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críticas
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Completamente a
merced
Primer plano de una pecera en la que hay dos pececitos, decorada con un
dibujo de la ciudad, colocado detrás del vidrio del fondo. La imagen con
que comienza 4 meses, 3 semanas y 2 días (4 luni, 3 saptamani
si 2 zile, 2007), la película rumana ganadora de la Palma de Oro en
el Festival de Cannes de 2007, plantea el tema. Más que del aborto, se
trata de un filme sobre esa intensa opresión que se manifiesta como un
entrampamiento cotidiano, un día a día de la asfixia. Aunque la historia
se desarrolla en 1987, en el ocaso de una de las más represivas
dictadura comunista en Europa Oriental, es hacia la capilaridad del
poder que dirige la atención el director y guionista, Cristian Mungiu, y
no a la persecución política o a la locura del espionaje, como en La
vida de los otros de Florian Henckel von Donnersmarck (Das Leben
der Anderen, 2006). La decisión de poner fin al embarazo figura en
este contexto principalmente como un intento de romper las barreras y
vencer los obstáculos y amenazas que permanentemente acechan para que
nadie pueda hacerse dueño de su destino en una sociedad como esa. En la
posibilidad de decidir sobre el propio cuerpo, argumento central a favor
de la legalización del aborto en los países democráticos, está implícita
en este caso lucha por poder decidir sobre la propia vida. El esfuerzo,
en síntesis, por ser una persona y no un objeto de la voluntad ajena.
Pero el deseo de tener un respiro de libertad
individual no es empeño individualista en el filme. Otilia, la
protagonista (Anamaria Marinca), se hecha sobre los hombros buena parte
de la responsabilidad de disponer las cosas para que su amiga y
compañera de cuarto en la residencia estudiantil, Gabita (Laura Vasiliu),
pueda hacer lo necesario para no tener el hijo que no desea. Otilia sabe
que Gabita es una persona débil. Sin embargo, no saca partido de ello,
como es propio del darwinismo que caracteriza la sociedad en la que
viven, donde la gente está continuamente dispuesta a convertirse en
depredadora de los demás. Entre ellas dos hay solidaridad y, por ende,
interdependencia. Así como Gabita dejaría de ser la muchacha que es, y
la profesional que quiere ser, si se convierte en madre sin haber
terminado los estudios, Otilia tampoco puede ser Otilia sin Gabita.
Tampoco se trata de que sean dos amigas contra el mundo. Un vínculo no
tan intenso pero similar parece haber también entre Otilia y los
compañeros que habitan en la residencia de estudiantes. Al comienzo de
la película la cámara la sigue muy de cerca en sus recorridos por el
piso donde está el cuarto de ella y Gabita, haciéndose eco del estilo
que acuñaron Luc y Jean-Pierre Dardenne en Rosetta (1999) y El
hijo (Le fils, 2002), entre otros filmes. El itinerario de la
protagonista muestra cómo se entreteje la vida de una comunidad que
sobrevive en una convivencia tan estrecha que cualquiera puede entrar en
el cuarto de duchas sin que cause disgusto en quien está bañando, por
ejemplo. Es un grupo que también tiene su propia economía de
contrabando, que les provee de comodidades como jabón y cosméticos, e
incluso de cultura. Uno de los estudiantes tiene una colección de VHS
pirateados en la que hay clásicos de Hollywood. En esto Mungiu ilumina
un aspecto de la realidad que es oscuro para los hermanos belgas: cómo
los productos de consumo masivo, aunque satisfacer las necesidades no
sea el fin principal con el que son creados, pueden contribuir a
expandir un poco el horizonte de aquellos a los que se les impone una
forma de vida tan gris como a los personajes de 4 meses, 3 semanas y
2 días. El director, al igual que Jia Zhangke, en China, es sensible
a una de las ironías del socialismo: los que hicieron cola para ver a
Lenín en su mausoleo, lo harán después para ir a un McDonald’s.
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Pero
todo cambia cuando Otilia sale del instituto y se adentra en la ciudad
fría, gris y hostil. La transición es marcada cuando el travelling que
seguía los pasos de la protagonista se detiene y se la ve alejándose de
la cámara para tomar el autobús. En la representación de ese mundo
exterior también entra en juego los préstamos de la temática y la forma
de filmar características de los Dardenne, con el componente adicional
de destreza técnica de haberlo hecho en 35 mm en este caso, y no en
video ni en 16 mm, formato que usan siempre los directores de Rosetta.
Si la
protagonista de esa otra película es un ser humano bestializado por la
sociedad, que le impone la necesidad de convertirse en un depredador,
Otilia es lo contrario: una persona que intenta conservar su humanidad
en la deshumanización. La búsqueda de la posibilidad de decidir sobre su
destino, y de ayudar a Gabita a hacerlo, es también una resistencia
contra todas las fuerzas que presionan para que deje de ser una persona.
Incluso hay algo de ingenua esperanza en eso. Ambas preparan café y
compran pastelitos para ofrecérselos al hombre que habrá de practicar el
aborto, como si creyeran que van a encontrar en él otro ser humano
comprensivo y solidario. Una de las crueles ironías del filme es que es
objetivo en esto: al salirse del cauce de la represión legal, se ponen
completamente a merced del abortista, que usa su poder para humillarlas
y abusar de ellas. En una sociedad de lobos, tratar a alguien como
persona no es sino darle una ventaja de la que sacará partido sin duda.
Muchos otros peligros acechan a cada paso en la jungla social que debe
atravesar Otilia para lograr su objetivo. La palabra no es exagerada: se
trata de una selva en sentido estricto, en la medida en que Mungiu supo
darle espesor y oscuridad. Cada secuencia tiene un trasfondo lleno de
detalles reveladores de múltiples obstáculos y amenazas que no sólo
afectan a la protagonista y a su amiga sino a la sociedad en su
conjunto. Por comentarios de los personajes el espectador se entera de
que Otilia decidió estudiar tecnología para no volver al pueblo en el
campo en el que nació, por ejemplo, pero también de que la relación con
su novio se ve amenazada por el hecho de que el estado habrá de
asignarle un empleo, cuando se gradúe, donde se considere que es
necesario, no donde ella quiera. Y a pesar de que viven en el socialismo
existen los privilegios y la discriminación. La familia del novio de
Otilia y sus amigos, gente enchufada en el poder, maltratan a la
muchacha, sin que parezcan tener conciencia de ello, llamándola persona
“sencilla” porque es del campo.
En el
fondo de algunos planos del filme también puede verse gente haciendo
cola en las tiendas, o que pide a alguien que se ponga en la fila para
poder conseguir azúcar. También se menciona de pasada que el gas está
racionado. Esa es otra dura ironía de la película: en una sociedad en la
que escasean los bienes esenciales, aunque supuestamente sea la tarea
del socialismo distribuirlos de forma racional, los productos que se
consideran superfluos, desde el punto de vista de los que creen posible
administrar la economía para satisfacer las necesidades de la población,
como los caramelos, los cosméticos y los cigarrillos importados, abundan
y son moneda de cambio para obtener favores. Aunque también se supone
que cada quien está en un puesto porque ha sido colocado por el estado
para servir a la sociedad, o los empleados no muestran ningún interés
por hacer eficientemente el trabajo o lo convierten en una franquicia.
Para hacer que actúen diligentemente está sobreentendido que las
peticiones deben estar acompañadas de una cajetilla de Kent, por
ejemplo.
Más
allá de todo eso, hay otra amenaza que permanentemente acecha a la
protagonista. Es la de las autoridades encargadas de vigilar a la
población, y que usan su cuota de poder para abusar. Si bien no utilizan
espectaculares equipos de espionaje como en La vida de los otros,
los policías –y los que actúan como tales– son omnipresentes en la
película: la boletera es vista como una amenaza por Otilia, cuando sube
a un autobús con el dinero para el aborto en el bolso; el personal del
hotel exige a las personas que dejen el documento de identidad en la
recepción y controla celosamente el movimiento de los huéspedes. Además,
tienen relaciones de estrecha amistad con los agentes del orden.
Paradójicamente, el resultado del exceso de vigilancia es una permanente
sensación de inseguridad, que incluye la posibilidad de ser víctima del
crimen. En dos de las secuencias mejor logradas de la cinta, la cámara
vuelve a seguir muy de cerca a Otilia, al estilo Dardenne, cuando corre
de puro miedo por las calles, como lo haría cualquiera en Caracas a la
misma hora, en una oscuridad que hace que la ciudad sea más jungla que
nunca. Todo ocurre de noche y, como en la espesura, los peligros no se
ven pero se oyen: disparos, vidrios rotos, la radio de una patrulla,
todo en off y en contrapunto con el sonido de la agitada respiración de
ella.
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Como
consecuencia de tanta presión, nadie parece decir nunca la verdad en el
filme. Gabita le da por teléfono al abortista información que es
esencialmente falsa sobre su caso, incluido el tiempo que lleva
embarazada. El “Doctor Bebé”, como se hace llamar el personaje, tiene un
nombre que suena a seudónimo y al abandonar el hotel deja su
identificación abandonada en la recepción, por lo que se deduce que es
falsa. Gabita incluso le oculta detalles a Otilia, y algunos de los
errores que parece cometer, y que complican las cosas para ella y su
amiga, son decisiones que toma de manera inconsulta.
Otra
de las lúcidas intuiciones de Mungiu para revelar la crueldad de la
opresión es que el corolario de esa falta de franqueza, incluso en una
relación tan íntima como la de las dos muchachas, es que terminan
cayendo en las acusaciones mutuas cuando las cosas salen de una forma
diferente de cómo las habían planeado. La opresión alcanza su mayor
triunfo cuando logra agrietar los afectos, y hace que la gente culpe a
las personas que más quiere de la crueldad del sistema. Esto significa,
además, que 4 meses, 3 semanas y 2 días no es una épica de la
resistencia humana de Otilia: ella también flaquea, se deja caer y, lo
peor de todo, se aísla y se siente más como alguien con un destino
individual en la medida en que su sufrimiento es más intenso, y la
distancia más de su novio y de Gabita. La angustia la arranca de ese
mundo de solidaridades e interdependencias en el que el filme la situó
al comienzo. El trabajo de Anamaria Marinca es excepcional en este
respecto: el proceso que vive el personaje, desde que sale de la
residencia en la mañana hasta que se sienta a comer con Gabita en el
restaurante del hotel, al final, va dejando huella tras huella en su
rostro.
El
plano final de Rosetta muestra a la protagonista del mismo nombre
en el momento de levantar los ojos hacia otra persona para clamar por la
ayuda que necesita para salir del infierno en que vive, y que la ha
reducido a la condición de animal, y volver a ser plenamente humana. En
4 meses, 3 semanas y 2 días el grito de auxilio se dirige al
espectador: Otilia, quien ha estado conversando con Gabita, voltea y
mira a la cámara justo antes de que se produzca el corte abrupto que
pone fin al filme. En una sociedad deshumanizada pero con ciertas
libertades, como aquella en la que se desarrolla la cinta de los
hermanos Dardenne, el éxito de la solidaridad es una posibilidad que
está sobre el tapete. En el estado socialista donde transcurre la
película de Mungiu no. Hacerse dueño de la propia vida y tomar el
control del propio destino es algo que no puede ser alcanzado en un
régimen como el que padeció Rumania hasta hace muy poco, aunque se tenga
una amiga como Otilia, y por eso el personaje tiene ese gesto,
políticamente tan problemático, que consiste en una suerte de pedido de
ayuda de afuera. Sin estar de acuerdo con las connotaciones que podrían
verse en ese final, tampoco puede pasarse por alto que es la voz de la
experiencia la que habla desde la película de Cristian Mungiu.
4
MESES, 3 SEMANAS Y 2 DÍAS
4
luni, 3 saptamani si 2 zile,
Rumania, 2007
Dirección y guión:
Cristian Mungiu. Producción: Cristian Mungiu, Oleg Mutu.
Diseño de producción: Michaela Poenaru. Fotografía: Oleg Mutu.
Montaje: Dana Bunescu. Sonido: Titi Fleancu, Cristian
Tarnovetchi. Elenco: Amamaria Marinca (Otilia), Laura Vasiliu
(Gabita), Vlad Ivanov (doctor Bebé), Alexandru Potocean (Adi), Luminita
Gheorghiu (Gina, la madre de Adi), Adi Carauleanu (Grigore, padre de Adi).
Duración: 113 minutos. Formato: Super 35 mm con intermedio
digital, anamórfico, 2,35:1, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |