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críticas
Música de la
historia
“¿Y qué pasaría si...?” es la pregunta de la que nace la ciencia
ficción, un género que se caracteriza por imaginar otros mundos posibles
en el futuro u otras posibilidades en el presente. En Beethoven,
monstruo inmortal (Copying Beethoven, 2006), que formó
parte de la selección oficial del Festival de San Sebastián y estuvo
nominada al premio Goya, en España, como mejor película europea, los
guionistas y productores Steven Rivele y Christopher Wilson, y la
directora, Agnieszka Holland, se hicieron la misma pregunta, pero en
relación con el pasado: “¿Qué hubiera pasado si...?”. Entonces
inventaron más de lo que suele hacerse en estos casos: le crearon a
Ludwig van Beethoven una copista imaginaria que se convierte, además, en
una interlocutora y colaboradora central en sus últimos días como
compositor y llega a dirigir la Novena sinfonía en el estreno.
Planteamientos delirantes como este no fueron ajenos al cine de
inquietud moral que se hizo en Polonia en los ochenta, y del cual
Holland fue destacada exponente junto con Krzysztof Kieslowski.
La
secuencia inicial de Copying Beethoven pone en alerta al
espectador de que la película va a ser poco común. La descripción
vertiginosa del viaje en carruaje de Anna Holtz (Diane Kruger) a Viena,
adonde va recomendada por su profesor de música para ser asistente del
experimentado copista Wenzel Schlemmer (Ralph Riach), no se corresponde
únicamente con la representación de lo que podría sentirse al
trasladarse en un vehículo como ese, ni solamente tampoco con el
nerviosismo de una chica de 23 años de edad que acude a una cita vital
para su carrera. En la manera como fue fotografiada y montada la
secuencia hay algo de representación psicológica y del espacio, pero
también un ritmo que se hace perceptible por sí mismo, por encima de lo
que la cinta relata. El filme introduce así el tema de la música antes
de que haya aparecido en la historia, mostrándola además de una forma
que se corresponde a como la entiende el personaje de Beethoven: una
misteriosa comunicación de las almas, en este caso con el alma del
espectador. Si bien el ritmo podría no necesitar nada más para
justificarse en ese momento, luego el público puede entender que también
revelaba algo de lo que ocurría en ese momento el corazón de Holtz en el
viaje: el estado de expectante agitación de quien viaja al posible
encuentro con su destino.
Esta
otra forma de música es una de las dos claves de la película, y se
evidencia en muchas otras secuencias. Por ejemplo, en la que muestra a
Anna Holtz en el proceso de componer: uno de los planos ubica la acción
en el desordenado y sucio apartamento de Beethoven, al que describe
mostrando unas cáscaras de huevo cerca de la ventana, pero otro plano,
después, muestra una allí una manzana roja. La relación entre ambos es
también de un contraste visual musical, entre una nota grave y triste, y
otra alegre y aguda. Incluso podría decirse que es como la música el
vínculo que hay en el filme entre los dos protagonistas, la copista y el
compositor (Ed Harris): que ella sea tan joven y tan bella no parece
tener otra razón que crear un contraste extrañamente armónico con el
mugriento y rudo compositor. No termina de haber una historia de amor
que justifique dramáticamente la presencia de un personaje como Anna
Holz, aunque en la película se acaricia esta posibilidad.
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La
otra clave del filme es el humor, que funciona como una suerte de seguro
contra los peligros de los tópicos hollywoodenses filtrados en la
historia y, sobre todo, contra el peso que ha adquirido por sí mismo el
“Himno a la alegría” de la Novena sinfonía de Beethoven, uno de
los fragmentos de la música clásica que más ha sido masticado y digerido
por la cultura de masas chabacana. La larga secuencia central de la
película es la del estreno de esa obra, en la que Anna Holtz asiste al
compositor como apuntadora, porque él insiste en dirigirla a pesar de
que está sordo. La directora de la cinta, el director de fotografía y el
montador vuelven a lucirse en ella como lo hicieron en la primera
secuencia, hasta el punto de que podría decirse que esta parte del filme
es un dúo concertante de música y cine. La representación objetiva del
espacio pasa a un segundo plano allí para mostrar una proximidad entre
la apuntadora y el compositor que es más espiritual que física. Hay
planos en los que parece que puede vérsela claramente a ella, en medio
de la orquesta, desde la perspectiva del podio, y otros en los que
parece invisible. A
medida que se desarrolla la música, la narración va cambiando también,
para acompañar, por ejemplo, con primeros planos alternados de ambos
personajes con los ojos cerrados, las partes más líricas de la pieza –lo
cual constituye, dicho sea de paso, una forma bastante trillada de
representar el ensimismamiento–, para luego volver a los planos más
abiertos, con movimientos rápidos de cámara. Pero el humor sirve para pasar el trago empalagoso y diluir lo
sublime también: la intervención del coro en el himno es antecedida por
una sucesión de planos cómicos de algunos de sus integrantes,
de los cuales se sabe, además, que llevan largo rato de pie esperando
allí, sin cantar, porque uno de los personajes lo ha explicado antes.
En
conjunto, la secuencia de la Novena sinfonía marcha siempre al
borde de la catástrofe y del ridículo, como bien ha observado Rodolfo
Izaguirre en su crítica. Pero podría acotarse a este severo juicio que
la ridiculez, extremo del humor, es una de las cartas del juego de la
directora, y que Holland la había mostrado con anterioridad. Si la
presencia de la apuntadora en el escenario es tirada por los pelos, la
película toda no es menos descabellada, empezando por el tema de la
colaboradora imaginaria del compositor.
BEETHOVEN, MONSTRUO INMORTAL
Copying
Beethoven, Estados Unidos-Alemania-Hungría, 2006
Dirección:
Agnieszka Holland. Guión: Stephen J. Rivele, Christopher
Wilkinson. Producción:
Stephen Rivele, Christopher Wilkinson, Sidney Kimmel, Michael Taylor.
Diseño de producción: Caroline Amies. Fotografía: Ashley Rowe.
Montaje: Alex Mackie. Sonido: Simon Hayes.
Música:
Maggie Rodford, Ludwig van Beethoven. Elenco: Ed Harris (Ludwig
van Beethoven), Diane Kruger (Anna Holtz), Matthew Goode (Martin Bauer),
Joe Anderson (Karl van Beethoven), Ralph Riach (Wenzel Schlemmer).
Duración: 104 minutos. Formato: 35 mm anamórfico, 2,35:1,
color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |