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entrevistas
"El documental es
amplísimo como género"
Swing con son
es el segundo largometraje documental de Rafael Marziano, un cineasta
venezolano egresado de la Escuela de Lodz, en Polonia, que en 1993 hizo
El camino de las hormigas, una coproducción venezolano-polaca.
Trata de Billo Frómeta, el creador de la Billo’s Caracas Boys, un hombre
que nació en República Dominicana pero se convirtió en uno de los
artistas más importantes en la música popular de Venezuela y en alguien
que pudo llevar la música de los bajos fondos a los bailes de la alta
sociedad. Incluso murió cuando estaba por hacerse en el Teatro Teresa
Carreño un concierto en homenaje a él y a su obra. La película cuenta
con la actuación de Caridad Canelón y con la participación destacada de
Rafa Galindo, uno de los más importantes cantantes de Billo, entre
muchos otros músicos y conocedores de la música, y lleva inserto un
videoclip del grupo de hip-hop Los Hijos de la Calle.
Swing con son
no fue concebida originalmente como un proyecto para cine, y en ella se
empleó una cámara de video de resolución estándar. La realización se
dilató por varios años, lo que hizo que la tecnología quedara obsoleta
con respecto a las posibilidades que ofrecen el HD y otras alternativas
actuales. En cuanto al sonido, elemento clave en un documental sobre
tema musical, la creatividad debió superar las carencias para realizar
una mezcla 5.1 en un estudio de fabricación casera, y para uniformar
materiales de diversas procedencias, que fueron llevados a un concepto
sonoro de programa de radio de los años cincuenta. Pero la cinta se
sobrepone a esas limitaciones porque no es una biografía de músico sino
un intento de captar cómo su arte permanece vivo entre la gente, en las
mismas calles de las que en su momento surgió en los locales nocturnos
de mala reputación. Es un filme nostálgico, en el que los personajes que
conocieron a Billo y trabajaron con él persiguen sus recuerdos en carro
o a pie por Caracas y Santo Domingo, llevando al espectador a los
lugares donde ellos aun ven los fantasmas del pasado. Pero también una
cinta donde suena la música y hay baile, y se juega además con todo eso,
en largas secuencias en las que el proceso de dar pasos en falso para
llegar a la interpretación correcta es lo importante, y no el resultado
que la gente ha podido escuchar mil veces en los discos. Irónicamente,
además, se incluyó al principio un documental convencional sobre Billo,
luego del cual Swing con son se transforma en una cosa
completamente distinta. La secuencia de cierre, un mosaico que
bailarines profesionales y aficionados bailan en una ambientación que
parece de cabaret de los años cuarenta, pero donde son visibles los
cables de la filmación, ofrece una clave del espíritu de la cinta, según
Marziano. “Jalando la metáfora, es tan sencillito como esto: la música
de Billo trasciende”.
Vétigo
conversó sobre Swing con son con Rafael Marziano quien es
profesor de cine en la Escuela de Artes de la Universidad Central de
Venezuela. Antes lo hizo con el diseñador de sonido de la película,
Eleazar Moreno.
—¿Cómo fue el trabajo del guión de la película?
—Nosotros comenzamos con un esqueleto básico y una propuesta de
estructura tradicional de cinco actos. Trabajamos con una técnica muy
sencilla, que es la ficha y el fichero. ¿Cómo lo hicimos? Haciéndonos
preguntas sobre diversas cosas. Incluso antes de que Giuliano Ferrioli
entrara a trabajar con nosotros en el montaje teníamos que hacer un
premontaje de ideas de cómo iba a ser la película. Nos planteamos una
cosa: la primera parte debía llenar todos los vacíos biográficos
básicos. La película no es una biografía de Billo. Parte de una serie de
hechos pero es una especulación visual y musical que nosotros hicimos.
