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entrevista

Cinco películas venezolanas seleccionó
el Festival Presencia Autóctona, en Montreal 

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"El cine que nosotros hacemos tiene que mostrar
la realidad sin cambiar
las cosas que cualquier wayuu pueda ver y sentirse parte de ellas"

 

 

Cinco películas venezolanas participan en el 18° Festival Presencia Autóctona de cultura de los pueblos originarios, que se celebra en Montreal hasta el 22 de este mes. Los títulos que representan a nuestro país son Los dueños del agua, de David Hernández-Palmar, Caimi Waiásse y Laura Graham; Jepirra, de Leiqui Uriana y Yanilú Ojeda; El hospital, de Uriana, Ojeda y Xavier Larroque; El cartero wayuu, de Alejandra Fonseca, y El niño shuá, de Patricia Ortega. Todas tienen en común haber sido hechas por wayuus, en colaboración con realizadores no indígenas y de otras etnias, o que tratan personajes y aspectos de la vida de ese pueblo de Venezuela, como sucede en los documentales de Fonseca y Ortega.

Los dueños del agua es la continuación de un trabajo que Hernández-Palmar, Waiásse y Graham comenzaron en Agua seca, agua grande, un filme sobre la amenaza que representa el cultivo de la soya para el agua en tierras indígenas brasileñas, hecha conjuntamente con alguien de otro pueblo, asentado principalmente en la desértica Guajira, para el cual la sequía es también un problema. Jepirra hace seguimiento al desentierro y traslado de los restos de un wayuu de regreso a su lugar de origen, donde deben descansar, según las creencias de su gente, en el cementerio familiar, y El hospital se ocupa de una oficina creada en el Hospital Universitario de Maracaibo para ayudar a los pacientes indígenas en su relación con los médicos, y para que los doctores conozcan y entiendan también su cultura y se abstengan, por ejemplo, de efectuarles autopsias. El niño shuá está dedicado a la vida y obra del escritor ciego Miguel Ángel Jusayú, uno de los intelectuales que más ha contribuido al conocimiento de la lengua wayuu, el wayuunaiki, y a la difusión de su cultura, y la película de Alejandra Fonseca relata la aventura de un experto camionero, mecánico también cuando las circunstancias lo requieren, que transporta viajeros, mercancía y cartas escritas por los indígenas a sus familiares de Maracaibo a la Guajira. El cartero wayuu ganó el premio Documenta 2007 al mejor largometraje documental, otorgado por la Embajada de Francia, mientras la cinta de Ortega obtuvo la misma distinción en el Festival de Cine Venezolano de Mérida, también el año pasado, y Yanilú Ojeda recibió por esta película los premios a la mejor fotografía y mejor cámara.

Vértigo conversó con Hernández-Palmar, Ojeda y Uriana, quienes viajaron a Montreal para presentar sus películas, sobre su participación en el Festival Presencia Autóctona y sobre la situación actual de la producción audiovisual de los pueblos originarios. En la entrevista anunciaron la celebración del primer festival internacional de cine indígena en Venezuela, del 17 al 23 de octubre en Amazonas, Bolívar, Delta Amacuro y Zulia, organizado por la Cinemateca Nacional.

 

—¿Qué es el Festival Presencia Autóctona y por qué es importante que un cineasta de un pueblo originario esté allá?

 

—El Festival Presencia Autóctona tiene un antecedente de 18 ediciones. Reúne las producciones audiovisuales más prominentes desde el punto de vista social y cultural en una sola muestra, que está distribuida en varios teatros de Montreal. La decimoctava edición es muy importante para el pueblo venezolano y para el pueblo indígena de Venezuela, puesto que se tomaron en cuenta cinco títulos. El festival también reviste mucha importancia para nosotros porque podemos socializar todo lo que nos concierte a los pueblos indígenas, en materia de conectividad, de encontrar soluciones para todo lo que tiene que ver con la imagen y el sonido.

 

Leiqui Uriana, Yanilú Ojeda y Jorge Montiel 

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—¿Cómo percibe usted el panorama del cine de los pueblos originarios a partir de lo que ha visto en el festival y de sus experiencias?

 

—El cine de los pueblos indígenas se está expandiendo, en lo que respecta a compartir cuáles han sido las soluciones para acceder a la igualdad de posibilidades. En términos generales, en cada país los indígenas siempre atraviesan dificultades para tener acceso a los medios de comunicación. En el ámbito internacional nos enfrentamos también con un discurso hegemónico y, si se quiere, colonial. Ya no intercambiamos piedras preciosas por espejos pero hay una traducción de ese fenómeno a la actualidad. Lo vemos cuando tenemos que pedir permiso para mostrar uno de los videos. Como no tenemos dinero para hacerlos, las instituciones se guardan los derechos. Ahí hay un poco de eso.

 

—¿Qué piensa Yanilú Ojeda?

 

—En términos generales podemos decir que falta mucho, no solamente en Venezuela sino en todo el mundo, en otros países. Creo que hace falta hacer posible que las herramientas audiovisuales finalmente sean para los indígenas. El proceso de socialización debe incluir las herramientas de comunicación social. Muchas más instituciones deberían estar interesadas en poder dar las facilidades para que los indígenas, en el mundo entero, sean ellos mismos quienes cuenten sus historias y, a partir de su cosmovisión, generen incluso un nuevo lenguaje audiovisual. Creo que en cada pueblo es posible hacer esto: un cine, por ejemplo, wayuu, porque el wayuu mira y relata de una manera particular.

 

—¿Podría ahondar un poco en eso?

 

—Puedo contar acerca de nuestras experiencias en los talleres de realización que hemos tenido la oportunidad de dar a pueblos y comunidades indígenas. Ocurre que cada pueblo tiene una manera de leer el mundo. Nos pasó con un chico de la etnia yukpa del estado Zulia. En los ejercicios que hacíamos sólo grababa las manos y objetos. Las personas que grababa estaban hablando, pero él nunca las miraba a la cara. No pudimos entender eso sino casi seis, siete días después, cuando, hablando con él, le pregunté por qué no me miraba, si era yo muy fea. Él dijo que no, que yo no era fea, sino que en su comunidad a las personas que les tienen respeto no son vistas a la cara. Para mí fue todo un acontecimiento porque pienso que a partir de la manera de mirar de los yukpa se va a generar una nueva manera de hacer cine, que va a hacer que el mundo occidental comience también a entenderla. Va a ser un poco como el cine de autor, que al principio solamente era entendible para un grupo muy pequeño de personas.

 

David Hernández-Palmar, Caimi Waiásse
y Laura Graham 

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—¿Lo mismo ocurre con los wayuu?

 

—Sí, por supuesto, sobre todo en cuanto al tiempo que las cosas deben tener. La vida wayuu es mucho más apacible y mucho más contemplativa, si se quiere, que la del mundo occidental. Además, viven en un lugar desértico en la Alta Guajira, lo que incide mucho en su conducta y en su comportamiento. Eso, de alguna manera, se ve reflejado. Hay cosas que yo, como occidental, no puedo hacer. En uno de los trabajos que hice junco con Leiqui, ella se montó en una chirrinchera y viajó 28 horas en ella. Eso sólo lo habría soportado Leiqui. Creo que yo hubiera llegado como para el hospital. Ella tiene la costumbre, porque es wayuu, y yo no puedo pretender que vaya a asumirla como una wayuu.

 

—¿Qué dice de eso Leiqui Uriana?

 

—Con relación a nuestro tiempo te puedo contar una anécdota que me pasó con Yanilú en Vive. Fui a grabar un trabajo en la Guajira y cuando regresé, en el momento del montaje, había muchos silencios, muchos espacios contemplativos. Tuve varias discusiones con ella, porque decía que había que quitar eso. Yo le expliqué que eso era necesario, que el wayuu tenía que sentir eso como si lo estuviera viviendo. El cine que nosotros hacemos tiene que mostrar la realidad sin cambiar las cosas que cualquier wayuu pueda ver y sentirse muy parte de ellas.

 

—Yanilú Ojeda y usted participaron en un documental, El Socuy lucha por la tierra, donde se denunciaba un intento de arrebatarles las tierras a los indígenas de la sierra de Perijá para permitir la explotación del carbón. ¿Cómo sigue esa situación?

 

—El documental fue realizado por otro compañero wayuu, que se llama Jorge Montiel. Nosotras ayudamos en el montaje, y le dimos las herramientas básicas de cómo se utiliza la cámara. La situación es todavía bastante grave. Hay discusiones y hay buenas iniciativas por parte del gobierno para que no haya más explotación del carbón, pero no ha habido una derogación de las minas. No hay algo escrito y firmado que diga “no más explotación del carbón”. Nosotros hemos entendido que el uso de la palabra lo podemos manejar entre indígenas, pero con los alijunas no, porque el día que no esté el presidente Chávez, el próximo presidente puede decir: “Sí va la explotación del carbón”. ¿Me entiende?

 

—¿Qué problema tuvieron con los derechos de las películas para exhibirlas en el festival?

 

El hospital y Jepirra los hicimos en Vive TV, y ocurrió que del canal llamaron para decir que el festival debió pedir autorización para exhibir esas películas –explica Yanilú Ojeda–. Nosotros lamentamos eso muchísimo, porque no vinimos a hablar mal del país ni de ningún canal del estado. Por el contrario, para nosotros siempre ha sido importante difundir los logros de la revolución bolivariana en el trabajo que hemos venido desarrollando, y creemos en el proceso revolucionario. Deberíamos tomar en cuenta lo que dice la Ley de Pueblos y Comunidades Indígenas: todo lo que haga cualquier indígena en Venezuela es propiedad colectiva. Ningún indígena debe pedir permiso para difundir lo que le es propio.

 

—¿Cómo fue la experiencia de David Hernández en el trabajo con los xavante de Brasil en Los dueños del agua, y cuál es la relación entre ella y Agua seca, agua grande?

 

Agua seca, agua grande partió de un primer corte de las grabaciones que se hicieron. Fue un material muy etnográfico, sin guión ni planificación. Se hizo en medio de una protesta contra la siembra indiscriminada de soya en tierras indígenas en Brasil. Era también el encuentro entre dos pueblos indígenas: wayuu y xavante, que equivale en prominencia social y política en Brasil a los wayuu de Venezuela. Hicimos una especie de intercambio, lecturas para ver cómo lo veía yo, como indígena wayuu, y cómo lo veía Caimi Waiásse, como xavante. Ellos fueron incluso con otras personas a la Guajira, a proyectar y a ver cómo es la lucha y el movimiento de video indígenas en nuestro país. Los dueños del agua habla un poco de cómo nos representamos en arenas nacionales e internacionales, cómo hacemos uso de los medios de comunicación o, mejor dicho, de las herramientas tecnológicas audiovisuales. Cómo fue el proceso intercultural y el proceso de inducción para hacer la película, que fue en inglés. Mi primera lengua es el wayuunaiki, la segunda el español, la tercera el inglés. En el caso del otro indígena, su primera lengua es xavante y su segunda lengua el portugués. Tuvimos que comunicarnos entre español y portugués, entendiendo inglés. La película tiene parlamentos en wayuunaiki, en xavante, un poco en castellano. Luego vino el subtitulado. Fue todo un proceso intercultural. Creo que esa es la manera como tienen que hacerse las cosas: buscar una armonización. No hay que agarrarse de una sola mirada, hay que consolidar las que existen y llevarlas a un plano donde todas se respeten, sin imponerse unas a otras.

 

—¿Por qué nosotros, los criollos, deberíamos ver cine indígena?

 

—Si nosotros, los indígenas, tenemos que hablar español, y aprender a vestirnos como ustedes y sus costumbres –responde Leiqui Uriana–, es lógico que ustedes también hagan un esfuerzo para podernos entender un poco a nosotros y para conocer nuestras historias. Y qué mejor forma de hacerlo que a partir de los videos y los documentales del cine indígena. Allí se muestra un poco más acerca de lo que nosotros pensamos, cuáles son nuestras costumbres y qué significado tienen para nosotros. Así podremos socializar, entendernos y respetarnos como culturas distintas que viven en un mismo territorio.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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