 |
entrevista
"Si
estás imaginándote un personaje, si le pones una cara conocida es como
si estuvieras enfocándolo. Es hacer que algo que está fuera de foco
entre en foco'"
—¿Cómo surgió el proyecto de Todo lo que sube?
—Yo
tenía unas ideas que me estaban rondando hace poco más de un año y en
marzo de 2007, en una noche de insomnio en Madrid, en mi casa, porque yo
vivo allá, me puse a escribirlo. Me entró la idea concreta de lo que
quería, e hice esa noche la primera versión de la historia. Una vez que
lo terminé, esa misma noche, y lo leí de arriba abajo, tomé la
determinación de hacerlo realidad.
—¿Qué le llevó a usted, que es actor de teatro, cine y televisión, a
incursionar en la dirección de cine?
—En
1998 me fui a España por primera vez, a estudiar dirección de cine.
Estudié en Séptima Ars, una escuela muy conocida que está en Madrid. Mi
única intención en ese momento era conocer un poco el detrás de cámara.
Tenía la sensación de que si conocía bien eso podía mejorar mi trabajo
como actor. Después me di cuenta de que para hacer bien el trabajo como
actor no hace falta saber eso sino ser honesto con el trabajo. En la
medida en que eres más honesto, puedes conectar mejor con el público.
También llegué a la conclusión de que los directores deberían saber un
poco más de actuación.
—¿Qué le ha aportado su experiencia como actor a su trabajo como
director?
—A
veces los directores no conocen bien los mecanismos que utilizamos los
actores para lograr ciertas emociones. Los actores trabajamos con algo
muy complejo: las emociones. Ellas son algo abstracto, es algo que no se
puede meter dentro de una caja o darle forma visible, físicamente. Esa
abstracción uno tiene que saberla manejar como director para poder
decirle lo que quiere con palabras muy claras y muy concisas al actor.
Debes saber tocar el botón preciso que hay en el staff de emociones que
el actor tiene entrenadas para lograr la emoción que tú, como director,
necesitas en ese momento. Es bueno también que los directores sepan que
los actores somos muy susceptibles, que hay cierta forma de irnos
llevando. Nos sentimos como huérfanos y necesitamos siempre como un papá
que nos vaya diciendo por dónde debemos ir. Cuando encontramos ese
director paternalista, que es como el padre que te dice “hazlo así” y
que te da confianza, y sientes que lo que te está diciendo está, que por
ahí es, las cosas pueden fluir estupendamente bien.
—¿Usted cree que es un director de ese tipo?
—Bueno, lo intenté. Con mis actores me fue estupendamente bien.
Sinceramente tendría que agradecerles un montón, porque ejecutaron cada
una de mis indicaciones con mucho respeto, con mucho cariño, con mucho
amor. Eso me complace mucho, porque todo lo que he ido cultivando a
través de los años como actor se ha visto reconocido y recompensado por
mis propios compañeros. Todos los actores que fueron convocados, 13 en
total, me dijeron sí a la primera. Ni siquiera quisieron leer el guión.
Me di cuenta en ese momento de que había arado un terreno durante muchos
años y me había ganado el respeto de ellos.
—¿Cómo armó el elenco?
—Escribí 80% de los personajes con las caras de ellos. No es que hubiera
dicho: “Te voy a escribir algo”. No. Considero que el trabajo del
guionista es muy complejo, y tenía que buscar la manera de plasmar mis
ideas sobre el papel. Creo que una extraordinaria forma de hacerlo fue
ponerle cara a mis personajes, de gente que yo conocía, que conocía su
trabajo. Luego, cuando hice la última versión y metí el proyecto en el
CNAC, y le dieron el visto bueno y lo aprobaron, en ese momento comencé
a llamarlos a todos.
—¿Por qué es importante partir de unos determinados actores para
escribir el guión?
—Eso
te puede ayudar visualmente. Cuando uno escribe una película está
imaginando el espacio, los movimientos. Si estás imaginándote un
personaje, si le pones una cara conocida, es como si estuvieras
enfocándolo: la cara, la forma de hablar, de moverse. Es como hacer que
algo que está fuera de foco entre en foco.
—Hay un manejo acertado del espacio en el corto, sobre todo cuando
trabaja con dos acciones simultáneas, como ocurre en una secuencia en la
que dos mujeres se ven en el espejo del ascensor mientras un tipo se
ahoga en la otra esquina. ¿Por qué le interesa hacer eso?
—Pienso que en la vida pasan cosas simultáneas. Uno decide si ve para
este lado o para el otro. Nosotros estamos hablando aquí pero allá está
sucediendo otra cosa. Entonces, dependiendo de quien nos vea, podrá
estar viendo algo que pasa allá atrás y nosotros estamos en lo nuestro.
En esa secuencia, ellas viven en un mundo paralelo y no les importa lo
que pasa alrededor, y es por eso que les pasa lo que les pasa. Están
ensimismadas y no ven más allá de su nariz.
—¿Por qué se ha decantado por la comedia?
—Lo
que a mí me sale es la comedia. Pero esta no es una película cómica. Es
comedia porque está hecha en clave de humor. Pero hay algo corrosivo por
debajo, que está tratando de denunciar. Tampoco me gusta la palabra
“denuncia”. No es una denuncia, es una reflexión sobre la obsesión de la
gente por aparentar perennemente algo que no es.
—Es
inevitable preguntarle por su trabajo como actor. ¿Cómo construye usted
sus personajes en el cine?
—Yo
construyo cada personaje de una manera diferente. No tengo un método que
use siempre. Por mi formación, he conocido bastantes metodologías de
trabajo, pero dependiendo del personaje, dependiendo de la historia,
dependiendo de si es cine, teatro o televisión, tengo un proceso
diferente. Todos los personajes que he interpretado, en cualquiera de
los medios, los he armado tomando cosas de un lado, cosas de otro. Eso
creo que me ha ayudado a no repetirme. Es lo que busco siempre: no
repetirme. Tampoco tomo nunca la experiencia anterior como base para
hacer otra cosa. Siempre trato de empezar como de cero, de explorar el
personaje desde cero. Eso lo ha hecho interesante. No me he aburrido
todavía del trabajo como actor porque siempre lo afronto de una manera
distinta.
—¿Cómo trabajó el personaje de Héctor en El tinte de la fama?
—Estaba en España en ese momento y Armando Limansky, que iba a ser
inicialmente el productor de ese proyecto, me llamó a Madrid y me dijo
que el director, Alejandro Bellame, quería conversar conmigo para uno de
los personajes. Conversé con él, me envió el guión y me encantó cuando
lo leí, por supuesto. Me pareció que el personaje era de esos que en la
vida y en la carrera de actor te tocan una sola vez. No creo que vuelva
a aparecer otro parecido a este. De repente sí, pero es muy complicado
que ocurra. Dije: “Ese personaje quiero hacerlo porque sí”. Llegué a
buenos términos y lo hice.
—La
construcción fue compleja. Primero, porque tuve que meterme en la vida
de Marilyn Monroe. Después, meterme en la vida de Héctor, que se creía
la reencarnación de Marilyn Monroe. Imaginar qué tipo de familia tenía,
de dónde viene. Era ponerme unos tacones, pero no para aprender a
caminar con ellos. Era ponérmelos y verme como si toda la vida hubiera
caminado con esos tacones, y como si fuera la Marilyn. Ponerme un corset
y pestañas postizas, sin que se sintiera que era la primera vez que
tenía unas pestañas postizas puestas. Manejarme con pelucas, con uñas
postizas. Eso fue toda una locura. Además estuvo el proceso de rebajar
de peso, tuve que estilizarme mucho. Luego tuve que depilarme todo, de
arriba abajo. Todas esas son cuestiones físicas, trabajo físico del
personaje, y además tuve que meterme dentro.
—Yo
no quería hacer un cliché. Era muy fácil decir: “Este es el personaje
divertido, es un travesti más, muy cómico”. No. Más bien quería darle la
dimensión justa y linda que podía tener el personaje, que es un poco la
premisa de la película: la falta de identidad. Héctor no sabe si es un
chico o una chica, no sabe si es Héctor, si es Marilyn Monroe, si es del
Tercer Mundo. Está tratando de buscar su identidad, y en esa confusión
basé un poco el personaje, en esa búsqueda. Él, de una manera
angustiosa, estaba creando un mundo a su alrededor, dentro de su casa,
que era su espacio, un mundo para ese personaje que había inventado de
él mismo. Quería hacer un trabajo digno. No quería payasearlo ni hacer
un personaje que se burlara sino más bien buscarle la dimensión humana,
que la tenía. Por eso yo trataba todo el tiempo de mantenerme en un
segundo plano. Tuve mucho miedo al hacerlo porque no quería pasarme de
un límite que me había puesto: tratar de no hacer las cosas muy
grandilocuentes y muy exageradas que podía permitir el personaje. Me fui
a Marilyn Monroe, me agarré de Marilyn Monroe para consruirlo, y ella lo
que mostraba era un mundo maravilloso mientras que dentro de ella había
una gran tristeza. Lo manejé un poco de ese lado.
—Cuando fue estrenada la película, varios años después, tenía mucha
expectativa. Creí que no me iba a gustar nada de lo que había hecho
porque, como había pasado tanto tiempo, pensaba que si lo hubiera hecho
con la experiencia que tengo hoy en día, con tanta vivencia que tengo,
quizás pudiera haberlo abordado de otra forma y hacerlo mejor. Pero no.
Cuando la vi, quedé satisfecho. Yo, que soy tan meticuloso, tan
perfeccionista, vi muchas cosas que hoy en día las haría de manera
distinta, pero en general estoy muy contento con eso.
—¿Cuáles son sus planes con Todo lo que sube?
—Ahora quisiera llevarlo a festivales para probar. Medir un poco la
película en otros ámbitos, con otros públicos, con otros cortometrajes.
Ver qué puede mi película aportar de distinto a otras propuestas. Yo
intenté hacer una propuesta. Intenté buscar algo, poner mi historia
allí, al descubierto, hacer un aporte estético, temático, una propuesta
visual. No quisiera ahora mismo distribuirlo, sino probarlo en el
circuito de festivales. Cuando pase el tiempo veré si puedo colocarlo
para que el público, masivamente, pueda verlo.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |