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críticas
Un héroe moral
Lo
más destacado de Desapareció una noche (Gone Baby Gone,
2007), la opera prima por la que el actor Ben Affleck fue incluido en la
lista de los 10 directores cuya carrera debe seguirse, según la revista
Variety, es el personaje de Patrick Kenzie y la interpretación
que de él hace Casey Affleck, el hermano menor de Ben. Tal como ha
escrito Jim Ridley en
The Village Voice, se trata de un héroe que
sigue un código de honor, como es característico en la ficción
detectivesca, pero a la vez se plantea interrogantes acerca de las
bondades de ese código. Sin embargo, por eso mismo es posible que
trascienda la cuestión específica del género, si se considera al
personaje en relación con el mundo en el que vivimos, lleno de
incertidumbres, donde la solidez de muchas verdades ha sido cuestionada
por el mal que ha resultado de seguir al pie de la letra lo que se suponía
debía hacerse para actuar correctamente. Cabe reparar en este sentido
que la realidad, en el mundo ficticio del filme, se plantea también como
una sucesión de falsas apariencias, en el fondo de la cual no hay un
vacío, como en el cine negro, sino una posibilidad de verdad. Es
platónica la película al presentar el itinerario del personaje como un
recorrido en el que atraviesa la oscuridad y la mentira para salir
finalmente a la luz. ¿No es acaso esto un eco del anhelo contemporáneo
de reestablecer un mundo en el que la certeza moral pueda volver a
existir porque es posible ver con claridad dónde se está parado y cuáles
son las consecuencias de los actos?
Patrick Kenzie tiene una característica que sugiere que lo que lo guía
es algo análogo a un sentimiento religioso. Desde el comienzo del filme,
que está basado en la novela homónima de Dennis Lehane, el mismo autor
de Mystic River, el detective se presenta como un personaje con
una fortaleza interior insospechada por su aspecto de buen muchacho
educado, lo cual le permite plantarse con actitud desafiante ante los
delincuentes violentos en cuyo mundo debe adentrarse. Gracias a esa
fuerza se adivina que también ha podido esquivar el destino de fracaso
que han labrado para sí otros personajes en el mundo que le rodea, por
la falta de entereza para encaminar rectamente su vida. Así ocurre, por
ejemplo, con la madre de la niña desaparecida cuyo caso le piden
investigar. Pero no se trata de que atraviese el infierno como un
conservador religioso con su libro sagrado en la mano, profiriendo
admoniciones contra los pecadores. Kenzie no sabe lo que es bueno porque
sabe que es bueno y nada más, como prescribe la tautología del fanático
fundamentalista.
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No es
porque Patrick Kenzie esté cargado de certezas que logra salir adelante
en el oscuro mundo en que se adentra, por tanto, sino porque siempre
continúa buscándolas. Los cabos sueltos que afloran al final de cada
falso desenlace impiden aceptar que las cosas sean lo que parecen ser,
al igual que la rectitud de los que creen estar del lado del bien.
Incluso cuando todo el mundo lo felicita por el impulso que le llevó a
asesinar al culpable del tipo de crimen horrendo del que se ocupa el
filme, el secuestro de niños con propósitos siniestros como el abuso
sexual, el detective duda de que haya hecho realmente lo correcto, y no
simplemente porque haya actuado al margen de la ley. Eso lo diferencia
tanto del héroe de los westerns como de su contraparte cinematográfica:
el investigador del cine negro, cuya única fortaleza es el cinismo, al
que se aferra con la convicción de que todo es mentira, un abismo del
cual suele rescatarlo el amor de una de las hermosas mujeres con las que
se tropieza en sus investigaciones. A Kenzie, por el contrario, la bella
joven que es su compañera sentimental y socia lo deja, como consecuencia
de su descubrimiento de una verdad que desmantela la mentira que todos
quieren aceptar como justicia, aunque haya sido fraguada por un hombre
sabio y bondadoso con el objetivo de hacer lo más correcto.
¿Cuál
es el resultado de esa búsqueda? Irónicamente, colocar al detective en
una posición idéntica a la que se hallaron los personajes que pusieron
en marcha la historia. El aprendizaje moral consistiría nada más que en
haber disipado las sombras engañosas y llegar a ver con claridad, para
poder volver a afrontar las mismas situaciones y tener la oportunidad de
hacer las cosas de nuevo sin repetir los viejos errores, aunque no se
haya aprendido cómo hacerlas. La enseñanza, además, tiene un alto
precio: al igual que no se trata de adquirir un conocimiento, sino de
disipar tinieblas, también hay que desprenderse de todos aquellos que no
tienen la fortaleza necesaria para dejar de aferrarse a las falsas
certezas que los llevan, queriendo hacer el bien, por el camino del mal
y de la mentira.
DESAPARECIÓ UNA NOCHE
Gone Baby Gone,
Estados Unidos, 2007
Dirección: Ben
Affleck. Guión: Ben Affleck, Aaron Stockard, basado en la novela
homónima de Dennis Lehane. Producción: Ben Affleck, Sean Bailey,
Alan Ladd Jr, Danton Rissner. Diseño de producción: Sharon
Seymour. Fotografía: John Toll. Montaje: William
Goldenberg. Sonido: Alan Rankin. Música: Harry Gregson-Williams.
Elenco:
Casey Affleck (Patrick Kenzie), Michelle Monaghan (Angie Genaro), Morgan
Freeman (capitan Jack Doyle), Ed Harris (detective Remy Bressant), John
Ashton (detective Nick Poole), Amy Ryen (Helene McCready), Ami Madigan
(Bea McCready), Titus Welliver (Lionel McCready).
Duración:
114 minutos. 35 mm con intermedio digital, 1,85: 1, color, DTS, Dolby
Digital, SDDS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |