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entrevista
"Viva
Cuba no sólo entra en el paradigma del cine pobre sino que va más allá,
hacia el cine paupérrimo"
El viernes se estrena con cuatro copias Viva Cuba (2004), de Juan
Carlos Cremata, quien está terminando una nueva cinta, El premio flaco.
Es un filme pionero en su país en muchas cosas: fue el primero en el que los
protagonistas son niños, el primero que ganó un premio en Cannes –el Prix
Ecans Junior– y además contribuyó a abrir el camino a la realización
paralela al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos.
Viva Cuba
es una película sobre el respeto a la individualidad, empezando la libertad
personal de los niños. El problema de Malú (Malú Tarrau Broche), la
protagonista junto con Jorgito (Jorge Miló Ávila), es que su madre decide
que debe irse del país con ella, aunque la niña no quiera porque en Cuba
están sus amigos. Su padre también lo consiente, sin pensar siquiera en que
debería preguntarle antes si ese es su deseo. El planteamiento del respeto
al otro es extensivo a los adultos. Las familias de Malú y Jorgito están
separadas por diferencias en la forma de pensar y de vivir. Uno de los
aspectos más brillantes de la película es el montaje de la primera parte,
que marca las diferencias entre ambas familias, a partir de numerosos
detalles de la vida cotidiana, pero lo hace a través de un paralelismo tan
estricto que termina por aproximarlas. Lo mismo hacen las circunstancias:
todos atraviesan dificultades de diverso tipo, en especial las mujeres. La
unión se produce como consecuencia de la búsqueda de los niños, quienes se
fugan de La Habana para viajar hasta el extremo oriental de la isla, la
punta de Maisí, a buscar al padre de Malú. La segunda parte de Viva Cuba
es una road movie que recorre lugares de Cuba poco vistos en el cine.
Vértigo
asistió a la conferencia de prensa de presentación de Viva Cuba y
conversó con el director y la codirectora, su madre, Iraida Malberti.
—¿Cómo se hizo Viva Cuba?
—Esta es una película
familiar. No solamente porque va dirigida a toda la familia sino
fundamentalmente porque fue hecha con el apoyo y el soporte de todas
nuestras familias. No es una película institucional. Normalmente en Cuba
se hacen las películas a través de la industria de cine, o sea, el
Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos. Viva Cuba
fue hecha por fuera del Icaic, con la casa productora de la televisión
cubana y una coproductora francesa. Se convirtió también en un ejemplo
de cómo una película podía tener éxito no siendo hecha por los canales
oficiales. Es un ejemplo de película alternativa, hecha con un modelo de
producción que no es el industrial.
—La
película la filmamos en seis semanas: tres en La Habana y el resto en el
resto del país. En realidad se hizo con muy pocos recursos, y todo lo
que pasó después, el premio en Cannes y los 36 premios internacionales
que ha obtenido, y sobre todo el recibimiento del público, eso fue una sorpresa para
nosotros, porque lo único que queríamos era hacer una película por fuera
del Icaic y hacer la primera película cubana con niños. En Cuba nunca se
había hecho una, increíblemente, porque hay muchas películas para niños,
y pensamos que iba a ser un filón tremendo para explotar. La película se
convirtió en un éxito enorme. Fue estrenada en Cuba el Día de los Niños,
hace cuatro años, y fue el éxito de las vacaciones. Era muy estimulante
entrar a los cines y verlos repletos de niños repitiendo los textos de,
y a cada rato la ponen en la televisión. Eso nos hace pensar en hacer en
el futuro un proyecto parecido.
—La
película no era en realidad la que íbamos a hacer. Nosotros estábamos
preparando una comedia musical, pero era mucho más caro hacerla con la
industria, y dijimos: vamos a hacer una película alternativa o
independiente, como normalmente se llama en el resto del mundo. Las
condiciones de trabajo fueron muy difíciles, sobre todo en la zona de la
punta de Maisí, donde nunca se había filmado antes una película. Todos
los cubanos la conocen pero muy pocos han tenido la oportunidad de
visitarla, porque es un lugar bastante distante. Las tres primeras
semanas del rodaje estaban muy cuidaditas, porque yo conocía exactamente
los lugares donde íbamos a filmar, y sabía cada encuadre que quería
hacer. Las siguientes tres fueron diferentes. Yo casi nunca había salido
de La Habana. No conocía el interior del país, y no sabía las
condiciones con las que me iba a enfrentar, y fue mucho más improvisado.
Para llegar a la punta de Maisí tuvimos que atravesar montañas muy
peligrosas, adonde no llegaba el autobús. Teníamos que levantarnos muy
temprano, llegar a un lugar y cambiar el autobús por una guarandinga,
como dicen allá, que era como un camión. Era horrible lo que pasábamos
para llegar a ese lugar, filmar dos horas, e irnos. Además, allí cambia
el tiempo. Filmábamos una escena con lluvia y de repente salía el sol, y
nos preguntábamos cómo seguíamos. Baracoa es una zona con microclimas y
nada de eso lo sabíamos. Pero era un sentimiento colectivo que, a pesar
de que Larisa Vega y Luisa María Jiménez habían hecho películas en
condiciones distintas, ahí se estaba haciendo algo importante. No porque
fuera a ganar premios, sino porque el tema lo era. Los niños cubanos
nunca habían tenido una película de ellos, y esa era una oportunidad
para todos.
—¿Por qué decidió hacer la película al margen del Icaic?
—En
realidad fue una respuesta a la imposibilidad de hacer la película que
quería. Fue un acto de rebeldía: “Si ustedes no quieren hacer la
película que yo quiero hacer, entonces yo hago otra como quiero hacerla
y con los recursos que tenga”. Incluso te digo que uno de nuestros
principios fue hacer una película que el Icaic se arrepintiera de no
haber hecho. Y cumplí: hoy en día el Icaic todavía se arrepiente
constantemente de no haberla hecho. A partir de Viva Cuba volvió
a abrirme las puertas y en este momento asumí un proyecto con ellos. De
alguna manera ahora lamento que el Icaic no haya participado porque allí
están las mejores películas y los mejores cineastas de nuestro país, que
son los me hicieron a mí pensar en hacer cine. Pero en ese momento no se
entendía tanto el sistema de producción alternativo y tuvimos que
encontrar otras vías.
—De
haber hecho esta película con el Icaic hubiera sido otra película.
Nosotros teníamos 15 personas en el equipo y teníamos que filmar con lo
que tuviéramos. Con el Icaic hubiéramos tenido probablemente 70
personas, 17 autos, plantas. No era eso lo que queríamos. El minimalismo
técnico nos permitió trabajar con mucha más soltura y permitió que los
niños se sintieran más libres, más confiados, más tranquilos. Teníamos
más control de la situación. Eso generó un estilo de filmación que al final se volvió un
ejemplo para otros rodajes. Muchos cineastas jóvenes toman Viva Cuba
como el referente de que puede hacerse una película alternativa, que
se puede hacer bien y puede llegar a tener premios, a ser importante.
Pero nuestro único propósito inicial era hacer que el Icaic se
arrepintiera.
—Yo
soy muy amiga del presidente del Icaic, Omar González –aclara Iraida
Malberti–. Es mi hermano. En definitiva tomaron Viva Cuba como
una película cubana, para hacer la distribución, porque no fue
totalmente independiente. Se hizo con la coproducción de la televisión
cubana, con sus recursos, aunque con menos parafernalia que la que tiene
el Icaic. La primera cosa que hicieron ellos para unirse fue hablar
conmigo. Yo le dije: “Te la perdiste”. De ahí en adelante muchos están
haciendo lo mismo y ellos están en la mejor disposición para seguir
trabajando con Juan Carlos.
—¿Se inscribiría Viva Cuba en el paradigma del cine pobre que ha
lanzado Humberto Solás?
—Yo me divierto porque Viva Cuba, y la
película que acabo de filmar, no sólo entra en el paradigma del cine
pobre sino va más allá, va hacia el cine paupérrimo –dice Cremata–. Eso instaura un
estilo y una forma de filmar un poco menos comprometida con ciertos
requisitos que la industria tiene que cumplir, y le da un poco más de
libertad al director y a los creadores. Solás ese mismo año hizo
Barrio Cuba, que a pesar de haberla hecho con el Icaic, fue con esos
presupuestos. Y no solamente él: hay muchísimos directores, sobre todo
jóvenes, que a partir de ahí han asumido ese estilo. Actualmente la gran
producción, salvo la de largometrajes, que se está haciendo en Cuba es
fuera del Icaic. Ya es una preocupación del Ministerio de Cultura atraer
a las producciones alternativas porque se está quedando atrás. Casi todo
el mundo tiene una cámara en su casa; todo el mundo tiene un sistema de
edición. Cada año el Icaic organiza la muestra de jóvenes realizadores,
en La Habana. Este año más de 100 materiales eran de fuera del Icaic y
muy poquitos del instituto.
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—Además, es una cosa que va a tono con los tiempos. Yo creo que nunca
más, aunque tuviera las condiciones, filmaría en 35 mm porque con el
dinero que se necesita para una película así quizás haría tres en
digital. La tecnología ha acercado mucho más los medios a casi todas las
personas. Viva Cuba se editó en mi casa, con un sistema de Avid
que yo tengo, y las dos películas que acabo de filmar este año en Cuba
se están editando en mi casa. Independientemente del confort que me da
poder editar a cualquier hora y cuando quiera, también me da la
posibilidad de revisar constantemente lo que estoy haciendo, de probar
nuevos estilos. Eso va a generar un cambio en el lenguaje y,
definitivamente, está creando un cambio en la manera de producir.
Dentro de eso está, por supuesto, el Festival de Cine Pobre, que se ha
internacionalizado y que acoge esta manera de filmar en muchos otros
países. A nosotros nos invitaron por Viva Cuba. Pero cuando lo
hicieron la película no sonaba tan pobre. Había tenido una
postproducción francesa nada pobre. Estuvimos tres meses en París
haciéndola, y del dinero no nos enteramos mucho...
—Ellos todavía dicen que están pagando los gastos –interviene Malberti–,
y los seguirán pagando de por vida. Lo único que les sacamos fue que el
equipo de Avid que tenemos en la casa ellos lo trajeron, y llevárselo
les costaba más que dejarlo.
—¿Por qué está dedicada la película a Elegguá?
—Él
me ayudó a hacerla. Elegguá abre los caminos. Es el dios de los niños y
el niño de los dioses en la religión cubana. Se le cantan canciones en
la película. Los niños son los que le cantan. Una de las cosas que tuve
que decirle es que lo llevaría a todos los lugares donde pongan la
película y lo presentaría. Conózcanlo: no muerde, si no lo provocan.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |