a ver que es casi imposible transcribirlo. Si lo
grabamos y lo quieres transcribir en una hoja, te faltan signos gráficos
para transmitir ciertas pausas, ciertos acentos, ciertas caídas. ¿Cómo
hacés para transmitir en una hoja que una palabra empieza nítidamente y
se esfuma? Ponés puntos suspensivos. Eso exactamente no reproduce el
fenómeno. Digo esta cosa, que parece un poco extrema, porque es tal el
nivel de codificación que hay en la escritura que, para alguien que no
está entrenado, destruir eso y transformarlo en algo continuo del sonido
y el cuerpo, que seguro te va a dar resultados muy negativos como
actuación, como transmisión de verdad o de cierta idea de realidad.
Además que no tiene que ver nada con Dogma 95. Es como trabajo yo, y me
parece que esos son trucos que te van a servir más que el Dogma.
—Cualquier
manifiesto sirve como juego para los que lo firman, que ya son unas
personas con una visión del cine, una idea acerca de lo que quieren
hacer. Después de hacer ese juego, viene un montón de gente que dice:
“Ese juego es cierto”. Una vez hablaba con una chica de Albania, una
directora que me decía que su película era la primera película Dogma de
Albania. Yo le pregunté: “¿Qué es exactamente Dogma?”. Y ella me dijo:
“No, es un juego”. Te sentís sumado a un grupo que ha tomado algunas
decisiones estéticas. Eso me parece bien. Pero de ahí a tomar esas ideas
para la concreción práctica de un rodaje, me parece que es meterte en un
brete. No te va a servir para sacar ningún buen resultado.
—Hay otra cosa
cuando uno escribe personajes de chicos. Es increíble la facilidad con
la que uno se olvida cómo era cuando era chico. A mí me ha pasado ver
películas donde los niños tienen unos parlamentos… Uno dice: “Miércoles,
si Pascal hubiese tenido esa fluidez de pensamiento”. Y después unos
sentimientos sostenidos. Lo propio de los niños es no sostener las
emociones. Un chico se enoja, berrincha terriblemente, te odia, y de
golpe le mostrás otra cosa, un cascarudo que va por ahí, y se olvida por
completo de todo ese rencor infinito y ese odio. Esa emoción dejó de
existir por completo. Y capaz que al minuto, si ese cascarudo se cae, el
berrinche vuelve al exacto punto en que estaba antes. Hay una
discontinuidad emotiva, mientras que nosotros, los adultos, manejamos
con otra estructura dramática nuestras emociones, uno está enfurecido y
se va cuando te dicen “hey” y hacés como que te calmás, y tiene un
montón de cosas actuadas, falsas. Yo no creo que las emociones sean así
pero nosotros, por nuestra educación, por nuestro trato social, les
hemos dado esa forma.
—Muchas veces,
cuando se escribe personajes niños, se olvida que el chico tiene una
vida sexual de niño, la que sea, pero la tiene. Hay un misterio
insondable en sus acciones, en sus miradas, en su manera de acercarse a
la gente que tiene una carga de erotismo. No significa que nadie vaya a
tener que ir a abusar de eso pero la tiene. Todo eso nos aterroriza.
Imagínate ver a un niño que tiene esa cara. Se lo lava y da esa idea
estúpida de la pureza y la inocencia, que no sirve para nada. Lo único
que hacen es deformar a los personajes de los niños. Los niños son
monstruosos en su maldad, en su bondad, en su capacidad de olvidarse de
las cosas o de recordarlas, y esa monstruosidad está edulcorada en
algunas películas, o domesticada de una forma que nos parezca más
manejable como adultos.
—Para mí nadie, así
tenga 20 años de pareja con otra persona, llega a saber exactamente
quién es esa persona. Tiene una idea que va poniendo cada vez más
compleja, pero nunca termina de desentrañar a esa persona. Hay un
misterio insondable que va a estar para siempre. Cuando uno escribe no
tiene que olvidarse de eso. Por eso la experiencia amorosa sirve mucho
para el cine. A veces distanciamos las experiencias emocionales de vida
del trabajo de escritura, del trabajo de factura del cine, y en verdad
ayudarían mucho. Uno no puede saber todo de un personaje; esa es una
pretensión un poco absurda. Yo nunca escribo el pasado de los
personajes. Sé muchas cosas, por supuesto. Me imagino cómo era la
familia, etcétera, pero no trato de saber todo, como no sé todo de un
montón de gente que me rodea desde hace muchísimo tiempo. Sin embargo,
hay un montón de situaciones precisas que puedo hacer sin saber
absolutamente todo del personaje. Con los chicos pasa mucho eso. Por
ejemplo, los juegos de los chicos, que son una cosa fascinante, los
cineastas tratan siempre de filmarlos de una manera tal que se entienda
la mecánica. Se toman un trabajo, un exceso de planos y de sonidos, para
tratar de que se comprenda qué están jugando, cuando lo propio de los
juegos de los chicos es que inventan reglas. La narrativa del juego la
van cambiando, de manera que uno nunca sabe con precisión cuál es el
juego que están jugando. Esa posición de dominio del director, del
guionista sobre los juegos de los niños, sobre la vida social de los
personajes, sobre sus deseos es lo que a veces hace es que los
personajes comiencen a ponerse más pequeños, empiecen a irradiar menos.
Aunque sea un personaje secundario, que está al fondo, hay que mantener
un cierto respeto a ese misterio insondable que es uno que pasa por ahí,
que no se sabe por qué mira, se detiene. Si a esa persona no la estás
usando como una imagen que pasa, seguro se te van a ocurrir movimientos
o tomas que te propongan que va a servir para agregarle algo a la
escena.
—¿Cómo usted
logra filmar con actores no profesionales?
—En general creo
que el problema más grave que tienen los no actores es el director,
porque uno tiene tanto pudor de conversar con una persona. Yo no tengo
un método para todos, pero conversando con cada persona te das cuenta a
lo que se anima, a lo que no se anima. Es una respuesta que tenés que
encontrar con cada uno. Con estos actores tenés que conversar y fijarte
de qué manera te podés aproximar a ellos para explicarles. Puede
sucederte que charlaste un montón, horas. A mí me pasó con un tipo del
que me encantaba la forma de hablar porque era una cosa muy campesina,
rural, de Salta, con unas pausas totalmente difíciles de seguir. Te
quedabas fascinado pero costaba seguirle el sentido a la conversación
porque hacía pausas en lugares raros. Eso me encantaba mucho y quería
que el tipo ese hiciera el personaje. Fue un incordio porque hablé un
montón con él, tenía la voz más bella del mundo, la forma de hablar más
hermosa pero, cuando le pedí que dijera una cierta cantidad de frases,
se ponía muy nervioso. Trataba de decirlas lo más precisamente. Para
impedir que los adultos y los niños graben gráficamente el guión no se
los doy y les digo yo los textos o aproximaciones para que el otro lo
vaya incorporando y encuentre una manera de decirlo. Yo hice eso con ese
hombre. Le decía los textos e iba grabando las frases, una por una.
Filmé de una forma tal que no tuviese todo el tiempo la boca en sincro,
porque era muy difícil. Con cada persona vas a tener que encontrar una
forma de resolverlo. No te va a servir si vos vas con la idea de que son
campesinos ya tenés un problema: no todos los campesinos son iguales.
Todo el mundo debe tener su particularidad en su manera de hablar, cosas
a las que se animan o que no. Hay tipos que, de repente, han vivido toda
su vida en un ambiente muy hosco, sin ninguna sofisticación de la
ciudad, y resultan ser unas personas sumamente dispuestas. Esos tipos
estaban escondidos detrás de ese peñasco y resulta que son unos actores
extraordinarios, con humor y con un montón de cosas.
