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críticas
El espadachín
pistolero
Además de una adaptación de la serie de novelas de Arturo Pérez-Reverte,
Alatriste (2006) pareciera ser una suerte de revancha histórica
necesaria de España a través del cine. Por razones nacionales y
religiosas obvias, las historias sobre el imperio que comenzaron a
forjar los Reyes Católicos han sido contadas por Hollywood desde la
perspectiva de los enemigos: los anglosajones protestantes. En
consecuencia, la reina Isabel, patrona de los piratas, y Francis Drake,
ladrón de navíos y saqueador de ciudades hispanoamericanas, son los
buenos en las películas, y los villanos son los monarcas de la
península, como Felipe II. En el filme dirigido por Agustín Díaz Yanes,
por el contrario, el héroe es un soldado católico de España, cuyo temple
se forjó en las cruentas guerras de Flandes. Y es también un personaje
al que le cuesta ocultar su descontento por la incapacidad y corrupción
de los gobernantes, por la miseria a la que han sometido al país,
enriquecido con el oro de América, y quizás tiene rabia de Dios. En este
sentido también se diferencia de los personajes que pudieran decir “God
save the Queen” porque les deja una parte del botín.
La
película tiene debilidades, especialmente por un guión que pareciera
reunir retazos de diversas historias, no lo suficientemente bien
ensamblados, y es incapaz de construir un clímax. Tampoco parecieran
funcionar bien en el cine las referencias cultas de la obra literaria:
la amistad del capitán con Francisco de Quevedo y su afición a las artes
plásticas. Sin embargo, Alatriste tiene sus virtudes. En primer
lugar, por la reconstrucción de la época, que no prescinde de
iluminadores detalles acerca de la vida cotidiana –por ejemplo, sobre la
forma de alimentarse y de vestir de los soldados–. También es
estéticamente acertada la forma de representar cinematográficamente el
mundo donde se desarrolla la historia, a través de un estilo de
inspiración barroca, especialmente en lo que respecta al tratamiento
realista y con detenimiento en los detalles escatológicos, y en lo que
concierne al uso de la luz en ciertas escenas, que parece inspirado por
la pintura.
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Pero
por sobre todo el filme sobresale por la traslación al cine del
personaje literario, el melancólico capitán encarnado magistralmente por
Viggo Mortensen, que puso toda su experticia hollywoodense en la
interpretación de una figura que, si bien es de una sola pieza,
manifiesta una profundidad telúrica que proviene de la encarnación de
una justicia superior y opuesta a la del orden social. El protagonista
aparece frecuentemente ataviado con un enorme sombrero, y lleva unas sucias y desgastadas botas, lo
cual establece cierta similitud entre el que debería ser un héroe de
capa y espada, y los vaqueros de otras películas. A la ligereza que
permite a D’Artagnan y sus parientes cinematográficos saltar sobre
sillas y mesas, mientras luchan con la espada contra sus rivales, se
contrapone la lentitud y el peso de Alatriste, que son las
características del pistolero del lejano Oeste. Si John Woo se inspiró
en los espadachines para crear a los gangsters pistoleros de sus filmes
sobre la mafia hongkonesa, Díaz Yanes –salvando las distancias– puso la
espada en manos de quien quizás debió haber tenido un Winchester.
El
capitán Alatriste es también un personaje trágico, casi en el sentido
estricto de la palabra. Es objeto de un azaroso destino que trazan para
él fuerzas políticas y sociales que lo trascienden. Al campo de batalla
es enviado por decisiones que corresponden más a las pasiones e
intereses de los poderosos que a la lógica militar. Como todo hombre que
ha destacado por sus destrezas en el campo de batalla, cuando vuelve a
casa necesita poner su espada al servicio de los partidos, tal como
empezaba a llamarse en aquella época a la clientela política que se
tejía alrededor de las figuras con poder, o que aspiraban a tenerlo.
En el
alma del capitán bulle el descontento contra esas mismas fuerzas, por la
falta de pago, tanto a él como al resto de los soldados, así como por
las duras condiciones de supervivencia en el frente de batalla, donde
pasa hambre y frío junto con sus compañeros. Ama también
apasionadamente, pero la única mujer que está a su altura, y a la que
conquista con su valía de hombre, le está vedada por la sociedad. Debe
compartirla con otros, y hasta que el rey mismo pretende reservársela
para sí. Toda esta rabia se manifiesta continuamente con reclamos a los
que pone sordina la plena conciencia de la impotencia, pero que
continuamente se repiten. También en gestos de protesta como hacer
ostentación de su vestimenta ajada y sus botas rotas en las entrevistas
con personajes poderosos, y expresar, a través de velados comentarios,
que no reconoce la legitimidad de la autoridad real ni cree en las
recompensas y castigos del cielo. El punto es que el anhelo de justicia
que Alatriste encarna, y por el cual sus compañeros también le reconocen
como líder, no tiene praderas desiertas para manifestarse. Es sofocado
por la asimetría entre su voluntad y los engranajes del poder, que
terminan por permitirle morir dignamente aplastado.
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Hay
mucho de lugar común en eso de hacer de la corrupción la diana de las
protestas por los males sociales, y ese es el meollo de la crítica que
hace la película a la decadencia de España. Pero, más allá de eso,
Alatriste parece encarnar también la temprana queja de la nación que
forjó en su seno las más radicales respuestas políticas para deshacerse
de la tiranía, como la rebelión de los anarquistas en tiempos de la
República. Sobre ellos, sin embargo, el filme arroja, probablemente sin
proponérselo en modo alguno, la sombra de la ironía: los que creyeron
triunfar de esa manera, quizás tuvieron mejor suerte, pero también eran
un poco de cow boys, como el capitán Diego Alatriste.
ALATRISTE
España-Francia-Estados Unidos, 2006
Dirección y guión:
Agustín Díaz Yanes, basado en las novelas de Arturo Pérez-Reverte.
Producción: Álvaro Agustín, Antonio Cardenal. Fotografía:
Paco Femenia. Montaje: José Salcedo. Sonido: Pierre Gamet.
Música: Roque Baños. Elenco: Viggo Mortensen (Diego
Alatriste), Elena Anaya (Angélica de Alquézar), Unax Ugalde (Íñigo
Balboa), Eduard Fernández (Sebastián Copons), Enrico Lo Verso (Gualterio
Malatesta), Eduardo Noriega (conde de Guadalmedina), Ariadna Gil (María
de Castro), Juan Echavone (Francisco de Quevedo), Javier Cámara (conde
duque de Olivares), Blanca Portillo (fray Emilio Bocanegra), Simón Cohen
(Felipe IV). Duración: 147 minutos. 35 mm, 1,85:1, Color, Dolby
Digital, DTS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |