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críticas

Blade Runner
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El futuro es cosa del pasado  

 

El 2 de marzo de 1982 una celada cardiaca abatió a Philip Kindred Dick en Santa Ana, California, tres meses y medio antes del estreno de la adaptación cinematográfica de su novela ¿Pueden los androides soñar con ovejas eléctricas?, publicada en 1968. Este prolífico y atormentado narrador —nacido en Chicago en 1928— había comenzado a escribir en 1952 en revistas y editoriales especializadas en ciencia ficción. Publicó en los cincuenta y sesenta cientos de relatos que compartían como idea común la duda entre lo real y lo aparente. En un par de decenios ya era considerado como una de las voces más influyentes en la ciencia ficción estadounidense, especialmente por sus novelas El hombre en el castillo (1962) Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965), Ubik (1969) y Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974), todas de gran éxito de crítica y público. Pero aún el cine no lo había descubierto. De hecho, nunca vio película alguna basada en uno de sus textos. Dicen que sólo pudo conocer apenas 30 minutos de una misteriosa y conflictiva producción que finalmente recibió el título de Blade Runner. La muerte del escritor, paradójicamente, marcó su nacimiento cinematográfico.

 

El 25 de junio del año de su deceso, el director inglés Ridley Scott estrenaba en Estados Unidos Blade Runner, una película maltratada inmediatamente por la crítica y el público que, no obstante, en un extraño proceso de reivindicación, se impuso con el tiempo como un clásico del cine de anticipación, al lado de 2001, una odisea del espacio (1968), del norteamericano Stanley Kubrick, y Solaris (1972), del ruso Andrei Tarkovsky. Recuerdo la implacable crítica que mi admirado Diego Galán publicó en El País de Madrid —que para nada coincidía con la que yo presenté en mi columna de El Nacional de entonces— en los más duros términos: "Una historieta pretenciosa (...) el edulcoramiento de la vulgar peripecia del protagonista y la confusión con que está rodada convierte en monótono cartón-piedra lo que quizá estuviera concebido como estrella de la película (...) Blade Runner más parece en ocasiones un spot televisivo que una película hecha seriamente. Debería costar menos la entrada. (...) fueron escasos los críticos que no supieron apreciar la dificultad que tiene Scott para narrar con sencillez una historieta tan simple." Vaya descarga.

 

Tal vez haya influido en sus opiniones un marcado rechazo —tan propio en la época— hacia el cine publicitario, del cual Scott ciertamente se había convertido en estrella con algo más de 200 cuñas de TV dirigidas. Creo que las aguas que han corrido bajo los puentes desdicen las palabras de Diego, en la medida en que el realizador inglés ha construido una de las filmografías más importantes y diversa dentro de la industria norteamericana. Para entonces era reconocido por sólo dos películas alabadas por la crítica: Los duelistas (1977), inspirada en una historia de Joseph Conrad,  y la sorprendente Alien (1999), que replanteó la ciencia ficción a la luz del cine de terror. Nadie, entonces, esperaba que en 1982 surgiera una película que volvería a replantear la ciencia ficción pero esta vez a partir del film noir. Porque Blade Runner pertenece más al cine negro que al de anticipación.

 

La iluminación de Jordan Cronenweth y los efectos visuales del famoso Douglas Trumbull crearon una atmósfera retro y desencantada que acudía a los ambientes descritos en la vieja novelística de Jim Thompson y otros autores oscuros para narrar una penosa historia de amor entre un agente de represión de la vida artificial y una mujer replicante, es decir, una androide que debe ser “retirada” pues ya no guarda utilidad para la sociedad humana, en la ciudad de Los Ángeles en el ahora no tan lejano año de 2019. Rick Deckhard es un policía solitario e inexpresivo que preferiría olvidar su pasado sin gloria y proteger su anonimato. Fue un blade runner, es decir, una especie de navaja humana que corre como una guillotina para decapitar cuerpos programados. Pero es concitado a regresar al oficio represor para mantener el orden. Debe “retirar” a cuatro replicantes declarados en rebelión. El propio Deckhard encuentra un vestigio de humanidad es su interior que lo impulsa a transgredir las normas que le han impuesto. Un conflicto dramático que no pertenece al futuro sino a la temporalidad infinita del ser humano y que los clásicos de la serie negra han desarrollado de forma insaciable. Si a esto añadimos la música de Vangelis y el humo de un cigarrillo en la oscuridad húmeda de una ciudad dominada por la estética asiática en un planeta acosado por el propio ser humano tendemos un relato que se acerca bastante el film negro perfecto. ¿O no? El futuro, ya se sabe, es cosa del pasado.

 

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Scott tenía 44 años cuando acometió su tercer largometraje, luego de consolidar una carrera importante en la televisión y la industria publicitaria británicas. El productor Michael Deely le había llevado un guión firmado por Hampton Fancher —sobre la base de la novela de Dick— que llamó su atención por las implicaciones morales que divisó en medio de los efectos especiales. Sólo aceptó el proyecto cuando Warner Bross —a instancias suyas— contrató a David Peoples para transformar y completar un screenplay demasiado saturado de lugares comunes. Robots y androides eran palabras terriblemente vulgares y el propio Scott impuso a sus actores y su equipo técnico el uso de la palabra replicante para denominar a esas máquinas que no sólo se parecían a los seres humanos sino que además —válgame Dios—  querían serlo.

 

Poco a poco, Blade runner adquirió la dimensión de una parábola sobre la soledad humana y la fuerza de transformación de las condiciones que rigen el orden social. Es la exaltación de la rebelión frente a las hegemonías totalitarias. Algo que desde la Metrópolis (1927) de Fritz Lang se descuelga como un dilema ético y una necesidad íntima. Y este rasgo se lo debe el film a la esencia dramática de la novela de Dick. No en balde dos de sus cuentos inspiraron Total Recall (1990), del holandés radicado en Hollywood Paul Verhoeven, y Minority Report (2002), una pieza injustamente subvalorada de Steven Spielberg. La programación de los pensamientos y las acciones como forma de dominación se encuentra en las tres películas. Quien salga de sus límites es un peligro, una amenaza para el orden pretendido y debe ser retirado.

 

Es leyenda que Warner Bros impuso el final feliz que conocimos en 1982 —un suspiro en medio de tanta desolación— y la narración en off de Deckhard, como precaución de mercadeo ante los resultados de los focus groups previos al lanzamiento. Sucedieron dos cosas: el film de todas formas fue un fracaso de taquilla, especialmente en EEUU, y ese mismo final logró seducir paulatinamente a sus cientos de miles de fanáticos de todo el orbe. Un decenio más tarde se presentó el director’s cut, con una conclusión mucho menos feliz y sin la voz de Harrison Ford tratando de explicar la película. A mí ­—la verdad— me gustan ambas versiones. Creo que en las dos se conserva la médula crítica hacia una sociedad enferma. Scott acaba de presentar su versión final, que no he visto, pero no me inquietan los cambios que haya podido introducirle. Blade Runner sonríe —sardónica— desde su vigencia actual, en un mundo que sin Guerra Fría sigue manteniendo la vocación de hegemonía totalitaria.

 

Alfonso Molina
http://ideasdebabel.wordpress.com

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