—El trabajo es
encontrar a cada uno de ellos. La clave para una película con no actores
es un largo y profundo proceso. Para encontrar a los chicos que
participan en La ciénaga personalmente tuve entrevistas con 2.500
chicos. Los graba yo. Para esa época tenía menos plata, a mí no me
conocía nadie, y era más difícil convencer a alguien de que participara
en la película. Entonces, en un lugar, cerca de mi casa, grabé 2.500
personas durante 4 meses. Charlaba, improvisaba con cada uno. Si en
2.500 no encontrás 7, después vas a tener que buscar 1.000 más, hasta
que los encuentres. Hay que hacer tantas entrevistas con los campesinos
hasta que des con los tipos, no que sean buenos, porque no se trata de
que ellos sean buenos, sino los tipos con los que vos puedas hablar. Esa
es la dificultad: con quién te sentís cómodo hablando. Puede haber un
excelente actor, o no actor, capaz de grandes cosas con otro director
pero con vos no da pie con bola, porque no encuentra una forma de
diálogo, no entiende lo que vos le pedís o, por pudor o vaya a saber por
qué trauma de infancia, no te acercás, no te animás a hablarle. Con cada
persona es un caso. El casting pareciera ser que mucha gente lo entiende
como la prueba de que yo sí tengo talento. El casting es para probar si
vos podés hablar con alguien, no para saber si el actor fulano es mejor
que mengano sino para saber con cuál de los dos te podés comunicar
mejor. No es la prueba del talento del otro sino de tus posibilidades o
imposibilidades de comunicación.
—A mí Reygadas me
contó que para la película Luz silenciosa le había pedido al
hombre que hace del padre que se siente y que repita las frases que él
le iba diciendo. En ese diálogo entre el padre y el hijo, el padre habla
con él un poco raro porque sencillamente está repitiendo las frases que
el otro le va diciendo. Me imagino que Reygadas le iba poniendo un tono
y una cosa para que el otro emulara, pero a la vez tendría una
suficiente relación de confianza, porque el otro está con una especie de
sonrisa, algo que está bueno y que, si no conocés la historia, no lo
relacionás con eso. No está creyendo lo que está pasando. En la película
es perfecto. Pero, si te cuentan la anécdota, sabes que está repitiendo
como si pensara: “Bueno, voy a tener condescendencia con este pendejo y
voy a repetir todo lo que me dice”. Y es eso: con cada persona que actúa
en tu película vas a necesitar establecer un vínculo. Si vos decís: “De
eso que se ocupe el asistente”. La chica de casting siempre es una
persona a la que se le entregan las situaciones más difíciles de la
película: “Que juegue con los chicos y que después me traiga una cosa
armada”. Así vas camino al fracaso. Si no tienes 5 millones de dólares
para la filmación con más razón. Seguramente no vas a tener mucho tiempo
para filmar por lo que tu relación con las personas con las que trabajas
tiene que ser muy directa y fluida.
—A mí me dan mucho
pudor las escenas donde los personajes tienen que decir o hacer algo
íntimo. Me acuerdo una escena de La niña santa en la que ella
tiene que masturbarse. Yo no quería que pasara una cosa que me molesta
muchísimo de las películas que es que un poco está todo para la cámara.
Ese es un defecto de las películas y, sobre todo, una situación que a
las mujeres nos resulta muy incómoda porque es una manera de ver muy
masculina, de la parte masculina mala. En las películas pornográficas
pasa siempre: está todo hecho para alguien que mira, que es el
consumidor. Y muchas veces, en las películas que nos dan ese ejemplo,
las escenas que tienen una carga erótica importante tienen esa carga:
están haciendo las cosas medio para otro y no metidos en la situación.
Entonces a María Alché, que tenía 19, 20 años cuando filmamos la
película, y yo tenía mucha incomodidad, le dije: “María tenés que
hacerte algo que no se va a ver, pero sea lo que sea que hagas tiene que
ser algo muy particular que te guste a vos. No que te guste a vos en la
vida real, sino que sugiera movimientos, acciones, posiciones que te
importen a vos. Si se ven bien o no en la cámara, si logro verte la
cara, vos de eso no te preocupes. Concentrate en algo particular que te
interese a vos”.Y así rodamos la escena. En el momento en que tenés que
encarar a un actor, en este caso a una persona más joven, y yo no sabía
cuál era la vida de María, proponerle esa escena es una situación
incómoda de diálogo. Pero si no encontrás la forma de hacerlo, el actor
no va a ser nadie y la culpa va a ser tuya. Tenés que encontrar la forma
de superar tu propio pudor, tus propias inhibiciones. Con respecto al
texto hay que encontrarle al actor un truquito, encontrar la forma de
que esa persona se sienta cómoda diciendo algo. |