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entrevista
"He logrado que los niños se entusiasmen
con locura viendo películas de Georges Meliès, cuando entienden quién
fue Meliès"
Titiri-we: el canto de la noche, de Viveca Baíz, es otro de los
cortometrajes venezolanos que comienzan a tener corrida en festivales
internacionales. Ganó el segundo premio en el Festival de Animación Animagyc,
en Perú, y acaba de ser seleccionado para el Festival Cinesul, en Río de
Janeiro, por ejemplo. En el país se hizo acreedor, además, del premio en la
categoría de animación en el Festival de Video de Paraguaná.
La película
destaca por varias razones. En primer lugar, por la técnica y el vínculo
entre ella y el proceso de realización. Titiri-we relata el mito de
la creación de la noche de los yanomami, y sus imágenes fueron hechas a
partir de los dibujos hechos por los niños de una comunidad de este pueblo
indígena en el estado Amazonas. Pero es también una película en la que se
utiliza la animación digital y el 3D. La combinación del dibujo manual, y su
huella gráfica en el filme, con la textura característica del trabajo en
computadora le dan al arte del filme un aspecto peculiar. Además, está el
interés que despierta la historia por sí misma: la película es una forma de
difundir una muestra de la cultura y creatividad de los yanomani, y lo hace,
además, de una forma que resulta entretenida, tanto para los adultos como
para los niños.
Viveca Baíz ha desarrollado una larga trayectoria en el país en el campo
de la promoción del cine entre los niños, que comprendió 10 años a cargo de
los domingos infantiles de la Cinemateca Nacional. En el campo del cine de
animación ha sido autora del cortometraje La equilibrista o la realidad y
el deseo (1993). En la actualidad lleva a cabo una intensa actividad
como productora y directora de la serie de televisión infantil Los Niños de
Venezuela. Vértigo aprovechó la coyuntura de la inclusión de
Titiri-we en la selección oficial de Cinesul para conversar con Baíz.
—¿Cómo fue el proceso de realización de Titiri-we?
—Yo
le presenté al Conac un proyecto para hacer un taller. Yo trabajé mucho
con talleres, hice mucha docencia con niños, por muchos años. Por la
afición que tengo por el dibujo propuse un taller de dibujo para hacerlo
con niños yanomani. Por otro lado, ya había hecho el programa piloto de
Los Niños de Venezuela, Manicuare. Donald Myerston, el productor,
y yo nos fuimos a Mavaca, en el estado Amazonas. Allí comencé a hacer el
taller mientras Donald iba grabando. Fue un proceso largo para conseguir
el permiso para entrar en esa zona de protección, para que los hermanos
salesianos nos dieran un lugar para quedarnos a dormir. También estuvo
el viaje hasta Puerto Ayacucho, luego conseguir la avioneta para llegar
a La Esmeralda, después cuatro horas en voladora para llegar a Mavaca.
Eso es profundo, es lejos. Nosotros nos instalamos ahí y estuvimos cerca
de 10 días trabajando con una comunidad, haciendo el taller de dibujo.
Al tercer día empezamos a ver las grabaciones y surgió la idea de hacer
otro programa de Los Niños de Venezuela con lo que estábamos haciendo en
ese momento. Empezamos a grabar a los niños, no sólo dibujando y no sólo
en el taller. Empezamos a salir con ellos. Fuimos a la selva, a caminar.
Grabamos los juegos, los baños en el río. Toda la cosa. Vinimos con todo
ese material a Caracas. Por un lado, los dibujos los utilicé para el
diseño de los dibujos de Titiri-we, y con el material hicimos ese
programa, que realmente ha sido principal en la serie, y ya tenemos como
35 capítulos. A todo el mundo le gusta, ha ganado premios. Lo he llevado
a escuelas y, claro, los niños, que estudian que Venezuela tiene
indígenas, la Colonia y los conquistadores, no tienen nunca la noción de
lo que son los indígenas. Cuando ven que hay niños que viven en otra
zona del país, y que tienen palitos que se meten en la nariz, se
impresionan muchísimo.
—Una de las cosas que me parece interesante de Titiri-we es la
combinación de técnicas. Está por una parte un trabajo de dibujo y hay
computadora...
—Es
animación experimental porque maneja técnicas mixtas. A mí me gusta
dibujar. Nunca puedo hacerlo, porque no tengo tiempo, pero me dedico a
que los niños dibujen. Hay una marca en los niños de Venezuela y es que
siempre dibujan. Todos los programas se inician con un taller de dibujo.
La animación que me planteo es como darme la oportunidad de dibujar yo.
Eso fue lo que hice con Titiri-we. Hice todos los dibujos, se
escanearon y luego se hicieron las escenografías, antes del diseño de
los personajes en la técnica 3D.
—¿Por qué se planteó el corto con esa combinación de técnicas?
—Porque este corto fue como una escuela. Yo no tenía muchas
oportunidades de hacer animación porque es un trabajo sumamente difícil,
sumamente costoso y que requiere mucha paciencia. Además, resulta que me
encontré en una nueva encrucijada. Todo lo que había aprendido de Félix
Nakamura, de Jesús Quesada, de haber hecho La equilibrista, de
todo ese tiempo que estuve trabajando en la animación, que fue también
poco tiempo porque era todo muy esporádico, ahora no vale. Ahora hay una
revolución tecnológica y la animación es digital. Empecé con Titiri-we
y me di cuenta de que lo que sabía, lo que ya había experimentado,
que era trabajar con acetato ya no era así. Tenía que iniciar un nuevo
aprendizaje. Por supuesto, tenía que trabajar con otras personas, porque
uno no lo puede hacer todo, y comencé a hacerlo con dos jóvenes: primero
con Efraín Contreras y luego con Miguel Ángel Méndez. Con esos dos
animadores fue que se hizo la película.
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—Fue en
la práctica que se fue consiguiendo el método de trabajo. En la medida
en que las cosas se iban logrando yo iba definiendo también cómo quería
que fuese la película. Tuve que hacer muchas concesiones, porque llegó
un momento en que ya no tenía más recursos, no teníamos tiempo y había
que sacar al aire Titiri-we. Este es un proyecto que comenzó
antes de que se muriera David Suárez, en 1995. Yo hablaba con David
sobre la idea de hacer un corto sobre un mito indígena. El guión lo hice
con Volkmar Ziegler, que es un cineasta alemán que estuvo aquí, en
Venezuela. Y, por supuesto, Donald hizo la producción. Sin él no hubiera
podido hacer la película, porque fue la persona que me respaldó todos
esos años y que me dio todo el apoyo tecnológico que necesité para poder
llevarla adelante. Daniel Goldschlager fue nuestro asesor técnico.
—¿De dónde viene la relación con Volkmar Ziegler?
—Es
un amigo. Fue el que me abrió el mundo indígena. Él vino a presentar las
películas que hizo sobre los yanomani en un festival indígena, como en
1989. Nos conocimos, y a partir de allí yo empecé a comprender la
cultura indígena, por la relación con él, las películas que vi. Estuve
muchos años informándome sobre los yanomani, fui a Brasil. Creo que, sin
ser una antropóloga, por supuesto, me acerqué bastante a su cultura.
Sobre todo, aprendí a comprender y a querer a los indígenas venezolanos,
y hoy en día tengo cuatro programas de Los Niños de Venezuela dedicados
a ellos. He trabajado con los añú, con los wayúu, ahorita estuve en una
comunidad kariña, y con los yanomani.
—Volviendo a la pregunta, ¿por qué la combinación de técnicas? Se pudo
haber hecho todo el corto en 3D, por ejemplo, pero usted decidió
conservar el elemento gráfico original.
—Porque lo que te dije: porque tengo afición por el dibujo. Estoy
comenzando ahora un proyecto de animación, de mucho más largo alcance, y
la idea es continuar con este mismo método, porque ha funcionado. A la
gente le gusta, a mí me gusta. Se ve original, no como otras películas
de animación. Entonces, en vez de ponerme otra vez a experimentar y a
ver qué es lo que voy a hacer, es mejor seguir por la misma línea y
mejorar el trabajo. Sobre todo en la animación, el movimiento de los
muñecos, que no me dejó tan conforme. Para el nuevo proyecto estamos a
la búsqueda de una coproducción; estamos buscando animadores, aquí, en
el país, o fuera del país. Es un largometraje que vamos a iniciar
pronto.
—Cuando se trata de historias indígenas, hay un lugar común un poco
problemático que es asociarlas con niños. ¿Cree que hay posibilidad de
hacer historias indígenas para adultos?
—Pienso que Titiri-we la puede ver cualquiera. Es para todo
público. Lo que pasa es que yo trabajo para niños, y mi mente está hecha
en función de eso. Después me di cuenta de que también trabajo para
adultos. Los Niños de Venezuela es un programa para la familia. Yo lo he
ido aceptando, en el sentido de que necesito el apoyo de los padres, de
los maestros, de la gente que está cerca de los niños. Es importante que
participen, porque da una serie de valores que es importante que los
adultos que ven los programas los puedan tomar para ponerlos en
funcionamiento en niños. También es importante lo indígena porque hay
que despertar conciencia. Si de alguna manera los niños crecen con la
conciencia de que todos somos venezolanos, se puede crear una
generosidad más grande para entender los problemas del país, sin tanta
discriminación.
—En el trabajo con el cine para niños en Venezuela siempre ha sido
importante acompañar las proyecciones de otro tipo de actividades. ¿Por
qué?
—Porque hay que motivar. Hemos tenido una pésima experiencia con la
televisión basura que hemos tenido, como ha sido, aunque mucha gente no
lo quiera aceptar, toda la programación que le dio Radio Caracas o
Venevisión a la familia venezolana. La gente, al final de cuentas, ha
quedado maltratada en su intelecto, en su formación, en sus valores.
Hemos tenido también siempre mucho cine norteamericano, mucho cine de
violencia para los niños. Entonces hoy en día cuesta que los niños que
tienen algo de edad estén interesados en películas culturales o en
películas hechas en Venezuela, y hay que motivarlos. Eso es lo que yo
hice siempre en el tiempo en que trabajé en la Cinemateca Nacional, que
fueron 10 años. En todos los domingos infantiles de la Cinemateca la
sala se llenaba, y era porque se combinaba el cine con actividades
especiales. Los niños venían una película, seleccionada para ellos, pero
también podían ver una función de títeres, salían a pintar. Hacíamos
infinidad de cosas todos los domingos. Además había merienda, se
repartían jugos, siempre conseguíamos galletas, chocolates. Teníamos un
periódico, que se llamó Zootropo, luego Juguete Mágico. El
programa era muy atractivo para la familia, porque costaba muy poco
dinero. Igual con los talleres: también se imparten de esa manera.
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—Yo he
logrado que los niños se entusiasmen con locura viendo películas de
Georges Meliès, cuando entienden quién fue Meliès, cuál es su valor en
la historia del cine. O que comprendan a Chaplin, que trabajen sobre él,
que se interesen por su vida. Esta es la manera en que lo conseguí,
cuando hacía los talleres dedicados a Chaplin: contar la vida de él,
porque Chaplin fue un niño de la calle. Los niños se conmueven muchísimo
con esa historia. Ven después el surgimiento del artista, de la obra de
Charles Chaplin, y terminaban haciendo teatro, haciendo gags, cantidad
de cosas referidas a lo que han visto. En la medida en que se les
acerquen todas estas posibilidades, los niños responden
maravillosamente, y cambian. Después de que salen de esos talleres, de
esas experiencias son más exigentes.
—¿Cómo ve usted el cine para niños en Venezuela?
—Últimamente no estoy muy enterada, porque tengo una vida muy ocupada.
Estamos haciendo dos programas semanales, una hora de televisión. Pero,
en cuanto a lo que ha surgido con la producción nacional independiente,
creo que ha sido sumamente interesante. Es algo que agradezco muchísimo,
no por mí sino por todas las personas que tenemos esta profesión. La
producción nacional independiente está haciendo muchos programas para
niños. Vive TV ha comprado desde sus inicios. Nosotros comenzamos a
trabajar respaldados por Vive, después del segundo programa, y pudimos
hacer 18, que ese canal todavía transmite. Ahora, en TVES, estamos
haciendo la tercera temporada de Los Niños de Venezuela. Esa es una
oportunidad que nunca habíamos tenido.
—¿Qué realizadores han sido importantes en su formación como cineasta?
—A mí
siempre me gustó McLaren, la animación canadiense. Me gustó siempre lo
experimental. Me inspiré mucho en Hermina Tyrlova. Por Tyrlova siempre
he tenido una admiración profunda, desde cuando estaba en la Cinemateca.
La Cinemateca tiene en su archivo parias películas preciosas en 16 mm de
ella. Creo que es un tesoro, no sé si las muestran. Yo veía fotos de
Hermina Tyrlova en esas revistas checas que llegaban en aquel tiempo, y
siempre la veía trabajando, ya vieja. Siempre pensé que iba a ser como
ella, como era tan inquieta y tenía tantos altibajos emocionales. Decía:
“Tengo esperanzas. Si llego a vieja me voy a dedicar a la animación,
porque voy a estar tranquila, voy a ser paciente”. Aunque no sé si voy a
llegar a los niveles de realización de ella.
—Usted tiene una larga experiencia viendo cine para niños y trabajando
con él. ¿Podría decir tres o cuatro características que debe tener una
película para niños de calidad?
—Principalmente tiene que tener un nivel profesional de realización,
porque los niños son sumamente exigentes. A lo mejor no lo tienen a
nivel consciente, porque están acostumbrados a falsos valores, a un
contenido que no nos interesa, pero ven producciones bien hechas.
Entonces, tiene que tener un alto nivel profesional. Luego, tiene que
ser entretenido. Tiene que ser divertido, lograr que al niño le
interese, no necesariamente con tonterías, o con chistes o ese tipo de
cosas que mucha gente cree que hay que hacer, sino con cualquier tema.
Hay que buscar la manera de que el niño se concentre en lo que está
viendo, le interese. Y tiene que tener colores, aunque yo he logrado que
los niños vean películas en blanco y negro. Finalmente, en Venezuela
debe ser un trabajo cultural y educativo. Lo que hace falta en el país
es educación y cultura. No hay vuelta con eso.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |