10/07
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críticas

The Bourne Ultimatum
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Ultimátum a todos los gobiernos terroristas

 

Hay realmente un ultimátum en la tercera película de Jason Bourne. Señores de la CIA y de los demás organismos de inteligencia de las potencias occidentales, dejen de asesinar y de torturar. Si no, pagarán de nuevo las consecuencias. Los monstruos que crearon para aniquilar volverán otra vez para destruirlos. Ese es el mensaje que transmite protagonista por la vía de los hechos. Para la máquina de matar humana que protagoniza filme la claridad de la conclusión es consecuencia de la disipación de las tinieblas que le ocultaban su pasado y su identidad. Así como aún hay gente que ha llegado a pensar que las políticas antiterroristas de gobiernos como el de Estados Unidos se justifican por la necesidad de salvar vidas de ciudadanos, en el filme David Webb recuerda que, antes de someterse al tratamiento que lo convirtió en el asesino Jason Bourne, aceptó conscientemente el compromiso de matar con este objetivo. Para demostrar su resolución, además, ejecutó a una persona con el rostro oculto por una capucha, al que sus superiores acusaban de ser un enemigo. Sólo harto de matar llega a darse cuenta de que ha participado en misiones que han acabado por borrar la diferencia entre los servicios secretos de los que desertó y los terroristas.

 

El paralelismo entre el modus operandi de la CIA y el que se atribuye a Al Qaeda es señalado en el filme de Paul Greengrass con una contundencia tal que llega a ser caricaturesca. Mientras los agentes de inteligencia siguen a Bourne (Matt Damon) y al periodista que intenta contactar, Simon Ross (Paddy Considine), la música incluye un sonido de percusión del Medio Oriente, y el sicario que recibe la orden de matar al agente desertor, al igual que a su compañera de fuga (Julia Stiles) y al primer informante de Ross, Neal Daniels (Colin Stinton), es un árabe cuya arma es una bomba con la que hace estallar un automóvil (Joey Ansah). En la prensa probablemente dirían que se trató de un atentado. La película también muestra cómo un director de la agencia de inteligencia toma la decisión de asesinar al redactor de un periódico como The Guardian a plena luz del día y en una estación de tren de Londres, como si se tratara del atentado en la estación de Atocha.

 

 
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Londres, además, es una ciudad en la que se ha autorizado la instalación de cámaras de televisión en numerosos lugares para observar los comportamientos potencialmente delictivos. Esas cámaras son utilizadas en la cinta para seguir los movimientos del agente desertor y el periodista. Para subrayar la conexión entre vigilancia y búsqueda de enemigos para aniquilarlos, en otra secuencia un agente, al entrar en una oficina, lleva una cámara junto a la pistola, de manera que ella apunta justo de la misma manera como lo hace el arma, y sirve para guiar los disparos. Estas interferencias, a las que se añaden intervenciones de teléfonos y bloqueos de cuentas bancarias, además, ocurren por completo al margen de la actuación de los funcionarios de las instituciones competentes. Cada vez que aparece un policía en la película es para obstaculizar con la torpeza de sus intervenciones inoportunas la cacería de Bourne. Si en Vuelo 93 (United 93, 2006) Paul Greengrass mostró como al menos lo que ocurrió en uno de los aviones que fueron estrellados el 11 de septiembre de 2001 fue posible debido a la falta de coordinación entre diversas autoridades, en The Bourne Ultimatum plantea el hipotético reverso de la moneda: cuáles serían los métodos supuestamente eficaces para “neutralizar” a los terroristas.

 

Además de próxima en su modus operando a las instituciones legalmente establecidas, la red terrorista de la CIA en el filme está no menos “deslocalizada” que la supuesta Al-Qaeda de la vida real. Que los agentes se desplacen de país en país es un lugar común de los filmes de espionaje. El giro que se le da a esto en The Bourne Ultimatum consiste en que, así como en las noticias se hace referencia a supuestas bases de entrenamiento de terroristas que funcionan clandestinamente en países musulmanes, el centro de formación de asesinos, donde además se tortura y se hacen prácticas de asesinato político con blancos vivos, como aquella en la que participa David Webb, está ubicado en Nueva York. ¿Por qué no podrían ocurrir cosas así en territorio estadounidense?, es una pregunta que plantea la cinta al público políticamente ingenuo. ¿Por qué los combatientes de la guerra sucia deberían formarse únicamente en lugares como la Zona del Canal, en Panamá, y la tortura practicarse nada más en Abu Grahib o en Guantánamo? La palabra “operaciones secretas”, dicha por funcionarios gubernamentales, requiere de un proceso de restitución del verdadero sentido, olvidado por muchos al parecer. Con ella debe hacerse algo análogo a la lucha de Bourne para recuperar la memoria y saber quién era y por qué llegó a ser lo que es. “Encubierto” no puede significar sino en cualquier lugar y momento a secas, no necesariamente hoy y más allá de las fronteras. Cuando se sabe que cosas así ocurren en la base estadounidense de Cuba o en una prisión de Afganistán es porque, justamente, han dejado de ser cosas secretas. Lo “secreto” es por definición tan clandestino como la planificación y preparación de los atentados por los secuestradores del 11 de septiembre, quienes también actuaron en Estados Unidos, bajo las mismas narices de las autoridades.

 

Esta incertidumbre con respecto al momento y el lugar en que los terroristas, al igual que la CIA de la ficción, podrían estar preparando sus atentados, justifica en la cinta el uso de la llamada “cámara nerviosa”, constantemente en movimiento, que es casi un lugar común en el cine de acción de hoy. Si esa forma de filmar se ha impuesto, quizás ello se deba a la desconcierto que rodea la vida de la gente con respecto a lo que sucede en el mundo de hoy, donde han comenzado a ocurrir cosas que se suponía que eran inventos de la ciencia ficción e incluso del cine de terror. La similitud que también podría establecerse entre esta forma de fotografiar y el cine documental sería otro argumento para afirmar eso. El documental, justamente, es un género que cobra cada vez más importancia por la necesidad de la gente de salir de la incertidumbre y encontrar explicaciones para lo que está pasando. 


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Pero así como la CIA de la película se parece a Al Qaeda, no puede dejar de señalarse la analogía entre The Bourne Ultimatum, como filme que respeta los cánones del cine de acción, y el espectáculo mediático en que se han convertido tanto los atentados como las operaciones de la guerra contra el terrorismo. Es esa espectacularidad, precisamente, la ha hecho que para el gran público el verdadero significado de la guerra contra el terrorismo sea como los recuerdos para Bourne: algo siempre borroso, que apenas logra volver por flashes. La solución que propone la cinta, además, no deja de ser irónica, si se la compara con la dimensión del problema planteado. Al final, y como es casi de rigor en el género, otras instituciones del mismo gobierno que ordenó los asesinatos intervienen para ponerles fin y castigar a los culpables. El mito de los frenos y contrapesos de los poderes públicos en la democracia liberal se cumple, sin considerar la obvia posibilidad de Lord of War de Andrew Niccol (2005): que los responsables de la seguridad del estado intervengan para poner fin a los procedimientos de la justicia y proteger a los que protegen al gobierno.

 

No debe olvidarse, sin embargo, que ese final es posible como consecuencia de la larga cadena de homicidios que Jason Bourne comete a lo largo de su búsqueda de justicia. En esto también consiste la ironía de la película: cuando una guerra no se libra entre estados sino entre redes de seguridad y redes terroristas, no hay medios políticos de ponerle término, negociando una capitulación, porque en ese ámbito no existen instituciones capaces de negociar. La victoria no puede producirse sino mediante el exterminio del enemigo, lo cual significa, eliminar a todos y cada uno de los integrantes de la red enemiga. Más allá de la ironía, The Bourne Ultimátum deja este problema sin resolver: ¿de qué otra manera podría llevarse a cabo la lucha contra redes terroristas? La decisión que toma el agente de no matar más es una respuesta moral que no resuelve el problema, y su ultimátum es la respuesta a la cuestión que podría hallarse en un mundo de fantasía: si no dejan de torturar y asesinar, el superhéroe Jason Bourne regresará de las tinieblas para castigarles.

 

THE BOURNE ULTIMATUM

Estados Unidos, 2007

 

Dirección: Paul Greengrass. Guión: Tony Gilroy, Scott Z. Burns, George Nolfi, basado en la novela homónima de Robert Ludlum. Producción: Patrick Crowley, Frank Marshall, Paul Sandberg. Diseño de producción: Peter Wendham. Fotografía: Oliver Wood. Montaje: Christopher Rouse. Música: John Powel. Elenco: Matt Damon (Jason Bourne), Julia Stiles (Nicky Parsons), David Strathairn (Noah Vosen, subdirector de la CIA), Scott Glenn (Ezra Kramer, director de la CIA), Paddy Considine (Simon Ross), Edgar Ramírez (Paz), Albert Finley (doctor Albert Hirsch), Joan Allen (Pamela Landy), Colin Stinton (Neal Daniels), Joey Ansah (Desh Bouksani). Duración: 112 minutos. 2,35:1, 35 mm con intermedio digital, color, DTS, Dolby Digital, SDDS.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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