El cartero wayúu
relata un viaje desde Maracaibo hasta la profundidad de la
Guajira a bordo de un camión que transporta pasajeros,
encomiendas y las cartas que los que viven alejados del
terruño envían a sus familiares. La película con la que
Alejandra Fonseca ganó el premio Documenta 2007 al mejor
largometraje es un documental narrado como si fuera una road
movie. Pero una road movie peculiar, puesto que se trata de
un recorrido por un territorio en el que parecieran no
existir carreteras. Es por tanto también una cinta de
aventuras, en la que lo que es deporte para los ricos se
convierte en desafío a la tenacidad y el ingenio de los
indígenas. Y una aventura también en lo que se refiere a la
representación cinematográfica de los pueblos originarios:
los wayúu no son curiosidades antropológicas en esta cinta,
ni víctimas que sólo aparezcan allí para denunciar el
maltrato al que son sometidos. Son gente que, literalmente,
se abre camino por sí misma en la vida y que, en todo caso,
dispuesta a la compañía del espectador extranjero como un
compañero de viaje.
Ahora
la Constitución habla en wayuunaiki (Colombia), demo
del documental de Alejandra Fonseca
Los personajes de la vida real del filme
son gente experta en el oficio moderno de conductores, lo
cual requiere habilidades mecánicas para reparar las piezas
que se dañan en el recorrido por caminos no aptos para el
tránsito de ese tipo de vehículos e incluso la fabricación
de artefactos que les permiten rodar por el barro. No sólo
tejen y crían cabras los wayúu de hoy en la cinta, como no
podría hacerlo nadie que necesita desenvolverse en el mundo
moderno y debe apropiarse de los adelantos de la modernidad
para ello. En cuanto a la religión, la ayuda de los poderes
sobrenaturales es requerida como auxiliar de otros esfuerzos
por hacer avanzar el transporte. ¿Y qué camionero no lleva
en el tablero de su vehículo las imágenes de los santos cuya
protección así solicita?
La comunicación por cartas, además de que
parece una acertada cita del filme brasileño Estación
central de Walter Salles (Central do Brasil,
1998), constituye una puerta hacia una faceta de la vida que
también es característicamente moderna: la de la vida
privada. Se trata, sin embargo, de una forma de intimidad
peculiar, en la medida en que emplea un recurso que el uso
de celulares vuelve cada día más marginal. Los que redactan
las cartas en el terminal vierten los sentimientos en las
formas características del género epistolar que el redactor
emplea, incluida la fórmula de despedida “sin nada más que
agregar”, que se repite en uno y otro escrito. Si el celular
acerca al interlocutor hasta el punto en que puede bastar
con escuchar el tono de voz y la respiración para sentirse
acompañado, la carta obliga a articular la expresión de una
manea tal que pueda ser comprendida en ausencia del
interlocutor. En consecuencia, el espectador que escucha la
lectura de las cartas también puede hacerse partícipe de la
experiencia de una forma mucho más cercana a la de los
protagonistas, aun cuando no conozca a las personas. Esa es
quizás la razón por la que resulta seductor el uso de las
cartas en la película: porque es un recurso dramático
efectivo. También causa sorpresa por el contraste con la
representación tradicional de las culturas indígenas como
ágrafas. Pero en este caso el efecto es el del antiasombro.
Los wayúus son interesantes en la medida en que dejan de
sorprender por su forma de ser “autóctona”.
Aunque invita a ver al otro con una
simpatía que se deriva de la semejanza, no es cándida
tampoco El cartero wayúu en la representación del
indígena. Ellos llaman a la Guajira su territorio,
pero hay una línea en el mapa mediante la cual se lo
reparten dos estados nacionales. La falta de carreteras
pavimentadas no puede ser, además, un signo más elocuente en
lo que a la relación con el Gobierno venezolano respecta. El
quinto exportador de petróleo del mundo, que incluso en un
momento llegó a ser conocido en el mundo como un lago de
asfalto, no ha sido capaz de construir vías de comunicación
apropiadas para el disfrute de estos ciudadanos, a los que
en la letra de la Constitución se les reconoce como pueblo.
No es, por tanto, un simple olvido la causa de tal
desatención, y la situación no es la misma en otras áreas
remotas del Zulia, donde las carreteras han sido construidas
para comunicar a las haciendas.
La pobreza es representada de una manera
tangencial pero contundente, al referir aquello que los
wayúus de la ciudad envían a los que viven en la Guajira:
además de gestos rituales de cortesía, los presentes son una
forma de contribuir a paliar la escasez de alimentos, y la
gente básicamente manda comida. Asimismo, la falta de
personas en edad de trabajar revela la problemática que
provoca el éxodo a la ciudad. Sin embargo, los niños que
quedan ponen de manifiesto un deseo colectivo de salir
adelante: aun los de muy corta edad, leen correctamente en
voz alta las cartas a los viejos. Son muchachos que van a la
escuela y aprenden, a pesar de lo difíciles que puedan ser
las circunstancias. Entre los personajes del país
desarrollista de Estación central no hay tanta gente
alfabetizada, y hay que considerar, además, que los
muchachitos de El cartero wayúu leen en una lengua
extranjera.
Filmes como Iniciación de un shamán
de Manuel de Pedro (1979) y Oko warao: gente de
curiara de Beatriz Bermúdez y Bernarda Escalante (1986)
lograron en su momento registrar la imagen de los indígenas
en el cine venezolano con un propósito antropológico, y
Yo hablo a Caracas (1978) y Amazonas, el negocio de
este mundo (1986) de Carlos Azpúrua intentaron darles
voz para que sus problemas fueran considerados por las
instituciones de la democracia representativa, en la misma
época. El cartero wayúu se inscribe ahora en los
cambios ocurridos en Venezuela desde 1999 y, en especial,
desde la aprobación de la Constitución ese año. Porque para
poder ser pueblos, no sólo necesitan ser indígenas sino
además ser modernos a su manera original, como lo es hoy el
pueblo iraní, por ejemplo. Eso también convierte a los
wayúus de la película en compañeros de aventuras y de luchas
de los demás venezolanos, y en compañeros de penurias
también, puesto que aún compartimos problemas similares,
relacionados con la pobreza y la exclusión.