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críticas

Cama adentro
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Ama y esclava  

 

El filme argentino Cama adentro de Jorge Gaggero (2004), que ganó un premio especial del jurado en el Festival de Sundance en 2005, representa con acierto los aspectos íntimos de la relación entre una señora perteneciente al sector social de los propietarios ociosos y su sirvienta, quienes conviven en un apartamento de Buenos Aires en tiempos en que la crisis económica termina de socavar las rentas que garantizan el sustento de ese microcosmos. Es el mismo vínculo, en su dimensión más concreta, que de manera abstracta podría decirse que se establece entre amos y esclavos, señores y sirvientes, y entre patronos y empleados también, a menos que se dé por sentado que el capitalismo ha de borrar por arte de magia los residuos de la dependencia feudal en las relaciones de trabajo modernas. No todo lo estamental se disuelve en el aire al parecer, como sostienen Marx y Engels en el Manifiesto comunista. Al menos no en el pequeño mundo de los personajes de esta película, cada uno de los cuales parece constituir medio ser humano, o más bien la mitad de una criatura monstruosa que sobrevive incluso a las condiciones reales que le dieron vida.

 

Es inevitable recordar un texto clásico sobre el tema cuando se trata de comprender lo que sucede entre la señora Beba Pujol (Norma Aleandro) y Dora (Norma Argentina): el fragmento titulado “Señor y siervo” de la Fenomenología del espíritu de Hegel. Siguiendo a este autor podría señalarse que el primer aspecto en que la relación entre los personajes niega la humanidad de ambos es el hecho de que entre Beba y el mundo que los hombres y mujeres crean por medio del trabajo se interpone siempre Dora. La propietaria es, paradójicamente, incapaz de disponer de aquellas cosas que son sus propiedades, incluso para garantizar su más íntimo y elemental bienestar, sin el concurso de la otra.

 

Cama adentro es, en este sentido, brillante al poner de manifiesto cómo esto deviene en una forma aberrada de vivir cuando muestra, por ejemplo, el caos que naturalmente siembra Beba a su paso por el apartamento. Pareciera que haber tenido siempre sirvientes que restablecen todo lo que desbarata le hubiese impedido llegar a tener un control completo sobre sus actos, como se supone que debe hacerlo cualquiera cuando deja de ser niño. Detalles como la incapacidad de establecer una relación con su hija, que vive en España y que parece comunicarse más fácilmente con la sirvienta, y su absoluta falta de pericia para desinfectarse una herida que se produjo en el pie y sacar de ella una astilla hacen ver que, sin Dora, hasta el vínculo filial acabaría por disolverse y una percance insignificante podría tener graves complicaciones. Y justamente el desenlace trágico de la existencia ociosa de Beba consiste en que la sirvienta nuca podrá ayudarla en el aspecto más esencial que requiere mantener el tipo de vida que lleva: administrar sabiamente sus propiedades para incrementarlas y protegerse de situaciones como la crisis. Si señora es, por todo esto, una caricatura de ser humano, ello se debe, en síntesis, a que su verdad está fuera de ella, en aquella otra de la cual su existencia depende, sin que ella lo reconozca.

 

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Pero la sirvienta, si bien se disgusta por el maltrato que continuamente recibe de la señora, y lo manifiesta a través de diversos gestos de protesta, es incapaz de disolver el vínculo de dependencia que mantiene con ella. No se trata, además, de sujeción económica, puesto que Beba llega a deberle varios meses de sueldo, e incluso le pide dinero prestado para afrontar algunos gastos domésticos. Lo que le hace aferrarse a su posición junto a la señora es, sobre todo, el apego se debe a la admiración que siente por el tipo de persona que es Beba y por el estatus que se manifiesta en los pequeños rituales que rodean la vida elegantge que lleva. Eso se pone de manifiesto luego de que se decide a marcharse de la casa, harta de la falta de pago y de la decadencia: cuando la contratan para atender la celebración de una fiesta en casa de otros ricos, no cesa de poner como ejemplo de cómo se deben hacer las cosas lo que aprendió en casa de Beba.

 

La patrona es, en resumen, el modelo de persona que Dora quisiera copiar. Es en ella que ve, porque no tiene otro modelo, la encarnación de lo que a ella le parece que es la humanidad plenamente realizada, algo que su posición en el hogar de la señora le niega. Así como el amo vive alejado de la realidad, en el sentido de que se halla desvinculado de la ejecución directa de las tareas que le garantizan la subsistencia y el confort, a la sirvienta le ocurre lo mismo porque el resultado de lo que hace con maestría y eficiencia pertenece a un mundo que le es ajeno y que la rechaza. Alucina con la forma de vida de los ricos a la vez que se le va la existencia en mantener esa forma de vivir de otros para recibir como recompensa el desprecio. Ambas son, como se dijo al principio, las dos mitades de una criatura que, completa, no es sino lo humano devenido monstruo en la relación amo-esclavo.

 

Además de saber hilar fino los detalles psicológicos de la relación entre los personajes, llenando de vida situaciones que no por este realismo dejan de apuntar claramente al trasfondo que se ha intentado exponer aquí, Cama adentro destaca por su ausencia de falso optimismo en relación con el cambio. Tomar conciencia y actuar no constituye garantía de cambio en la película, porque no hay existencia que se pueda echar adelante en soledad. Vivir requiere del concurso de los otros por lo que, si los demás rehúyen la aventura de la verdadera libertad, vuelven las antiguas relaciones de dependencia.  

 

CAMA ADENTRO

Argentina, 2004

 

Dirección y guión: Jorge Gaggero. Producción: Verónica Cura, Diego Mas Trelles, Antón Reixa. Diseño de producción: Marcela Bazzano. Fotografía: Javier Julia. Montaje: Guillermo Represa. Sonido: Vicente D’Elia. Elenco: Norma Aleandro (Beba Pujol), Norma Argentina (Dora), Marcos Mundstock (Víctor), Claudia Lepacó (Perla), Elsa Berenguer (Sara), Mónica Gonzaga (Irma), Susana Lanteri (Memé), Raúl Panguinao (Miguel). Duración: 83 minutos. 35 mm, color, Dolby Digital.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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