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Bigger than life
A
diferencia de los papeles por los que Sean Penn y Kate Winslet ganaron
los Oscar al mejor actor y mejor actriz principales, que planteaban el
desafío de la verosimilitud, los premios de la Academia estadounidense
en los renglones de actuación de reparto, que recayeron en Penélope Cruz y Heath Ledger, fueron por interpretaciones cuya justa medida dependía de
la relación con otras figuras del elenco y del tono preciso que debía
alcanzarse en el filme. Más que de ser creíbles se trataba de aportar
equilibrio y profundidad a Vicky Cristina Barcelona de Woody
Allen y a The Dark Knight de Christopher Nolan, respectivamente,
por lo que deben ser vistos de otra manera.
La
María Elena de Cruz no es simplemente un personaje loco, de esos que
pueden ponerles las cosas relativamente fáciles para sobresalir a los
actores. Hay que considerarla en contraste con la represión con la que
se confunde la racionalidad de Vicky (Rebecca Hall) y la sensatez con la
que Juan Antonio (Javier Bardem) busca protegerse de mujeres
como su ex esposa. María Elena es el peso que había que poner en uno de
los platos de la balanza en él para hacer patente la fuerza
que lo impulsa a caer en el abismo. De ese poderoso mal de amor busca aliviarse
con Cristina (Scarlett Johansson), que no pasa de ser un placebo, y
quizás podría curarse en una relación estable con Vicky.
Tratándose de
una película de Woody Allen, Maria Elena representa la
encarnación de una de esas fuerzas demoníacas –en el sentido pagano– que
expresan la concepción del amor del cineasta, como se hizo explícito en
Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995). Por ello la
interpretación requiere un toque de exageración, de bigger than life.
A lograrlo contribuyen también los rasgos que hacen de Penélope Cruz una
actriz exótica para el cine anglosajón. No se sólo se trata de que ella
encarne el estereotipo turístico de la pasión latina, dando por sentado
que a los estadounidenses se les confunden España y América Latina; lo
turístico está en el filme porque es una metáfora de la actitud del que
cree que puede atravesar las experiencias de la vida como de visita, sin
ser tocado por ellas. Por eso Juan Antonio busca refugio entre las
turistas y por eso Vicky deja de serlo cuando comienza a sentir la
fuerza que intenta arrancarla de la paz de su matrimonio para
arrastrarla hacia él. Sin el peso de la actuación al borde de pasarse de
la raya de Cruz el trasfondo demoníaco de todo eso sería imperceptible,
y no debe olvidarse que se trata de comedia y no de tragedia, y de Woody Allen, no de Ingmar Bergman.
El caso del Guasón de
Heath Ledger es lo contrario. Un personaje de cómic es por esencia más
grande que la vida real y lo que intentó hacer el actor es hacerle
poner, en lo posible, los pies sobre la tierra, agregándole rasgos que
no pueden estar presentes en la historieta. Eso no era necesario
para convertirlo en un loco creíble, lo que es imposible, sino
para que fuera una eficaz contrafigura del Batman del filme, cuya
humanidad desaparece del todo detrás de la máscara del superhéroe. Pero
si bien destacan en su interpretación detalles como el constante
chasquido de la lengua al hablar, que permite imaginar el daño
ocasionado en el interior de la boca por los cortes cuyas cicatrices
oculta el maquillaje de payaso, y su forma de expresarse y de moverse
aproximan la figura del archivillano a la de ser humano no sólo loco
sino también herido, su trabajo se resiente por la imposición de burdos
detalles para facilitar el recall de la película entre el
público. Los que molestan más son la risa, lista para tono de celular, y las estereotipadas reacciones cuando es golpeado o las cosas no
resultan de acuerdo con sus planes. Con todo, el Guasón de Ledger es el
verdadero sostén de The Dark Knight y es el resultado de una
estrategia de humanización más poderosa que las cuitas amorosas y las
inseguridades de Spiderman.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |