01/08
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críticas

Desapareció una noche
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Un héroe moral  

 

Lo más destacado de Desapareció una noche (Gone Baby Gone, 2007), la opera prima por la que el actor Ben Affleck fue incluido en la lista de los 10 directores cuya carrera debe seguirse, según la revista Variety, es el personaje de Patrick Kenzie y la interpretación que de él hace Casey Affleck, el hermano menor de Ben. Tal como ha escrito Jim Ridley en The Village Voice, se trata de un héroe que sigue un código de honor, como es característico en la ficción detectivesca, pero a la vez se plantea interrogantes acerca de las bondades de ese código. Sin embargo, por eso mismo es posible que trascienda la cuestión específica del género, si se considera al personaje en relación con el mundo en el que vivimos, lleno de incertidumbres, donde la solidez de muchas verdades ha sido cuestionada por el mal que ha resultado de seguir al pie de la letra lo que se suponía debía hacerse para actuar correctamente. Cabe reparar en este sentido que la realidad, en el mundo ficticio del filme, se plantea también como una sucesión de falsas apariencias, en el fondo de la cual no hay un vacío, como en el cine negro, sino una posibilidad de verdad. Es platónica la película al presentar el itinerario del personaje como un recorrido en el que atraviesa la oscuridad y la mentira para salir finalmente a la luz. ¿No es acaso esto un eco del anhelo contemporáneo de reestablecer un mundo en el que la certeza moral pueda volver a existir porque es posible ver con claridad dónde se está parado y cuáles son las consecuencias de los actos?

 

Patrick Kenzie tiene una característica que sugiere que lo que lo guía es algo análogo a un sentimiento religioso. Desde el comienzo del filme, que está basado en la novela homónima de Dennis Lehane, el mismo autor de Mystic River, el detective se presenta como un personaje con una fortaleza interior insospechada por su aspecto de buen muchacho educado, lo cual le permite plantarse con actitud desafiante ante los delincuentes violentos en cuyo mundo debe adentrarse. Gracias a esa fuerza se adivina que también ha podido esquivar el destino de fracaso que han labrado para sí otros personajes en el mundo que le rodea, por la falta de entereza para encaminar rectamente su vida. Así ocurre, por ejemplo, con la madre de la niña desaparecida cuyo caso le piden investigar. Pero no se trata de que atraviese el infierno como un conservador religioso con su libro sagrado en la mano, profiriendo admoniciones contra los pecadores. Kenzie no sabe lo que es bueno porque sabe que es bueno y nada más, como prescribe la tautología del fanático fundamentalista.

 

 
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No es porque Patrick Kenzie esté cargado de certezas que logra salir adelante en el oscuro mundo en que se adentra, por tanto, sino porque siempre continúa buscándolas. Los cabos sueltos que afloran al final de cada falso desenlace impiden aceptar que las cosas sean lo que parecen ser, al igual que la rectitud de los que creen estar del lado del bien. Incluso cuando todo el mundo lo felicita por el impulso que le llevó a asesinar al culpable del tipo de crimen horrendo del que se ocupa el filme, el secuestro de niños con propósitos siniestros como el abuso sexual, el detective duda de que haya hecho realmente lo correcto, y no simplemente porque haya actuado al margen de la ley. Eso lo diferencia tanto del héroe de los westerns como de su contraparte cinematográfica: el investigador del cine negro, cuya única fortaleza es el cinismo, al que se aferra con la convicción de que todo es mentira, un abismo del cual suele rescatarlo el amor de una de las hermosas mujeres con las que se tropieza en sus investigaciones. A Kenzie, por el contrario, la bella joven que es su compañera sentimental y socia lo deja, como consecuencia de su descubrimiento de una verdad que desmantela la mentira que todos quieren aceptar como justicia, aunque haya sido fraguada por un hombre sabio y bondadoso con el objetivo de hacer lo más correcto.

 

¿Cuál es el resultado de esa búsqueda? Irónicamente, colocar al detective en una posición idéntica a la que se hallaron los personajes que pusieron en marcha la historia. El aprendizaje moral consistiría nada más que en haber disipado las sombras engañosas y llegar a ver con claridad, para poder volver a afrontar las mismas situaciones y tener la oportunidad de hacer las cosas de nuevo sin repetir los viejos errores, aunque no se haya aprendido cómo hacerlas. La enseñanza, además, tiene un alto precio: al igual que no se trata de adquirir un conocimiento, sino de disipar tinieblas, también hay que desprenderse de todos aquellos que no tienen la fortaleza necesaria para dejar de aferrarse a las falsas certezas que los llevan, queriendo hacer el bien, por el camino del mal y de la mentira.

 

DESAPARECIÓ UNA NOCHE

Gone Baby Gone, Estados Unidos, 2007

 

Dirección: Ben Affleck. Guión: Ben Affleck, Aaron Stockard, basado en la novela homónima de Dennis Lehane. Producción: Ben Affleck, Sean Bailey, Alan Ladd Jr, Danton Rissner. Diseño de producción: Sharon Seymour. Fotografía: John Toll. Montaje: William Goldenberg. Sonido: Alan Rankin. Música: Harry Gregson-Williams. Elenco: Casey Affleck (Patrick Kenzie), Michelle Monaghan (Angie Genaro), Morgan Freeman (capitan Jack Doyle), Ed Harris (detective Remy Bressant), John Ashton (detective Nick Poole), Amy Ryen (Helene McCready), Ami Madigan (Bea McCready), Titus Welliver (Lionel McCready). Duración: 114 minutos. 35 mm con intermedio digital, 1,85: 1, color, DTS, Dolby Digital, SDDS.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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