12/07
.    portada    .    quiénes somos    .    cómo publicar    .    contáctenos    .
 
críticas

El búfalo de la noche
Ver todas las críticas
Acaricio, luego existo  

 

El búfalo de la noche (2007) es una película mexicana sobre el amor, la locura y la muerte. Si estos tres temas son pilares del cine comercial, los personajes acartonados que se comportan como fieras al ser arrastrados por pasiones y pulsiones como estas tienen una representación sarcástica en el filme dirigido por el venezolano Jorge Hernández Aldana, y escrito por él y por el autor de la novela homónima, Guillermo Arriaga. El protagonista de la cinta contempla el espectáculo del “lobo mexicano” del otro lado de la barrera que le separa de los animales en el zoológico, y en cambio busca una verdad acerca de la vida en la intimidad, en piel de las mujeres que desea. La cinta busca penetrar así en la profundidad de problemas que padecen muchos jóvenes de la vida real en América Latina, donde la esquizofrenia y el suicidio son realidades que deberían llamar más la atención, como ha dicho Hernández Aldana, y lo hace intentando rebasar la distancia que impone el abordaje del tema a partir de los estrechos códigos del melodrama, aunque también sean constatados y parodiados los ecos de esos estereotipos en la representación de la vida social.

 

La cinta trata del contacto humano, en el sentido más literal de la palabra. Escena tras escena, los personajes se desnudan uno frente al otro, en el cuarto de un hotel, en el automóvil, en el sofá de la sala de una casa. Se acarician; el protagonista besa y estimula con los dedos los pezones de las mujeres. Pero no se trata de un contacto sexual, aunque sea erótico, porque prácticamente no hay planos de genitales en la cinta. En las escenas de sexo lo más importante parece ser lo que antecede a la cópula y lo que la sucede. La urgencia de sentir la piel del otro pareciera ser el fruto de una angustia por constatar la existencia del cuerpo deseado y, a la vez, del propio deseo. “Acaricio, luego existo”, sería la frase que podría resumir eso, y que apuntaría acertadamente al trasfondo existencial del deseo sexual de los jóvenes. Ellos son también urgencia de encontrarse a uno mismo.

 

El espectador es llevado a aproximarse a esta experiencia mediante un estilo de cámara en mano y en el que predominan los planos cerrados. Lo que para el protagonista podría ser certidumbre existencial, para quien ve la película se traduce en goce cierto de la contemplación de las caricias de cuerpos hermosos, desnudos. Hay una plenitud de lo que se ve, y por lo que causa deleite al verlo en esas escenas. Cuando el cuadro se abre, y los personajes están a cierta distancia el uno del otro, como ocurre en una escena en la que el protagonista, Manuel (Diego Luna), y la mujer que más desea, Tania (Liz Gallardo), son vistos en un terreno baldío, ella parece, además de lejana, distante. Los pasos que da para separarse físicamente de Manuel dan la impresión de que abren una brecha entre su vida y la de él, por el simple hecho de no tener su piel junto a la del otro.

 

 
Trailer de El búfalo de la noche
Ver todas las críticas

En la secuencia de la muerte a balazos de los lobos, la imagen se vuelve caótica cuando la cámara intenta seguir a Manuel en la huída. Una de las pocas escenas de acción del filme resulta así confusa, como podría serlo todo lo que ocurre al margen de la certidumbre del contacto de un cuerpo con el otro. La cámara nerviosa, símbolo de la incertidumbre de la época actual, adquiere así en En búfalo de la noche una hondura existencial. Confusa puede ser también para el espectador la narración, puesto que no es lineal ni circular sino un rompecabezas de fragmentos yuxtapuestos que se desarrollan en tiempos diferentes, y que requiere esfuerzo ir armando. Cuando se les encuentra una lógica, ella pareciera no ser otra que la búsqueda de la certidumbre de la piel por el protagonista, es decir, un regreso al punto de partida, con respecto al cual la historia parece un extravío. Afrontar el reto que plantea el filme de tratar de entenderlo produce este resultado irónico.

 

El origen de la angustia de Manuel es que el mundo que se encuentra más allá de aquellos cuerpos a los que lo aferra la certidumbre del deseo es confuso. Por eso no puede haber propiamente una historia, sino fragmentos que no componen un conjunto con sentido, al menos para él. Pero también lo asecha la sombra de la locura de su mejor amigo, Gregorio (Gabriel González), un esquizofrénico que pasa temporadas recluido en un psiquiátrico, que es capaz de amputarse dos dedos de un pie en un ataque de locura y que termina suicidándose. El legado de Gregorio a Manuel es una caja de recuerdos, en la que hay fotos de desconocidos y papeles con frases sin sentido aparente, que después se descubre que han sido tomadas de letras de canciones. Aunque él ha hallado una sólida certidumbre existencial, la vida del loco, documentada de esa manera, no deja de parecerse a la suya: un cajón de piezas sueltas, sin orden ni concierto aparente, salvo por lo que respecta al deseo.

 

Para colmo, lo que pudo mantener todo eso junto en algún momento para su amigo, y que fue Tania, Gregorio lo perdió porque Manuel se lo arrebató. Pero tampoco la culpa acaba de ordenar el mundo confuso que rodea al protagonista, al hacerle asumir el papel que le tocaría desempeñar ante los demás en un drama social del que se siente ajeno: el del traidor. Por el contrario, no calzar en ningún patrón definido en sus relaciones con los demás le permite continuar aproximándose a la hermana de Gregorio, Margarita (Irene Azuela), quien fuera su novia antes de la relación con Tania y tiene un nuevo encuentro con él, al igual a una tercera mujer, Raquel (Camila Sodi), quien en una secuencia despide a su novio por insistencia de Manuel para recibirlo a él en su casa. Existir simplemente, sin ser una cosa o la otra, es el modo de vida del protagonista en esa etapa, que pareciera ser plena para él cuando encuentra los objetos de su deseo, pero que no es sino transición hacia la madurez, y que incluso en su caso tiene como reverso la sombra de la locura de Gregorio.

 

El búfalo de la noche
Ver todas las críticas

Pero aunque no se sienta partícipe, el protagonista no puede dejar de ser parte del teatro social. Tania termina por desempeñar el papel de mujer fatal, algo que Manuel es totalmente incapaz de comprender, desde la distancia que siente que lo separa de ese mundo, aunque su madre no deja de advertírselo. Y también hay otros personajes de la vida real que parecieran arrancados de las páginas de un folletín, como el amigo desconocido de Gregorio, quien además ocupa una posición de poder que le permite ejercer el papel de “protector” de Tania, puesto que es  familiar de un importante funcionario del Gobierno. El mismo Manuel, a pesar de su certidumbre, comienza a convertirse en lo que se supone que ha de ser la pareja formal de Tania. Eso le impide hacerle el amor a Margarita, aunque pareciera que aún la desea, y hace que en él, que es incapaz de sentirse traidor, comience a surgir el sentimiento característico de quien se siente traicionado: los celos. En consecuencia, aunque le parezcan cosas ajenas, y en el filme tengan también un aspecto torcido, por lo insólito de los hechos, Manuel termina en la cárcel como consecuencia de sus andanzas con una mala mujer, como prescriben la cartilla del melodrama y el manual del perfecto charro. Es un arrebato de ese tipo el que le lleva a disparar a los lobos.

 

El búfalo de la noche destaca por señalar el vínculo entre la problemática social de los jóvenes que enloquecen y se suicidan, que es el telón de fondo de la historia, más allá del filme, y la cuestión existencial involucrada en el tránsito de la adolescencia a la madurez. El problema es que lo que es certidumbre para Manuel, y goce vicario para el espectador, el encuentro de los cuerpos, es algo que por su propia naturaleza puede ser experimentado y evocado, pero quizás no propiamente narrado. La certidumbre y la plenitud son lo opuesto al movimiento que implica la acción, que es un constante cambio. Por eso una historia, cuando se construye desde allí, debe desarrollarse en contra de lo que la sustenta y es su punto de partida, como un alejamiento del instante de la constatación de la verdad para extraviarse en lo confuso, y no puede sino volver a aquello que la búsqueda de lo verdadero negaba: el melodrama, incluido el comportamiento melodramático en la vida real. Si los jóvenes que viven su juventud con la intensidad de Manuel se vuelven locos y se matan, es porque no llega a salvarlos la madurez que se adquiere al asumir eso con ironía.

 

EL BÚFALO DE LA NOCHE

México, 2007

 

Dirección: Jorge Hernández Aldana. Guión: Jorge Hernández Aldana, Guillermo Arriaga, basado en la novela homónima de Arriaga. Producción: Guillermo Arriaga. Diseño de producción: Diana Quiroz. Fotografía: Héctor Ortega. Montaje: Alex Márquez. Música: Omar Rodríguez-López. Elenco: Diego Luna (Manuel), Gabriel González (Gregorio), Liz Gallardo (Tania), Irene Azuela (Margarita), Camila Sodi (Raquel). Duración: 117 minutos.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

.    portada    .    noticias    .    artículos    .    criticas    .    videos    .    imágenes en línea    .
Copyright © 2007. REVISTA VERTIGO. Caracas. Venezuela. Producido por: Seventeen Design