entrevista
"Esos
colores, con una tipa encerrada ahí, eran una hipocresía"
Se estrenó esta semana en la Cinemateca Nacional otra tesis de realización
de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela. La pecera,
de María Ruiz, es un corto de 18 minutos de duración con una sola actriz en
una misma locación, interpretado por Nadeschda Makagonow y editado por
Alfredo Anzola. La fotografía es de Jonás Romero.
Las películas estudiantiles hay que verlas no sólo como lo que son sino como
lo que hay en ellas de anuncio de lo que pueden llegar a ser los
realizadores, si continúan explorando con ahínco las rutas que les han
conducido a los primeros hallazgos. En este caso puede decirse que Ruiz ha
dado en con un buen concepto de producción, el cual le permitió desplegar la
creatividad sin desbordar sus estrechas posibilidades reales, evitando el
más común de los pecados de los cineastas principiantes. Además, muestra que
tiene intuición para hacer de la relación con los objetos y del manejo del
espacio dos elementos centrales en la representación de la psicología del
personaje. Eso también le permite omitir prácticamente todos los
parlamentos, una purga que quizás sea necesario extremar en el cine
venezolano para terminar de deslastrarlo de la mala influencia de la
parlanchina televisión. La película, además, es un ejemplo de persistencia
de algunos temas característicos de los cortometrajes de realizadores noveles
desde los noventa, como el desamor, la soledad y la sensación de encierro,
con la paranoia suele acompañarla. La pecera es parece ser un indicio
más de que hay una serie de características propias de un cine juvenil
venezolano. Vértigo aprovechó la ocasión del estreno entablar una conversación con María Ruiz,
que es también una manera de enterarse de cómo afrontan el oficio los que
egresan de la Universidad Central de Venezuela como realizadores. En el
diálogo asomó el tema de la Escuela de Artes, que para Ruiz parece estar
sumida en una lenta pero persistente decadencia, al igual que la universidad
en general.
—La opción de una actriz en un apartamento, ¿es algo que estuvo siempre
en el guión o fue una decisión de producción que tomó después?
—Empezó como una idea de producción. En función de ella hice el guión, y
salió como salió. Como no soy millonaria, y como no quiero esperar cien
años a que el CNAC me dé los reales para hacer el corto, dije que iba a
ser lo más sencillo posible, que es un solo actor en una locación. La
cosa de no tener diálogos surgió del taller de guión que cursé con
Rafael Marziano y José Antonio Varela. Ellos nos sugirieron que, antes
de ponernos a dialogizar y a escribir novelas del 4, aprendiéramos a
manejar otras cosas relacionadas con la estructura para hacer los
guiones, y que después nos pusiéramos a inventar.
—¿Cómo llegó Nadeschda Makagonow al corto?
—Yo
pasé como ocho meses buscando una actriz. Todas las chicas que conozco
de la escuela son muy jóvenes y no me parecía que fueran para el
personaje. Las otras que me dijeron “toma el teléfono” no me gustaron.
Nadia fue la última que llegó, y tenía que ser con ella. La conocí dos
meses antes de empezar a grabar el corto. O sea, que era ella o no
grababa nunca. Era ella y ella es.
—La puso en un papel completamente distinto de lo que le he visto a
ella...
—Nos
costó mucho, porque ella sabe muchísimo de actuación y yo no sé nada.
Ella a veces me preguntaba cosas que yo no entendía. Pero, bueno, creo
que al final quedó bien. Iván Feo me dijo que no sabía si ella no era la
más indicada para ese personaje, o si no tenía la pericia necesaria, o
si yo soy la peor directora de actores del mundo. No le gustó.
—Qué amable...
—A mí
no me parece que haya llegado a describir o dibujar completamente lo que
creo que está en el guión, pero bueno.
—¿Cómo trabajó los colores y los objetos?
—En
el caso de los objetos fue una cosa más bien arbitraria. No la utilería.
La utilería fue toda minuciosamente seleccionada...
—Me refería a eso, justamente.
—A mí
me gusta contar cosas con cosas, y no sólo diciéndolas y con acciones de
la actriz. Me interesaba que cada objeto estuviese cargado de un
significado X, que pudiese tener lecturas X. Lo de los colores fue
porque el mismo apartamento tenía una luz como pastel, como salmón, por
las paredes. Esa luz me pareció rara. No es como deprimente, no es
cálida de todo. Esos colores, con una tipa encerrada, ahí eran como una
hipocresía. Es un color salmoncito que parece bonito, femenino. Pero es
un color malagente porque es el color del encierro. Es un color ambiguo
y me pareció chévere. Cuando vi el color desde ese punto de vista,
seleccioné el vestuario, las cositas, los pasteles esos necios del
corto.
—¿Cómo se vinculó con Cine Seis Ocho?
—Conocí a Alfredo Anzola cuando trabajaba en la Cinemateca. Él me
preguntó por mi corto. Yo le dije que tenía los cassettes pero precisaba
una laptop para editarlo, y él me dijo que me fuera para allá. Editamos
con Media 100, que es el programa que él tiene. Yo conozco el Avid. Me
gusta trabajar en Avid y no en Final Cut, porque me parece que es un
programa rarísimo, que tiene millones de cosas de postproducción. Pero
no son edición sino otras cosas. Media 100 es más arcaico y me pareció
más chévere. Él editó. Si no fuera por él, el corto no hubiese quedado
tan bien, por lo menos en eso. Yo hubiese dejado como media hora cada
plano, de lo más aburrido. Hay unos cortes tan precisos y tan perfectos
que son de él.
—¿Qué planes tiene ahora?
—Quería meter en el CNAC un proyecto que ya grabé en video y es el que
sale en la revista de la Cinemateca con aquellas ínfulas. ¡Quédó
horrible! Es un rancho, la luz quedó fatal, los colores... Grabé con la
cámara más pichaque que conseguí. Quedó feo, pero la idea me parece
superbonita. Creo que merece una segunda oportunidad. También quiero
hacer un documental de la Central. Pero no sé, vamos a ver.
—Documentales sobre la UCV creo que hace tiempo que no se hacen.
—Lo
que pasa es que tengo que sentarme con alguien a escribir un guión,
porque yo sola no me atrevo a hablar de eso. Aparte de que hay que hacer
una investigación muy fuerte.
—Más allá de eso, debe haber algo personal.
—Lo
mío es la frustración de ver cómo una universidad que tiene la
infraestructura, los profesores y los estudiantes que podrían hacer de
ella un lugar maravilloso y genial, está como muerta. En la Escuela de
Artes ahora se están haciendo cosas. Pero durante los cinco años que
estuve ahí era como un limbo. La videoteca era de mentira. ¿Cómo vamos a
estudiar cine si no tenemos ni siquiera una videoteca? ¿Cómo vamos a
hacer cosas si no tenemos recursos para hacerlas y ni siquiera nos
molestamos en movernos para conseguirlos? Nos lanzaron ahí en el primer
semestre y seguimos por inercia hasta el final. Yo quiero hablar de eso
como un problema, como un conflicto de la Escuela de Arte y creo que de
todas partes, porque la gente de Ingeniería trabaja con unos programas
obsoletos y unas computadoras que son como unos ábacos gigantes. Y la
cuestión administrativa es tan estúpida y retrasa cosas que podrían ser
efectivas inmediatamente. Está el problema de la basura: ¡por Dios!, la
universidad huele a basura, como toda Caracas y toda Venezuela. Pero,
coño, la universidad huele a basura, y a pipí el estadio de beisbol.
Huele todo a orines, es horrible. ¿Por qué estudiamos en un lugar así y
no hacemos nada?
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |