07/09
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Ronald Rivas

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"Tratamos de que la imagen dijera bastantes cosas
para no tener que decirlas
en diálogo"

 

Se estrenó A la carta, un corto escrito y dirigido por Ronald Rivas, con las actuaciones de Gloria Sánchez, en el papel principal, Pastor Oviedo y Carlos Maza. Fue la tesis de grado de Rivas en la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, con Manuel de Pedro como tutor, y destaca por la calidad de la realización y, sobre todo, por el manejo del tiempo. Hay hasta 6 planos temporales diferentes en los 16 minutos que dura la película, porque el filme trata de cómo vivir en el presente es también un continuo sumergirse en los recuerdos y un dejarse llevar por los deseos, y regresar del pasado y del futuro al presente.

En A la carta se utilizaron dos directores de fotografía, Mariana Quiroga y Orlando Adriani, cada uno de los cuales tiene una manera distinta de filmar y usan cámaras diferentes. Para lograr las transiciones temporales también fue importante el trabajo de la dirección de arte, en especial el maquillaje de Oscarovsky Boyer y el vestuario de Carolina Omaña. Ayudan mucho a lograr transformaciones en el aspecto de la actriz que, además de contribuir a lograr el resultado que la narración requiere, le dan atractivo visual a la película. Es, además, un cortometraje prácticamente sin diálogos y con poco de aquello que suele llamarse “acción”. El eje de la historia son las emociones, los sentimientos y las sensaciones de la protagonista.

 

—¿Por qué le interesa el tema de la memoria?

 

—Es algo personal. Cuando empecé a escribir el guión tenía idea de lo que quería hacer pero más de lo que no quería hacer. No quería hacer asesinatos, violaciones. No quería llenarme las manos de sangre ni hacerle daño a nadie, ni que hubiera una estafa famosa, ni un robo, ni nada por el estilo. Me llamó más la atención la vida cotidiana, ver y desentrañar qué pasa con la vida de uno todos los días. Haciendo revisión en mí, no sé si a los demás les pasa, me di cuenta que es poco lo que vivimos en el presente. Me di cuenta de que, por lo menos en mi caso, o estaba en el futuro o en el pasado, y eso sucedía en todos los vacíos del día. Ocurría cuando no estaba realizando una actividad manual o una actividad intelectual, que además tiene algo de discurso, de una temporalidad. Los deseos están precedidos de faltas, y las faltas se deben a cosas que estuvieron y que ya no están, cosas que de alguna manera formaron parte de tu vida, de tus emociones, de tus sensaciones. Eso fue lo que me llevó a escribir la historia.

 

—¿Cuáles fueron sus referentes cinematográficos para el tratamiento del tiempo?

 

—Las películas donde hay manejo del tiempo tiene para mí un encanto especial, que es el tema de tratar de desentrañar que es lo que pasó, que es lo que está pasando y qué va a pasar. Es una especie de neurosis. Me acuerdo de Memento, de Corre, Lola, corre y, últimamente, buscando un lenguaje para acercarme al cortometraje vi una película que se llama Una relación pornográfica. Es la traducción exacta del francés: Une liason pornographique. Ahí hay un manejo del tiempo interesante y muy francés también: el tiempo está como calmado; no tiene esa sobreestimulación estadounidense o del modo de representación institucional, sino más de las cosas que parecen simples pero están diciendo otra cosa. De alguna manera eso me ayudó en la dirección, porque no solamente estaba el manejo del tiempo en la narración sino en las escenas y cómo comunicarle eso a los actores y también al cámara, a fotografía, dirección de arte, para que pudiéramos entender que había una dinámica que había que respetar.

 

—¿La mujer protagonista es también una influencia francesa?

