La costumbre de la sobriedad
Clasificar es una pasión muchas veces
incomprensible. Sin embargo, dados a la tarea profesional de
establecer orden en medio de la diversidad de búsquedas del
Nuevo Cine Argentino, los críticos han identificado una
vertiente a la que califican de costumbrista para hacerla
contrastar con la de otros realizadores de inquietudes más
intimistas. En el campo designado con esta palabra, que
puede causar escalofríos en algunos por su referencia a
expresiones literarias que alcanzaron su apogeo en el siglo
XIX, podría ubicarse la más reciente producción del ganador
del premio del jurado en el Festival de Berlín en 2004 con
El abrazo partido, Daniel Burman. Se trata del filme
Derecho de familia (2006), que conquistó el premio
del público en el Festival de Mar del Plata el año pasado.


El costumbrismo al que se ha hecho
referencia, sin embargo, no es decimonónico sino posmoderno.
No se trata de retratar personajes y situaciones que puedan
ser considerados como expresión de lo nacional, o de
cualquier otra generalidad, sino de su propia e irreductible
particularidad. No es la realidad de una nación, ni de una
clase lo que se intenta dibujar sino una de las múltiples
realidades que coexisten en una sociedad diversa, incluso
con relativa independencia con respecto a los múltiples
ámbitos similares que las rodean. A ninguna de estas islas
tampoco pertenecen propiamente los personajes. Ellos hacen
su vida con un pie en una y otro pie en otro lugar, quizás
conceptualmente muy lejano pero que en la vida real puede
estar situado a la vuelta de la esquina, incluso del otro
lado de la cama.
Derecho de familia
al parecer pondrá fin a una trilogía de filmes que integran
también Esperando al Mesías (2000) y El abrazo
partido (2004), y que tienen en común la problemática
relacionada con la identidad de los judíos de Buenos Aires.
Sin embargo, no hay ni madres judías ni casi ningún chiste
de religión en esta película –salvo una broma irreverente
que podría causar molestias en algunos, puesto que tiene que
ver con el Holocausto–. Si el protagonista se casa con una
goy, ello tampoco es motivo de preocupación para su
padre. Esa es la primera virtud de la cinta: evadir la
superficialidad de los lugares comunes para dirigir la
atención hacia los aspectos más profundos de una manera de
vivir, como la ubicación del centro familiar en el padre,
con toda la problemática relación con el hijo varón que se
desprende de ello, y la transmisión de una generación a otra
del legado de la práctica de la misma profesión.
Ariel Perelman (Daniel Hendler), el
protagonista de Derecho de familia, ha optado por
seguir a su modo la profesión de abogado picapleitos de su
padre, el doctor Bernardo Perelman (Arturo Gotees). Éste
ejercería el derecho mientras que él cree haber elegido la
justicia, al convertirse en profesor universitario y en
defensor público. Asimismo ha escogido a su esposa (Julieta
Díaz), no entre las chicas de la comunidad a la que se
supone que pertenece sino entre las alumnas que el azar ha
hecho atravesarse en su camino, incluso una que abandonó los
estudios y que se dedica a las terapias alternativas de
cuidado corporal. Y su hijo termina inscrito en un jardín de
infantes suizo, en el que se hacen actos con bailes típicos
tiroleses, únicamente porque era el que más cerca quedaba de
su casa. De esta manera construye una vida deliberadamente
al margen de la de su padre, a quien parece incluso evitar
ver. Pero también trata de mantener distancia con respecto
al mundo new age de su mujer y de las prácticas colectivas,
inspiradas por psicólogos progresistas, en las que también
quiere involucrarlo el personal que se ocupa de su hijo en
el kinder.


Sin embargo otro azar –el cierre del
edificio de los defensores públicos– priva a Ariel de la
coartada del trabajo, y debe confrontarse con las tres
realidades que lo rodean. El padre aprovecha para llevarlo
nuevamente en sus visitas a los tribunales y a los clientes,
así como para que se reúna con el círculo de amistades y
familiares, entre los que se incluye un tío que se ha
especializado en presionar suciamente a los deudores para
que paguen. Y aunque le miente a la esposa para evitarlo, al
fin tiene que ocuparse del pequeño Gastón (Eloy Burman, el
hijo del director). El aéreo Ariel, en otras palabras, se ve
obligado a descender a las cosas menudas que siempre ha
procurado evadir pero que a su vez le hace trastabillar en
su aparentemente segura posición sobre la tarima del salón
de clases, siempre ataviado de un saco y corbata modestos
pero impecables, que no se quita ni en la cama. De lo
abstracto a lo concreto, y de allí incluso a lo tiernamente
ridículo, va el camino hacia el hallazgo de la identidad
personal, que no necesariamente está dada por ninguna raíz.
En un filme como éste sólo es posible que
ocurra una cosa. Por tanto, puede decirse aquí cuál es el
desenlace sin temor a arruinarle el gusto a nadie. El padre
muere: lo venía anunciando de una forma bastante clara que
el hijo se negaba a entender, pero al final ocurre lo
inevitable en la historia. Sin embargo, lo importante no es
el qué sucede sino el cómo, y no únicamente por el tino ya
señalado con el que se trata en el filme el tema judío sino
por el estilo de Daniel Burman. Éste ha sido
caracterizado acertadamente así por la crítico Cecilia Sosa
en el diario Página/12: “Tono justo, leve y
juguetón para abordar las preguntas más inquietantes lejos
de toda declaración, en pequeñas situaciones cotidianas y
casi a pesar de sus protagonistas; en momentos suspendidos,
vacilantes y brumosos de sonrisa tenue y a la vez brillante”
(19 de marzo de 2006). Stephen Holden, del New York Times,
ha puesto de relieve, a su vez, el contraste entre el
tratamiento de las relaciones padre-hijo en Derecho de
familia con el cine comercial. La cinta constituye para
el crítico “la antítesis de las películas de Hollywood,
donde los conflictos edípicos padre-hijo son resueltos
mediante embarazosos clichés de ojos lacrimosos” (8 de
diciembre de 2006).
Una
representación de la realidad social acorde con la forma
como ha llegado a ser entendida en la actualidad, sin
denominadores comunes trascendentes que impongan lazos de
comunidad a la heterogeneidad de grupos que pueden
constituirla, y esta sutileza y sobriedad en el tratamiento
de un tema numerosas veces abordado en los filmes son los
principales atributos de esta película. Por ello constituye
también un ejemplo de cómo es posible hacer un cine de
calidad, capaz de satisfacer a una audiencia relativamente
amplia. El punto parece ser no intentar resolver con una
receta la cuestión de la identidad –que se ha convertido en
una construcción problemática sobre la base de múltiples y
heteróclitos préstamos culturales–, ni adornar los
sentimientos con lágrimas de cocodrilo.
DERECHO DE FAMILIA
Argentina-Italia-España-Francia,
2006
Dirección y guión: Daniel Burman. Producción: Diego Dubcovsky, José María Morales, Marc Sillam.
Fotografía:
Ramiro Civita. Montaje: Alejandro Parysow. Sonido: Federico Billordo.
Música: César Lerner. Elenco: Daniel Hendler
(Ariel Perelman), Arturo Gotees (Bernardo Perelman), Julieta
Díaz (Sandra), Eloy Burman (Gastón Perelman), Adriana
Aizemberg (Norita). Duración: 102 minutos. 35 mm, 1.85:1,
Color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info