 |
críticas
Acaricio, luego
existo
El búfalo de la noche
(2007) es una
película mexicana sobre el amor, la locura y la muerte. Si estos tres
temas son pilares del cine comercial, los personajes acartonados que se
comportan como fieras al ser arrastrados por pasiones y pulsiones como
estas tienen una representación sarcástica en el filme dirigido por el
venezolano Jorge Hernández Aldana, y escrito por él y por el autor de la
novela homónima, Guillermo Arriaga. El protagonista de la cinta
contempla el espectáculo del “lobo mexicano” del otro lado de la barrera
que le separa de los animales en el zoológico, y en cambio busca una
verdad acerca de la vida en la intimidad, en piel de las mujeres que
desea. La cinta busca penetrar así en la profundidad de problemas que
padecen muchos jóvenes de la vida real en América Latina, donde la
esquizofrenia y el suicidio son realidades que deberían llamar más la
atención, como ha dicho Hernández Aldana, y lo hace intentando rebasar
la distancia que impone el abordaje del tema a partir de los estrechos
códigos del melodrama, aunque también sean constatados y parodiados los
ecos de esos estereotipos en la representación de la vida social.
La
cinta trata del contacto humano, en el sentido más literal de la
palabra. Escena tras escena, los personajes se desnudan uno frente al
otro, en el cuarto de un hotel, en el automóvil, en el sofá de la sala
de una casa. Se acarician; el protagonista besa y estimula con los dedos
los pezones de las mujeres. Pero no se trata de un contacto sexual,
aunque sea erótico, porque prácticamente no hay planos de genitales en
la cinta. En las escenas de sexo lo más importante parece ser lo que
antecede a la cópula y lo que la sucede. La urgencia de sentir la piel
del otro pareciera ser el fruto de una angustia por constatar la
existencia del cuerpo deseado y, a la vez, del propio deseo. “Acaricio,
luego existo”, sería la frase que podría resumir eso, y que apuntaría
acertadamente al trasfondo existencial del deseo sexual de los jóvenes.
Ellos son también urgencia de encontrarse a uno mismo.
El
espectador es llevado a aproximarse a esta experiencia mediante un
estilo de cámara en mano y en el que predominan los planos cerrados. Lo
que para el protagonista podría ser certidumbre existencial, para quien
ve la película se traduce en goce cierto de la contemplación de las
caricias de cuerpos hermosos, desnudos. Hay una plenitud de lo que se
ve, y por lo que causa deleite al verlo en esas escenas. Cuando el
cuadro se abre, y los personajes están a cierta distancia el uno del
otro, como ocurre en una escena en la que el protagonista, Manuel (Diego
Luna), y la mujer que más desea, Tania (Liz Gallardo), son vistos en un
terreno baldío, ella parece, además de lejana, distante. Los pasos que
da para separarse físicamente de Manuel dan la impresión de que abren
una brecha entre su vida y la de él, por el simple hecho de no tener su
piel junto a la del otro.
 |
|
En la
secuencia de la muerte a balazos de los lobos, la imagen se vuelve
caótica cuando la cámara intenta seguir a Manuel en la huída. Una de las
pocas escenas de acción del filme resulta así confusa, como
podría serlo todo lo que ocurre al margen de la certidumbre del contacto
de un cuerpo con el otro. La cámara nerviosa, símbolo de la
incertidumbre de la época actual, adquiere así en En búfalo de la
noche una hondura existencial. Confusa puede ser también para el
espectador la narración, puesto que no es lineal ni circular sino un
rompecabezas de fragmentos yuxtapuestos que se desarrollan en tiempos
diferentes, y que requiere esfuerzo ir armando. Cuando se les encuentra
una lógica, ella pareciera no ser otra que la búsqueda de la certidumbre
de la piel por el protagonista, es decir, un regreso al punto de
partida, con respecto al cual la historia parece un extravío. Afrontar
el reto que plantea el filme de tratar de entenderlo produce este
resultado irónico.
El
origen de la angustia de Manuel es que el mundo que se encuentra más
allá de aquellos cuerpos a los que lo aferra la certidumbre del deseo es
confuso. Por eso no puede haber propiamente una historia, sino
fragmentos que no componen un conjunto con sentido, al menos para él.
Pero también lo asecha la sombra de la locura de su mejor amigo,
Gregorio (Gabriel González), un esquizofrénico que pasa temporadas
recluido en un psiquiátrico, que es capaz de amputarse dos dedos de un
pie en un ataque de locura y que termina suicidándose. El legado de
Gregorio a Manuel es una caja de recuerdos, en la que hay fotos de
desconocidos y papeles con frases sin sentido aparente, que después se
descubre que han sido tomadas de letras de canciones. Aunque él ha
hallado una sólida certidumbre existencial, la vida del loco,
documentada de esa manera, no deja de parecerse a la suya: un cajón de
piezas sueltas, sin orden ni concierto aparente, salvo por lo que
respecta al deseo.
Para
colmo, lo que pudo mantener todo eso junto en algún momento para su
amigo, y que fue Tania, Gregorio lo perdió porque Manuel se lo arrebató.
Pero tampoco la culpa acaba de ordenar el mundo confuso que rodea al
protagonista, al hacerle asumir el papel que le tocaría desempeñar ante
los demás en un drama social del que se siente ajeno: el del traidor.
Por el contrario, no calzar en ningún patrón definido en sus relaciones
con los demás le permite continuar aproximándose a la hermana de
Gregorio, Margarita (Irene Azuela), quien fuera su novia antes de la
relación con Tania y tiene un nuevo encuentro con él, al igual a una
tercera mujer, Raquel (Camila Sodi), quien en una secuencia despide a su
novio por insistencia de Manuel para recibirlo a él en su casa. Existir
simplemente, sin ser una cosa o la otra, es el modo de vida del
protagonista en esa etapa, que pareciera ser plena para él cuando
encuentra los objetos de su deseo, pero que no es sino transición hacia
la madurez, y que incluso en su caso tiene como reverso la sombra de la
locura de Gregorio.
 |
|
Pero
aunque no se sienta partícipe, el protagonista no puede dejar de ser
parte del teatro social. Tania termina por desempeñar el papel de mujer
fatal, algo que Manuel es totalmente incapaz de comprender, desde la
distancia que siente que lo separa de ese mundo, aunque su madre no deja
de advertírselo. Y también hay otros personajes de la vida real que
parecieran arrancados de las páginas de un folletín, como el amigo
desconocido de Gregorio, quien además ocupa una posición de poder que le
permite ejercer el papel de “protector” de Tania, puesto que es
familiar de un importante funcionario del Gobierno. El mismo Manuel, a
pesar de su certidumbre, comienza a convertirse en lo que se supone que
ha de ser la pareja formal de Tania. Eso le impide hacerle el amor a
Margarita, aunque pareciera que aún la desea, y hace que en él, que es
incapaz de sentirse traidor, comience a surgir el sentimiento
característico de quien se siente traicionado: los celos. En
consecuencia, aunque le parezcan cosas ajenas, y en el filme tengan
también un aspecto torcido, por lo insólito de los hechos, Manuel
termina en la cárcel como consecuencia de sus andanzas con una mala
mujer, como prescriben la cartilla del melodrama y el manual del
perfecto charro. Es un arrebato de ese tipo el que le lleva a disparar a
los lobos.
El
búfalo de la noche
destaca por señalar el
vínculo entre la problemática social de los jóvenes que enloquecen y se
suicidan, que es el telón de fondo de la historia, más allá del filme, y
la cuestión existencial involucrada en el tránsito de la adolescencia a
la madurez. El problema es que lo que es certidumbre para Manuel, y goce
vicario para el espectador, el encuentro de los cuerpos, es algo que por
su propia naturaleza puede ser experimentado y evocado, pero quizás no
propiamente narrado. La certidumbre y la plenitud son lo opuesto al
movimiento que implica la acción, que es un constante cambio. Por eso
una historia, cuando se construye desde allí, debe desarrollarse en
contra de lo que la sustenta y es su punto de partida, como un
alejamiento del instante de la constatación de la verdad para
extraviarse en lo confuso, y no puede sino volver a aquello que la
búsqueda de lo verdadero negaba: el melodrama, incluido el
comportamiento melodramático en la vida real. Si los jóvenes que viven
su juventud con la intensidad de Manuel se vuelven locos y se matan, es
porque no llega a salvarlos la madurez que se adquiere al asumir eso con
ironía.
EL
BÚFALO DE LA NOCHE
México, 2007
Dirección:
Jorge Hernández Aldana. Guión: Jorge Hernández Aldana, Guillermo
Arriaga, basado en la novela homónima de Arriaga. Producción:
Guillermo Arriaga. Diseño de producción: Diana Quiroz.
Fotografía: Héctor Ortega. Montaje: Alex Márquez. Música:
Omar Rodríguez-López. Elenco: Diego Luna (Manuel), Gabriel
González (Gregorio), Liz Gallardo (Tania), Irene Azuela (Margarita),
Camila Sodi (Raquel). Duración: 117 minutos.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |