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críticas
Colores diluidos
La
idea no es original pero sí buena: utilizar la referencia un color para
hacer ver el estado de ánimo de una persona que afronta una situación
crucial en su vida. O que cree, por tener esos sentimientos, que ha
llegado a un punto en el que las cosas deben cambiar. Como el cine es un
arte donde lo que cuenta es mostrar, no decir, cuando las emociones son
el impulso de la historia le metáfora del color permite expresar lo que
quizás no podría indicarse de otra manera. “La película trata de”... no
sería en estos casos la mejor respuesta. En cambio quizás sí podría
serlo “Es un filme azul, mejor dicho, azul oscuro, casi negro”. Ese es
el título del primer largometraje de ficción de Daniel Sánchez Arévalo,
que data del año pasado. Se lo escribió, además, como un solo
sustantivo, Azuloscurocasinegro, para subrayar que se trata de
una emoción precisa en el espectro, por decirlo de alguna manera, que va
del azul de la tristeza al negro de la melancolía destructiva.
Es en
el alma del protagonista donde se origina y desarrolla el conflicto del
filme. Jorge (Quim Gutiérrez) es el hijo de un conserje que ha quedado
incapacitado por un infarto cerebral. Ha estudiado Ciencias
Empresariales con mucha dificultad y no se resigna a aceptar el destino
que parece trazado para él: heredar el puesto de su padre, a quien
además debe cuidar. En las entrevistas de trabajo es sistemáticamente
rechazado, bien sea porque tardó demasiado en graduarse, porque la
necesidad de ocuparse del enfermo podría quitarle tiempo o distraerle
del trabajo. Incluso podría ser porque no puede acudir a las citas lo
suficientemente bien vestido, o con la actitud correcta. En cualquiera
de los casos, es contra él mismo que parece dirigirse su frustración, y
contra las personas que le rodean y le quieren. En la primera secuencia,
por ejemplo, incendia los cubos de basura que su padre saca a la calle
para que los recoja el aseo, y cuando su novia regresa de Alemania,
donde ha completado los estudios de Farmacia, actúa como si quisiera que
ella lo deje.
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Jorge
tiene un hermano, Antonio (Antonio de la Torre), la oveja negra de la
familia. Está preso por tonto, como él dice, pero su vida en la cárcel
parece ser más plena que la de Jorge en libertad. En un taller de teatro
para reclusos conoce a Paula (Marta Eutra), quien se convierte en su
pareja sexual. Mostrar la cárcel un ámbito de mayor seguridad y libertad
que el mundo de afuera es lugar común de la crítica social irónica, al
menos desde Tiempos modernos de Chaplin (1936). Pero en
Azuloscurocasinegro la metáfora es psicológica y moral, no social.
Antonio no se da cuenta de que Paula sólo lo utiliza para quedar
embarazada y poder ser trasladada a una sección especial de la prisión,
apartada de las reclusas que continuamente la agraden. Además, él es
infértil, lo cual le lleva a tomar una decisión acorde con una estupidez
que sólo pareciera existir entre personajes de película. Le propone a
Jorge que acuda a los bis a bis, o visitas conyugales, para que deje
encinta a Paula. De allí en adelante, todo ocurre según lo previsible:
si bien la pareja intenta en principio alcanzar el objetivo sin
comprometerse emocionalmente, se establece el vínculo amoroso entre el
semental y la que sólo aspiraba a ser preñada. Esta es, justamente, la
ironía de la cárcel: la frustración que Jorge dirige contra sí mismo y
contra Paula termina por llevarlo a una relación que reproduce su
sensación de que la vida le pone barreras para encerrarlo en la
conserjería, puesto que su pareja es una presa. El problema que las
causas sociales de la frustración de Jorge quedan desdibujadas por este
tratamiento del tema.
Si la
cuestión del filme es el problema de aceptarse a sí mismo y al destino,
y tratar, sobre esas premisas, de luchar por una vida feliz, hay un par
de personajes que parecieran contraponerse al héroe, al principio, y que
al resolver su conflicto anticipan la solución que estaría sobre el
tapete para Jorge al final. Israel (Raúl Arévalo) es un joven bueno para
nada que pasa el día observando a los vecinos desde la azotea, lo que le
permite descubrir las actividades de un masajista que ofrece
satisfacción sexual a clientes masculinos. La verdadera razón por la que
siente interés en lo que sucede en aquel establecimiento, como se
descubrirá después, es que él también tiene inclinaciones homosexuales.
Incluso concluye que ellas podrían venir del padre, a quien descubre
entre los clientes del masajista, a cuyo estudio acude a escondidas. Al
final, sin embargo, los dos terminan por aceptar su sexualidad, como lo
había aceptado la madre y esposa desde hacía mucho tiempo antes.
Pareciera ser algo que se lleva en la sangre, además: se transmite de
padres a hijos.
Pero
no es lo mismo que alguien acepte ser gay y aceptar que se es conserje.
En el primer caso, se trata de una inclinación que es propia de la
naturaleza de la persona; en el segundo, de algo impuesto por la
sociedad. Sin embargo, es justamente eso lo que termina por sugerir la
película en el caso de Jorge. La naturaleza es también la que pareciera
resolver el problema emocional del protagonista, con el destino que le
traza el embarazo de Paula. ¿Qué Jorge acepte trabajar de conserje
significaría que acepta el lugar que le corresponde por naturaleza? Si
ese es el planteamiento de la película, no puede sino concluirse de que
el “azuloscurocasinegro” no es tanto una atinada elección de color para
hacer ver las emociones del personaje como el resultado de borrar muchos
otros matices que también tiene la vida. En todo caso, el conflicto
“natural” habría sido mejor abordado, y más inteligentemente resuelto,
en Babe, el puerquito valiente de Chris Noonan (Babe,
1995).
AZULOSCUROCASINEGRO
España, 2006
Dirección y guión:
Daniel Sánchez Arévalo. Producción: José Antonio Félez.
Fotografía: Juan Carlos Gómez. Montaje: Nacho Ruiz Capillas.
Sonido: Jaime Barros. Música: Pascal Gaigne. Elenco:
Quim Gutiérrez (Jorge), Marta Etura (Paula), Antonio de la Torre
(Antonio), Raúl Arévalo (Israel), Héctor Colomé (Andrés), Eva Pallarés
(Natalia), Manuel Morón (Fernando), Ana Wagener (Ana), Roberto Enríquez
(Roberto). Duración: 105 minutos. 35 mm, 2,35: 1, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |