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clase magistral
"90%
de los documentales son malos, son aburridos. Es bueno hablar de eso
porque es el punto central de nuestra crisis'"
Patricio
Guzmán estuvo en Venezuela hace poco como invitado del Segundo Festival de
Cine de los Pueblos del Sur, que se realizó del 26 de junio al 1° de julio.
Presentó varios de sus documentales en Coro, la ciudad sede del certamen. No
sólo los que tratan temas políticos, como Salvador Allende (2004),
ganador del Premio Goya en España al mejor documental, o El caso Pinochet (2001), que obtuvo el gran premio del Festival Internacional de
Documentales de Marsella –faltó La batalla de Chile, dividida en tres
partes, que comenzó a rodar durante el gobierno democrático de la Unidad
Popular y terminó en el exilio, en 1979, luego del golpe que instauró la
dictadura militar de Augusto Pinochet, el 11 de septiembre de 1973–. El
director chileno exhibió también otros títulos, menos conocidos quizás en
América Latina, y que refutan a quienes lo encasillan como cineasta
político. Se trata, por ejemplo, de Mi Julio Verne (2005), un filme
personal dedicado al escritor francés, pionero de la ciencia ficción.
Diversos lectores –por ejemplo, un astronauta– hablan en esa cinta de su
relación con el autor de De la tierra a la luna (1865), 20.000
leguas de viaje submarino (1869) y La vuelta al mundo en 80 días
1873), entre otras novelas.
Guzmán
también vino para dictar una clase magistral sobre el guión en el cine
documental, que se llevó a cabo en la sala de la Cinemateca Nacional de la
capital falconiana. En esa lección hizo hincapié en las que para él
constituyen algunas de las principales carencias del documental
latinoamericano, por ejemplo, el escaso uso del recurso del dispositivo
narrativo, que constituye una forma de llevar el tema de la idea a la
realidad y según él puede salvar a la película del aburrimiento que
generalmente ocasiona transitar los trillados caminos del didactismo y del
periodismo. Vértigo
tomó
largos apuntes de lo dicho por Patricio Guzmán acerca del documental en la
Cinemateca de Coro, y los presenta a continuación para que sus
planteamientos puedan difundirse entre un público más amplio que el de las
alrededor de 100 personas que lo escucharon por más de 2 horas y le hicieron
preguntas en aquella ocasión.
Yo pienso que cada
región del mundo tiene una manera distinta de hacer documental. Eso
significa que lo que voy a decir no debe tomarse al pie de la letra. Hay
muchas maneras de hacer documental y todas son válidas. Entre Inglaterra
y Norteamérica hay una relación. Hay una forma anglosajona de hacer
documental. Hay una manera europea de hacer documental, una manera
canadiense, una manera latinoamericana. Hay una forma africana de hacer
documental. De modo que la última palabra no ha sido dicha nunca y
probablemente eso continúe así. El documental es un género en
construcción y, por tanto, va a haber muchos cambios. Lo que yo quiero
transmitir es, simplemente, mi experiencia concreta, lo que yo he
descubierto poco a poco sobre qué es el documental.
“Hemos
conquistado la parcialidad”
Vamos a empezar por
la realidad. Se dice hoy en día –muchas veces lo he escuchado- que un
hecho real es superior a uno de ficción, que una noticia espectacular en
la prensa siempre supera a algo que uno ha inventado, que la realidad es
tan fuerte y tan dinámica que nada la supera. Y es cierto: hoy en día
hay cantidad de hechos tan asombrosos en la prensa que tú piensas que a
nadie se le hubiera ocurrido algo tan raro. Vivimos una especie de
exaltación de la realidad. Es una moda.
Sin embargo, hay
que preguntarse qué es la realidad. Para nosotros, los documentalistas,
¿en qué consiste? Lo primero que uno encuentra al reflexionar es que la
realidad es una percepción de los sentidos, una percepción de cada uno
de nosotros. Por lo tanto, cada uno de nosotros tiene una visión de la
realidad distinta; es una percepción subjetiva. Esa constatación es muy
importante. El documental es completamente subjetivo. Durante años y
años se dijo que el documental era una prueba, pero el único cine
objetivo que existe es el cine que filman las cámaras que hay en los
bancos. Aparte de eso, todo es subjetivo. En la medida en que tomas una
cámara, todo se vuelve tu propia visión del mundo, tu propia percepción.
Lo primero que hay que decir, y que uno constata, es que el documental
no es una fotocopia de la realidad. Nunca lo fue. El documental es la
interpretación que hace un autor de la realidad. Es una visión
particular.
Recuerdo que cuando
fui a Suecia con La batalla de Chile: segunda parte, los jefes de
la televisión me dijeron: “Muéstrenos la película”. En una moviola yo se
las mostré. Eran como cinco ejecutivos que estaban detrás de mí y no
dijeron nada. Cuando terminé la proyección, el jefe dijo: “Este es un
documental poco equilibrado”, y me partió por el medio. A partir de ahí
me deprimí y no vendí la obra. Me la compraron después, pero quedé muy
maltrecho por el comentario: “No es una película imparcial”.
Afortunadamente, los documentalistas hoy en día hemos conquistado la
parcialidad. Todas las películas son subjetivas. Ese señor quería que,
como La batalla de Chile es una película política, tuviese un por
ciento de opiniones de izquierda, un por ciento de opiniones de centro y
un por ciento de opiniones de derecha iguales: tres tercios. Es como
pedirle a un pintor que haga un cuadro con un tercio de rojo, un tercio
de amarillo y un tercio de azul. A nadie se le ocurre pedirle a un
pintor eso pero a nosotros sí, y eso me pareció aberrante. Hoy en día
hemos conquistado la subjetividad, por suerte, pero es una lucha que
costó 40 años, costó mucho. Tal vez porque las televisoras en Europa
eran pagadas por los contribuyentes se sentían en la obligación de dar
todo muy equilibrado, pero jamás se hace un documental de autor así.
