La libertad del publicitario
Propiciada por la relativa estabilidad y
crecimiento económico, y por políticas que permiten generar
recursos para financiar las películas y estimular las
inversiones en el cine, despunta la esperanza de una producción
cinematográfica continua en países de América Latina como
Colombia. Este horizonte es un aliciente para que se
expresen nuevas vocaciones, quizás carentes del
heroísmo de los realizadores que han sido capaces de hacer
películas siempre en todos los países, a pesar de las más
adversas circunstancias económicas y políticas. Un ejemplo
es Bluff, la opera prima de Felipe Martínez (2007),
producida por una empresa que se dedica a hacer comerciales,
Laberinto Producciones.

Que Bluff es el fruto de la
creatividad de un grupo de publicitarios se percibe
claramente, en primer lugar, en la concepción de la
fotografía. El estilo característico del slice of life
es en el filme sucedáneo de la estética de la imagen
cinematográfica, incluidos los elementos fuera de foco en
primer plano, para dar una idea de profundidad de campo, y
el uso de la cámara para dar movimiento a la imagen y hacer
que el producto no parezca estático.
De los comerciales también, y de las
telenovelas, parece provenir también la concepción de los
personajes. Los protagonistas son gente bella en
Bluff, en concordancia del concepto que podría
manejarse en una reunión con el cliente: adultos blancos, de
entre 30 y 50 años de edad –a más arrugas, más dinero–,
pertenecientes a las primeras letras del alfabeto del
mercado, es decir, a la “clase” AB. Ellos son representados,
además, como portadores de un status visto como patrón de
consumo. Aquellos aspectos de su forma de vida que les
permiten ser lo que son no salen propiamente a la luz. Peor
aun, la gente de inferior condición lleva los estigmas de
ser fea o tonta. Si no es lo uno ni lo otro, es puta.
Sin embargo, si se hace abstracción de
estos detalles –ejercicio de abstracción difícil para
algunos–, Bluff pareciera ser sobre todo una
demostración de que a los creativos no se les llama así en
vano. Más allá de su objetivo comercial, la cinta da la
impresión de haber sido la válvula de escape de lo que nunca
dejaron hacer los clientes de la agencia en las películas de
30 segundos como máximo que financian. Sin la autoridad
tampoco de un productor ajeno al proceso creativo, que obligue a seguir las reglas
que él supone han de conducir los productos por un camino
seguro hacia su mercado, como es lo habitual en la industria
estadounidense, en Bluff se raspan los bordes del
género de la comedia negra para cometer unas cuantas
osadías, además de haber hecho bien la tarea con un guión de
intrigas de infidelidad y asesinato.
La cinta sobresale por el montaje. Además
de darle a la historia una rapidez que mantiene siempre la
tensión, se usa repetidamente en Bluff el flash
forward. El desconcierto que naturalmente esto causa es
empleado en el filme como llamada de atención al espectador,
aunque no para llevarle a hacerse preguntas, como creían los
soviéticos que debía hacerse, sino para que
continúe alerta, consumiendo el producto con avidez.
Asimismo, el tratamiento de la corrupción y de la impunidad,
si bien no parecen tener el propósito de abordar ambos temas
con seriedad, es también más audaz que el de las
producciones de Hollywood. La sorpresa e indignación del
agente de la ley, cuando se le entrega un fajo de billetes,
no se deben al soborno sino a que un detective de la Policía
Judicial aspira a por lo menos el doble de esa cantidad por
sus servicios, por ejemplo, y el hecho de que el personaje
que iba a pagar 1 millón de dólares para que mataran a su
esposa no fuera a la cárcel cuando todo salió a la luz,
porque ostenta un apellido de rancio abolengo, es
expresado como algo natural. Sólo la censura de la industria
obliga a ver las cosas de otra manera en los filmes
estadounidenses.
Características como éstas han hecho que
la crítica valore otros cines comerciales no
estadounidenses, en especial las vueltas que se le ha dado
al género policial en Hong Kong o al terror en Japón.
Bluff pareciera ser sintomática, en este sentido, de que
ha llegado el momento de hacer cosas parecidas en América
Latina, al menos en aquellos países que estimulan la
inversión privada en el cine con rebajas de impuestos.
BLUFF
Colombia, 2007
Dirección y guión: Víctor Martínez.
Producción y fotografía: Alessandro Angulo. Montaje: Sandra
Rodríguez. Sonido: Germán Daniel León. Música: Federico Lorusso.
Elenco: Federico Lorusso (Nicolás), Catalina
Aristizábal (Margarita), Víctor Mallarino (Pablo Mallarino),
Luis Eduardo Arango (Walter Montes), Verónica Orozco (Rosemary),
Adriana Romero (Emilia), Felipe Botero (Ricardo Pérez).
Duración: 95 minutos.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info