07/08
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críticas

Copying Beethoven
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Música de la historia  

 

“¿Y qué pasaría si...?” es la pregunta de la que nace la ciencia ficción, un género que se caracteriza por imaginar otros mundos posibles en el futuro u otras posibilidades en el presente. En Beethoven, monstruo inmortal (Copying Beethoven, 2006), que formó parte de la selección oficial del Festival de San Sebastián y estuvo nominada al premio Goya, en España, como mejor película europea, los guionistas y productores Steven Rivele y Christopher Wilson, y la directora, Agnieszka Holland, se hicieron la misma pregunta, pero en relación con el pasado: “¿Qué hubiera pasado si...?”. Entonces inventaron más de lo que suele hacerse en estos casos: le crearon a Ludwig van Beethoven una copista imaginaria que se convierte, además, en una interlocutora y colaboradora central en sus últimos días como compositor y llega a dirigir la Novena sinfonía en el estreno. Planteamientos delirantes como este no fueron ajenos al cine de inquietud moral que se hizo en Polonia en los ochenta, y del cual Holland fue destacada exponente junto con Krzysztof Kieslowski.

 

La secuencia inicial de Copying Beethoven pone en alerta al espectador de que la película va a ser poco común. La descripción vertiginosa del viaje en carruaje de Anna Holtz (Diane Kruger) a Viena, adonde va recomendada por su profesor de música para ser asistente del experimentado copista Wenzel Schlemmer (Ralph Riach), no se corresponde únicamente con la representación de lo que podría sentirse al trasladarse en un vehículo como ese, ni solamente tampoco con el nerviosismo de una chica de 23 años de edad que acude a una cita vital para su carrera. En la manera como fue fotografiada y montada la secuencia hay algo de representación psicológica y del espacio, pero también un ritmo que se hace perceptible por sí mismo, por encima de lo que la cinta relata. El filme introduce así el tema de la música antes de que haya aparecido en la historia, mostrándola además de una forma que se corresponde a como la entiende el personaje de Beethoven: una misteriosa comunicación de las almas, en este caso con el alma del espectador. Si bien el ritmo podría no necesitar nada más para justificarse en ese momento, luego el público puede entender que también revelaba algo de lo que ocurría en ese momento el corazón de Holtz en el viaje: el estado de expectante agitación de quien viaja al posible encuentro con su destino.

 

Esta otra forma de música es una de las dos claves de la película, y se evidencia en muchas otras secuencias. Por ejemplo, en la que muestra a Anna Holtz en el proceso de componer: uno de los planos ubica la acción en el desordenado y sucio apartamento de Beethoven, al que describe mostrando unas cáscaras de huevo cerca de la ventana, pero otro plano, después, muestra una allí una manzana roja. La relación entre ambos es también de un contraste visual musical, entre una nota grave y triste, y otra alegre y aguda. Incluso podría decirse que es como la música el vínculo que hay en el filme entre los dos protagonistas, la copista y el compositor (Ed Harris): que ella sea tan joven y tan bella no parece tener otra razón que crear un contraste extrañamente armónico con el mugriento y rudo compositor. No termina de haber una historia de amor que justifique dramáticamente la presencia de un personaje como Anna Holz, aunque en la película se acaricia esta posibilidad.

 

 
Secuencia de la Novena sinfonía en Copying Beethoven
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La otra clave del filme es el humor, que funciona como una suerte de seguro contra los peligros de los tópicos hollywoodenses filtrados en la historia y, sobre todo, contra el peso que ha adquirido por sí mismo el “Himno a la alegría” de la Novena sinfonía de Beethoven, uno de los fragmentos de la música clásica que más ha sido masticado y digerido por la cultura de masas chabacana. La larga secuencia central de la película es la del estreno de esa obra, en la que Anna Holtz asiste al compositor como apuntadora, porque él insiste en dirigirla a pesar de que está sordo. La directora de la cinta, el director de fotografía y el montador vuelven a lucirse en ella como lo hicieron en la primera secuencia, hasta el punto de que podría decirse que esta parte del filme es un dúo concertante de música y cine. La representación objetiva del espacio pasa a un segundo plano allí para mostrar una proximidad entre la apuntadora y el compositor que es más espiritual que física. Hay planos en los que parece que puede vérsela claramente a ella, en medio de la orquesta, desde la perspectiva del podio, y otros en los que parece invisible. A medida que se desarrolla la música, la narración va cambiando también, para acompañar, por ejemplo, con primeros planos alternados de ambos personajes con los ojos cerrados, las partes más líricas de la pieza –lo cual constituye, dicho sea de paso, una forma bastante trillada de representar el ensimismamiento–, para luego volver a los planos más abiertos, con movimientos rápidos de cámara. Pero el humor sirve para pasar el trago empalagoso y diluir lo sublime también: la intervención del coro en el himno es antecedida por una sucesión de planos cómicos de algunos de sus integrantes, de los cuales se sabe, además, que llevan largo rato de pie esperando allí, sin cantar, porque uno de los personajes lo ha explicado antes.

 

En conjunto, la secuencia de la Novena sinfonía marcha siempre al borde de la catástrofe y del ridículo, como bien ha observado Rodolfo Izaguirre en su crítica. Pero podría acotarse a este severo juicio que la ridiculez, extremo del humor, es una de las cartas del juego de la directora, y que Holland la había mostrado con anterioridad. Si la presencia de la apuntadora en el escenario es tirada por los pelos, la película toda no es menos descabellada, empezando por el tema de la colaboradora imaginaria del compositor.

 

BEETHOVEN, MONSTRUO INMORTAL

Copying Beethoven, Estados Unidos-Alemania-Hungría, 2006

 

Dirección: Agnieszka Holland. Guión: Stephen J. Rivele, Christopher Wilkinson. Producción: Stephen Rivele, Christopher Wilkinson, Sidney Kimmel, Michael Taylor. Diseño de producción: Caroline Amies. Fotografía: Ashley Rowe. Montaje: Alex Mackie. Sonido: Simon Hayes. Música: Maggie Rodford, Ludwig van Beethoven. Elenco: Ed Harris (Ludwig van Beethoven), Diane Kruger (Anna Holtz), Matthew Goode (Martin Bauer), Joe Anderson (Karl van Beethoven), Ralph Riach (Wenzel Schlemmer). Duración: 104 minutos. Formato: 35 mm anamórfico, 2,35:1, color, Dolby Digital.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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