“La realidad
está llena de espacios prohibidos”
La realidad es una
percepción de los sentidos, una percepción subjetiva que va a arrojar
como consecuencia que tu visión sea única, limitada. Sin embargo, el
hecho de que sea una percepción subjetiva, móvil, cambiante, no es lo
peor. Hay otra cosa todavía peor en la realidad, a mi juicio, y es que
la realidad es un caos, es un caos total. Tú sales a la calle y te ves
invadido por ruidos, por movimientos, por temperaturas, por comentarios,
por cosas que configuran un panorama caótico. Tal vez aquí, en este
pueblo tan tranquilo, no se note al salir a la calle, pero en Caracas
sí, inmediatamente. Sales afuera y la realidad pasa por encima de ti. Es
muy potente y desorganizada. ¿Qué filmar si tienes un cuadradito frente
a ese caos? Es complicado, es muy duro. Eso hace que, cuando ves un
equipo de documentalistas por la calle, el realizador vaya con un
trípode al hombro, el de la cámara va con la cámara tomada del asa y
parece que el realizador va, simplemente, deprimido. No tiene nada de
épico. ¿Qué pasa? ¿Qué se hace entonces, si la realidad es tan caótica,
si tiene tanta fuerza, tanta energía?
Por otro lado es
una realidad que no se da, que no se muestra, que no se ve. Tiene
costados que son invisibles. Esto a mí me resulta todavía más irritante,
que sea una realidad que se esconde, aparte de que es caótica. ¿A qué me
refiero? No se puede hacer una película sobre la Conferencia Episcopal.
No se puede hacer una película sobre el estado mayor de un ejército. No
se puede hacer una película sobre los directivos de un equipo de fútbol,
etcétera. La realidad está llena de espacios prohibidos. Tú no puedes
entrar en un banco y filmar a los gerentes cuando están programando la
política económica que van a tener en el futuro. Eso no es público. Cada
vez se reduce más el espacio público. Eso también es una gran
dificultad, porque hay muchos temas que nunca puedes abordar. Tienes en
la cabeza una idea apasionante de hacer una película sobre cómo funciona
una transnacional y nadie te deja entrar. El mundo de los tribunales de
justicia, de los abogados, de los juicios es un territorio completamente
prohibido, y antes lo era menos. Hay ciudades donde no pueden filmarse
los monumentos sin pagar antes una fuerte suma. Por lo tanto, no se
puede hacer. No se puede filmar en los metros; en la mayor parte de los
metros del mundo está prohibido.
“Localizar los
átomos dramáticos”
Dos cosas nos
ayudan para salir de ese maremágnum y avanzar un poco como
documentalistas independientes. Por una parte, tener un punto de vista.
Tener un punto de visa disminuye el caos que tú encuentras en la
realidad, lo concentra bastante. No del todo, pero te ayuda. ¿Qué
significa tener un punto de vista? Significa tener una opinión. Eso
ayuda a que el caos disminuya relativamente. Lo otro, yo diría que lo
más importante, y en eso radica el talento de un documentalista, es
descubrir los hechos dramáticos que se producen en la vida a cada rato.
Hay miles de pequeños acontecimientos que tienen una carga dramática.
Son pequeñas historias que están ocultas en la realidad, en el bolsillo
de la realidad. Si estás en un café. te das cuenta de lo que pasa: hay
alguien al que no le traen nunca el café y mira para todos lados. No hay
cosa peor que buscar un camarero. Hay alguien que se enerva y tú estás
mirando. Esa persona se levanta, va al mostrador, pide el café, vuelve,
se lo dan, no es el que pidió, otro malestar. Esa es una situación
dramática y hay miles en la vida. Como documentalista, uno tienes que
adiestrarte cazando estos elementos dramáticos. Esa cacería es
fundamental. En eso radica tu talento como documentalista, tu vocación,
tu pasión. Hay gente a la que no le interesa y está escribiendo su guión
de ficción. Pero nosotros no: estamos con las baterías prendidas casi
siempre. Además, es muy bonito mirar, es ser un poco un voyeur, un
mirón. Eso es lo que somos.
¿De qué se trata?
Se trata de localizar estas células dramáticas, aunque mínimas, que
están flotando, que yo llamo átomos dramáticos. La realidad está llena
de átomos dramáticos. Tú tienes que detectarlos y traerlos para acá. Son
como palabras sueltas y con esas palabras formas una frase. Esto es todo
lo que se necesita saber. Podríamos parar aquí la clase. No hay nada más
que aprender. Lo demás es adicional.
“Si una idea no
tiene historia, no sirve”
Vamos a hablar
inmediatamente del punto de vista, de la opinión. Yo creo que lo que
casi siempre da origen a una película es una idea. Tú partes de una
idea: eso es lo que te mueve, lo que te entusiasma. Mucha gente le
pregunta a un amigo y, pensando, te dice: “Yo tengo cuatro, cinco
ideas”. ¿Cuáles? “Me interesa hacer una película sobre el viento. Yo
vivo en Coro, y en Coro hay mucho viento, entonces el viento me
interesa. La noche: la noche en Coro es impresionante porque se ve más
claro el cielo”. ¿Qué más? “Bueno, también me gustaría mucho hacer una
película sobre el mar”. Hay gente que te dice eso con mucha seriedad.
Esas no son ideas, son un simple enunciado temático. No sirve para nada.
¿Qué del mar, qué de la noche? Si una idea no tiene una historia, no
sirve. Cada idea tiene que estar preñada de una historia, de una fábula,
de un cuento, de una anécdota, algo que se pueda contar y que el
espectador siga. Este es el arte de contar historias, como la ficción.
Lo normal es tener una idea en la cual apoyarse. No hay que confundir
eso con la lista temática.
“El dispositivo
dramático nos saca del territorio rutinario del documental”
Después de la idea,
lo que sigue es un asunto curioso pero que es efectivo. Es lo que muchos
llaman el dispositivo dramático. El dispositivo consiste en una especie
de alegoría de la idea, una especie de metáfora. Es muy importante
porque nos saca del territorio pedagógico, del territorio rutinario del
cine documental. Eso es importante porque 90% de los documentales, y eso
hay que decirlo, son malos, son aburridos. Es muy raro toparse con un
documental que te conmueva, te movilice. A la mayor parte le llaman
documental pero no son nada, y es bueno hablar de eso, porque es el
punto central de nuestra crisis.
A una amiga le
encargaron hacer una película sobre el amor, que es un tema muy bonito.
El amor... ¿qué es lo que uno piensa? Bueno, una pareja de enamorados en
un parque. Bonito. Un psicólogo que hable del amor. Un psicoanalista,
mejor todavía. Tiene más morbo. Un cura que hable del amor. Él, que no
se enamora, que hable del amor. Tú vas haciendo secuencias, inventando
situaciones para hacer tu película del amor. Está bien. Filmas esas
secuencias, que son como vagones de un tren –este primero, este segundo,
este tercero–, y haces tu película. Le pones musiquita y título bonito,
y ya. Eso realmente es una película, pero no creo que entusiasme a
nadie. Un poco quizás. A esta amiga mía se le ocurrió lo siguiente:
descubrió un libro de poesía erótica de un escritor brasileño muy
conocido y muy reputado, que se enseña en la escuela y en los liceos. Se
fue a la playa de Copacababana con su cámara y le dijo a una señora que
estaba en bikini, una señora de 60 años de edad: “Estoy haciendo una
película, ¿le interesa leerme este poema?” “¿De quién es?” “De Drummond
de Andrade”. “Por supuesto, es un honor para mí leer a Drumnond de
Andrade”. La señora comenzó a leer un incendiario poema de amor y por su
cara pasaron todas las expresiones posibles del pudor, del amor, de los
recuerdos; de lo que vivió, de lo que no vivió. Ahí sí que estamos
haciendo una película sobre el amor, y eso es lo que no se nos ocurre:
el dispositivo narrativo. En América Latina se nos ocurre muy poco, y la
mayor parte de nuestras películas documentales son una sucesión de
vagones que tienen una máquina y un vagón de cola, y no tienen
internamente contenido dramático.
No siempre el
dispositivo aparece. Hay películas que no tienen dispositivo, pero yo
les invito a reflexionar sobre este mecanismo.
A otro colega se le
ocurrió hacer una película sobre el Campeonato Mundial de Fútbol, y se
le ocurrió un dispositivo genial: no filmar la cancha. Nunca ver el
terreno de juego sino el vestuario, el camerino. Toda la película se
desarrolla dentro del vestuario. Y es genial, porque dentro del
vestuario se cocina el partido, se cocina la estrategia, todo. Tú
escuchas la multitud que está fuera. El entrenador, cuando está ahí
dentro, solo, escucha lo que está pasando pero no sabe qué pasa. La
película fue un éxito y, además, se ahorró la enorme cantidad de dinero
que cuesta filmar un partido de fútbol.
Más ejemplos: hay
un realizador que quería hacer una película de su ciudad, de su barrio,
y lo que hizo fue filmar desde la ventana de su casa. Todo lo que pasa
enfrente de su casa, en la calle, es la película, y es mucho mejor que
si hubiera salido y recorrido toda la ciudad, todos los barrios, todos
los almacenes, todos metros, todos los autobuses que pasan por la
ciudad. Ese punto de vista único confiere a la película algo distinto, y
la película fue también un gran acontecimiento. Hay otro realizador que
quería filmar una película de su país. Siempre queremos hacer una
película del país de uno. Entonces descubrió el siguiente elemento: ese
país iba a ser atravesado por un cable de Alcatel. Se fue detrás del
tendido del cable, y por ahí pasaba todo: estaban los obreros haciendo
las zanjas, las dificultades para atravesar las ciudades y abrirlas; era
un país que había tenido guerra, por lo tanto, encontraron miles de
granadas enterradas que no habían explotado. Las familias de los obreros
iban detrás, en un campamento móvil con los niños y las ollas y las
cocinas, haciendo la comida. Se ve el robo de algunos contratistas que
se quedan con el salario y dejan a los obreros tirados. Se ve todo el
país. Eso es mejor que tomar un mapa y decir: este país está en el
hemisferio sur o en el hemisferio norte, tiene un presidente que se
llama tal, es un país pobre porque el producto interno bruto es de tal y
tal, y entrevistar a un sociólogo, a un político, a un psicólogo. Eso es
una masa, es aburridísimo. Eso es una encuesta y se aproxima más al
periodismo, pero aun en el periodismo no alcanzas mucho interés si
sigues ese camino trillado. Tienes que procurar lo otro, en lo posible.
Entonces, hay que pensar más.
Más ideas de
dispositivo: hay una realizadora limeña que, para contar Lima, se subió
a taxis y filmó toda la película al lado del chofer. Les iba preguntando
cosas y los taxistas, como ustedes saben, lo conocen todo. Detrás del
taxista se ve pasar la ciudad, es como un largo travelling. Pero es el
taxista lo que le da gracia a la película, no entrevistar al alcalde,
mostrar qué bonitos son los edificios de la Colonia, decir que fulano de
tal los construyó, el virrey no sé cuántos, que no le interesa a nadie.
Es una lata ese tipo de documental. Lo otro es interesante porque tiene
chispa, tiene gracia, tiene ser humano, humor. Otro ejemplo: a otra
amiga realizadora le encargaron hacer un documental de un museo. La
misma historia. ¿Qué haces? El director del museo, el conservador, la
señora que restaura los cuadros, el público que viene. A ella se le
ocurrió el siguiente dispositivo –es una película corta, de 40 minutos–:
preguntarle a cada persona “dígame, por favor, frente a qué cuadro usted
se sacaría una foto”. Inmediatamente la gente reacciona, suben la
escalera y van a un cuadro: “Con ese cuadro yo me sacaría una foto”. Con
ese solo hecho la película funciona, porque la gran cantidad de gente
que va al museo es de diversas nacionalidades, tiene características
distintas, hay unas señoras que vienen vestidas de una manera, otras de
otra.
El dispositivo es
la forma de corporizar la idea de una manera dramática. Es difícil de
definir. Estrictamente es una alegoría, pero no lo es, y tampoco es una
metáfora. Es una manera de trasladar la idea a la realidad. Hay otra
realizadora que hizo una película sobre el campo. Fíjate, el campo. A mí
me encanta el campo, pero la verdad es que es muy aburrido, porque está
la semilla, la siembra, el avión que fumiga, la cosecha. Sí, el campo. A
ella se le ocurrió una cosa genial: descubrió un pueblo donde iba a
pasar un eclipse de sol. Filmó un año seguido: “Faltan 300 días para el
eclipse”, y se reían, hacían bromas. A medida que el eclipse se
aproxima, se va transformando en un tema obsesivo. Pero, mientras tú
esperas el eclipse, la gente cosecha, la gente siembra, organiza su
vida. Detrás está el eclipse, como hecho dramático que tú quieres que
llegue, y ves todas las actividades agrícolas, que son bastante planas,
si se quiere, con gran interés. Fantástico, fue un éxito porque tiene un
hecho dramático que llama la atención. Es muy importante eso, y en
América Latina no hemos llegado a ese estadio.
América Latina
tiene grandes nombres en el cine documental, por supuesto. Pero, en
general, lo que ves normalmente en el género documental son películas
que son como trenes, o sucesiones de entrevistas, y son planas, no
llegan a ninguna parte. No se venden y, si un canal los compra, el canal
se hunde, porque hay que ofrecerle al espectador cosas interesantes.
“Mientras más se
piense el guión, mejor te va a ir después”
El guión en el cine
documental tiene una gran importancia, y es un guión inexistente porque
no se escribe, o se escribe un poco. Son notas, son ideas, no es como el
guión de ficción, que se puede empastar, se le ponen tapas y se reparte,
y hasta se puede vender a alto precio. Un guión de una película no hecha
de Víctor Erice, por ejemplo. Nadie vendería un guión documental, nadie
pagaría nada por eso. Pero existe, y mientras más uno le ponga energía
al guión, mejor será la película. Es mejor pensar la película antes de
hacerla y no lanzarse a la calle a filmar. Eso es lo último que deben
hacer.
—¿El guión en el
cine documental no se va elaborando a medida que se va rodando?
—No, se elabora
antes. Si lo elaboras a medida que filmas, te pierdes, porque todo es
caótico. Entonces dices: “Mira, qué bonito este edificio, qué bonito
este barrio, mira qué buena esta calle. Metámonos aquí, subamos al
quinto piso”. Vas gastando material y, al cabo de ocho días, tienes una
dispersión total. Tú puedes ir subiendo una escalera, pero esa escalera
la tienes que tener en la cabeza. Si no la tienes, te pierdes. Antes era
mejor, porque filmabas con película y te daban, ponte tú, 20 latas. Si
filmas 8 latas, y todo lo has hecho mal, no tienes vuelta atrás. Hoy en
día, con el video, puedes filmar infinitamente. Pero te dan un tiempo.
No puedes estar toda tu vida tanteando, yendo de un lado a otro como una
pelota. No puedes.
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Digo yo que, mientras
más se piense en el guión, mejor te va a ir después. Esa es mi opinión
al menos. Hay colegas que niegan el guión, hay que decirlo también. Por
ejemplo, el realizador norteamericano Frederick Wiseman dice: “Yo no
hago guión. El guión mata el documental. Yo abro una puerta, entro con
la cámara en marcha y filmo lo que me encuentro”. Pero él elige
instituciones: un hospital, una escuela, un liceo, etcétera, un hotel,
un gran almacén. Entonces, claro, el guión es la institución. Ahora está
haciendo una película sobre la Ópera de París, que es un edificio
monstruoso, parece un trasatlántico. Está circunscrito ahí, a ese
edificio. Pero él no escribe nada, él se ríe de los que escriben. Dice
que eso no se debe hacer.
Hay otro
realizador, que se llama Nicolas Philibert, que tampoco hace guiones.
Dice que el guión desvirtúa el documental. Yo lo quiero y lo respeto,
pero yo opino otra cosa. Creo que es mejor escribir. Te ayuda mucho, te
saca de dudas, te confronta con tus propias limitaciones. Se lo puedes
mostrar a un amigo, que te dice: “Vas mal” o “vas bien”; “te has quedado
pegado en una sola cosa, te faltan más secuencias”, etcétera. Es bueno
escribir, pero no tiene rango el guión documental. Nadie valorizaría un
guión documental, a no ser que sea de Flaherty. Normalmente no tiene
valor.
—Cuando habla
del guión, imagino que lo hace en el sentido más abstracto posible.
¿Cómo afrontar todo lo que es inesperado en relación con el guión?
—Hay que construir
un guión que sea totalmente abierto. Nunca cerrado. Por ejemplo,
supongamos que se empieza a incendiar esta sala, que alguien ha dejado
una colilla de cigarrillo y comienza a salir humo, y te dicen: “Mira,
filma esto”. “No, no. No está en mi guión”. Eso es lo peor que puede
ocurrir. Antes de entrar aquí, a la sala, yo les di toda clase de
instrucciones a Alberto, que está ahí atrás, y a Rubén, que está ahí,
chismeando. Hicimos pruebas: “Este disco, ¿cómo lo pasamos para allá
después?”. La persona que estaba aquí, con la cámara, estaba esperando a
que empezara la clase. Eso es lo mejor que se puede hacer. Pero tienes
que estar abierto a todo lo que ocurre, con las antenas abiertas, si
eres un detector de átomos. Por lo tanto, hay un momento en que el guión
pierde energía completamente. Lo puedes tirar al suelo, no sirve. Pero
el guión te ayuda. Es como la pista de despegue. Después, te olvidas de
ella.
Hay que estar
preparado para todo lo que sea un accidente, para todo lo que no es
pensado, lo que no se ha investigado, y hay que hacer de cada cosa algo
interesante. Yo estuve filmando en la Cámara de los Lores, en
Inglaterra, por El caso Pinochet. Es un edificio espectacular,
gótico, donde la reina inaugura el año y hay un trono. Los jueces se
ponen a los lados y andan con peluca. Es una cosa insólita. Pero, cuando
te dejan la sala, está vacía porque está prohibido filmar a los jueces.
