07/08
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entrevista

María Ruiz  

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"Esos colores, con una tipa encerrada ahí, eran una hipocresía"
 

 

Se estrenó esta semana en la Cinemateca Nacional otra tesis de realización de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela. La pecera, de María Ruiz, es un corto de 18 minutos de duración con una sola actriz en una misma locación, interpretado por Nadeschda Makagonow y editado por Alfredo Anzola. La fotografía es de Jonás Romero.

Las películas estudiantiles hay que verlas no sólo como lo que son sino como lo que hay en ellas de anuncio de lo que pueden llegar a ser los realizadores, si continúan explorando con ahínco las rutas que les han conducido a los primeros hallazgos. En este caso puede decirse que Ruiz ha dado en con un buen concepto de producción, el cual le permitió desplegar la creatividad sin desbordar sus estrechas posibilidades reales, evitando el más común de los pecados de los cineastas principiantes. Además, muestra que tiene intuición para hacer de la relación con los objetos y del manejo del espacio dos elementos centrales en la representación de la psicología del personaje. Eso también le permite omitir prácticamente todos los parlamentos, una purga que quizás sea necesario extremar en el cine venezolano para terminar de deslastrarlo de la mala influencia de la parlanchina televisión. La película, además, es un ejemplo de persistencia de algunos temas característicos de los cortometrajes de realizadores noveles desde los noventa, como el desamor, la soledad y la sensación de encierro, con la paranoia suele acompañarla. La pecera es parece ser un indicio más de que hay una serie de características propias de un cine juvenil venezolano.

Vértigo aprovechó la ocasión del estreno entablar una conversación con María Ruiz, que es también una manera de enterarse de cómo afrontan el oficio los que egresan de la Universidad Central de Venezuela como realizadores. En el diálogo asomó el tema de la Escuela de Artes, que para Ruiz parece estar sumida en una lenta pero persistente decadencia, al igual que la universidad en general.

 

 

—La opción de una actriz en un apartamento, ¿es algo que estuvo siempre en el guión o fue una decisión de producción que tomó después?

 

—Empezó como una idea de producción. En función de ella hice el guión, y salió como salió. Como no soy millonaria, y como no quiero esperar cien años a que el CNAC me dé los reales para hacer el corto, dije que iba a ser lo más sencillo posible, que es un solo actor en una locación. La cosa de no tener diálogos surgió del taller de guión que cursé con Rafael Marziano y José Antonio Varela. Ellos nos sugirieron que, antes de ponernos a dialogizar y a escribir novelas del 4, aprendiéramos a manejar otras cosas relacionadas con la estructura para hacer los guiones, y que después nos pusiéramos a inventar.

 

—¿Cómo llegó Nadeschda Makagonow al corto?

 

—Yo pasé como ocho meses buscando una actriz. Todas las chicas que conozco de la escuela son muy jóvenes y no me parecía que fueran para el personaje. Las otras que me dijeron “toma el teléfono” no me gustaron. Nadia fue la última que llegó, y tenía que ser con ella. La conocí dos meses antes de empezar a grabar el corto. O sea, que era ella o no grababa nunca. Era ella y ella es.

 

—La puso en un papel completamente distinto de lo que le he visto a ella...

 

—Nos costó mucho, porque ella sabe muchísimo de actuación y yo no sé nada. Ella a veces me preguntaba cosas que yo no entendía. Pero, bueno, creo que al final quedó bien. Iván Feo me dijo que no sabía si ella no era la más indicada para ese personaje, o si no tenía la pericia necesaria, o si yo soy la peor directora de actores del mundo. No le gustó.

 

—Qué amable...

 

—A mí no me parece que haya llegado a describir o dibujar completamente lo que creo que está en el guión, pero bueno.

 

—¿Cómo trabajó los colores y los objetos?

 

—En el caso de los objetos fue una cosa más bien arbitraria. No la utilería. La utilería fue toda minuciosamente seleccionada...

 

La pecera  

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—Me refería a eso, justamente.

 

—A mí me gusta contar cosas con cosas, y no sólo diciéndolas y con acciones de la actriz. Me interesaba que cada objeto estuviese cargado de un significado X, que pudiese tener lecturas X. Lo de los colores fue porque el mismo apartamento tenía una luz como pastel, como salmón, por las paredes. Esa luz me pareció rara. No es como deprimente, no es cálida de todo. Esos colores, con una tipa encerrada, ahí eran como una hipocresía. Es un color salmoncito que parece bonito, femenino. Pero es un color malagente porque es el color del encierro. Es un color ambiguo y me pareció chévere. Cuando vi el color desde ese punto de vista, seleccioné el vestuario, las cositas, los pasteles esos necios del corto.

 

—¿Cómo se vinculó con Cine Seis Ocho?

 

—Conocí a Alfredo Anzola cuando trabajaba en la Cinemateca. Él me preguntó por mi corto. Yo le dije que tenía los cassettes pero precisaba una laptop para editarlo, y él me dijo que me fuera para allá. Editamos con Media 100, que es el programa que él tiene. Yo conozco el Avid. Me gusta trabajar en Avid y no en Final Cut, porque me parece que es un programa rarísimo, que tiene millones de cosas de postproducción. Pero no son edición sino otras cosas. Media 100 es más arcaico y me pareció más chévere. Él editó. Si no fuera por él, el corto no hubiese quedado tan bien, por lo menos en eso. Yo hubiese dejado como media hora cada plano, de lo más aburrido. Hay unos cortes tan precisos y tan perfectos que son de él.  

 

—¿Qué planes tiene ahora?

 

—Quería meter en el CNAC un proyecto que ya grabé en video y es el que sale en la revista de la Cinemateca con aquellas ínfulas. ¡Quédó horrible! Es un rancho, la luz quedó fatal, los colores... Grabé con la cámara más pichaque que conseguí. Quedó feo, pero la idea me parece superbonita. Creo que merece una segunda oportunidad. También quiero hacer un documental de la Central. Pero no sé, vamos a ver.

 

—Documentales sobre la UCV creo que hace tiempo que no se hacen.

 

—Lo que pasa es que tengo que sentarme con alguien a escribir un guión, porque yo sola no me atrevo a hablar de eso. Aparte de que hay que hacer una investigación muy fuerte.

 

—Más allá de eso, debe haber algo personal.

 

—Lo mío es la frustración de ver cómo una universidad que tiene la infraestructura, los profesores y los estudiantes que podrían hacer de ella un lugar maravilloso y genial, está como muerta. En la Escuela de Artes ahora se están haciendo cosas. Pero durante los cinco años que estuve ahí era como un limbo. La videoteca era de mentira. ¿Cómo vamos a estudiar cine si no tenemos ni siquiera una videoteca? ¿Cómo vamos a hacer cosas si no tenemos recursos para hacerlas y ni siquiera nos molestamos en movernos para conseguirlos? Nos lanzaron ahí en el primer semestre y seguimos por inercia hasta el final. Yo quiero hablar de eso como un problema, como un conflicto de la Escuela de Arte y creo que de todas partes, porque la gente de Ingeniería trabaja con unos programas obsoletos y unas computadoras que son como unos ábacos gigantes. Y la cuestión administrativa es tan estúpida y retrasa cosas que podrían ser efectivas inmediatamente. Está el problema de la basura: ¡por Dios!, la universidad huele a basura, como toda Caracas y toda Venezuela. Pero, coño, la universidad huele a basura, y a pipí el estadio de beisbol. Huele todo a orines, es horrible. ¿Por qué estudiamos en un lugar así y no hacemos nada?

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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