10/07
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críticas

Azuloscurocasinegro
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Colores diluidos  

 

La idea no es original pero sí buena: utilizar la referencia un color para hacer ver el estado de ánimo de una persona que afronta una situación crucial en su vida. O que cree, por tener esos sentimientos, que ha llegado a un punto en el que las cosas deben cambiar. Como el cine es un arte donde lo que cuenta es mostrar, no decir, cuando las emociones son el impulso de la historia le metáfora del color permite expresar lo que quizás no podría indicarse de otra manera. “La película trata de”... no sería en estos casos la mejor respuesta. En cambio quizás sí podría serlo “Es un filme azul, mejor dicho, azul oscuro, casi negro”. Ese es el título del primer largometraje de ficción de Daniel Sánchez Arévalo, que data del año pasado. Se lo escribió, además, como un solo sustantivo, Azuloscurocasinegro, para subrayar que se trata de una emoción precisa en el espectro, por decirlo de alguna manera, que va del azul de la tristeza al negro de la melancolía destructiva.

 

Es en el alma del protagonista donde se origina y desarrolla el conflicto del filme. Jorge (Quim Gutiérrez) es el hijo de un conserje que ha quedado incapacitado por un infarto cerebral. Ha estudiado Ciencias Empresariales con mucha dificultad y no se resigna a aceptar el destino que parece trazado para él: heredar el puesto de su padre, a quien además debe cuidar. En las entrevistas de trabajo es sistemáticamente rechazado, bien sea porque tardó demasiado en graduarse, porque la necesidad de ocuparse del enfermo podría quitarle tiempo o distraerle del trabajo. Incluso podría ser porque no puede acudir a las citas lo suficientemente bien vestido, o con la actitud correcta. En cualquiera de los casos, es contra él mismo que parece dirigirse su frustración, y contra las personas que le rodean y le quieren. En la primera secuencia, por ejemplo, incendia los cubos de basura que su padre saca a la calle para que los recoja el aseo, y cuando su novia regresa de Alemania, donde ha completado los estudios de Farmacia, actúa como si quisiera que ella lo deje.

 

 
Trailer de Azuloscurocasinegro
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Jorge tiene un hermano, Antonio (Antonio de la Torre), la oveja negra de la familia. Está preso por tonto, como él dice, pero su vida en la cárcel parece ser más plena que la de Jorge en libertad. En un taller de teatro para reclusos conoce a Paula (Marta Eutra), quien se convierte en su pareja sexual. Mostrar la cárcel un ámbito de mayor seguridad y libertad que el mundo de afuera es lugar común de la crítica social irónica, al menos desde Tiempos modernos de Chaplin (1936). Pero en Azuloscurocasinegro la metáfora es psicológica y moral, no social. Antonio no se da cuenta de que Paula sólo lo utiliza para quedar embarazada y poder ser trasladada a una sección especial de la prisión, apartada de las reclusas que continuamente la agraden. Además, él es infértil, lo cual le lleva a tomar una decisión acorde con una estupidez que sólo pareciera existir entre personajes de película. Le propone a Jorge que acuda a los bis a bis, o visitas conyugales, para que deje encinta a Paula. De allí en adelante, todo ocurre según lo previsible: si bien la pareja intenta en principio alcanzar el objetivo sin comprometerse emocionalmente, se establece el vínculo amoroso entre el semental y la que sólo aspiraba a ser preñada. Esta es, justamente, la ironía de la cárcel: la frustración que Jorge dirige contra sí mismo y contra Paula termina por llevarlo a una relación que reproduce su sensación de que la vida le pone barreras para encerrarlo en la conserjería, puesto que su pareja es una presa. El problema que las causas sociales de la frustración de Jorge quedan desdibujadas por este tratamiento del tema.

 

Si la cuestión del filme es el problema de aceptarse a sí mismo y al destino, y tratar, sobre esas premisas, de luchar por una vida feliz, hay un par de personajes que parecieran contraponerse al héroe, al principio, y que al resolver su conflicto anticipan la solución que estaría sobre el tapete para Jorge al final. Israel (Raúl Arévalo) es un joven bueno para nada que pasa el día observando a los vecinos desde la azotea, lo que le permite descubrir las actividades de un masajista que ofrece satisfacción sexual a clientes masculinos. La verdadera razón por la que siente interés en lo que sucede en aquel establecimiento, como se descubrirá después, es que él también tiene inclinaciones homosexuales. Incluso concluye que ellas podrían venir del padre, a quien descubre entre los clientes del masajista, a cuyo estudio acude a escondidas. Al final, sin embargo, los dos terminan por aceptar su sexualidad, como lo había aceptado la madre y esposa desde hacía mucho tiempo antes. Pareciera ser algo que se lleva en la sangre, además: se transmite de padres a hijos.

 

Pero no es lo mismo que alguien acepte ser gay y aceptar que se es conserje. En el primer caso, se trata de una inclinación que es propia de la naturaleza de la persona; en el segundo, de algo impuesto por la sociedad. Sin embargo, es justamente eso lo que termina por sugerir la película en el caso de Jorge. La naturaleza es también la que pareciera resolver el problema emocional del protagonista, con el destino que le traza el embarazo de Paula. ¿Qué Jorge acepte trabajar de conserje significaría que acepta el lugar que le corresponde por naturaleza? Si ese es el planteamiento de la película, no puede sino concluirse de que el “azuloscurocasinegro” no es tanto una atinada elección de color para hacer ver las emociones del personaje como el resultado de borrar muchos otros matices que también tiene la vida. En todo caso, el conflicto “natural” habría sido mejor abordado, y más inteligentemente resuelto, en Babe, el puerquito valiente de Chris Noonan (Babe, 1995).

 

AZULOSCUROCASINEGRO

España, 2006

 

Dirección y guión: Daniel Sánchez Arévalo. Producción: José Antonio Félez. Fotografía: Juan Carlos Gómez. Montaje: Nacho Ruiz Capillas. Sonido: Jaime Barros. Música: Pascal Gaigne. Elenco: Quim Gutiérrez (Jorge), Marta Etura (Paula), Antonio de la Torre (Antonio), Raúl Arévalo (Israel), Héctor Colomé (Andrés), Eva Pallarés (Natalia), Manuel Morón (Fernando), Ana Wagener (Ana), Roberto Enríquez (Roberto). Duración: 105 minutos. 35 mm, 2,35: 1, Dolby Digital.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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