07/08
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críticas

Ciudad al límite
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Los crímenes del TLC  

 

El filme Ciudad al límite (Bordertown, 2006), dirigido por el estadounidense Gregory Nava, es quizás la crítica más profunda y despiadada de la globalización y de los tratados de libre comercio que propugna el Ejecutivo estadounidense que se haya visto en salas de cine en Venezuela. Es una sorpresa que haya llegado al país por la vía de Cinematográfica Blancica y no de la distribuidora del gobierno, Amazonia Films, aunque para compensar la mutilen en Cinex, proyectándola con ventanilla 1,66:1, en vez de la correcta: 1,85:1. El tema de la película, el conocido caso de las desapariciones y asesinatos de cientos, quizás miles de mujeres, en Ciudad Juarez, México, en la frontera con Estados Unidos, es apenas la punta de un iceberg que la trama va haciendo emerger poco a poco de las profundidades ocultas. En la cinta se vinculan los crímenes con el trabajo femenino en las plantas que ensamblan televisores y computadoras para el mercado estadounidense. También con las políticas del gobierno mexicano para propiciar el éxodo rural que provee de mano de obra barata a esas “industrias”, y con los vínculos entre los empresarios y los gobiernos de las tres naciones involucradas en esa forma de neoesclavitud –México, Estados Unidos y Japón–. Todo esto es relacionado, a su vez, con los límites impuestos por los gobiernos y las corporaciones a la cobertura informativa del problema a ambos lados de la frontera –a balazos y a realazos, respectivamente– y con la manera como los medios intentan cooptar a los periodistas para que apoyen la agenda de globalización-libre comercio-entretenimiento: el anzuelo de esa glamorosa forma de autoexplotación que significa coronar con el éxito una carrera. Aunque el guionista sea Nava, el libreto parece escrito por Naomi Klein.

 

Da la impresión de que tanta cosa puede resultar excesiva en un filme de 112 minutos, pero el principal logro del realizador es haber logrado plantear con lucidez y economía todas estas aristas de un problema tan complejo como el de Ciudad Juárez, para que se entienda en su verdadera dimensión. En todo caso, lo sacrificado fue la coherencia dramática, en dos o tres cosas difíciles de explicar que suceden en la película, por ejemplo. En al menos una ocasión se pecó de exceso, además, para pasar de denunciar a tratar de darle una torpe bofetada, a través del cine, al sistema perverso que la película denuncia. No hacía falta tampoco hacerlo. La lógica de los hechos que se intenta hacer salir a la luz es puesta de manifiesto con la precisión que toda denuncia radical seria requiere hoy en día.

 

Bordertown también marca distancia del género en el cual un estadounidense actúa para denunciar e impedir atrocidades que ocurren en el extranjero y su intervención termina por contribuir a que triunfe el bien sobre el mal en el marco del orden. La película juega con eso al principio, pero cuando el final habitual en este tipo de cintas está a punto de producirse, un viraje hace que el triunfo de la justicia de las instituciones nacionales e internacionales se tuerza para trazar un itinerario distinto. Del frívolo interés profesional por las desgracias noticiosas del Tercer Mundo, al principio, la protagonista llega al descubrimiento del vínculo trasnacional que une a los trabajadores, sin importar en qué parte del mundo los exploten. De allí pasa a asumir un compromiso con las víctimas, el cual se traduce en el comienzo de una lucha, desde un pequeño baluarte marginal, mantenido con una tenaz resistencia, contra todos los poderes establecidos. El desenlace queda abierto, para mayor inquietud del espectador. En vez de salir del cine saboreando el triunfo de las instituciones justas, ha de abandonar la sala con angustia y un llamado a hacer algo para cambiar radicalmente las cosas, lo cual implica algo más que votar contra los políticos que integran, junto con algunos empresarios, el sistema perverso que promueve los TLC.

 

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Hay otros dos detalles en los que valdría la pena detenerse, a título de ejemplo, para poner de manifiesto cómo el poder de denuncia de la película se basa en un acertado dominio del arte de hacer cine. El primer detalle revela el talento de Nava para captar cómo los monstruos explotadores que crea la sociedad pueden tener la apariencia de gente agradable y bondadosa. Ocurre cuando la periodista estadounidense Lauren Adrian (Jennifer Lopez) esconde a Eva Jiménez (Maya Zapata), sobreviviente de una violación e intento de asesinato, en la casa de Teresa Casillas (Sonia Braga). La rica propietaria insiste una y otra vez en que la muchacha, por ser indígena, piensa de una forma diferente, y que el sicario que la persigue, a quien ella llama con toda justicia “el diablo”, no es sino un ejemplo de cómo lo real y lo imaginario supuestamente se le confunden. A medida en que se desarrolla la historia, el espectador llega a saber que ese demonio violador y asesino de chicas humildes e indefensas es invisible para Casillas porque es una persona de su clase social. Es a ella a quien la realidad se le diluye en la fantasía para no ver la oscuridad del mundo al que pertenece, y que desenmascara su falsa solidaridad con los pobres.

 

El otro ejemplo de acierto cinematográfico es la representación del trabajo en la maquila. La iluminación, a la vez resplandeciente y verdosa, pone de manifiesto que se trata de un mundo aparte de las calles de Juárez. Allí no existe el día ni la noche porque el trabajo no se detiene jamás. Cuando Lauren se infiltra para conocer de primera mano la experiencia de las obreras, y poder confrontar a un chofer de autobús que violó a Eva, unos pocos minutos bastan para que el espectador se haga una idea de lo que es el infierno laboral de la globalización. Rápidamente se le explica a la recién llegada a la línea de montaje que su papel consiste en apretar un tornillo a lo largo de toda la jornada, al ritmo frenético que una y otra vez exigen que se intensifique desde los altavoces, porque supuestamente existe un retraso en la fábrica: “Aceleren la producción, aceleren la producción”. Una serie de fundidos a negro puntúan la secuencia y mantienen dentro de sus justos límites una representación que, de otra manera, quizás hubiese parecido una caricatura, y no lo es.

 

Si accidentes como la filmación de Ciudad al límite llegan a producirse en la industria estadounidense del entretenimiento, es porque ningún sistema es lo suficientemente monolítico para impedir que el disenso abra grietas. Lo curioso es que entre los héroes de estas luchas a veces aparecen personajes insospechados, como ocurre con Jennifer Lopez en este caso, quien además de actriz es coproductora de Bordertown. Al final ella sale con una blusa roja, después de una toma de un monumento a los trabajadores, y se da a entender que es hija de un sindicalista asesinado. Más claro no puede hablar de política “JLo”.

 

CIUDAD AL LÍMITE

Bordertown, Estados Unidos, 2006

 

Dirección y guión: Gregory Nava. Producción: Gregory Nava, Jennifer Lopez, Simon Fields. Diseño de producción: Miguel Ángel Álvarez. Fotografía: Reynaldo Villalobos. Montaje: Padraic McKinkey. Sonido: Bayard Carey. Música: Graeme Revell. Elenco: Jennifer Lopez (Lauren Adrian), Antonio Banderas (Alfonso Diaz), Maya Zapata (Eva Jiménez), Kate del Castillo (Elena Diaz), Martin Sheen (George Morgan), Sonia Braga (Teresa Casillas). Duración: 112 minutos. Formato: HDTV con intermedio digital inflado a 35 mm, 1,85:1, color Dolby Digital.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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