Paralelamente a la globalización del cine
de terror del Lejano Oriente, que ha llevado a trabajar en
Estados Unidos a algunos de los principales directores –Takashi
Shimizu (The Grudge, 2004), Hideo Nakata (The Ring
2, 2005), y Danny y Oxide Pang (The Messengers,
2007)–, al menos un par de realizadores latinoamericanos del
género comienzan a ser conocidos más allá del subcontinente.
El primero fue el cineasta underground argentino Adrián
García Bogliano, realizador de Habitaciones para turistas
(2004), quien no parece haber resultado una figura de
fácil asimilación por la industria, aunque la película que
le ha dado fama llegó a las salas estadounidenses. Más
recientemente le ha tocado el turno al colombiano Juan
Felipe Orozco, cuya suerte ha sido otra. Los derechos de
Al final del espectro (2006), incluida en el Panorama
del Nuevo Cine Colombiano que se exhibe en la Cinemateca
Nacional, han sido adquiridos por la Universal para hacer un
remake. Lo dirigirá el propio Orozco y será producido e
interpretado por Nicole Kidman.
Si “terror” se entiende en un sentido más
amplio, también podría añadirse a Guillermo del Toro a la
lista de estos realizadores, con El espinazo del diablo
(2001) y El laberinto del fauno (2006). Pero
quizás sería más exacto calificar su cine de fantástico, más
que de terror. En todo caso, García Bogliano y Orozco beben
de fuentes que no parecen ser las del mexicano. Con quien sí
guardan correspondencia es con el chileno Alejandro Jodorowsky, en particular con el
filme Santa sangre (1989), así como con otros
realizadores cuyos nombres suenan como ecos lejanos en ese
mapa incierto que probablemente sea el cine de terror
latinoamericano. El brasileño José Mojica Marins o el
colombiano Jairo Pinilla, por ejemplo.
Trailer de El triángulo de oro-La
isla fantasma de Jairo Pinilla (1983)
¿Qué características comunes pudieran
señalarse en las películas de Adrián García Bogliano y Juan
Felipe Orozco? En primer lugar, el uso del video y, en
general, una producción precaria. Sin embargo, esta
frugalidad de medios no deviene en “cine imperfecto”, como
Julio García Espinosa suponía que era el destino del cine
latinoamericano a finales de los sesenta. Por el contrario,
cintas como Habitaciones para turistas y Al final
del espectro destacan principalmente por la técnica, que
les permite hacer de las carencias virtud. En la película de
García Bogliano, por ejemplo, hay un brillante uso de la
oscuridad que, por una parte, permite ocultar los defectos
del filme pero, a la vez, plantea un juego en el que el
cine, arte que consiste en hacer ver, paradójicamente,
muestra poco de lo que supuestamente sucede en la pantalla.
Eso también ocurre en El proyecto de la bruja de Blair
de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez (The Blair Witch
Project, 1999), pero en la cinta argentina se trata de
un estilo, no de la necesaria consecuencia lógica de un
rebuscado recurso narrativo, como el hallazgo de las cintas
de los excursionistas desaparecidos.
En lo que a técnica respecta, Detrás
del espectro está todavía mejor lograda. En relación con
este filme es necesario mencionar, en primer lugar, que se
presenta como un compendio de los aportes del terror
asiático, los cuales no sólo asimila creativamente sino que,
en algunos casos, los expande. Esto incluye también las
fuentes de realizadores como los hermanos Pang: las
películas de Roman Polanski también son evocadas en la cinta
de Orozco, en particular Repulsión (Repulsión,
1965) y El inquilino (Le locataire, 1976).
Trailer de Al final del espectro
En Detrás del espectro se exploran
las posibilidades de movimiento que las ligeras cámaras de
video ofrecen para expresar el estado de perturbación de
Vega (Noëlle Schonwald). En los planos detalle que captan
los movimientos nerviosos de la protagonista se saca
provecho también de la textura creada por la continua
pérdida y recuperación del foco, que también subraya la
agitación interior de la muchacha. Además, en la cinta hay
una continua manipulación del color con fines expresivos, la
cual incluye, desde una forma de pasar del virtual blanco y
negro al color sin solución de continuidad, hasta la
coloración de algunos elementos del plano con fines
específicos. Una alfombra, por ejemplo, es convertida así en
una suerte de charco de sangre, al percibirse únicamente el
rojo. Más trillado pareciera ser el uso del mismo color para
destacar la sangre que llena una bañera. Sin embargo, en
otras secuencias el agua no es roja sino negra, lo cual
rompe la rigidez del presunto código.
De los filmes de la serie El aro
Juan Felipe Orozco ha tomado, en primer lugar, el motivo del
video como elemento fundamental de la historia, además del
uso de los cabellos enmarañados como sucedáneo del
maquillaje para la creación del personaje terrorífico.
Asimismo, ha adoptado la estructura de pesadilla que es
también característica del terror asiático, en especial de
Shimizu. La película se desarrolla siguiendo el espiral de
la paranoia de la protagonista. Pero es de su mente, y no de
los rincones del apartamento en el que se encierra, de
donde salen los fantasmas que la acechan. Incluso cuando
aparece el verdadero peligro, proviene de personas de
carne y hueso, tan enloquecidas como ella.
Lo más sobresaliente de Al final del
espectro es justamente el vínculo entre el terror del
filme y el terror de la vida real. Vega pide a su padre que
la encierre en un apartamento porque necesita volver a
establecer contacto con la realidad, según dice, para
escapar del trauma que le causó un acontecimiento típico de
la inexplicable y alucinante violencia latinoamericana: un
desconocido lanzó una bomba molotov en una plaza de toros
contra un equipo de filmación del cual ella formaba parte, y
su novio quedó envuelto en las llamas. En el apartamento,
además, cuya puerta le cuesta franquear incluso para botar
la basura, la protagonista instala numerosas cámaras de
vigilancia, con las que hace seguimiento a lo que ocurre en
todas los ambientes a la búsqueda de lo que sólo está en las
premoniciones de su imaginación. Quienes recurren a sistemas
como éste en la vida real, pareciera decir la cinta,
pretenden encontrar manifestaciones visibles del miedo, que
no es algo material.
Juan Felipe Orozco es otro colombiano que
ha incursionado en el cine proveniente de la publicidad. Con
Al final del espectro pareciera abrir la ventana de
nuevas posibilidades que pudieran ensayarse para la creación
de un cine latinoamericano de género de calidad, hacia donde
también apuntan las condiciones relativamente favorables al
desarrollo de una producción continua de cine en países como
Colombia. En todo caso, el filme es una afrenta a quienes
aún desprecian el valor artístico del trabajo con las
fórmulas de la industria, a pesar del reconocimiento que
ello ha tenido en otras latitudes, gracias al trabajo de los
realizadores de terror italianos, por ejemplo, o del mismo Jodorowsky en América Latina.
AL FINAL DEL ESPECTRO Colombia, 2006
Dirección: Juan Felipe Orozco. Guión:
Carlos Esteban Orozco, Juan Felipe Orozco. Producción:
Alejandro Arango, Juan Felipe Orozco. Diseño de producción:
Sara Millán. Fotografía: Manuel Castañeda, Luis Otero.
Montaje: Germán Andrés Garcés, Caryl Deyn Korma. Sonido:
José Roberto Jaramillo. Música: Carlos Esteban Orozco.
Elenco: Noëlle Schonwald (Vega), Julieta Restrepo (Tulipán),
Silvia de Dios (madre de Tulipán), Manuel José Chávez
(Jairo), Carlos Serrato (vecino). Duración: 92 minutos.
Video de alta definición inflado a 35 mm,
1.85:1, Color.