Los que no se
miran a sí mismos
Los medios son un altar en el que puede
adorarse a los santos más variopintos e insólitos. Pero no a
cualquiera: probablemente nadie hubiese soportado conciertos
de saxo de Bill Clinton, transmitidos en vivo todos los
domingos desde la Casa Blanca. En cambio, a Chávez se le
escucha cantar más que a menudo y no falta quien llora
lágrimas del corazón cuando se despide de la multitud con un
“Los amo muchísimo a todos, los amo”. Lo mismo en el fútbol:
a Pelé puede contratársele para hacer la publicidad de una
tarjeta de crédito pero el que es capaz de congregar una
muchedumbre que reza, prende velitas y bate el bombo a
rabiar cuando lo internan en una clínica se llama Diego
Armando Maradona.
A poner en la pantalla de cine a la gente
sencilla que entrega su corazón a personajes como éstos, que
aparecen en la televisión para imantar los sentimientos de
las multitudes está dedicada El camino de san Diego
de Carlos Sorin (2006), película que ganó el premio especial
del jurado en el Festival de San Sebastián el año pasado.
Tan del común es el protagonista, un leñador de la provincia
de Misiones, en Argentina, que ofrece un buen ejemplo de la
invisibilidad social de muchos ciudadanos en ese país. En
contraste con los habitantes blancos de Buenos Aires, que
constituyen la representación dominante de lo argentino,
Tati Benítez (Ignacio Benítez) es indio y el guaraní es su
segunda lengua, no el inglés, el francés o el italiano.
Quizás por eso entrega buena parte de su vida a rendir culto
a un dios que tampoco es rubio ni de ojos claros, cuyo
número lleva tatuado en la piel de la espalda y cuyo rostro
le adorna el hombro. Probablemente también, por esa misma
razón, la película comienza irónicamente como un falso
documental que permite que el espectador lo descubra a él y
a la jungla en la que viven los habitantes de ese otro
plantea argentino.
La historia del filme se pone en marcha
por obra de la devoción del protagonista por el futbolista,
cuando Benítez descubre en medio de una tormenta en la selva
un árbol derribado, cuyas raíces forman una figura en la que
cree percibir el rostro del dios Diego Armando Maradona.
Luego convertir el pedazo de madera en una obra que tanto
podría parecer un cristo como un jugador que alza los brazos
para celebrar un gol, el personaje envía una carta al museo
del Boca Juniors para que la acepten como donativo, sin
recibir nunca una respuesta. Hasta que un día se entera de
que Maradona ha sido puesto en terapia intensiva en una
clínica de la capital y, luego de consultar con sus
amistades y con una psíquica que confirma con un péndulo
mágico la vaga intuición que suscita en él la fe, decide que
es su destino ir a verlo para obsequiarle personalmente la
escultura.
En la representación de la vida cotidiana
del protagonista Sorin pone el acento en la cuestión risueña
de su entrega al ídolo, mientras que el problema de su
pobreza queda como telón de fondo, negándose así al abordaje
tremendista característico del cine de denuncia y al retrato
del pueblo como víctima. Con similar tono optimista, el
relato del viaje Tati Benítez le hace cruzarse con gente que
en su mayoría es abierta y está dispuesta a ayudarle de las
más diversas maneras. Le ofrecen indicaciones con
amabilidad, le dan la cola sin tener que suplicar y hasta
hay un personaje –un camionero brasileño (Carlos Wagner La
Bella)–, que lo levanta en la carretera y, en vez de hacer
de él un mero instrumento para combatir el aburrimiento en
el largo viaje, lo toma bajo su protección con afecto
paternal.


Hay que aclarar que eso no ocurre con
todos los personajes. Sin embargo, la gente que no es
solidaria con Benítez, no son malvados que pretenden
aprovecharse de él. Más bien parecen seres extraños, que
perciben la realidad de una manera artificiosa. El sacerdote
junto al cual se sienta en un autobús, por ejemplo, recita
un memorizado discurso acerca de la bondad de todo lo que le
rodea, ante el cual la expresión del rostro de Benítez
expresa claramente la ruptura de la comunicación entre esas
palabras de entusiasmo, vacías de sentido, y la realidad en
la que él se halla mejor afincado, aunque su mente parezca
haberse perdido en el disparate del regalo para Maradona.
Asimismo, todos los que intentan venderle cosas al
protagonista, o comprarle la escultura, parecieran hablar en
le lenguaje de otro planeta: da la impresión de que son
incapaces de entender que alguien pueda haber hecho una obra
con un propósito diferente de ganar plata con ella y tampoco
comprenden que el dinero puede tener mucha menos importancia
de la que ellos le atribuyen entre las personas que siempre
han vivido con muy poco. Prestarse mutuamente ayuda y hacer
trueques, lo cual para Benítez constituye la forma natural
de obtener lo que necesita y de resolver los problemas, son
cosas que no logran entrar en la cabeza de estos personajes.
Esta manera de abordar la cotidianidad de
la gente humilde podría dar pie a una crítica a Sorín. Su
forma de ver al pueblo sería, simple y llanamente,
edulcorada. Pero quien pensara así podría no ser más que
corto de vista. Quizás lo que intenta poner de relieve el
realizador, como se evidenciaría en los ejemplos citados, es
que hay otra forma de vivir, la que se expresa en los gestos
de solidaridad y en la cooperación, distinta de la
mercantilización de la vida, y que, por más que se crea que
el mercado y el dinero han devenido en casi naturales, ellos
no pueden penetrar en aquellas capas de la sociedad en las
que la sencillez de costumbres a la que obliga la pobreza
los convierte en un sinsentido. Asimismo, tampoco se trata
simplemente de postular esta otra realidad como el barrunto
de una utopía: el mundo en el que se desenvuelve Benítez
está encerrado en si mismo, no sólo por la marginalidad
económica sino también porque a quienes lo habitan les
impulsan creencias religiosas y mágicas, y no la consecución
racional del beneficio colectivo. Los que están cercanos a
él en su viaje guardan estampas de los orishas en vez de
panfletos, se dirigen en autobús a peregrinar en el
santuario del Gaucho Gil y no a reclamar sus derechos, y
pintan al Ché Guevara como un santo, no como un
revolucionario.
Podría decirse, a su vez, que esto no
significa otra cosa que volver al mito del buen salvaje: en
aquellos rincones en los que no ha podido triunfar el vil
metal se conservaría la bondad que es propia del ser humano
por naturaleza, al igual que se preservaría allí una
religiosidad arcaica, protegida de la razón mercantil. Pero
esto supondría atribuirle a la película una ingenuidad que
no tiene. Justamente, el tema es que para la gente más
sencilla, que supuestamente vive al margen de la sociedad
perversa, el imán son los ídolos de los medios de
comunicación y que su forma magicorreligiosa de relacionarse
con el mundo puede trastocarse en culto a las deidades de la
sociedad de consumo.
El camino de san Diego,
si bien muestra a los que no son visibles en la
representación mediática dominante de la sociedad, los
retrata como gente que tampoco parece verse a sí misma sino
que mira siempre hacia otro lado. Así aparece continuamente
el Tati Benítez en la cinta, con la mirada perdida, absorto
en la contemplación de lo poco de su ídolo que le muestra
cualquier pantalla de televisión que encuentra a su paso.
Por eso no puede descubrir las semillas de utopía que se
hallan sembradas en su forma de vida. Su posible germinación
sólo es percibida por los espectadores políticamente
ilustrados del filme, los cuales, a su vez, se hallan
cómodamente instalados en la butaca, viendo la película. Es
decir: mirando también hacia donde no está la realidad.
EL CAMINO DE SAN DIEGO
Argentina,
2006
Dirección y guión:
Carlos Sorin. Producción: Oscar Kramer, Hugo Sigman.
Diseño de producción: Margarita Jusid, Carina Luján.
Fotografía: Hugo Colace. Montaje: Mohamed
Rajid. Sonido: Carlos Abbate, José Luis Díaz Ousande.
Música: Nicolás Sorin. Elenco: Ignacio Benítez
(Tati Benítez), Carlos Wagner La Bella (Waginho), Paola
Rotela (la mujer de Tati), Silvina Fontelles (señora
Matilde), Miguel González Colman (Silva), José Armónico (Gauna),
Toti Rivas (El Tolo), Marisa Córdoba (mujer del Tolo), Otto
Modisen (pastor Otto), Claudio Uassouf (cura). Duración:
98 minutos. 1.85:1, color, exhiba en 35 mm, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info