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críticas
Los crímenes del
TLC
El
filme Ciudad al límite (Bordertown, 2006), dirigido por el
estadounidense Gregory Nava, es quizás la crítica más profunda y
despiadada de la globalización y de los tratados de libre comercio que
propugna el Ejecutivo estadounidense que se haya visto en salas de cine
en Venezuela. Es una sorpresa que haya llegado al país por la vía de
Cinematográfica Blancica y no de la distribuidora del gobierno, Amazonia
Films, aunque para compensar la mutilen en Cinex, proyectándola con
ventanilla 1,66:1, en vez de la correcta: 1,85:1. El tema de la
película, el conocido caso de las desapariciones y asesinatos de
cientos, quizás miles de mujeres, en Ciudad Juarez, México, en la
frontera con Estados Unidos, es apenas la punta de un iceberg que la
trama va haciendo emerger poco a poco de las profundidades ocultas. En
la cinta se vinculan los crímenes con el trabajo femenino en las plantas
que ensamblan televisores y computadoras para el mercado estadounidense.
También con las políticas del gobierno mexicano para propiciar el éxodo
rural que provee de mano de obra barata a esas “industrias”, y con los
vínculos entre los empresarios y los gobiernos de las tres naciones
involucradas en esa forma de neoesclavitud –México, Estados Unidos y
Japón–. Todo esto es relacionado, a su vez, con los límites impuestos
por los gobiernos y las corporaciones a la cobertura informativa del
problema a ambos lados de la frontera –a balazos y a realazos,
respectivamente– y con la manera como los medios intentan cooptar a los
periodistas para que apoyen la agenda de globalización-libre
comercio-entretenimiento: el anzuelo de esa glamorosa forma de
autoexplotación que significa coronar con el éxito una carrera. Aunque
el guionista sea Nava, el libreto parece escrito por Naomi Klein.
Da la impresión de que tanta cosa puede
resultar excesiva en un filme de 112 minutos, pero el principal logro
del realizador es haber logrado plantear con lucidez y economía todas
estas aristas de un problema tan complejo como el de Ciudad Juárez, para
que se entienda en su verdadera dimensión. En todo caso, lo sacrificado
fue la coherencia dramática, en dos o tres cosas difíciles de explicar
que suceden en la película, por ejemplo. En al menos una ocasión se pecó
de exceso, además, para pasar de denunciar a tratar de darle una torpe
bofetada, a través del cine, al sistema perverso que la película
denuncia. No hacía falta tampoco hacerlo. La lógica de los hechos que se
intenta hacer salir a la luz es puesta de manifiesto con la precisión
que toda denuncia radical seria requiere hoy en día.
Bordertown
también marca distancia del género en el cual un estadounidense actúa
para denunciar e impedir atrocidades que ocurren en el extranjero y su
intervención termina por contribuir a que triunfe el bien sobre el mal
en el marco del orden. La película juega con eso al principio, pero
cuando el final habitual en este tipo de cintas está a punto de
producirse, un viraje hace que el triunfo de la justicia de las
instituciones nacionales e internacionales se tuerza para trazar un
itinerario distinto. Del frívolo interés profesional por las desgracias
noticiosas del Tercer Mundo, al principio, la protagonista llega al
descubrimiento del vínculo trasnacional que une a los trabajadores, sin
importar en qué parte del mundo los exploten. De allí pasa a asumir un
compromiso con las víctimas, el cual se traduce en el comienzo de una
lucha, desde un pequeño baluarte marginal, mantenido con una tenaz
resistencia, contra todos los poderes establecidos. El desenlace queda
abierto, para mayor inquietud del espectador. En vez de salir del cine
saboreando el triunfo de las instituciones justas, ha de abandonar la
sala con angustia y un llamado a hacer algo para cambiar radicalmente
las cosas, lo cual implica algo más que votar contra los políticos que
integran, junto con algunos empresarios, el sistema perverso que
promueve los TLC.
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Hay
otros dos detalles en los que valdría la pena detenerse, a título de
ejemplo, para poner de manifiesto cómo el poder de denuncia de la
película se basa en un acertado dominio del arte de hacer cine. El
primer detalle revela el talento de Nava para captar cómo los monstruos
explotadores que crea la sociedad pueden tener la apariencia de gente
agradable y bondadosa. Ocurre cuando la periodista estadounidense Lauren
Adrian (Jennifer Lopez) esconde a Eva Jiménez (Maya Zapata),
sobreviviente de una violación e intento de asesinato, en la casa de
Teresa Casillas (Sonia Braga). La rica propietaria insiste una y otra
vez en que la muchacha, por ser indígena, piensa de una forma diferente,
y que el sicario que la persigue, a quien ella llama con toda justicia
“el diablo”, no es sino un ejemplo de cómo lo real y lo imaginario
supuestamente se le confunden. A medida en que se desarrolla la
historia, el espectador llega a saber que ese demonio violador y asesino
de chicas humildes e indefensas es invisible para Casillas porque es una
persona de su clase social. Es a ella a quien la realidad se le diluye
en la fantasía para no ver la oscuridad del mundo al que pertenece, y
que desenmascara su falsa solidaridad con los pobres.
El
otro ejemplo de acierto cinematográfico es la representación del trabajo
en la maquila. La iluminación, a la vez resplandeciente y verdosa, pone
de manifiesto que se trata de un mundo aparte de las calles de Juárez.
Allí no existe el día ni la noche porque el trabajo no se detiene jamás.
Cuando Lauren se infiltra para conocer de primera mano la experiencia de
las obreras, y poder confrontar a un chofer de autobús que violó a Eva,
unos pocos minutos bastan para que el espectador se haga una idea de lo
que es el infierno laboral de la globalización. Rápidamente se le
explica a la recién llegada a la línea de montaje que su papel consiste
en apretar un tornillo a lo largo de toda la jornada, al ritmo frenético
que una y otra vez exigen que se intensifique desde los altavoces,
porque supuestamente existe un retraso en la fábrica: “Aceleren la
producción, aceleren la producción”. Una serie de fundidos a negro
puntúan la secuencia y mantienen dentro de sus justos límites una
representación que, de otra manera, quizás hubiese parecido una
caricatura, y no lo es.
Si
accidentes como la filmación de Ciudad al límite llegan a
producirse en la industria estadounidense del entretenimiento, es porque
ningún sistema es lo suficientemente monolítico para impedir que el
disenso abra grietas. Lo curioso es que entre los héroes de estas luchas
a veces aparecen personajes insospechados, como ocurre con Jennifer
Lopez en este caso, quien además de actriz es coproductora de
Bordertown. Al final ella sale con una blusa roja, después de una
toma de un monumento a los trabajadores, y se da a entender que es hija
de un sindicalista asesinado. Más claro no puede hablar de política “JLo”.
CIUDAD AL LÍMITE
Bordertown,
Estados Unidos, 2006
Dirección y guión:
Gregory Nava. Producción: Gregory Nava, Jennifer Lopez, Simon
Fields. Diseño de producción: Miguel Ángel Álvarez. Fotografía:
Reynaldo Villalobos. Montaje: Padraic McKinkey. Sonido:
Bayard Carey. Música: Graeme Revell. Elenco: Jennifer
Lopez (Lauren Adrian), Antonio Banderas (Alfonso Diaz), Maya Zapata (Eva
Jiménez), Kate del Castillo (Elena Diaz), Martin Sheen (George Morgan),
Sonia Braga (Teresa Casillas). Duración: 112 minutos. Formato:
HDTV con intermedio digital inflado a 35 mm, 1,85:1, color Dolby
Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |