08/07
 
 
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Nuevos miedos latinoamericanos

Paralelamente a la globalización del cine de terror del Lejano Oriente, que ha llevado a trabajar en Estados Unidos a algunos de los principales directores –Takashi Shimizu (The Grudge, 2004), Hideo Nakata (The Ring 2, 2005), y Danny y Oxide Pang (The Messengers, 2007)–, al menos un par de realizadores latinoamericanos del género comienzan a ser conocidos más allá del subcontinente. El primero fue el cineasta underground argentino Adrián García Bogliano, realizador de Habitaciones para turistas (2004), quien no parece haber resultado una figura de fácil asimilación por la industria, aunque la película que le ha dado fama llegó a las salas estadounidenses. Más recientemente le ha tocado el turno al colombiano Juan Felipe Orozco, cuya suerte ha sido otra. Los derechos de Al final del espectro (2006), incluida en el Panorama del Nuevo Cine Colombiano que se exhibe en la Cinemateca Nacional, han sido adquiridos por la Universal para hacer un remake. Lo dirigirá el propio Orozco y será producido e interpretado por Nicole Kidman.

 

Si “terror” se entiende en un sentido más amplio, también podría añadirse a Guillermo del Toro a la lista de estos realizadores, con El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006). Pero quizás sería más exacto calificar su cine de fantástico, más que de terror. En todo caso, García Bogliano y Orozco beben de fuentes que no parecen ser las del mexicano. Con quien sí guardan correspondencia es con el chileno Alejandro Jodorowsky, en particular con el filme Santa sangre (1989), así como con otros realizadores cuyos nombres suenan como ecos lejanos en ese mapa incierto que probablemente sea el cine de terror latinoamericano. El brasileño José Mojica Marins o el colombiano Jairo Pinilla, por ejemplo.

 
Trailer de El triángulo de oro-La isla fantasma de Jairo Pinilla (1983)

¿Qué características comunes pudieran señalarse en las películas de Adrián García Bogliano y Juan Felipe Orozco? En primer lugar, el uso del video y, en general, una producción precaria. Sin embargo, esta frugalidad de medios no deviene en “cine imperfecto”, como Julio García Espinosa suponía que era el destino del cine latinoamericano a finales de los sesenta. Por el contrario, cintas como Habitaciones para turistas y Al final del espectro destacan principalmente por la técnica, que les permite hacer de las carencias virtud. En la película de García Bogliano, por ejemplo, hay un brillante uso de la oscuridad que, por una parte, permite ocultar los defectos del filme pero, a la vez, plantea un juego en el que el cine, arte que consiste en hacer ver, paradójicamente, muestra poco de lo que supuestamente sucede en la pantalla. Eso también ocurre en El proyecto de la bruja de Blair de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez (The Blair Witch Project, 1999), pero en la cinta argentina se trata de un estilo, no de la necesaria consecuencia lógica de un rebuscado recurso narrativo, como el hallazgo de las cintas de los excursionistas desaparecidos.

En lo que a técnica respecta, Detrás del espectro está todavía mejor lograda. En relación con este filme es necesario mencionar, en primer lugar, que se presenta como un compendio de los aportes del terror asiático, los cuales no sólo asimila creativamente sino que, en algunos casos, los expande. Esto incluye también las fuentes de realizadores como los hermanos Pang: las películas de Roman Polanski también son evocadas en la cinta de Orozco, en particular Repulsión (Repulsión, 1965) y El inquilino (Le locataire, 1976).

 
Trailer de Al final del espectro

En Detrás del espectro se exploran las posibilidades de movimiento que las ligeras cámaras de video ofrecen para expresar el estado de perturbación de Vega (Noëlle Schonwald). En los planos detalle que captan los movimientos nerviosos de la protagonista se saca provecho también de la textura creada por la continua pérdida y recuperación del foco, que también subraya la agitación interior de la muchacha. Además, en la cinta hay una continua manipulación del color con fines expresivos, la cual incluye, desde una forma de pasar del virtual blanco y negro al color sin solución de continuidad, hasta la coloración de algunos elementos del plano con fines específicos. Una alfombra, por ejemplo, es convertida así en una suerte de charco de sangre, al percibirse únicamente el rojo. Más trillado pareciera ser el uso del mismo color para destacar la sangre que llena una bañera. Sin embargo, en otras secuencias el agua no es roja sino negra, lo cual rompe la rigidez del presunto código.

De los filmes de la serie El aro Juan Felipe Orozco ha tomado, en primer lugar, el motivo del video como elemento fundamental de la historia, además del uso de los cabellos enmarañados como sucedáneo del maquillaje para la creación del personaje terrorífico. Asimismo, ha adoptado la estructura de pesadilla que es también característica del terror asiático, en especial de Shimizu. La película se desarrolla siguiendo el espiral de la paranoia de la protagonista. Pero es de su mente, y no de los rincones del apartamento en el que se encierra, de donde salen los fantasmas que la acechan. Incluso cuando aparece el verdadero peligro, proviene de personas de carne y hueso, tan enloquecidas como ella.

 

Lo más sobresaliente de Al final del espectro es justamente el vínculo entre el terror del filme y el terror de la vida real. Vega pide a su padre que la encierre en un apartamento porque necesita volver a establecer contacto con la realidad, según dice, para escapar del trauma que le causó un acontecimiento típico de la inexplicable y alucinante violencia latinoamericana: un desconocido lanzó una bomba molotov en una plaza de toros contra un equipo de filmación del cual ella formaba parte, y su novio quedó envuelto en las llamas. En el apartamento, además, cuya puerta le cuesta franquear incluso para botar la basura, la protagonista instala numerosas cámaras de vigilancia, con las que hace seguimiento a lo que ocurre en todas los ambientes a la búsqueda de lo que sólo está en las premoniciones de su imaginación. Quienes recurren a sistemas como éste en la vida real, pareciera decir la cinta, pretenden encontrar manifestaciones visibles del miedo, que no es algo material.

Juan Felipe Orozco es otro colombiano que ha incursionado en el cine proveniente de la publicidad. Con Al final del espectro pareciera abrir la ventana de nuevas posibilidades que pudieran ensayarse para la creación de un cine latinoamericano de género de calidad, hacia donde también apuntan las condiciones relativamente favorables al desarrollo de una producción continua de cine en países como Colombia. En todo caso, el filme es una afrenta a quienes aún desprecian el valor artístico del trabajo con las fórmulas de la industria, a pesar del reconocimiento que ello ha tenido en otras latitudes, gracias al trabajo de los realizadores de terror italianos, por ejemplo, o del mismo Jodorowsky en América Latina.

AL FINAL DEL ESPECTRO
Colombia, 2006

Dirección: Juan Felipe Orozco. Guión: Carlos Esteban Orozco, Juan Felipe Orozco. Producción: Alejandro Arango, Juan Felipe Orozco. Diseño de producción: Sara Millán. Fotografía: Manuel Castañeda, Luis Otero. Montaje: Germán Andrés Garcés, Caryl Deyn Korma. Sonido: José Roberto Jaramillo. Música: Carlos Esteban Orozco. Elenco: Noëlle Schonwald (Vega), Julieta Restrepo (Tulipán), Silvia de Dios (madre de Tulipán), Manuel José Chávez (Jairo), Carlos Serrato (vecino). Duración: 92 minutos. Video de alta definición inflado a 35 mm, 1.85:1, Color.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info