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críticas

Blade Runner
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Ciencia ficción en negro  

 

Ciencia ficción + cine negro = Blade Runner (1982). Esta fórmula, que podría aclarar por qué la obra de Ridley Scott puede ser considerada una de las cintas fundacionales del cyberpunk en el cine, invita a reflexionar sobre las posibles relaciones entre la película sobre los replicantes y los filmes del género de El halcón maltés de John Huston (The Maltese Falcon, 1941) y Perdición de Billy Wilder (Double Indemnity, 1944). ¿Por qué el cine de ciencia ficción se hizo negro en Blade Runner?, cabría preguntarse.

 

En el cine negro de los años cuarenta, el claroscuro de las imágenes se inscribe en un cuestionamiento que es a la vez moral y de la funcionalidad de los elementos del filme. Personajes cuyo comportamiento obedece a claras motivaciones, y están relativamente bien definidos por la bondad o maldad, se desenvuelven lógicamente mejor en un mundo donde los objetos están no menos prístinamente representados. La claridad contribuye a que desempeñen más eficazmente su papel de escenario, con los medios que el mundo de la ficción les ofrece para lograr lo que evidentemente se proponen. En cambio, cuando son difícilmente comprensibles las causas que llevan a actuar a los personajes, y todos están en mayor o menor medida embarrados en la corrupción, que las acciones ocurran principalmente de noche, así como el claroscuro que ello propicia y las angulaciones extravagantes que se le añaden, los sitúan en un escenario más siniestramente adecuado.

 

No sólo de esa manera se expresa plásticamente la atmósfera de decadencia, y la protesta contra ella, como afirma el lugar común, sobre la base de la influencia expresionista. Lo que a la nocturnidad se añade, en lo que al tratamiento fotográfico respecta, no sólo se refiere a pérdida de valores sino a un desorden más profundo en el mundo. En un ambiente en el que las cosas no se perciben con claridad, difícilmente podría haber definiciones tajantes en lo que a la recta conducta respecta. No discierne entre el bien y el mal porque tampoco puede hacérselo entre lo que es y lo que no es, entre verdad y apariencia.   

 

Con todo, en el cine negro los interiores se distinguen de los exteriores, y la noche es noche. Además, se habla inglés, aunque no falten los personajes extranjeros de acento tan extraño como su conducta. En Blade Runner las socas son diferentes. Los Ángeles no parece Los Ángeles sino quizás Hong Kong. Pero la gente no habla chino sino lo que parece el resultado de una combinación de todas las lenguas exóticas. Además, no para de llover, y esa ciudad de Estados Unidos, en la vida real, se caracteriza por ser muy seca.

 

Al comienzo del filme la cámara sigue el viaje de un vehículo aéreo que sobrevuela la ciudad. La escena parece ocurrir de noche, puesto que las luces de los edificios están encendidas, aunque el color del cielo da pie a ciertas dudas. Igualmente se ve que hay luz en el ventanal de la pirámide azteca de la Tyrell Corporation, a la que la cámara se acerca. Sin embargo, cuando se corta y se pasa al interior de las oficinas, la iluminación es la característica del día, cuando penetra la luz por la ventana. Luz diurna hay también en la comisaría de policía a la que es conducido Rick Deckard (Harrison Ford), a pesar de que el agente que le va a buscar lo consigue en medio de la noche. Poco después, cuando Deckard llega a la sede de la corporación, el sol se asoma en el horizonte, aunque ni indumentaria ni el comportamiento de Eldon Tyrell (Joe Turkel) y la replicante Rachel (Sean Young) no parecen corresponder a quienes acaban de levantarse. Más bien pareciera ser, entonces, el crepúsculo, un atardecer que sucede a la noche. Finalmente, cuando Rachel visita a Deckard, por la ventana entra un haz intermitente que hace que la iluminación cambie de noche a día. Incluso la escena se disuelve, una y otra vez, en el blanco de la luz.

 


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No se trata, por tanto, de que sólo exista desorden en el espacio. El transcurrir del tiempo está no menos trastocado, y eso tiende a subrayar lo borroso de la distinción entre replicantes y humanos en el filme: si los cambios del día a la noche dan la impresión de producirse en cuestión de segundos, como ocurre durante el encuentro de Rachel y Deckard, si se deja atrás la noche de la calle para entrar en edificios en cuyo interior es de día, la unidad de medida de la cortísima vida de los seres artificiales de la serie Nexus 6 es incomprensible. ¿Cómo contar el paso del tiempo en años sin la referencia de los días?

 

A este detalle se añade la cuestión de la distinción entre las experiencias auténticas, que se supone que han de haber vivido los humanos, y los recuerdos artificiales que son implantados en la memoria de los replicantes para hacerles creer que tienen una identidad. Las preguntas que le hacen a Leon Kowalsky (Brion James) en el test para identificar replicantes no parecieran tener sentido en el mundo en que se desenvuelven los personajes en el filme. Hacen referencia a un desierto y a una tortuga, pero la película se desarrolla en una ciudad en la que no para de llover y los animales que allí existen son todos artificiales. ¿Qué humano podría haber tenido, en el Los Ángeles de 2019 de la cinta, vivencias auténticas que le permitieran dar las respuestas adecuadas a preguntas como esas?

 

Tanto por el problema del transcurrir del tiempo como por la ambigüedad de la fuente de las experiencias, el problema de la verdad y las apariencias penetra en el interior de los personajes. En Blade Runner no se trata de que sea difícil saber por qué hacen lo que hacen los personajes, ni si son nobles o bribones. El asunto es que, si bien como dice Pris (Daryl Hannah), “pienso, luego existo”, los replicantes pueden no saber quiénes son, ni los que se creen humanos pueden saber si son replicantes. Cuando creen conocer su identidad, como Rachel, es quizás debido a que les han engañado para que la falsa sensación de seguridad les mantenga tranquilos. Esta sería, pues, la principal diferencia entre Blade Runner y el cine negro: el problema del bien y el mal pasa a un segundo plano en relación con el del ser o no ser. La ciencia ficción se habría hecho negra en la película, a su vez, para darle el oscuro tono de la incertidumbre moral de los cuarenta a dudas más profundas.

 

Pero la cosa no termina allí. No menos oscuro, por la ironía, resulta el hallazgo del amor y la fuga de Deckard y Rachel. La esperanza, en este caso, es cita de la ficción: que esto ocurra no es más que una de las variantes del cine negro, en Murder My Sweet, de Edward Dymytrik (1944), o The Big Sleep de Howard Hawks (1946), por ejemplo. Es algo, en síntesis, que responde tanto a la necesidad espiritual que uno pudiera atribuirles a los personajes como al necesario cumplimiento de las reglas del género. Asimismo, el “pienso, luego existo”, en el que Pris cree haber hallado la piedra fundamental de toda certeza como Descartes, podría ser válido no por otra cosa que necesidad lógica: si algo es, no puede no ser. Pero deja sutilmente de lado los verdaderos problemas: ¿qué y quién es el que es?

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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