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La paga  

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Vuelven los sesenta venezolanos
 

 

Se presenta en la Cinemateca Nacional una programación antológica dedicada al cine venezolano de los años sesenta, la cual reúne 16 películas. No hay en el cine hecho en esa época en el país nada ni remotamente parecido a la Nueva Ola francesa, ni al cine underground estadounidense, ni al Cinema Novo brasileño, etcétera. Sin embargo, los filmes que se exhibirán podrían sorprender al público que no los conoce, sobre todo si no tiene ninguna idea sobre lo que ha sido la historia del cine nacional o si la concepción que se maneja tiene como paradigma los largometrajes de ficción de setenta y ochenta, la época de mayor producción y máxima popularidad del cine venezolano. La cinematografía nacional comprende mucho más que Cuando quiero llorar no lloro, de Mauricio Walerstein (1972); Soy un delincuente, de Clemente de la Cerda (1976); El pez que fuma, de Román Chalbaud (1977), o Macu, de Solveig Hoogesteijn (1987), sin desmerecer los méritos de estas importantes películas, y los filmes que forman parte de la programación son una manera de demostrarlo.

La muestra tiene como principal novedad el estreno de una copia del filme La paga, realizado en Venezuela en 1962 por el director colombiano Ciro Durán, quien llegó al país en 1959 y estudió teatro en la casa sindical de El Paraíso con Chalbaud. Carmen Luisa Cisneros, en Panorama histórico del cine en Venezuela, refiere que se trata de una cinta cuya importancia radica, en primer lugar, en que centró su atención en los campesinos, a contracorriente de la temática urbana que ha predominado en el cine nacional. Está marcada también por la influencia del cine soviético, en especial por la vanguardia de los veinte: Eisenstein, Kukechov, Pudovkin y Dovjenko, agrega la historiadora.

La paga que puede verse hoy tiene, además, una curiosa historia. Inconforme con el resultado de su trabajo, Durán tomó el negativo del filme y lo hizo pedazos, no para destruirlo sino con el propósito aparente de hacer otro montaje que nunca concluyó, cuenta Oscar Garbisu, director del Archivo Fílmico de la Cinemateca. La cinta nueva que se verá fue tirada recientemente a partir de un negativo hecho con una copia que se conservaba en buen estado.

Otras películas incluidas en la programación ponen de manifiesto la diversidad de la producción venezolana en aquella época, que para algunos estuvo marcada principalmente por el clima político creado por el triunfo de la revolución cubana. El cine valioso que se hizo en los sesenta en el país tampoco estuvo dedicado únicamente a esa temática, de lo cual es un ejemplo el corto Reflejos, de Néstor Lovera (1964), en cuyo elenco sobresale José Luis Rodríguez. Trata de la realidad y los sueños de una muchacha que vive en un barrio, en los cuales se le aparece el ídolo la música y la televisión. La copia que tiene la Cinemateca Nacional está perfectamente conservada.

 

No menos a contracorriente del estereotipo del cine guerrillero está la versión de La metamorfosis de Franz Kafka hecha por Ángel Hurtado con medios precarios para la Televisora Nacional en 1964. Más conocido en Venezuela como pintor, Hurtado es uno de esos talentos del cine nacional que no tienen hoy la valoración que merecen, sobre todo por su obra en el campo del documental de artes plásticas, que incluye cintas como Vibraciones, sobre Jesús Soto, realizada en tiempos en los que el artista todavía no se había convertido en un maestro del cientismo (1955), y El mundo de un pintor (1964), sobre José María Cruxent, que ganó el premio especial del jurado en la Bienal de Venecia.

 

Hay dos rasgos que hacen de La metamorfosis una película interesante, incluso en la actualidad. Por una parte, está basada en una traducción francesa en la que el monstruo en que se convierte Gregorio Samsa es un gusano y no un insecto. Además, el bajo presupuesto obligó a encontrar una solución para el disfraz que emparenta el filme con las producciones de terror de bajo presupuesto. Como si hubiese sido hecha con el futuro de la televisión en mente, la película fue rodada en color y se conserva en una buena copia de 16 mm. Al proyector de la Cinemateca GAN le han instalado una lámpara nueva, y en esa misma ocasión fue calibrado, por lo que todo indica que se disfrutará de una buena función.

 

También llama la atención la inclusión de Isla de sal (1964). Se trata de una película de Clemente de la Cerda, hecha antes de que el director se hiciera famoso con un filme por completo diferente: Soy un delincuente. Lila Morillo, Simón Díaz. Doris Wells, Orángel Delfín y Efraín de la Cerda integran el elenco de esta cinta, sobre la cual el realizador confesó lo siguiente, en una entrevista: “Sabía desde el principio que no era una buena película, pero en Venezuela no existen escuelas, ni tradición ni industria cinematográfica; por eso considero que debemos comenzar con películas hacia el gran público”.

 

En esa misma tónica de cintas que revelan facetas poco conocidos de sus autores se inscribe el largometraje Los días duros (1969), de un cineasta que debe su fama principalmente a las telenovelas: Julio César Mármol. Carmen Luisa Cisneros llama la atención acerca de que en el currículo de Mármol figura una asistencia de dirección de Vittorio De Sica, en Anna di Brooklyn (1958), y que cursó estudios de dirección en el Centro Experimental de Cinematografía, en Italia. Otro dato interesante es que la idea original de Los días duros era hacer un relato sobre la represión en el gobierno de Rómulo Betancourt. Sin embargo, la historia terminó por ser ubicada en tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez.

 

Ángel Hurtado
(Foto: cortesía del realizador)  

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Entre las películas del cine político de los sesenta incluidas en la muestra destaca por sobre todo Basta (1969), realizada por Ugo Ulive para el Departamento de Cine de la ULA. Esta es otra de las cintas injustamente poco valoradas del cine nacional, a pesar de que su calidad, y en especial el espíritu vanguardista que la anima, la convierten en una de las mejores producciones venezolanas en toda la historia. Se trata de un filme de no ficción que, a través de la analogía con una autopsia, intenta mostrar la realidad oculta bajo un progreso superficial, incluida la antítesis encarnada en los guerrilleros. Los planos realizados en la morgue aproximan este filme al clásico The Act of Seeing with One’s Own Eyes de Stan Brakhage, que es una cinta posterior (1971), con la salvedad de que la de Ulive es más soportable porque fue rodada en blanco y negro, y la secuencia en la que la cámara persigue agresivamente a un paciente en un hospital psiquiátrico continúa siendo de antología. El problema con esta cinta es que la copia en 16 mm está sumamente deteriorada. La Cinemateca la programó en ese formato, pero existe la alternativa del video.

 

Pozo muerto (1967), de Carlos Rebolledo y Edmundo Aray, que forma parte de la producción del grupo de escritores, artistas plásticos y cineastas El Techo de la Ballena, formado a comienzos de los sesenta, es otro de los filmes de la izquierda cultural de aquella época que puede ser visto con interés en la actualidad. A pesar de que bordea peligrosamente la pornomiseria, la cinta sobresale por planos que revelan los contrastes sociales como llagas abiertas y purulentas, en sintonía con la necrofilia trabajada por El Techo..., en especial uno de un pozo de petróleo perforado en el centro de un lugar extremadamente pobre. Asimismo sobresale el anticipo de una preocupación que cobraría importancia en el cine venezolano de los ochenta: el deterioro del ambiente. En este caso se trata de la contaminación del lago de Maracaibo por la explotación petrolera.

 

Entre las demás películas de esta tónica que forman parte de la programación cabría poner de relieve Estallido, de Nelson Arrieti (1969), por el montaje hecho sobre la base del ritmo de percusión de la banda sonora. Cintas como La universidad vota en contra, de Jesús Enrique Guédez y Arrieti (1968); Renovación, de Donald Myerston (1969), y Diamantes, de Ulive (1969), en cambio, son reportajes que básicamente conservan una importancia histórica. En el caso de La ciudad que nos ve, también de Guédez (1965), aporta además una intención poética y un deseo de mostrar la Caracas invisible de los barrios, pero no es una cinta bien lograda. Quizás está injustamente sobrevalorada en comparación con otras obras más importantes del realizador, como el mediometraje Testimonio de un obrero petrolero (1978) y su único largo de ficción, El iluminado (1978), al igual que su trabajo en el campo del documental sobre artistas, en cintas como Bárbaro Rivas (1967).

 

La novedad de la muestra en este renglón es el rescate del documental T-Venezuela, rodado en el país por el uruguayo Jorge Solé (1969). Se trata de un juicio a la televisión nacional de la época, con especial énfasis en la figura de Renny Ottolina. Fueron tiempos, en todo caso, muy distintos de los actuales.

 

Completa la muestra lo que queda del tríptico Cuentos para mayores, dirigido por Román Chalbaud, y escrito por él y José Ignacio Cabrujas. Es otra película con una historia apasionante. Los negativos completos aparecieron en 1992, cuando hasta el director la daba por perdida, entre los materiales donados al estado de los archivos de Gamma Films, una productora y laboratorio de José Agustín Catalán, liquidada a mediados de los setenta. Casi 20 años permaneció el material arrumado en un depósito en La Vega, prácticamente a la intemperie porque el óxido corroyó las latas. A partir de los negativos descompuestos la Cinemateca Nacional pudo restaurar la imagen, pero para el sonido debió recurrirse a copias deterioradas en poder de esa misma institución, la Biblioteca Nacional y Bolívar Films. La versión que hoy puede exhibirse comprende los cuentos 1 y 3. El sonido del segundo está siendo restaurado, a partir de una copia encontrada posteriormente.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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