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entrevistas
"Las películas que se hacen en
3D son de tan altísima tecnología que cualquier mala copia suramericana
puede resultar patética"
Visitó Caracas el cineasta Tomás Welss, director de
Manos libres (2000) y Pasta (2006), entre otros
cortometrajes, para participar en las actividades paralelas
de una programación de cine chileno de animación.
Los cortos de Tomás Welss son dibujados a mano, aunque después de Manos
libres recurre a las computadoras para diversas tareas de producción. Se
caracterizan también por la recurrencia de los temas eróticos. En el
Festival de La Habana de 2003 el realizador chileno recibió una mención
especial en el premio al mejor filme de animación por Verde que te quiero,
pero también presentaron una retrospectiva de cinco películas suyas en el
Festival Internacional de Animación Erótica de Río de Janeiro en 2007. El
erotismo incluye también el sonido, en el que no faltan los gemidos y
gritos. Welss también ha hecho trabajos para televisión y trabaja en la
terminación de otro corto y en la producción de su primer largometraje.
“La animación es un formato raro”, dice Welss. “Es una abstracción total.
Las figuras que muestro son humanas pero no lo son. Son cosas rarísimas que
salen de mi cabeza, de interpretar el mundo que veo, el mundo real, y de
reproducirlo a través de mis manos en el papel, con un lenguaje muy
simbólico. Ser animador es muy diferente a hacer películas de ficción. Como
cineasta de imagen real, uno filma la vida. Sale a la calle a filmar, en
locaciones. Aquí uno inventa todo. Por tanto es un desafío creativo muy
grande, y todos los errores son vistos en pantalla. No les podemos echar la
culpa a los actores, ni a la imagen real porque no existe, no llueve, ni al
electricista. Todo responde a la capacidad del animador realizador. La
animación es un formato muy intenso”.
—¿Cuál es la seducción creativa que tiene dibujar?
—A
veces identifico el trabajo del animador con el de un escritor. Uno va
escribiendo cuadro por cuadro, las imágenes día por día. Es un trabajo
muy intenso de manufactura. En imagen real uno puede grabar una escena
de 10 minutos y la hace en 10 minutos. En animación, hacer 10 minutos es
una locura. A mí me seduce mucho el espacio mental traducido al papel.
Poder reproducir en imágenes bidimensionales lo que imagino, y luego ver
el resultado. Sin embargo, en el cortometraje que estoy haciendo, que es
también una película adulta, hay humor. Trabajo con capas y con un
soporte digital. Manos libres fue la última que hice con cámara
de cine, filmando cada dibujo, cuadro por cuadro. De 2003 en adelante,
en una película que se llama Verde que te quiero, empecé a
digitalizar todo con escáner. Antes de pasar a 35 mm tenía la película
editada en soporte digital. La tecnología me ayuda. Aparte de dibujar,
conecto la parte gráfica, que es mi parte, con fondos, con texturas, con
After Effects, en postproducción. El color de mi nuevo cortometraje es
digital. Ya no es todo a mano. Es una búsqueda para mí también, una
búsqueda creativa, integrar las nuevas tecnologías a lo que hago. No
quiero someterme a las tecnologías; quiero someter las tecnologías a mí.
De alguna forma quiero usar las máquinas para que potencien mi trabajo.
Mezclo la tecnología con la artesanía para que la artesanía tenga más
potencia y sea más efectiva.
—Dice que la animación es un formato raro, y hay algo todavía más raro
en el cine de animación que es su relación con el erotismo. ¿Qué
representa para usted?
—Es
superinteresante como desafío estético. Si hubiese filmado estos cortos
en imagen real habría sido pornográfico. No se podría mostrar, sería
imposible. En animación hay un rango de libertad mayor. Uno puede
representar cosas pero, como están dibujadas, existe un nivel de
abstracción de la realidad y hay una permisibilidad mayor. Uno puede ver
todo, casi. Incluso hay un componente de humor muy grande, porque como
es una fracción de la realidad, la gente tiende a reírse. Cuando uno ve
cuerpos desnudos en imagen real, la gente no se ríe; empieza a ponerse
seria la cosa. En el cine animado erótico lo que uno va a ver no va a
ser excitante sino divertido. Es una forma de humor que la gente
desconoce, porque va con una expectativa al cine y ve otra cosa. A pesar
de que ve figuras humanas desnudas, cambia el sentido. El erotismo viene
un poco de la plástica, de la pintura, y llevarlo a imagen en movimiento
es muy desafiante desde el punto de vista creativo porque existe esa
distancia entre el realismo de la imagen cruda, que sería pornografía, y
lo lúdico que es crear en la mente del autor y dibujar.
—¿Cómo trabaja el sonido?
—Hasta el año 2000 trabajé solamente con computadoras, con sonidos de
archivo. Ahora trabajo con actores. No con voces de computador, de
robots, sino de gente. Ellos ven las imágenes en el monitor y los voy
dirigiendo. En el fondo hago dirección de actores. Les digo que tienen
que gemir, que tienen que gritar, que tienen que aullar. Ellos
interpretan a su manera y yo les dejo ser. En el caso de Pasta,
existía la opción de sacar todos los sonidos de Internet. Pero compramos
una olla gigante, compramos muchísimos paquetes de fideos, cocinamos en
la productora y metimos la cabeza en la olla. Tratamos de hacerlo lo más
realista posible y no optar por la comodidad. Además, fue muy divertido
como experiencia. Hay una vuelta a lo primitivo. La tecnología está ahí,
Internet está ahí. Si uno quiere el sonido de un trueno aprieta un botón
y hay 20 truenos diferentes. Pero es más interesante salir a grabar un
trueno de la vida real.
—¿Tiene algún material para niños?
—Tenía, pero se me perdió. Hice una serie de televisión para niños en
los años noventa. Se llamaba Profesor Glaucus y era sobre un
profesor que daba clases sobre el tema ecológico. Era una animación más
bien clásica. De verdad no la encuentro.
—¿Qué mensaje transmiten sus películas?
—En
general, cuando escribo el guión de una película tengo una idea bastante
clara de lo que quiero contar. Pero después, cuando termino un corto, lo
dejo ser. Dejo que el público interprete a su gusto. Es una obra
abierta. Como no es publicidad, no es didáctico, no hay un contenido
preciso que se deba entender. Nada se debe entender. Entiende lo que tú
quieras. Obviamente, en Pasta conecto el amor con la comida. Cómo
la comida puede funcionar como un arma de seducción y ser erótica. En
Manos libres hay una crítica a la familia actual, hipertecnologizada.
Eso de estar conectado constantemente al celular, al computador, produce
incomunicación. Creo que esa película tuvo éxito porque apela a una
realidad universal. La presenté en El Cairo, en un festival. Jamás pensé
que podría ser presentada en un país musulmán porque hay una mujer que
se masturba con el celular. Pensé que me iban a matar, y sin embargo
gané un premio. Hay cosas que no se entienden.
—¿Qué es para usted el cine de animación para adultos?
—Los
Simpson no es para niños. Básicamente habla de problemáticas
adultas. Es animación clásica, con color digital, pero los temas que
aborda son muy críticos. Me parece interesante que en Estados Unidos
exista una crítica del sistema, como ocurre también en South Park,
que desde el punto de vista técnico es totalmente primitiva. Es una
animación muy particular. Son figuras de papel recortadas en las que la
frente del personaje y el perfil no intercalan. Es una técnica muy de
actor, que no tiene nada que ver ni con Disney ni con el animé. Ahí no
hay nada de high tech 3D, y los contenidos son muy radicales. En
ese sentido está muy expandida. Uno no se da cuenta, pero la animación
para adultos tiene mucho alcance en la televisión, a través de las
series. En cuanto a los cortometrajes, es a través de festivales de
cine. Si uno va a un festival de animación mundial, 80% es para adultos.
Son películas que tienen poca difusión, en algunos canales de televisión
específicos, y festivales de cine como Anima Mundi, que es en Río de
Janeiro y el Sao Paulo se llenan. Se hace mucho en el mundo.
—¿Cómo ve el panorama del tipo de animación que usted realiza cuando
existe un dominio en el mercado mundial de la animación en 3D por
computadora?
—El 3D
es un tema complejo. Sabemos que en Estados Unidos las películas que se
hacen en 3D hoy en día son de tan altísima tecnología que cualquier mala
copia suramericana puede resultar patética. Creo que para hacer una
buena película en tres dimensiones no queda otra que irse a Estados
Unidos, si uno tiene esa obsesión, a menos que sean, como en el caso de
Rokunga, una propuesta de autor. No pretende parecerse a
películas norteamericanas de altísimo presupuesto sino que es un
cortometraje autoral con formato en tres dimensiones. Pero hacer un
largometraje en tres dimensiones en América Latina puede ser un
problema, porque la tecnología no da para eso y los presupuestos
tampoco. Todavía hay que compenetrarse con la realidad existente, que
son las dos dimensiones, que existe un autor que tiene una mesa de luz y
dibuja, y puede tener un equipo de 20 personas.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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