05/08
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entrevista

Viveca Baíz

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"He logrado que los niños
se entusiasmen con locura viendo películas
de Georges Meliès, cuando entienden quién fue Meliès
"
 

 

Titiri-we: el canto de la noche, de Viveca Baíz, es otro de los cortometrajes venezolanos que comienzan a tener corrida en festivales internacionales. Ganó el segundo premio en el Festival de Animación Animagyc, en Perú, y acaba de ser seleccionado para el Festival Cinesul, en Río de Janeiro, por ejemplo. En el país se hizo acreedor, además, del premio en la categoría de animación en el Festival de Video de Paraguaná.

La película destaca por varias razones. En primer lugar, por la técnica y el vínculo entre ella y el proceso de realización. Titiri-we relata el mito de la creación de la noche de los yanomami, y sus imágenes fueron hechas a partir de los dibujos hechos por los niños de una comunidad de este pueblo indígena en el estado Amazonas. Pero es también una película en la que se utiliza la animación digital y el 3D. La combinación del dibujo manual, y su huella gráfica en el filme, con la textura característica del trabajo en computadora le dan al arte del filme un aspecto peculiar. Además, está el interés que despierta la historia por sí misma: la película es una forma de difundir una muestra de la cultura y creatividad de los yanomani, y lo hace, además, de una forma que resulta entretenida, tanto para los adultos como para los niños.

Viveca Baíz ha desarrollado una larga trayectoria en el país en el campo de la promoción del cine entre los niños, que comprendió 10 años a cargo de los domingos infantiles de la Cinemateca Nacional. En el campo del cine de animación ha sido autora del cortometraje La equilibrista o la realidad y el deseo (1993). En la actualidad lleva a cabo una intensa actividad como productora y directora de la serie de televisión infantil Los Niños de Venezuela. Vértigo aprovechó la coyuntura de la inclusión de Titiri-we en la selección oficial de Cinesul para conversar con Baíz.

 

—¿Cómo fue el proceso de realización de Titiri-we?

 

—Yo le presenté al Conac un proyecto para hacer un taller. Yo trabajé mucho con talleres, hice mucha docencia con niños, por muchos años. Por la afición que tengo por el dibujo propuse un taller de dibujo para hacerlo con niños yanomani. Por otro lado, ya había hecho el programa piloto de Los Niños de Venezuela, Manicuare. Donald Myerston, el productor, y yo nos fuimos a Mavaca, en el estado Amazonas. Allí comencé a hacer el taller mientras Donald iba grabando. Fue un proceso largo para conseguir el permiso para entrar en esa zona de protección, para que los hermanos salesianos nos dieran un lugar para quedarnos a dormir. También estuvo el viaje hasta Puerto Ayacucho, luego conseguir la avioneta para llegar a La Esmeralda, después cuatro horas en voladora para llegar a Mavaca. Eso es profundo, es lejos. Nosotros nos instalamos ahí y estuvimos cerca de 10 días trabajando con una comunidad, haciendo el taller de dibujo. Al tercer día empezamos a ver las grabaciones y surgió la idea de hacer otro programa de Los Niños de Venezuela con lo que estábamos haciendo en ese momento. Empezamos a grabar a los niños, no sólo dibujando y no sólo en el taller. Empezamos a salir con ellos. Fuimos a la selva, a caminar. Grabamos los juegos, los baños en el río. Toda la cosa. Vinimos con todo ese material a Caracas. Por un lado, los dibujos los utilicé para el diseño de los dibujos de Titiri-we, y con el material hicimos ese programa, que realmente ha sido principal en la serie, y ya tenemos como 35 capítulos. A todo el mundo le gusta, ha ganado premios. Lo he llevado a escuelas y, claro, los niños, que estudian que Venezuela tiene indígenas, la Colonia y los conquistadores, no tienen nunca la noción de lo que son los indígenas. Cuando ven que hay niños que viven en otra zona del país, y que tienen palitos que se meten en la nariz, se impresionan muchísimo.

 

—Una de las cosas que me parece interesante de Titiri-we es la combinación de técnicas. Está por una parte un trabajo de dibujo y hay computadora...

 

—Es animación experimental porque maneja técnicas mixtas. A mí me gusta dibujar. Nunca puedo hacerlo, porque no tengo tiempo, pero me dedico a que los niños dibujen. Hay una marca en los niños de Venezuela y es que siempre dibujan. Todos los programas se inician con un taller de dibujo. La animación que me planteo es como darme la oportunidad de dibujar yo. Eso fue lo que hice con Titiri-we. Hice todos los dibujos, se escanearon y luego se hicieron las escenografías, antes del diseño de los personajes en la técnica 3D.

 

—¿Por qué se planteó el corto con esa combinación de técnicas?

 

—Porque este corto fue como una escuela. Yo no tenía muchas oportunidades de hacer animación porque es un trabajo sumamente difícil, sumamente costoso y que requiere mucha paciencia. Además, resulta que me encontré en una nueva encrucijada. Todo lo que había aprendido de Félix Nakamura, de Jesús Quesada, de haber hecho La equilibrista, de todo ese tiempo que estuve trabajando en la animación, que fue también poco tiempo porque era todo muy esporádico, ahora no vale. Ahora hay una revolución tecnológica y la animación es digital. Empecé con Titiri-we y me di cuenta de que lo que sabía, lo que ya había experimentado, que era trabajar con acetato ya no era así. Tenía que iniciar un nuevo aprendizaje. Por supuesto, tenía que trabajar con otras personas, porque uno no lo puede hacer todo, y comencé a hacerlo con dos jóvenes: primero con Efraín Contreras y luego con Miguel Ángel Méndez. Con esos dos animadores fue que se hizo la película.

 

Títiri-we

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—Fue en la práctica que se fue consiguiendo el método de trabajo. En la medida en que las cosas se iban logrando yo iba definiendo también cómo quería que fuese la película. Tuve que hacer muchas concesiones, porque llegó un momento en que ya no tenía más recursos, no teníamos tiempo y había que sacar al aire Titiri-we. Este es un proyecto que comenzó antes de que se muriera David Suárez, en 1995. Yo hablaba con David sobre la idea de hacer un corto sobre un mito indígena. El guión lo hice con Volkmar Ziegler, que es un cineasta alemán que estuvo aquí, en Venezuela. Y, por supuesto, Donald hizo la producción. Sin él no hubiera podido hacer la película, porque fue la persona que me respaldó todos esos años y que me dio todo el apoyo tecnológico que necesité para poder llevarla adelante. Daniel Goldschlager fue nuestro asesor técnico.

 

—¿De dónde viene la relación con Volkmar Ziegler?

 

—Es un amigo. Fue el que me abrió el mundo indígena. Él vino a presentar las películas que hizo sobre los yanomani en un festival indígena, como en 1989. Nos conocimos, y a partir de allí yo empecé a comprender la cultura indígena, por la relación con él, las películas que vi. Estuve muchos años informándome sobre los yanomani, fui a Brasil. Creo que, sin ser una antropóloga, por supuesto, me acerqué bastante a su cultura. Sobre todo, aprendí a comprender y a querer a los indígenas venezolanos, y hoy en día tengo cuatro programas de Los Niños de Venezuela dedicados a ellos. He trabajado con los añú, con los wayúu, ahorita estuve en una comunidad kariña, y con los yanomani.

 

—Volviendo a la pregunta, ¿por qué la combinación de técnicas? Se pudo haber hecho todo el corto en 3D, por ejemplo, pero usted decidió conservar el elemento gráfico original.

 

—Porque lo que te dije: porque tengo afición por el dibujo. Estoy comenzando ahora un proyecto de animación, de mucho más largo alcance, y la idea es continuar con este mismo método, porque ha funcionado. A la gente le gusta, a mí me gusta. Se ve original, no como otras películas de animación. Entonces, en vez de ponerme otra vez a experimentar y a ver qué es lo que voy a hacer, es mejor seguir por la misma línea y mejorar el trabajo. Sobre todo en la animación, el movimiento de los muñecos, que no me dejó tan conforme. Para el nuevo proyecto estamos a la búsqueda de una coproducción; estamos buscando animadores, aquí, en el país, o fuera del país. Es un largometraje que vamos a iniciar pronto.

 

—Cuando se trata de historias indígenas, hay un lugar común un poco problemático que es asociarlas con niños. ¿Cree que hay posibilidad de hacer historias indígenas para adultos?

 

—Pienso que Titiri-we la puede ver cualquiera. Es para todo público. Lo que pasa es que yo trabajo para niños, y mi mente está hecha en función de eso. Después me di cuenta de que también trabajo para adultos. Los Niños de Venezuela es un programa para la familia. Yo lo he ido aceptando, en el sentido de que necesito el apoyo de los padres, de los maestros, de la gente que está cerca de los niños. Es importante que participen, porque da una serie de valores que es importante que los adultos que ven los programas los puedan tomar para ponerlos en funcionamiento en niños. También es importante lo indígena porque hay que despertar conciencia. Si de alguna manera los niños crecen con la conciencia de que todos somos venezolanos, se puede crear una generosidad más grande para entender los problemas del país, sin tanta discriminación.

 

—En el trabajo con el cine para niños en Venezuela siempre ha sido importante acompañar las proyecciones de otro tipo de actividades. ¿Por qué?

 

—Porque hay que motivar. Hemos tenido una pésima experiencia con la televisión basura que hemos tenido, como ha sido, aunque mucha gente no lo quiera aceptar, toda la programación que le dio Radio Caracas o Venevisión a la familia venezolana. La gente, al final de cuentas, ha quedado maltratada en su intelecto, en su formación, en sus valores. Hemos tenido también siempre mucho cine norteamericano, mucho cine de violencia para los niños. Entonces hoy en día cuesta que los niños que tienen algo de edad estén interesados en películas culturales o en películas hechas en Venezuela, y hay que motivarlos. Eso es lo que yo hice siempre en el tiempo en que trabajé en la Cinemateca Nacional, que fueron 10 años. En todos los domingos infantiles de la Cinemateca la sala se llenaba, y era porque se combinaba el cine con actividades especiales. Los niños venían una película, seleccionada para ellos, pero también podían ver una función de títeres, salían a pintar. Hacíamos infinidad de cosas todos los domingos. Además había merienda, se repartían jugos, siempre conseguíamos galletas, chocolates. Teníamos un periódico, que se llamó Zootropo, luego Juguete Mágico. El programa era muy atractivo para la familia, porque costaba muy poco dinero. Igual con los talleres: también se imparten de esa manera.

 

Títiri-we

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—Yo he logrado que los niños se entusiasmen con locura viendo películas de Georges Meliès, cuando entienden quién fue Meliès, cuál es su valor en la historia del cine. O que comprendan a Chaplin, que trabajen sobre él, que se interesen por su vida. Esta es la manera en que lo conseguí, cuando hacía los talleres dedicados a Chaplin: contar la vida de él, porque Chaplin fue un niño de la calle. Los niños se conmueven muchísimo con esa historia. Ven después el surgimiento del artista, de la obra de Charles Chaplin, y terminaban haciendo teatro, haciendo gags, cantidad de cosas referidas a lo que han visto. En la medida en que se les acerquen todas estas posibilidades, los niños responden maravillosamente, y cambian. Después de que salen de esos talleres, de esas experiencias son más exigentes.

 

—¿Cómo ve usted el cine para niños en Venezuela?

 

—Últimamente no estoy muy enterada, porque tengo una vida muy ocupada. Estamos haciendo dos programas semanales, una hora de televisión. Pero, en cuanto a lo que ha surgido con la producción nacional independiente, creo que ha sido sumamente interesante. Es algo que agradezco muchísimo, no por mí sino por todas las personas que tenemos esta profesión. La producción nacional independiente está haciendo muchos programas para niños. Vive TV ha comprado desde sus inicios. Nosotros comenzamos a trabajar respaldados por Vive, después del segundo programa, y pudimos hacer 18, que ese canal todavía transmite. Ahora, en TVES, estamos haciendo la tercera temporada de Los Niños de Venezuela. Esa es una oportunidad que nunca habíamos tenido.

 

—¿Qué realizadores han sido importantes en su formación como cineasta?

 

—A mí siempre me gustó McLaren, la animación canadiense. Me gustó siempre lo experimental. Me inspiré mucho en Hermina Tyrlova. Por Tyrlova siempre he tenido una admiración profunda, desde cuando estaba en la Cinemateca. La Cinemateca tiene en su archivo parias películas preciosas en 16 mm de ella. Creo que es un tesoro, no sé si las muestran. Yo veía fotos de Hermina Tyrlova en esas revistas checas que llegaban en aquel tiempo, y siempre la veía trabajando, ya vieja. Siempre pensé que iba a ser como ella, como era tan inquieta y tenía tantos altibajos emocionales. Decía: “Tengo esperanzas. Si llego a vieja me voy a dedicar a la animación, porque voy a estar tranquila, voy a ser paciente”. Aunque no sé si voy a llegar a los niveles de realización de ella.

 

—Usted tiene una larga experiencia viendo cine para niños y trabajando con él. ¿Podría decir tres o cuatro características que debe tener una película para niños de calidad?

 

—Principalmente tiene que tener un nivel profesional de realización, porque los niños son sumamente exigentes. A lo mejor no lo tienen a nivel consciente, porque están acostumbrados a falsos valores, a un contenido que no nos interesa, pero ven producciones bien hechas. Entonces, tiene que tener un alto nivel profesional. Luego, tiene que ser entretenido. Tiene que ser divertido, lograr que al niño le interese, no necesariamente con tonterías, o con chistes o ese tipo de cosas que mucha gente cree que hay que hacer, sino con cualquier tema. Hay que buscar la manera de que el niño se concentre en lo que está viendo, le interese. Y tiene que tener colores, aunque yo he logrado que los niños vean películas en blanco y negro. Finalmente, en Venezuela debe ser un trabajo cultural y educativo. Lo que hace falta en el país es educación y cultura. No hay vuelta con eso. 

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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