Tú, ¿qué puedes hacer? Paseos por la sala, las lámparas, ventanas. Está
bien. ¡Qué se le va a hacer! No se puede hacer otra cosa. Pero de
repente entró una señora con una aspiradora y un plumero. Yo le dije al
cámara: “¡Síguela!”. Era fantástica. Era una típica señora inglesa,
modesta, que comenzó a sacar brillo a todo. Eso era un hecho que sirvió
después para muchas cosas. Ese hecho salvó la secuencia, ese personaje,
ese movimiento, y así pasan siempre cosas en la vida. Es muy bueno eso,
la gente que limpia. Es muy bueno llegar antes, cuando el teatro está
vacío.
—Yo he hecho
documentales paleontológicos, en los que lo único que he hecho es seguir
una ruta: voy para acá, voy para allá. No hay parlamentos, no hay guión,
no hay nada. Solamente una idea en la cabeza, más nada. ¿Qué me diría
usted?
—Es muy interesante
lo que ha dicho él, porque se puede decir que en el documental hay tres
dispositivos universales, que no es necesario pensarlos: un viaje, un
personaje, un hecho. Esos tres dispositivos han alimentado toda la
historia del documental. Por lo tanto, lo que tú has dicho es totalmente
correcto.
En el orden de
cosas están la idea, el dispositivo, la sinopsis –siempre escribo una
sinopsis, seis páginas, cuatro páginas–, la investigación y, finalmente,
el guión imaginario. Yo llamo “guión imaginario” el guión bien escrito,
definitivo. El que tú empastas. Pero es un guión imaginario, es un guión
de mentira, falso. Es lo que tú te imaginas que va a ser, pero no es.
“Bajemos un poco
la cosa de la investigación”
Esto lo he
escuchado mucho: “Es una película muy interesante, tiene investigación.
La película es mala, pero tiene una gran investigación”. Tú te le quedas
mirando: “Bueno, sí, claro”. ¿Quién no investiga en la vida? Un
dramaturgo, cuando escribe una obra de teatro sobre una fábrica, se tira
un año en una fábrica para saber sobre qué va a escribir. Cuando un
actor hace de astronauta, tiene que leer qué es ser un astronauta.
Cuando un pintor resuelve pintar algo, investiga también. Investiga los
trajes de época, etcétera. Todos los artistas investigan. No es de
nosotros nomás. Y, sin embargo, tú no estás frente a un cuadro y dices:
“Mira qué buena investigación”. Entonces, claro que hay que investigar.
Pero, si hemos dicho que el documental no es una prueba de nada, son
impresiones de, opiniones de, entonces no es necesaria la investigación
científica, porque nunca llegaríamos a hacer algo científico, es
absurdo. Somos meros amateurs. Investigación científica, un ensayo con
tesis, antítesis, síntesis, es algo muy serio. Las leyes del ensayo
literario son importantes, pero nosotros no somos nadie. Entonces,
bajemos un poco la cosa de la investigación.
Hay que investigar,
pero hay que hacerlo para sentirse libre cuando uno filma. Uno investiga
para sentirse libre cuando está delante del tema, no para transformarse
en un científico. El documental no es un género científico, es un género
artístico. Se puede hacer una película de Picasso sin conocer a Picasso.
¿Por qué no? Yo pienso que nuestro territorio está entre el ensayo y el
periodismo. Entre esas dos disciplinas está el documental, en el medio,
y utiliza cosas de uno y de otro a su conveniencia, pero no es ninguno
de los dos. Esa es otra cosa que hay que decir: América Latina, como es
natural, está muy influenciada por el documental norteamericano, que es
periodístico. En América Latina lo que más encuentras es documental de
periodistas.
Los yanquis son los
mejores haciendo dossiers, periodismo de investigación. Es un documental
en el que se habla tanto que puedes apagar la lámpara y escucharlo. La
imagen está totalmente dominada por el texto, por la información. Nada
se desarrolla solo. Yo no estoy en contra, porque hay grandes
documentales periodísticos, que han ganado premios y son grandes
películas. Pero creo que hay que ir más allá para echar las bases de
nuestro propio documental. Creo que debe haber una manera que todavía no
se encuentra. Con tanta angustia, con tanto paisaje y con tanto
personaje no hemos encontrado esa síntesis en el documental todavía,
pienso yo.
“Las
reconstrucciones son un peligro y una cosa necesaria”
Cada realizador
tiene una lista de recursos narrativos distinta. Le preguntas a 10
realizadores, y los 10 te van a responder de diferente manera. Y la
valoración también cambia: para unos son más importantes unas cosas y
para otros, otras, etcétera. Para mí son 12: la acción, la descripción;
los personajes; las entrevistas; las reconstrucciones, la voz en off o
el comentario, el texto, como ustedes quieran llamarlo; la música; la
atmósfera sonora, o la banda sonora en general; la fotografía fija; las
imágenes de archivo; la animación y los trucajes de cualquier tipo, y,
esto es importante, uno mismo; uno mismo es un recurso narrativo porque
cada cual va a expresar su propia energía, su propio punto de vista. Los
cinco primeros son los recursos narrativos del rodaje. Los demás son
todos del montaje.
Vamos a empezar con
las reconstrucciones, que son las más discutibles. Las reconstrucciones
son un peligro y una cosa necesaria en el género documental. ¿En qué
consisten? Cuando uno está haciendo una película y está contando una
historia, siempre faltan trozos. No se puede filmar todo, a veces no
porque uno no lo haya filmado sino porque falta, porque no existe ese
trozo, y puede ser importante que en la película aparezca. Entonces, uno
se ve en la obligación de hacer una reconstrucción. Por ejemplo, si
estamos haciendo una película de un sobreviviente que logró salir vivo
de un avión accidentado, y falta el momento en que la balsa que tomó
encalló en tierra. Ese momento, cuando llega la balsa a tierra y él se
salva es fundamental y no está.
Hay muchas maneras
de sustituir algo. Hay muchas formas de hacer vivir algo que está
muerto. Pero es peligroso, es algo que hay que tomar con precaución, con
cautela. El ejemplo que siempre pongo es, si estamos haciendo una
película de un personaje histórico, de un pintor, de un artista, de un
compositor, una película de Simón Bolívar, para hacer un lugar común. Lo
lógico sería una pluma escribiendo sobre un papel, en primerísimo primer
plano. No es que sea Simón Bolívar, pero evidentemente ayuda a que el
espectador siga la historia. No está mal. Pero la tentación es tan
grande, que ya se ve el brazo en la otra toma, se ve el bordado; ya se
ve el traje, el elemento de utilería. La tentación continúa y después se
ve el hombro de Simón Bolívar porque es muy agradable hacer esos planos,
muy bonito. Como el documental suele ser duro, hacer esos planos tan
bonitos, bien iluminados, da gusto. La próxima tentación es ver el
escorzo de la cabeza, y tú sigues hasta que aparece de espaldas.
Evidentemente, cuando ya está de espaldas, sabes que ese es un extra, un
figurante con una peluca, que no es Simón Bolívar ni remotamente, y el
documental se viene abajo como documental. Nadie va a creer eso. Se
podría recurrir a otro tipo de elementos, mucho más sutiles, como los
pasos de alguien en una sala vacía. En el caso de un pintor, el ruido
que hace un pincel cuando raspa la paleta con pintura, una sombra que se
proyecta en algo. Hay elementos para rellenar esa parte de la historia
que te falta pero tienen que ser austeros, porque si no caes
inmediatamente en el docudrama, que está de moda, dicho sea de paso, y
es un híbrido entre el documental y la ficción.
Hay buenos
docudramas. Los ingleses, sobre todo, son especialistas en los
docudramas, y también los norteamericanos, y algunos no están mal. Pero
el error de los docudramas es que son falsos. Si vas a hacer, por
ejemplo, la erupción del volcán Vesubio y el sepultamiento de Pompeya,
una cosa que todo el mundo estudió en el colegio, o la construcción de
las pirámides, lo puedes hacer, con actores, con figurantes, con extras,
y aquello funciona. Pero, evidentemente, todo es falso. No hay prueba
que esos trajes sean exactamente los que se usaban en el tiempo en que
se construyeron las pirámides, y todo es al final aleatorio. Se trabaja
rápido y se produce mal. Lo importante es una historia que entretenga a
la gente. Es una gran mentira, todo es falso, y hay que tener cuidado de
no caer en eso. Por supuesto, si ustedes quieren hacer docudrama,
háganlo. Es vuestro gusto. Pero es complicado hacer un híbrido de un
modo tan grueso.
“Hay que estar
atento a cualquier cosa que se mueva”
Para mí, una de las
cosas más importantes es la acción. La acción es insustituible porque el
documental es un género muy estático. Pocas cosas se mueven en el
documental. Por supuesto, si hacemos un viaje hay cosas que se mueven,
pero hay muchos temas de documentales donde no se mueve nada y la acción
es necesaria porque moviliza al espectador, agiliza el relato, empuja al
espectador a seguirte. Cualquier cosa que se mueva es buena, hasta la
más pequeña: una pluma que se desliza, una hoja que el viento arrastra.
Tiene que haber movimiento. Quizás es más importante que en la ficción,
porque el documental se hace con foto fija, con ilustraciones fijas, con
personajes que están sentados. Casi siempre escasea la acción y es muy
bienvenida.
Una vez, Chris
Marker, el director francés, me dijo en una carta que había que procurar
filmar un incendio antes de que empezara. Es metafórico esto, pero tiene
razón. Cuando uno filma un incendio, ¿qué filma? Filma el incendio que
fue: la casa destruida, humeante, los bomberos que están recogiendo los
escombros, las mangueras que están en el suelo. Ya pasó el incendio. Él
decía: “No, hay que filmar cuando la primera llama aparece”. Imagínate
ponerte frente a una casa, esperando a que se incendie. Hay que pasar
mucho tiempo. Pero tiene razón, en el sentido de que cuando tú estás
haciendo una película tienes que estar encima de donde va a haber
acción. Cuando se produce un aplauso, hay que filmar antes de que la
primera palma haga el aplauso. Hay que filmar el final pero sobre todo
el comienzo. Casi nunca está filmado. Eso qué indica, que hay que tener
un estado de alerta enorme frente a lo que estás filmando. Ahí está la
acción. Hay que estar atento a cualquier cosa que se mueva, la más
mínima. Una acción es movimiento, nada más que movimiento.
“En las
descripciones hay que seguir el ritmo de la vida”
Describir es
genuinamente documental. Se describe mucho más en el documental que en
la ficción. Describir es mostrar, registrar lo que uno ve. Seguir con la
mirada algo mucho rato. Trasladar lo que tú ves a la pantalla. En esos
espacios de descripción es donde la voz va a poder entrar. Es un espacio
para la música, es un espacio para los efectos de sonido. Es el soporte
para otros recursos narrativos.
En las
descripciones hay que seguir el ritmo de la vida. Igual que Tarzán va de
liana en liana, cuando utilizas un auto que va caminando, y el auto pasa
detrás de unos árboles, entonces subes a la copa de los árboles. Si
arriba de la copa de los árboles hay un edificio, sigues por el
edificio. Si se acaba el edificio y hay nubes, vas por las nubes. Bajas
de nuevo, vas para la derecha y sigues con el mismo movimiento. O
cambias de movimiento, subes, bajas. Eso es maravilloso y es muy
agradable de hacer. Es muy bonito describir porque sí. Uno aprende mucho
con una cámara en un parque o en cualquier parte describiendo, yendo de
un lado para otro, siguiendo el ritmo del aire, de la naturaleza, de la
luz. Es un elemento fundamental en el documental, se nutre de eso.
El documental
recupera el tiempo de la vida. Está en contra del tiempo artificial que
han creado la publicidad y el videoclip. Hay que atreverse a ese tiempo.
Siempre nos dicen: “Hay que ir rápido, con ritmo”. El documental
latinoamericano está lleno de acciones artificiales. La acción, que
dinamiza tanto, que hace que el espectador te siga, a veces se inventa.
¿Cómo se inventa la acción? Cortando rápido o haciendo barridos de
cámara. Dicen: “Es que toda América Latina es así”. ¡No! Hay que
recuperar la lentitud. América Latina es un continente que tiene mucho
de Asia. México y Guatemala son países asiáticos, y tenemos un ritmo
enormemente lento. En esta ciudad hay un ritmo que no es del siglo XXI;
aquí, en Coro. Pero hacemos películas así, y es un artificio total, que
resulta grotesco cuando ves la velocidad que hay en la calle.
Una de las cosas
bonitas de la descripción y de los planos largos, donde el tiempo pesa,
es que tú entiendes que hay planos que son planos y otros que son
secundarios, que son ilustraciones, y que sirven pero no mucho. Cuando
describes te acostumbras a valorar dónde hay un verdadero plano y dónde
no. Es importante porque uno cree que todo vale, y de repente en un
rodaje de documental uno no sabe qué hacer, porque no ha llegado al
lugar o llueve, y uno se pone a hacer planitos. A veces sirve, pero la
mayoría no sirve para nada. Es mejor esperar a que lo importante venga.
“Una entrevista
debe convertirse en un espacio cinematográfico”
Hay un pequeño
reglamento que yo sigo, y se los voy a leer. Para que un personaje
entrevistado se comunique, hay que dedicarle la máxima atención. No
interrumpirlo, no dejar de mirarlo. Dedicarle todo el tiempo necesario y
olvidarse por completo del equipo técnico, del cameraman, de las luces,
del micrófono, de la gente que hay allí. Ningún miembro del equipo de
rodaje debe hablar, ni hacer ruido ni imponerse por ninguna causa. Hay
que respetar las pausas de la persona entrevistada. A veces un silencio,
un gesto, una vacilación, son más importantes que las palabras. Nunca
debe tocarse el punto central en la primera pregunta.
El desarrollo
dramático de una entrevista depende casi únicamente de la sensibilidad
del director. El realizador debe tratar de aprenderse las preguntas de
memoria, en lo posible, y nunca echar un ojo a los papeles que tiene en
la mano. Una entrevista debe convertirse en un espacio cinematográfico,
en una secuencia. Debe cruzar las fronteras del periodismo y llegar más
lejos. Hay un momento en que se sobrepasa la entrevista. Hay un momento
en que se produce una confesión, y ya no es una entrevista. Ya estamos
en una secuencia cinematográfica. Yo no sabría decir el momento en que
esto se produce, pero se produce, y empiezas a notarlo cuando la
entrevista va por la mitad. Esa frontera hay que cruzarla para escapar
del periodismo, así como hay que escapar del didactismo y de otros
estereotipos del documental. No me entiendan mal. A mí me gusta el
periodismo, me gustan los documentales pedagógicos. Creo que siempre el
documental tiene algo pedagógico de lo cual nunca se puede desprender.
No creo que lo pedagógico y lo artístico sean contrarios, no tengo ese
problema. Pero sí hay que ir más allá.
El periodista está
obligado a cerrar la entrevista rápido, porque tiene que entregar la
edición, porque tiene que cerrar el programa, porque tiene que terminar
por un plan de producción estricto. Es así el periodismo. El
documentalista tiene todo el tiempo que quiera. Puede volver cuantas
veces desee al personaje. Tiene más campo. Puede elegir al compositor
antes de la entrevista y puede decirle: “Quiero que me inventes un tema
para este personaje”, por ejemplo. En el periodismo eso es muy difícil,
no es lógico. Entonces hay que prepararse para extenderse en las
entrevistas más allá de la cuenta.
Cuando uno tiene
una entrevista larga, para alivianarla, para hacerla soportable, una la
incrusta de ilustraciones. Si el personaje habla del mar, se pone el
mar, si habla de cuando era pequeño, se pone una foto de cuando era
pequeño. Pero a veces no hay que hacer eso. Cuando uno hace eso dice:
“Así es más cinematográfico”. Mentira. Así queda más ameno, pero no más
cinematográfico. Tú puedes dejar una entrevista desnuda y es tanto o más
cinematográfica que una entrevista llena de intercalaciones.
La mejor manera de
aprender a hacer entrevistas es que el cámara te entreviste a ti. Tú,
como entrevistado, te das cuenta de todo lo que no debes hacer. Cuando a
ti te entrevistan ves todo: ahí está el cámara, está el script, el
ayudante de dirección, el productor está ahí atrás. Lo primero que hace
el productor es ponerse a hablar por teléfono, dando vueltas por ahí.
Está mal, porque estoy mirándolo a él. Segundo: el tipo de las luces
comienza a atar el cable. La señorita está empezando la entrevista y el
tipo está moviendo el trípode. Está mal, tienen que quedarse todos
quitecitos.
Cuando entrevistas
a una persona, no le preguntas, si ha estado preso, no le preguntas al
principio: “Señor, ¿cuándo usted salió de la cárcel?” Tú comienzas a
hablar: “Qué raro es Coro. Hace tanto viento y no me acostumbro. Estoy
todavía con el vuelo y estoy un poco mareado, así que perdóneme, a lo
mejor me distraigo”. Empiezas así, entonces el cámara cree que no has
empezado, y son tan idiotas que se ponen a revisar los objetivos. A esa
gente hay que despedirla para siempre. No son documentalistas, son
inútiles. Son gente que no pertenece a la escena artística. Hay que
echarlos para depurar el equipo. Si somos cuatro gatos, tenemos que ser
los mejores.
Hay entrevistas que
son mudas. La persona no te dice nada pero es una entrevista. La palabra
también es acción. Hay veces que el verbo, la palabra, se vuelve acción,
aunque la persona esté quieta. Aunque no se mueva, tiene tanta cantidad
de energía al hablar sobre algo que es acción también. Te mueve y te
estremece. Es como si estuviéramos cabalgando en un caballo, como si
fuéramos en un tren, y asomas la cabeza por la ventanilla y ves pasar
los días.
“Sin personajes
casi no podemos hacer nada”
Así como el cine de
ficción utiliza actores, nosotros utilizamos los personajes. Es bastante
difícil porque, si bien el realizador de ficción hace un casting, elige,
hace ensayos durante meses, encuadra y repite hasta que se consigue
ensamblar una situación y que la emoción surja, nosotros trabajamos con
personajes. Por tanto, hay que encontrar los personajes que sean capaces
de revivir un hecho y que tengan cierta proyección, para poder
aprovechar la emoción natural que hay en la gente y plasmarla. No hay
otra alternativa. Además, el personaje se diferencia mucho del actor
porque no tiene salario. Tú le puedes exigir a un actor que llegue a las
ocho de la mañana, que se vista, que se maquille y no lo usas. Con los
personajes es al revés: tienes que seducirlo, hacerte amigo de él,
compartir un poco su vida, escucharlo, y de a poco atraerlo y establecer
un vínculo de afecto que, a lo mejor, en ficción es menor. Con esos
materiales de la realidad hay que ir encontrando dónde está la emoción,
en qué momento ese personaje va a poder transmitir algo emotivo. Nunca
sabes cuándo va a aparecer. Te vas acercando a ellos, parece que lo vas
a atrapar, que los vas a tocar, y luego tienes que retroceder, porque no
es bueno empujar mucho al personaje. No se sabe, y de repente aparece, y
tienes que estar preparado para filmar porque, si no lo filmas, no lo
puedes repetir. No le puedes decir a una persona: “Vuélveme a repetir
cómo es que su hija murió”. No se puede.
La cuestión ética
también es importante. ¿Hasta dónde vas a empujar a un personaje?
¿Tienes derecho a preguntarle tal cosa? Eso es delicado pero también se
ha exagerado en eso, como si la ética no estuviese cada día presente en
la vida de un médico. No hay momento en la vida de un médico en que no
esté la ética al lado de él, o de un abogado. No creo que la ética en el
documental esté más presente que en la vida de un abogado, de un médico.
Es el buen comportamiento: no engañar a nadie, no robar planos, hacer
los planos cara a cara.
Hay gente que ha
vivido experiencias y se queda callada, porque son de carácter sensible,
porque no hablan mucho. Hay gente muy parca y gente que no sabe hablar.
Luego está el carisma. Hay gente que lo tiene y gente que no. Hay gente
que tiene fotogenia y gente que no la tiene. Hay gente que no adivina la
relación que debe haber entre la cámara y ellos, y hay gente que se pone
justo como tú quieres que se ponga. No porque hayan aprendido; es porque
sí. Hay que buscar todos esos elementos para construir los personajes.
Si no, sale todo mal. Hay veces que hay personajes que son humildes y
son grandes personas pero que no hablan, y hay que construir la película
con una persona así. Cuando el personaje no habla, obliga a todos los
otros recursos narrativos a apretar el acelerador. Si no habla, la voz
en off tendrá que explicar por qué no habla. Si los personajes fallan,
otros recursos narrativos tienen que remplazarlos.
Sin personajes casi
no podemos hacer nada. Hay películas que son de objetos, de cosas, pero
el personaje casi siempre es insustituible, y toda la emoción viene de
ellos. Son portavoces de la idea y son mucho mejores que la idea. Ellos
te superan siempre, son mejores que uno, que una actriz. Buscarlos es
una tarea difícil, lenta que hace uno con un ayudante de dirección, si
es que tienes, y no hay que delegar en otros. Es una cosa personal del
realizador.
A un personaje hay
que filmarlo caminando, durmiendo, trabajando, despertándose, en el
Metro. A un personaje hay que filmarlo de todas las maneras posibles
para hacer después con él una secuencia. Hay que filmar su casa, su
álbum de fotografías, su mujer, sus hijos, todo. Pero, aparte está la
entrevista, que es como la herramienta principal del tratamiento de un
personaje. También es interesante considerar que hay personajes
secundarios, que hay protagonista y antagonista. Es muy interesante
cuando dos personajes conversan entre sí. Si en lugar de tú preguntarles
cosas dos hablan entre sí, es mucho mejor, es más dinámico, es más
rápido.
“Hay que abrirse
al mundo entero”
Los documentalistas
trabajamos con recursos mínimos. Montamos en casa con Final Cut muchas
veces. Andamos con las bobinas en el Metro, o en bicicleta. No hay una
jerarquía social muy diferente entre ustedes y nosotros. En la ficción
sí. Por lo tanto, deberíamos estar viendo en este festival todas las
películas a favor de la justicia, que luchan por la igualdad, a favor de
los cambios, de todas partes del mundo, porque no hay diferencias.
Encerrarse en la parcela latinoamericana es totalmente una equivocación.
Yo aprendí enormemente cuando conocí a mis colegas hindúes, egipcios,
norteamericanos, canadienses, belgas, suizos. Me di mejor cuenta de qué
iba este asunto, y eso es lo que tenemos que hacer nosotros, porque
estamos muy aislados. La televisión latinoamericano no pasa casi nada
interesante y estamos impregnados de ese mundo audiovisual. La mayor
parte de la producción de cine que viene es norteamericana. Entonces,
hay que buscar referencias más allá de América Latina. El mundo se ha
hecho global para bien y para mal, y hay que manejarse en ese contexto
hoy en día. Es indispensable.
Recuerdo el
discurso cubano latinoamericanista de hace 30 años. Por supuesto que era
interesante pero estamos en otra etapa ahora. Creo que hay abrirse a los
otros colegas, que en todas partes manejamos pocos recursos, tenemos
dificultades de distribución, los DVD que circulan son mínimos,
encontrar una sala que dé documentales cuesta mucho. Vender la película
a buen precio también cuesta. Ninguno de nosotros tiene salario fijo,
muchos vivimos de las clases, otros de escuelas de cine, otros de la
publicidad incluso, aunque no lo recomiendo. No es mala en sí, pero la
publicidad impregna tu lenguaje de unos planos cortos, de una manera de
ver las cosas que cuesta mucho después sacártela de encima. Es un precio
muy alto que hay que pagar. Creo que hay que abrirse a todas las gentes
porque somos muy parecidos. Yo he hablado con hindúes de una cámara, de
tal o cual objetivo, y nos hemos entendido inmediatamente. Tienen los
mismos problemas que uno. Este mensaje yo quisiera que lo meditaran: hay
que abrirse al mundo entero.
Transcripción y edición de Pablo Gamba
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