Entonces, si el público, sobre todo el de generaciones más recientes, no
tenía esa información, no iba a poder disfrutar de esa especulación con
la que nosotros nos atrevimos a jugar. En ese primer acto quisimos
plantear el conflicto esencial en la vida de Billo: su lucha contra un
mundo que no le para ni medio a los artistas. Era dar aquellas claves de
lectura que llenaran el vacío de información de quién fue Billo Frómeta,
objetivamente. En el resto, la película se deshace la objetividad y
cuenta el cuento de nosotros. También la armamos a partir de una
cosmología de personajes. ¿Quién podía ser la amiga que con nosotros
descubre la vida de Billo? Es Caridad, por una serie de razones. ¿Quién
es el sobreviviente? Rafa Galindo.
—¿Un dramatis personae?
—Exactamente Federico Pacanins dijo “Yo soy el entrometido. Yo me meto
en todas partes”. Y lo hizo muy bien. Antonio María Soteldo es el amigo.
Enrique Bolívar Navas es el sabio, el que sabe realmente la historia que
ni siquiera Caridad conoce. Si le metes a eso dramática tienes
personajes como Dios manda. La otra cosa es una narración en cajitas,
como una muñeca rusa. Está la historia, dentro de la historia está el
programa de radio que cuenta la historia de Billo, y empiezan a pasar
cosas donde hay otro programa de radio. Esas son puertas que se abren y
se cierran en la historia.
—Una
vez que terminamos el primer acto dramatúrgico de los cinco, porque yo
soy más clásico que el cipote, dijimos: “Está bien, pero es la historia
objetiva. Es la que está en los libros que supieron contar la historia
de la orquesta”. Después de eso teníamos que salir a la calle a saber
cuán cierta era esa historia. Ni siquiera a contrastar; a descubrir en
la calle el origen de Billo, allí donde suenan los reguetones, donde
suena Caracas. Si él amaba a Caracas, ¿cuál es esa ciudad que está en el
Paraíso? Si el sabor de Billo, si la historia de Billo tiene algún un
sentido es porque la vida y el arte tienen algo que ver. Entonces fuimos
a ver si esa vida y ese arte se conjugaron, como en efecto lo vemos.
—Nosotros teníamos una estructura y era bastante funcional, porque
sabíamos que después de República Dominicana venía esto, y después esto
otro. Ese hilo estaba puesto. La estructura nunca se movió, pero
nosotros reescribíamos el guión constantemente. Cada vez que Giuliano
montaba una cosa, yo tenía en la noche que volver a escribir. Fuimos con
el guión crudo a Dominicana y enseguida incorporamos a lo que sabíamos
de ese país lo que nunca se nos hubiese ocurrido. De las composiciones,
“Apretaíto”, que iba a ser una pieza musical prácticamente toda en
estudio, la grabamos en siete u ocho sesiones. Nos fuimos para Guarenas,
estuvimos en diversos bailes. Dedicamos mucho del documental a hacer un
videoclip, no niche, porque es despectivo, es feo describir eso así,
sino cutre. A Cheo, el que canta, el de los lentes, le pregunté: “¿De
dónde viene tu música?”. Y él me dijo: “De ese basurero”. No podía
traicionar esa música. Tenía que ir a ese sitio y rescatarla en ese
sentido. Todo tiene que ver con el sentido de las cosas. ¿Qué tan
nuestro es el espíritu de esa música?
—Usted ha dicho que la palabra “documental” espanta a la gente. ¿Cuál es
el género de la película?
—Espanta a la gente porque, lamentablemente, no suele saber de
documental. El documental es amplísimo como género desde hace mucho
tiempo, desde la escuela de John Grierson. Listen to Britain de
Humphrey Jennings (1942) es un videoclip de guerra sobre lo que la gente
escuchaba para mantener su espíritu. Yo me siento muy identificado con
el documental de los años treinta y cuarenta de la escuela de Grierson
porque inferían relativamente poco de la realidad. Si lo hacían, era
para que ella se representase a sí misma. Grierson agarró a los
pescadores de arenques y los puso a cazar los tiburones con arpones,
cuando ellos casi usaban metralletas en esa época. Flaherty cometió
también esa licencia. Es una utilización de la realidad a partir de lo
que ella misma es. La única injerencia es recomponerla, no en términos
de representación sino de composición, con una finalidad que es lo que
tú quieres decir. Pero en el fondo es lo que ella te dice a ti mismo.
Tampoco la forzamos, no creo que lo haya hecho.
—Creo que en principio no había pensado la película para llevarla a
cine…
—Cuando empezamos pensábamos hacer una cosa en video. Al volver de
República Dominicana decidimos hacer el esfuerzo para ir a cine. A mí me
cuesta pensar televisivamente. La ventaja es que, lo que habíamos
filmado en Dominicana, aunque había sido incluso en encuadres de video,
nunca lo filmamos televisivamente y se prestó bien para la composición
final. Después ya estábamos seguros, y tomamos más previsiones. Lo
engorroso técnicamente es milagroso. Partimos de un formato muy modesto
y, como la película tardó tanto tiempo para hacerse, se avejentó. Hoy en
día las películas se hacen con una definición cinco o seis veces mayor.
Hicieron una cosa asombrosa en el blow up, porque partieron de una
resolución estándar de 720 X 480, la llevaron a 2K y lograron que
tuviera sentido ampliarla. Nosotros hicimos nuestro mejor esfuerzo para
hacer la corrección de color en video, pero el espacio-color de la
transformación al filme es distinto. Eso fue invento de Kelso Mijares.
Él coloreó escenas totalmente distintas de como yo las tenía y le hizo
mucho aporte a la película. El videoclip le pidió amarillo y yo me reía:
“¿Es que se supone que en la pobreza hace mucho calor?” No es pobreza:
es el ambiente popular de Guarenas y Menca de Leoni, que es donde está
filmado, y al calorón, a ese sopor de Guarenas le va bien ese color.
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—¿Cómo armó la pareja protagonista: Caridad Canelón y Rafa Galindo?
—Un
poco a partir del universo que estábamos armando. ¿Quién podía ser una
persona que tuviera el encanto de Caridad? Si hay una palabra para
definirla es “encantadora”. Ella es así. A mí me costó mucho convencerla
de que no actuara, de que actuara sin actuar. Ella está acostumbrada,
como es una profesional, a ponerse en un papel, y como ha hecho como
quinientos, tiene un glosario muy amplio. Ella me ofrecía todas las
posibilidades, pero teníamos que bajarla: “Habla mal, Caridad. Por
favor, malandrea”. Dejamos aparentes errores, como el “Coñ… me
equivoqué”. Nosotros lo llamamos el desaliño. Creo que eso le dio la
vitalidad que la película tiene.
—¿Y cómo logró la química con Rafa Galindo?
—Ella, en el fondo, es la niña que escuchaba a Rafa. Ahí nosotros
trabajamos sin querer. Jean Rouch decía que se necesitaba un elemento
catalizador para que se produjera algo. Eso sucedió espontáneamente en
muchas ocasiones. Si proponíamos un baile o una puesta en escena, salía
mal, inevitablemente, pero mucho de lo que queríamos hablar era de la
carpintería de la vida de artista.
—Usted da clases en la Escuela de Artes de la Universidad Central de
Venezuela. ¿Cuáles de sus estudiantes considera usted prometedores?
—Voy a
decir una cosa muy cruel. Hace dos años fui a ver a en Polonia un
profesor al que le tengo mucho cariño, que es Jerzy Wojcik, el que hizo
la fotografía de Heroica (Eroica, 1958) y de Sor Juana
de los ángeles (Matka Joanna od aniolow, 1961), el gran
fotógrafo del cine polaco. Le dije: “Profesor, estoy un poco
desalentado. Tengo 10 alumnos pero de esos hay 2 que terminarán en el
oficio del cine en serio”. Él me dijo que era un excelente promedio. En
la Escuela Nacional de Cine, Televisión y Teatro de Polonia, es 1 de 10.
A Jonathan Jakubowicz lo tuve en varios talleres, aunque no en la
escuela. Están también Eleazar Moreno, Jonás Romero, Javier Agudo,
Leticia Dávila, Alejandra Perdomo, Carlos Tabares... Hay que sembrar
mucho para cosechar.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |