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entrevistas
"Nuestro oído se acostumbró a
ese ruido tan sabroso del LP. No suena mejor; nuestros oídos lo
entienden mejor"
El 24 de abril se estrena Swing con son, una película dirigida por
Rafael Marziano sobre Billo Frómeta, el creador de la Billo’s Caracas Boys,
la orquesta de baile más importante en la historia de la música en
Venezuela. Es un filme que destaca por las grabaciones de sonido y las
imágenes que reúne, cuya selección fue el resultado de una investigación de
los guionistas: el director, Federico Pacanins, Alberto Naranjo, Jesús Pérez
Lares y Marluy Escalona Román. También sobresale el montaje de diversas
entrevistas a Billo, de manera tal que lo que dijo en momentos distintos
parece seguir el hilo de una misma idea, y sobre todo por el trabajo del
diseñador de sonido, Eleazar Moreno, que creó un concepto que permitió
uniformar materiales de procedencia muy diversa y los llevó, además, de
grabación discográfica a sonido de cine 5.1.
El director subraya que Swing con son es una película de vivencias,
porque considera que la palabra “documental” aleja al público de las salas.
En todo caso el documental, de la manera como la gente suele entenderlo, es
propiamente una parte al principio del filme, en la que se dice todo lo que
quizás podría decirse objetivamente del artista. Luego se pasa algo
diferente. “La historia oficial es la que está en los libros pero la
realidad dice otra cosa. La verdadera historia está en las calles de donde
salió la música”, dice el director. En la cinta participan la actriz Caridad
Canelón, el cantante Rafa Galindo y varios otros músicos, incluido el grupo
de hip-hop Los Hijos de la Calle. Se tocan, se
cantan y se bailan piezas de Billo, por lo que Swing con son es
también un musical. Su tono más alegre la diferencia del anterior filme de
Marziano, uno de los documentales venezolanos más destacados de los años
noventa. “El camino de las hormigas (1993) es una película contada
por un tipo que vuelve, después de muchos años fuera del país, y manifiesta
todo su malestar. Swing con son es la película de un tipo que asumió
que vive aquí y tiene que pasarla bien. Ya está disfrutando del desorden. El
cambio de tono de repente es una alegre resignación. Es también menos
pedante. En El camino de las hormigas todo era horrible; aquí hay más
humildad. Agarré más calle y la cosa es como más tranquila, o más cínica, no
sé”, dice el director, que es egresado de la escuela de Lodz, en Polonia.
Vértigo conversó con el diseñador de sonido de Swing con son, cuyo trabajo se
hizo en un estudio que fue necesario crear para la película, en la casa del
director.
—¿Participó en el proceso de selección de las 62 piezas que fueron
usadas en la película?
—Más
bien participé en el proceso de eliminación. Fueron muchas más que 62.
Fue un trabajo muy fuerte por, uno, los derechos que había que pagar;
dos, la calidad de lo que conseguimos. Ahí es donde entro yo. Por más
que hubiésemos querido cualquier pieza estupenda y exquisita, que además
estuviese libre de derechos, cuando pasaba por mi laboratorio podía ser
que no fuera, que no se pudiera rescatar. Si se podía, pasaba. En el
proceso del que quedaron las 62 entraron como 500 piezas. Porque no sólo
eran las grabaciones de cinta y LP de 78 RPM, 45 RPM y 33 RPM.
Conseguimos sobre todo muchos U-Matic, algunos de octava generación, VHS,
unas cintas de 1940 cuyo aparato sólo está en la Biblioteca Nacional,
formato 2 pulgadas de video, CD, cosas tomadas de grabaciones de radio.
Todo ese proceso decantó 62 piezas y mi trabajo fue limitar.
—¿Cómo le dio coherencia al sonido de fuentes tan diversas como esas?
—El
concepto es la madre de cualquier buen sonido, y hace seis años, cuando
me reuní con Rafael Marziano, le dije: “No hay forma de unificar sin
hacer un truco. ¿Cuál va a ser? Vamos a sentar al espectador a oír un
programa de radio de los años cincuenta en sonido 5.1”. ¿Qué se logra
con eso? Uno: el color de las transmisiones de radio de esa época era
muy particular porque en todas las emisoras de radio, y aún hoy pero
menos, todos los equipos, los ecualizadores, los compresores eran con
tubos al vacío. Ellos generan un color especial, muy grande, muy grueso
y casi reventado, con mucho armónico. Con eso nos dimos el permiso de
meter las grabaciones más nuevas en ese pote; a las más viejas, de
acercarlas a ese sonido, y las que estaban, que era la gran mayoría, de
entre los cincuenta y los sesenta, quedaban perfectas.
—¿Podría poner un término de comparación para que la descripción del
sonido la entienda alguien que no es ingeniero?
—Hay
una eterna discusión de qué suena mejor, si un CD o un LP. Ese es el
término de comparación: el LP. Aunque es un mito, realmente. Tuvimos 50
años escuchando grabaciones analógicas, desde la cinta hasta el LP, y
nuestro oído se acostumbró a ese ruido tan sabroso del LP. No suena
mejor; nuestros oídos lo entienden mejor.
—¿Cómo llevó esas grabaciones a 5.1?
—Esa
fue una de las cosas más divertidas de la película. El sonido 5.1 tiene
la ventaja y la desventaja de que tiene cinco fuentes sonoras y todos
los diálogos van en el centro. Pero resulta que muchas piezas de Billo
son en estéreo, y algunas peor, en una cosa que se llama High Fidelity,
que es un estéreo simulado en el que la voz y un reflejo de la orquesta
van por la corneta derecha y el resto de la instrumentación por la
izquierda. Cuando ibas a una sala de baile y las cornetas estaban en
cualquier parte, no importaba. Pero cuanto te sentabas a escucharlo, a
Felipe Pirela lo tenías del lado derecho, con la sombra de la orquesta
atrás. Eso fue lo que nos dio más problema, porque ni siquiera teníamos
el consuelo de tener el cantante en el centro, como en todas las demás
grabaciones. Entonces hubo que hacer un truco: aislar aun más la voz de
Pirela, colocarlo en el centro, duplicar la orquesta, pasarla al otro
lado y rebotarla hacia atrás. Cuando vean la película se darán cuenta de
que Felipe Pirela suena así 5.1, entre toda la orquesta. Otras cosas
fueron más sencillas. Por ejemplo, con el mono pones tu cosa en el
centro y haces sombras que rodeen al espectador.
—¿Cómo trabajó el sonido de la música grabada para la película?
—Siguiendo el concepto sonoro, el mosaico final se grabó en un grabador
maravilloso de 2 pulgadas y 24 canales de tubos, en un estudio en el que
grabó Billo, con ese mismo grabador, y el color se mantuvo. Me remití
también a lo que yo sabía que hacía Billo. A él no le gustaban las
grabaciones canal por canal. Él distribuía a sus músicos en el estudio y
uno, dos, tres, grababa en caliente, a veces solamente con dos
micrófonos aéreos y uno extra, para el cantante y una charrasca o algo
que no sonara. El resultado todos lo conocemos. Cuando llegamos a la
sala de mezclas me di cuenta de que era completamente absurdo mezclarlo
como un disco. Entonces me aproveché del surround. ¿Qué hacía Billo? Él
colocaba al frente el cantante; yo lo coloqué en el centro, y fui
distribuyendo el sonido de tal forma que solamente tengo atrás el eco de
los metales. Si estás en el centro, es como si estuvieras en medio de la
orquesta. Encima pusimos a una muchacha a bailar y a gritar, y tenemos
el resultado de los micrófonos que meten el sonido de la gente del
público cuando está bailando y grita.
—Tengo entendido que ustedes construyeron un estudio para poder hacer el
sonido de la película. ¿Cómo fue eso?
—Este
es un intento de hacer con aparatos no profesionales una película
profesional. No teníamos presupuesto, entonces tuvimos que hacer como
todos los venezolanos: resolver con chicle y pega loca. Después de mucho
investigar y de meter la pata cientos de veces, logramos adecuar, con la
ayuda de un ingeniero, la acústica de un pequeño salón en la casa del
director. Lo hicimos con cartones de huevos, alfombras, la tradicional
cosa que los músicos en este país hacemos. Él vino con un medidor y nos
dijo que el estudio tenía una acústica maravillosa. Yo, además, tenía
tiempo investigando el 5.1 con programas alternativos. Empezamos a hacer
experimentos y resulta que nos funcionó. Cuando llegamos con nuestra
mezcla hecha en estudio casero, con nuestra computadora, que era una PC
normal, a Argentina, estaba aterrorizado. Si había metido la pata, tenía
que regresar y hacerlo todo de nuevo. Pero el señor le dio play a la
mezcla, que ya estaba cerrada, y sonó exactamente igual que en el
estudio. El ingeniero, que es Maximiliano González Gorriti, que ha
mezclado como doscientas películas, me dijo: “Vos tenés un estudio
profesional”. El consultor Dolby de Latinoamérica me dijo: “No sólo está
bueno sino que ese es el sonido de la película”.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |