06/07
 
 
Guía del cine en Venezuela
 
 

 

 

 

Los que no se miran a sí mismos

Los medios son un altar en el que puede adorarse a los santos más variopintos e insólitos. Pero no a cualquiera: probablemente nadie hubiese soportado conciertos de saxo de Bill Clinton, transmitidos en vivo todos los domingos desde la Casa Blanca. En cambio, a Chávez se le escucha cantar más que a menudo y no falta quien llora lágrimas del corazón cuando se despide de la multitud con un “Los amo muchísimo a todos, los amo”. Lo mismo en el fútbol: a Pelé puede contratársele para hacer la publicidad de una tarjeta de crédito pero el que es capaz de congregar una muchedumbre que reza, prende velitas y bate el bombo a rabiar cuando lo internan en una clínica se llama Diego Armando Maradona.

 

A poner en la pantalla de cine a la gente sencilla que entrega su corazón a personajes como éstos, que aparecen en la televisión para imantar los sentimientos de las multitudes está dedicada El camino de san Diego de Carlos Sorin (2006), película que ganó el premio especial del jurado en el Festival de San Sebastián el año pasado. Tan del común es el protagonista, un leñador de la provincia de Misiones, en Argentina, que ofrece un buen ejemplo de la invisibilidad social de muchos ciudadanos en ese país. En contraste con los habitantes blancos de Buenos Aires, que constituyen la representación dominante de lo argentino, Tati Benítez (Ignacio Benítez) es indio y el guaraní es su segunda lengua, no el inglés, el francés o el italiano. Quizás por eso entrega buena parte de su vida a rendir culto a un dios que tampoco es rubio ni de ojos claros, cuyo número lleva tatuado en la piel de la espalda y cuyo rostro le adorna el hombro. Probablemente también, por esa misma razón, la película comienza irónicamente como un falso documental que permite que el espectador lo descubra a él y a la jungla en la que viven los habitantes de ese otro plantea argentino.

La historia del filme se pone en marcha por obra de la devoción del protagonista por el futbolista, cuando Benítez descubre en medio de una tormenta en la selva un árbol derribado, cuyas raíces forman una figura en la que cree percibir el rostro del dios Diego Armando Maradona. Luego convertir el pedazo de madera en una obra que tanto podría parecer un cristo como un jugador que alza los brazos para celebrar un gol, el personaje envía una carta al museo del Boca Juniors para que la acepten como donativo, sin recibir nunca una respuesta. Hasta que un día se entera de que Maradona ha sido puesto en terapia intensiva en una clínica de la capital y, luego de consultar con sus amistades y con una psíquica que confirma con un péndulo mágico la vaga intuición que suscita en él la fe, decide que es su destino ir a verlo para obsequiarle personalmente la escultura.

En la representación de la vida cotidiana del protagonista Sorin pone el acento en la cuestión risueña de su entrega al ídolo, mientras que el problema de su pobreza queda como telón de fondo, negándose así al abordaje tremendista característico del cine de denuncia y al retrato del pueblo como víctima. Con similar tono optimista, el relato del viaje Tati Benítez le hace cruzarse con gente que en su mayoría es abierta y está dispuesta a ayudarle de las más diversas maneras. Le ofrecen indicaciones con amabilidad, le dan la cola sin tener que suplicar y hasta hay un personaje –un camionero brasileño (Carlos Wagner La Bella)–, que lo levanta en la carretera y, en vez de hacer de él un mero instrumento para combatir el aburrimiento en el largo viaje, lo toma bajo su protección con afecto paternal.

Hay que aclarar que eso no ocurre con todos los personajes. Sin embargo, la gente que no es solidaria con Benítez, no son malvados que pretenden aprovecharse de él. Más bien parecen seres extraños, que perciben la realidad de una manera artificiosa. El sacerdote junto al cual se sienta en un autobús, por ejemplo, recita un memorizado discurso acerca de la bondad de todo lo que le rodea, ante el cual la expresión del rostro de Benítez expresa claramente la ruptura de la comunicación entre esas palabras de entusiasmo, vacías de sentido, y la realidad en la que él se halla mejor afincado, aunque su mente parezca haberse perdido en el disparate del regalo para Maradona. Asimismo, todos los que intentan venderle cosas al protagonista, o comprarle la escultura, parecieran hablar en le lenguaje de  otro planeta: da la impresión de que son incapaces de entender que alguien pueda haber hecho una obra con un propósito diferente de ganar plata con ella y tampoco comprenden que el dinero puede tener mucha menos importancia de la que ellos le atribuyen entre las personas que siempre han vivido con muy poco. Prestarse mutuamente ayuda y hacer trueques, lo cual para Benítez constituye la forma natural de obtener lo que necesita y de resolver los problemas, son cosas que no logran entrar en la cabeza de estos personajes.

Esta manera de abordar la cotidianidad de la gente humilde podría dar pie a una crítica a Sorín. Su forma de ver al pueblo sería, simple y llanamente, edulcorada. Pero quien pensara así podría no ser más que corto de vista. Quizás lo que intenta poner de relieve el realizador, como se evidenciaría en los ejemplos citados, es que hay otra forma de vivir, la que se expresa en los gestos de solidaridad y en la cooperación, distinta de la mercantilización de la vida, y que, por más que se crea que el mercado y el dinero han devenido en casi naturales, ellos no pueden penetrar en aquellas capas de la sociedad en las que la sencillez de costumbres a la que obliga la pobreza los convierte en un sinsentido. Asimismo, tampoco se trata simplemente de postular esta otra realidad como el barrunto de una utopía: el mundo en el que se desenvuelve Benítez está encerrado en si mismo, no sólo por la marginalidad económica sino también porque a quienes lo habitan les impulsan creencias religiosas y mágicas, y no la consecución racional del beneficio colectivo. Los que están cercanos a él en su viaje guardan estampas de los orishas en vez de panfletos, se dirigen en autobús a peregrinar en el santuario del Gaucho Gil y no a reclamar sus derechos, y pintan al Ché Guevara como un santo, no como un revolucionario.

Podría decirse, a su vez, que esto no significa otra cosa que volver al mito del buen salvaje: en aquellos rincones en los que no ha podido triunfar el vil metal se conservaría la bondad que es propia del ser humano por naturaleza, al igual que se preservaría allí una religiosidad arcaica, protegida de la razón mercantil. Pero esto supondría atribuirle a la película una ingenuidad que no tiene. Justamente, el tema es que para la gente más sencilla, que supuestamente vive al margen de la sociedad perversa, el imán son los ídolos de los medios de comunicación y que su forma magicorreligiosa de relacionarse con el mundo puede trastocarse en culto a las deidades de la sociedad de consumo.

El camino de san Diego, si bien muestra a los que no son visibles en la representación mediática dominante de la sociedad, los retrata como gente que tampoco parece verse a sí misma sino que mira siempre hacia otro lado. Así aparece continuamente el Tati Benítez en la cinta, con la mirada perdida, absorto en la contemplación de lo poco de su ídolo que le muestra cualquier pantalla de televisión que encuentra a su paso. Por eso no puede descubrir las semillas de utopía que se hallan sembradas en su forma de vida. Su posible germinación sólo es percibida por los espectadores políticamente ilustrados del filme, los cuales, a su vez, se hallan cómodamente instalados en la butaca, viendo la película. Es decir: mirando también hacia donde no está la realidad.  

EL CAMINO DE SAN DIEGO
Argentina, 2006

Dirección y guión: Carlos Sorin. Producción: Oscar Kramer, Hugo Sigman. Diseño de producción: Margarita Jusid, Carina Luján. Fotografía: Hugo Colace. Montaje: Mohamed Rajid. Sonido: Carlos Abbate, José Luis Díaz Ousande. Música: Nicolás Sorin. Elenco: Ignacio Benítez (Tati Benítez), Carlos Wagner La Bella (Waginho), Paola Rotela (la mujer de Tati), Silvina Fontelles (señora Matilde), Miguel González Colman (Silva), José Armónico (Gauna), Toti Rivas (El Tolo), Marisa Córdoba (mujer del Tolo), Otto Modisen (pastor Otto), Claudio Uassouf (cura). Duración: 98 minutos. 1.85:1, color, exhiba en 35 mm, Dolby Digital.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info