 

—Lo que voy a decir puede ser cuchillo para mi garganta, pero siento que, socialmente, la mujer está más liberada para aceptar sus emociones, para desear, para manifestar la máxima expresión de su ser. Vas a una fiesta, y las que bailan son las mujeres, las que se destapan son ellas, las desinhibidas. Cuando ves una discusión entre una pareja, la que llora es la mujer. Es la que siente, la que padece, la que espera. No sé si de alguna manera eso puede cercar incluso más a las mujeres y estereotiparlas. En mi caso, escribir la historia hizo que me conectara con un aspecto femenino mío, y fue algo sabroso de explorar también. Eso me ayudó y me fue conquistando. Saberse sensible, vulnerable, a la espera de algo que no sabemos si va a funcionar o no. A mí eso me hizo sentir muchas cosas. De alguna manera creo que las mujeres entienden un poco más los códigos emocionales y los hacen más entendibles para todos. Si hubiera escrito la historia a partir de la sensibilidad masculina, hubiese tenido que construir muchísimo más y darle mucho más cuerpo al personaje. Hubiera tenido que hacer un largo. En un corto me quedaría corto.

 

 
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—Usa poco diálogo. ¿Por qué?

 

—Yo tenía la pretensión de no usar diálogo en lo absoluto. Tenía la idea, y la sigo teniendo, de que el lenguaje audiovisual debe comunicar por sí solo la mayor cantidad de códigos, sensaciones y sentimientos. Eso fue una premisa para todos los departamentos. Tuvimos dos directores de fotografía porque usamos dos formatos distintos. El primero fue Sony Z1 HDV. Utilizamos la cámara con la óptica simple para presentar una imagen más cruda en todas las escenas de calle, que las hizo Mariana Quiroga. Para las escenas de los recuerdos, como queríamos que fueran más estéticas y más sensoriales, necesitábamos el foco selectivo, y construimos toda la parafernalia de la imagen del cine. Alquilamos una cámara JVC y le colocamos lentillas de cine. Esa es la textura que usamos en la parte de los recuerdos para enfocar la rosa, la cara de la chica, la cara del chico, porque uno recuerda lo que quiere recordar y como desea recordarlo. Esa fotografía la hizo Orlando Adriani, que es fotógrafo de comerciales. Tratamos de buscar en la imagen algo parecido a la selección que uno hace, tan a priori, de los recuerdos o de la historia personal. El departamento de fotografía, el departamento de arte y yo, en conjunto con el asistente de dirección, tratamos de que la imagen dijera bastantes cosas para no tener que decirlas en diálogo, incluso en el montaje. Queríamos que se explicara por sí mismo todo.

 

—Al principio del corto hay un salto brusco del plano abierto al primer plano que me llamó la atención. ¿Cómo pensaron el montaje?

 

—Nosotros dividimos el corto en dos grandes secciones: los recuerdos y lo que pasa en la actualidad. Lo de la actualidad decidimos que lo íbamos a construir de manera desconectada. Íbamos a tratar de connotar el problema de la interconexión que se está dando ahora con las tecnologías, eso de que estás aquí y no estás aquí, ahora estás allá y no estás allá. La ubicuidad, ¿sabes? También el tema de la ciudad: la ciudad te arroba, te absorbe. Sales de tu trabajo y terminas en una cosa en la que no decidiste estar. De alguna manera estás como vulnerable. Por eso, un poco inspirados en toda esa gente loca de Dogma, decidimos no restringir la escena al raccord, y después seleccionar en postproducción de acuerdo con la sensación que el plano estaba dando. De alguna manera, cada vez que vamos al close up estamos entrando en la interioridad de ella, en lo que está pensando. El plano abierto es la escena objetiva. Por eso ese salto tan brusco. En los recuerdos utilizamos todos los elementos de enlace. Por eso la cámara es distinta, más sinuosa. Se usa más raccord que en la otra parte, hay un tema con el eje también. Hay un mayor uso de lo que se estila, del modo de representación institucional. Tratamos de ser un poco más libertinos en la parte de la realidad, para tratar de connotar la rapidez, la desconexión, un poco la soledad también, entre tanta gente, y esa sensación de estar en todos lados y en ninguno.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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