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críticas
Ultimátum a todos los gobiernos
terroristas
Hay realmente un ultimátum en la tercera película de Jason Bourne.
Señores de la CIA y de los demás organismos de inteligencia de las
potencias occidentales, dejen de asesinar y de torturar. Si no, pagarán
de nuevo las consecuencias. Los monstruos que crearon para aniquilar
volverán otra vez para destruirlos. Ese es el mensaje que transmite
protagonista por la vía de los hechos. Para la máquina de matar humana
que protagoniza filme la claridad de la conclusión es consecuencia de la
disipación de las tinieblas que le ocultaban su pasado y su identidad.
Así como aún hay gente que ha llegado a pensar que las políticas
antiterroristas de gobiernos como el de Estados Unidos se justifican por
la necesidad de salvar vidas de ciudadanos, en el filme David Webb recuerda
que, antes de someterse al tratamiento que lo convirtió en el asesino
Jason Bourne, aceptó conscientemente el compromiso de matar con este objetivo.
Para demostrar su resolución, además, ejecutó a una persona con el
rostro oculto por una capucha, al que sus superiores acusaban de ser un
enemigo. Sólo harto de matar llega a darse cuenta de que ha participado
en misiones que han acabado por borrar la diferencia entre los servicios
secretos de los que desertó y los terroristas.
El
paralelismo entre el modus operandi de la CIA y el que se atribuye a Al
Qaeda es señalado en el filme de Paul Greengrass con una contundencia
tal que llega a ser caricaturesca. Mientras los agentes de inteligencia
siguen a Bourne (Matt Damon) y al periodista que intenta contactar,
Simon Ross (Paddy Considine), la música incluye un sonido de percusión
del Medio Oriente, y el sicario que recibe la orden de matar al agente
desertor, al igual que a su compañera de fuga (Julia Stiles) y al primer
informante de Ross, Neal Daniels (Colin Stinton), es un árabe cuya arma
es una bomba con la que hace estallar un automóvil (Joey Ansah). En la
prensa probablemente dirían que se trató de un atentado. La película
también muestra cómo un director de la agencia de inteligencia toma la
decisión de asesinar al redactor de un periódico como The Guardian
a plena luz del día y en una estación de tren de Londres, como si se
tratara del atentado en la estación de Atocha.
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Londres, además, es una ciudad en la que se ha autorizado la instalación
de cámaras de televisión en numerosos lugares para observar los
comportamientos potencialmente delictivos. Esas cámaras son utilizadas
en la cinta para seguir los movimientos del agente desertor y el
periodista. Para subrayar la conexión entre vigilancia y búsqueda de
enemigos para aniquilarlos, en otra secuencia un agente, al entrar en
una oficina, lleva una cámara junto a la pistola, de manera que ella
apunta justo de la misma manera como lo hace el arma, y sirve para guiar
los disparos. Estas interferencias, a las que se añaden intervenciones
de teléfonos y bloqueos de cuentas bancarias, además, ocurren por
completo al margen de la actuación de los funcionarios de las
instituciones competentes. Cada vez que aparece un policía en la
película es para obstaculizar con la torpeza de sus intervenciones
inoportunas la cacería de Bourne. Si en Vuelo 93 (United 93,
2006) Paul Greengrass mostró como al menos lo que ocurrió en uno de los
aviones que fueron estrellados el 11 de septiembre de 2001 fue posible
debido a la falta de coordinación entre diversas autoridades, en The
Bourne Ultimatum plantea el hipotético reverso de la moneda: cuáles
serían los métodos supuestamente eficaces para “neutralizar” a los
terroristas.
Además de próxima en su modus operando a las instituciones legalmente
establecidas, la red terrorista de la CIA en el filme está no menos
“deslocalizada” que la supuesta Al-Qaeda de la vida real. Que los
agentes se desplacen de país en país es un lugar común de los filmes de
espionaje. El giro que se le da a esto en The Bourne Ultimatum
consiste en que, así como en las noticias se hace referencia a supuestas
bases de entrenamiento de terroristas que funcionan clandestinamente en
países musulmanes, el centro de formación de asesinos, donde además se
tortura y se hacen prácticas de asesinato político con blancos vivos,
como aquella en la que participa David Webb, está ubicado en Nueva York.
¿Por qué no podrían ocurrir cosas así en territorio estadounidense?, es
una pregunta que plantea la cinta al público políticamente ingenuo. ¿Por
qué los combatientes de la guerra sucia deberían formarse únicamente en
lugares como la Zona del Canal, en Panamá, y la tortura practicarse nada
más en Abu Grahib o en Guantánamo? La palabra “operaciones secretas”,
dicha por funcionarios gubernamentales, requiere de un proceso de
restitución del verdadero sentido, olvidado por muchos al parecer. Con
ella debe hacerse algo análogo a la lucha de Bourne para recuperar la
memoria y saber quién era y por qué llegó a ser lo que es. “Encubierto”
no puede significar sino en cualquier lugar y momento a secas, no
necesariamente hoy y más allá de las fronteras. Cuando se sabe que cosas
así ocurren en la base estadounidense de Cuba o en una prisión de
Afganistán es porque, justamente, han dejado de ser cosas secretas. Lo
“secreto” es por definición tan clandestino como la planificación y
preparación de los atentados por los secuestradores del 11 de
septiembre, quienes también actuaron en Estados Unidos, bajo las mismas
narices de las autoridades.
Esta
incertidumbre con respecto al momento y el lugar en que los terroristas,
al igual que la CIA de la ficción, podrían estar preparando sus
atentados, justifica en la cinta el uso de la llamada “cámara nerviosa”,
constantemente en movimiento, que es casi un lugar común en el cine de
acción de hoy. Si esa forma de filmar se ha impuesto, quizás ello se
deba a la desconcierto que rodea la vida de la gente con respecto a lo
que sucede en el mundo de hoy, donde han comenzado a ocurrir cosas que
se suponía que eran inventos de la ciencia ficción e incluso del cine de
terror. La similitud que también podría establecerse entre esta forma de
fotografiar y el cine documental sería otro argumento para afirmar eso.
El documental, justamente, es un género que cobra cada vez más
importancia por la necesidad de la gente de salir de la incertidumbre y
encontrar explicaciones para lo que está pasando.
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Pero así
como la CIA de la película se parece a Al Qaeda, no puede dejar de señalarse
la analogía entre The Bourne Ultimatum, como filme que respeta los
cánones del cine de acción, y el espectáculo mediático en que se han
convertido tanto los atentados como las operaciones de la guerra contra el
terrorismo. Es esa espectacularidad, precisamente, la ha hecho que para el
gran público el verdadero significado de la guerra contra el terrorismo sea
como los recuerdos para Bourne: algo siempre borroso, que apenas logra
volver por flashes. La solución que propone la cinta, además, no deja de ser
irónica, si se la compara con la dimensión del problema planteado. Al final,
y como es casi de rigor en el género, otras instituciones del mismo gobierno
que ordenó los asesinatos intervienen para ponerles fin y castigar a los
culpables. El mito de los frenos y contrapesos de los poderes públicos en la
democracia liberal se cumple, sin considerar la obvia posibilidad de Lord
of War de Andrew Niccol (2005): que los responsables de la seguridad del
estado intervengan para poner fin a los procedimientos de la justicia y
proteger a los que protegen al gobierno.
No
debe olvidarse, sin embargo, que ese final es posible como consecuencia
de la larga cadena de homicidios que Jason Bourne comete a lo largo de
su búsqueda de justicia. En esto también consiste la ironía de la
película: cuando una guerra no se libra entre estados sino entre redes
de seguridad y redes terroristas, no hay medios políticos de ponerle
término, negociando una capitulación, porque en ese ámbito no existen
instituciones capaces de negociar. La victoria no puede producirse sino
mediante el exterminio del enemigo, lo cual significa, eliminar a todos
y cada uno de los integrantes de la red enemiga. Más allá de la ironía,
The Bourne Ultimátum deja este problema sin resolver: ¿de qué
otra manera podría llevarse a cabo la lucha contra redes terroristas? La
decisión que toma el agente de no matar más es una respuesta moral que
no resuelve el problema, y su ultimátum es la respuesta a la cuestión
que podría hallarse en un mundo de fantasía: si no dejan de torturar y
asesinar, el superhéroe Jason Bourne regresará de las tinieblas para
castigarles.
THE BOURNE ULTIMATUM
Estados Unidos, 2007
Dirección: Paul
Greengrass. Guión:
Tony Gilroy, Scott Z. Burns, George Nolfi, basado en la novela homónima
de Robert Ludlum. Producción: Patrick Crowley, Frank Marshall,
Paul Sandberg. Diseño de producción: Peter Wendham.
Fotografía:
Oliver Wood. Montaje: Christopher Rouse. Música: John
Powel. Elenco: Matt Damon (Jason Bourne), Julia Stiles (Nicky
Parsons), David Strathairn (Noah Vosen, subdirector de la CIA), Scott
Glenn (Ezra Kramer, director de la CIA), Paddy Considine (Simon Ross),
Edgar Ramírez (Paz), Albert Finley (doctor Albert Hirsch), Joan Allen
(Pamela Landy), Colin Stinton (Neal Daniels), Joey Ansah (Desh Bouksani).
Duración:
112 minutos. 2,35:1, 35 mm con intermedio digital, color, DTS, Dolby
Digital, SDDS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |