08/07
 
 
Guía del cine en Venezuela
 
 

 

 

 

La libertad del publicitario

Propiciada por la relativa estabilidad y crecimiento económico, y por políticas que permiten generar recursos para financiar las películas y estimular las inversiones en el cine, despunta la esperanza de una producción cinematográfica continua en países de América Latina como Colombia. Este horizonte es un aliciente para que se expresen nuevas vocaciones, quizás carentes del heroísmo de los realizadores que han sido capaces de hacer películas siempre en todos los países, a pesar de las más adversas circunstancias económicas y políticas. Un ejemplo es Bluff, la opera prima de Felipe Martínez (2007), producida por una empresa que se dedica a hacer comerciales, Laberinto Producciones.

 

Que Bluff es el fruto de la creatividad de un grupo de publicitarios se percibe claramente, en primer lugar, en la concepción de la fotografía. El estilo característico del slice of life es en el filme sucedáneo de la estética de la imagen cinematográfica, incluidos los elementos fuera de foco en primer plano, para dar una idea de profundidad de campo, y el uso de la cámara para dar movimiento a la imagen y hacer que el producto no parezca estático.

De los comerciales también, y de las telenovelas, parece provenir también la concepción de los personajes. Los protagonistas son gente bella en Bluff, en concordancia del concepto que podría manejarse en una reunión con el cliente: adultos blancos, de entre 30 y 50 años de edad –a más arrugas, más dinero–, pertenecientes a las primeras letras del alfabeto del mercado, es decir, a la “clase” AB. Ellos son representados, además, como portadores de un status visto como patrón de consumo. Aquellos aspectos de su forma de vida que les permiten ser lo que son no salen propiamente a la luz. Peor aun, la gente de inferior condición lleva los estigmas de ser fea o tonta. Si no es lo uno ni lo otro, es puta.

Sin embargo, si se hace abstracción de estos detalles –ejercicio de abstracción difícil para algunos–, Bluff pareciera ser sobre todo una demostración de que a los creativos no se les llama así en vano. Más allá de su objetivo comercial, la cinta da la impresión de haber sido la válvula de escape de lo que nunca dejaron hacer los clientes de la agencia en las películas de 30 segundos como máximo que financian. Sin la autoridad tampoco de un productor ajeno al proceso creativo, que obligue a seguir las reglas que él supone han de conducir los productos por un camino seguro hacia su mercado, como es lo habitual en la industria estadounidense, en Bluff se raspan los bordes del género de la comedia negra para cometer unas cuantas osadías, además de haber hecho bien la tarea con un guión de intrigas de infidelidad y asesinato.

 

La cinta sobresale por el montaje. Además de darle a la historia una rapidez que mantiene siempre la tensión, se usa repetidamente en Bluff el flash forward. El desconcierto que naturalmente esto causa es empleado en el filme como llamada de atención al espectador, aunque no para llevarle a hacerse preguntas, como creían los soviéticos que debía hacerse, sino para que continúe alerta, consumiendo el producto con avidez. Asimismo, el tratamiento de la corrupción y de la impunidad, si bien no parecen tener el propósito de abordar ambos temas con seriedad, es también más audaz que el de las producciones de Hollywood. La sorpresa e indignación del agente de la ley, cuando se le entrega un fajo de billetes, no se deben al soborno sino a que un detective de la Policía Judicial aspira a por lo menos el doble de esa cantidad por sus servicios, por ejemplo, y el hecho de que el personaje que iba a pagar 1 millón de dólares para que mataran a su esposa no fuera a la cárcel cuando todo salió a la luz, porque ostenta un apellido de rancio abolengo, es expresado como algo natural. Sólo la censura de la industria obliga a ver las cosas de otra manera en los filmes estadounidenses.

Características como éstas han hecho que la crítica valore otros cines comerciales no estadounidenses, en especial las vueltas que se le ha dado al género policial en Hong Kong o al terror en Japón. Bluff pareciera ser sintomática, en este sentido, de que ha llegado el momento de hacer cosas parecidas en América Latina, al menos en aquellos países que estimulan la inversión privada en el cine con rebajas de impuestos.

BLUFF
Colombia, 2007

Dirección y guión: Víctor Martínez. Producción y fotografía: Alessandro Angulo. Montaje: Sandra Rodríguez. Sonido: Germán Daniel León. Música: Federico Lorusso. Elenco: Federico Lorusso (Nicolás), Catalina Aristizábal (Margarita), Víctor Mallarino (Pablo Mallarino), Luis Eduardo Arango (Walter Montes), Verónica Orozco (Rosemary), Adriana Romero (Emilia), Felipe Botero (Ricardo Pérez). Duración: 95 minutos. 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info