07/08
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entrevista

Petrus Cariry (Foto: Bárbara Cariry)  

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"El gran desafío
de mi generación es buscar una originalidad en ese gran crisol de influencias que es
el cine brasileño actual"

 

 

La película ganadora del premio al mejor largometraje de ficción en el Segundo Festival de Cine de los Pueblos del Sur, El grano, de Petrus Cariry (O grao, 2007), forma parte de un grupo de filmes brasileños de reciente data que comienzan a llamar la atención en el circuito cultural nacional e internacional. Son cintas que también contrastan con aquellas que han puesto de relieve recientemente la producción de ese país en salas de cine del mundo entero, como Ciudad de Dios de Fernando Meirelles, sobre todo (Cidade de Deus, 2002), y más recientemente el filme que ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín de este año, Tropa de élite, de José Padilha (2007). Al igual que ocurre en otros cines latinoamericanos que tienen un grado de desarrollo comparativamente superior al de naciones como Venezuela, detrás de las películas que se ven, porque llegan a ser distribuidas mundialmente, hay otro cine que se difunden por canales diferentes o alternativos, y que termina por encontrar su público, tanto en su país como en el exterior, abriéndose paso con el ariete de criterios de calidad diferentes.

La cinta de Cariry se inscribe en una corriente contemplativa del cine latinoamericano actual, que tiene entre sus exponentes más radicales a Lisandro Alonso –por ejemplo en Los muertos (Argentina, 2004)­– y Paz Encina (Hamaca paraguaya, Paraguay, 2006). También tiene en común con estas cintas la centralidad del tema de la muerte y la debilidad del aliento de la esperanza. Pero El grano marca distancia del núcleo duro de esa corriente porque aspira a trascender la actitud de detenimiento y concentrada atención en la realidad a través del lirismo de las imágenes y de una historia, contada por un personaje en el filme, que expresa un anhelo de ir más allá del mundo contemplado, de dar un salto hacia un maravilloso irreal. La película está ambientada, además, en el Nordeste brasileño, una tierra cargada de resonancias históricas, incluso religiosas, que sedujo a Glauber Rocha, a Nelson Pereira dos Santos e incluso al padre del realizador, Rosemberg Cariry, cuya obra ha estado dedicada fundamentalmente al Sertón, y comprende títulos como La hermandad de Santa Cruz del desierto (A irmandade de Santa Cruz do deserto, 1986), La saga del guerrero aluminoso (A saga do guerreiro aluminoso, 1993) y Corisco e Dadá (1995).

Vértigo entrevistó a Petrus Cariry sobre su película, cuyos derechos adquirió Amazonia Films al otorgarle el premio, y sobre cómo ella se inscribe en el cine brasileño de la actualidad. Es el segundo trabajo que se publica en la revista esta semana sobre el festival, luego de trascripción de largos fragmentos de la clase magistral sobre el guión en el cine documental que dictó el realizador chileno Patricio Guzmán en la Cinemateca de Coro.

 

El grano  

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El grano forma parte de un grupo de películas de cineastas brasileños que dan de que hablar en este momento. Otros filmes son Mutum, de Sandra Kogut; A casa de Alice, de Chico Teixeira, y Quero, dirigida por Carlos Coertez, hasta donde he podido saber. ¿Qué cree usted que esas películas y esos directores representan en el cine brasileño de hoy?

 

—Los directores de esos filmes coinciden principalmente en la voluntad de pensar el cine. En esta nueva fase del cine brasileño, el realizadote necesita arriesgarse más para buscar una verdad personal. También es importante que sea desarrollado un lenguaje estético brasileño, que igualmente esté sintonizado con el cine contemporáneo mundial. Creo que el gran desafío de mi generación es buscar alguna originalidad en ese crisol de influencias que es el cine brasileño actual, de imágenes y estéticas venidas de todos lados, y hacer un cine que interese como proceso creativo y no como resultado del “efecto”, a semejanza del cine comercial norteamericano, un cine corto de ideas y agotado en sus formas.

 

—Cuénteme un poco sobre sus primeras ideas acerca de El grano y cómo el filme fue realizado.

 

El grano fue pensado como un filme de porte pequeño. Lo digo en términos de producción. Siempre tuve un deseo muy grande de hacer un largometraje, porque siempre encontraba que en mis cortos estaba faltando algo. Después de que gané un premio del Ministerio de la Cultura, comencé a trabajar en el guión y a preparar el rodaje. Todos los técnicos del equipo estaban prácticamente haciendo su primer trabajo en el formato largo, y eso fue muy importante porque el filme se convirtió en una experiencia única para todos. Las personas que trabajaron en la película dieron lo mejor de sí.

 

—El Nordeste de Brasil, y el Sertón en particular, es una tierra llena de historia y ha tenido un gran peso en el cine brasileño, a lo largo de toda su historia. ¿Qué significa situar una historia allí y filmar en ese lugar hoy? ¿Qué podría haber cambiado en la manera de ver el Nordeste a través del cine en la actualidad, en relación con el pasado?

 

—Creo que todo cambió. La mayoría de los grandes filmes realizados por Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Ruy Guerra y otros cineastas fueron hechos en circunstancias totalmente diferentes. En la década del sesenta el mundo estaba en constante revolución en el campo cinematográfico; hoy el sueño acabó. La época de las utopías revolucionarias fue extinguida. Ahora vivimos en un mundo muy desigual y putrefacto, la única certeza que tenemos es la muerte. 

 

 
 
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—Su padre, Rosemberg Cariry, es uno de los cineastas del Sertón. ¿Cree que su cine ha dejado alguna huella en usted?

 

—La gran lección que aprendí con él fue que la voluntad era su mejor herramienta para la realización de algún proyecto. Él hizo cine en una época completamente adversa para el audiovisual, cuando nadie daba crédito al cine. Él lo hizo, lo hace y lo va a continuar haciendo. Eso me estimula mucho actualmente.

 

El grano es una película contemplativa, y hay un conjunto de cineastas latinoamericanos que ruedan películas contemplativas hoy. ¿Por qué filmar películas como esas en un mundo donde lo virtual y la rapidez están en crecimiento?

 

—Justamente porque no quiero vivir todo el tiempo como un mundo que se presta a estallar de tanta información. Tenemos que parar un poco para pensar en la vida e intentar reflexionar sobre cuáles caminos debemos seguir. El grano intenta ser un aliento en esta aldea global. Lo que procuro hacer es conjugar la estética en una forma de narrar que sea interesante para la película y para mi fruición estética en el momento. El uso del plano fijo, del planosecuencia, de los tiempos dilatados, de la contemplación no me dice mucha cosa si no son usados con el objetivo de narrar una historia que tenga profundidad, independientemente del dispositivo narrativo formal usado. No existen dogmas, existe apenas la voluntad de expresarse artísticamente con plenitud y sensibilidad.

 

—La contemplación es una actitud que desacelera el tiempo y casi puede detenerlo. Pero usted rodó El grano en video digital, que es un producto de la siempre cambiante tecnología de hoy. ¿Hay una relación diferente entre un medio electrónico, como el video, y la contemplación, y entre un medio fotoquímico, como el cine, y la actitud contemplativa?

 

—Hice el filme en HD porque esas fueron las condiciones que conseguí reunir. Hoy, pensándolo mejor, El grano podría haber sido hecho en Super 16 mm o en 35 mm. Más que cualquier forma, el filme tiene una integridad artística muy grande. Voy a continuar haciendo filmes en cualquier formato. El contenido está por encima del tecnicismo.

 

—¿Qué piensa de la relación de filmes como el suyo con el público?

 

—Por mi parte no existe una negación del cine “paladeable” exhibido en los grandes circuitos brasileños. Pero es preciso que este tipo de “cine” no sea tan sofocante que impida al joven realizador conseguir rodar y distribuir su filme con un mínimo de dignidad. En este momento de mi vida y de mi carrera no tengo el menor interés en producir y dirigir una película comercial, en el sentido vulgar de la palabra, y de quedar a mitad de camino, con una distribución mediocre y diciendo que pensé en un público más amplio. Hago el cine que quiero y este cine autoral comienza a circular en festivales internacionales, y también aquí, en Brasil, comienza a ser visto por un público pequeño pero siempre creciente. Eso es todo.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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