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críticas
Francia da miedo
El detalle más singular del Festival de Cine Francés es la inclusión de los
filmes de terror Ellos de David Moreau y Xavier Palud (Ils,
2006), y Cena con el diablo de Kim Chapiron (Sheitan, 2006).
Pero no hay que exagerar. No se trata propiamente de que haya una “nueva
ola” de terror francés. El auge del género es común en Europa por lo menos a
España. No es tampoco cosa nueva que haya películas de este tipo hechas en
Francia. Se cree que la historia del cine de terror comenzó en ese país con
La casa del diablo de Georges Méliès (Le Manoir du diable,
1898) y hay filmes franceses destacados del género a lo largo de todos los
tiempos. Francia, además, fue la cuna del teatro del Grand Guignol, cuyos
espectáculos son una de las fuentes del cine truculento de hoy. Lo novedoso
sería, en todo caso, que han llegado a Hollywood realizadores franceses de
cine de terror: los directores de Ellos, que son los responsables del
remake de El ojo (The Eye, 2007); Eric Valette, con otro
remake (One Missed Call, 2008); Xavier Gens (Hitman, 2007),
Alexandre Aja (The Hills Have Eyes, 2006) y Christophe Gans (Silent
Hill, 2006), por ejemplo.
El cine de terror en Francia, y en España también, representa un desafío
para la sociología del género, que ha vinculado con momentos de angustia e
incertidumbre en la sociedad. Podría decirse que la filmación de estas
películas ha sido propiciada por la ansiedad de la globalización, lo cual se
en cierto modo se evidencia en Ellos. Pero una interpretación menos
forzada sería, quizás, vincular el cine de género con las cifras de 150
películas españolas y 203 francesas que se produjeron en 2006, según los
Cahiers du Cinéma. El aumento de los títulos podría propiciar la
diversidad, como consecuencia de la necesidad de competir con productos
novedosos o, en todo caso, singulares. También podría ser el resultado de
una evolución de la demanda: en los años noventa el cine de terror se volvió
particularmente reflexivo, en el sentido de que las películas se ocupaban
del género y sus reglas. Esto indica que hay un público cinéfilo que ha
adquirido un peritaje viendo numerosas películas de género, y que disfruta
con cintas que plantean un desafío a sus conocimientos, a través de
múltiples claves, lo cual es una forma experta de ver, conocer y gozar del
cine diferente de la mirada de los críticos, que suelen menospreciar lo
genérico. Público de este tipo habría también en Francia, y por ende hay
filmes nacionales de terror.
Terror francés, nacional,
trasnacional
En
Francia se está haciendo cine de terror. Pero eso no significa, de por
sí, que haya un cine de terror francés. Si la principal razón de ser de
las películas es la existencia de un publico que conoce y disfruta las
producciones del género, las cintas francesas bien podrían conformarse
con ser una simple calco o extensión de lo genérico, sin mayores
aportes. Los detalles que ponen de manifiesto que eso no es así
revelarían lo francés de este cine, si además se pudiera establecer como
rasgo común de varias cintas.
En el
caso de Ellos de David Moreau y Xavier Palud (Ils, 2006),
Cena con el diablo de Kim Chapiron (Sheitan, 2006) y El
despertar del miedo de Alexandre Aja (Haute tension, 2004),
exhibida en Venezuela y disponible en video, por poner un tercer
ejemplo,
parece tratarse de una serie de libertades a las que se presta más el
cine francés que el de Hollywood, donde la autocensura “moral” continúa
siendo patética, en especial en el campo del sexo, por ejemplo. Parece
difícil poder hacer en Estados Unidos una cinta como la de Chapiron, en
la que la sexualidad de los adolescentes está siempre a flor de piel,
sobre todo en secuencias como la de la “cueva caliente” y la del trío en
la cama, hacia el final del filme. El despertar del diablo, a su
vez, se inscribe en el audaz cine de shock francés, por su extrema
violencia y el realismo de ella. Ese es el vínculo entre esa película y
la película de Moreau y Palud, que, sin embargo, no es el mejor ejemplo
de la corriente. Ese sitial corresponde a Irreversible de Gaspar
Noé (Irreversible, 2002).
Si en
el torture porn o gorno la crueldad se manifiesta
principalmente hacia quienes han caído prisioneros en sitios extraños,
en el cine de shock puede asaltarlos en cualquier lugar y ser ejercida
por los personajes más insospechados. La forma de abordarla es también
diferente. En la cinta de Noé, la célebre escena de la violación en un
túnel subterráneo ocurre en un plano-secuencia, sin el “alivio” que
pudiera traer la ruptura de la sucesión de crueldades a través del
montaje. Algo parecido es el rasgo por el que Ellos podría ser
considerado un filme de shock. En la persecución prescinde las pausas
que son de rigor en las producciones de Hollywood. Se desarrolla como un
crescendo que se sostiene hasta el fin, por lo cual la película dura 77
minutos y no los 90 minutos mínimos de rigor.
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Cena con el diablo
destaca también porque su
multiculturalismo se abre a posibilidades que parecen estar vedadas en
Hollywood. El rigor de lo políticamente correcto ha obligado la
industria estadounidense a insertar personajes con los rasgos de las
principales minorías en ese país, lo cual también sucede en Francia. En
ambos casos se trata de un simple saludo a la bandera, por lo que
generalmente se limita a fisonomías que se consideran como
características de cada grupo “étnico”, lo cual tiene algo de racista,
aunque se pretenda lo contrario. La diferencia está en que la diversidad
francesa es distinta. Hay dos personajes franceses musulmanes, de
ascendencia africana y árabe, respectivamente. En Estados Unidos, en
cambio, esa creencia no forma parte de la diversidad cultural
oficialmente aceptada. También hay en Cena con el diablo
personajes que confiesan que no creen en Dios, sin que ello cause
verdadero asombro en quienes lo escuchan, salvo en el caso del psicópata
que tan excelentemente encarna Vincent Cassel. En los filmes
estadounidenses no es común la representación de ateos, menos si se
trata de cintas para adolescentes.
En
cambio, pareciera que Ellos no sólo no es multiculturalista sino
que incluso es abiertamente xenófoba. Tiene en común con Hostal
de Eli Roth (Hostel, 2005) y su secuela (Hostel II, 2007)
que se desarrollan en Europa Oriental y las víctimas son occidentales,
en este caso franceses que están en Rumania. Sin embargo, no debe
olvidarse que Drácula es oriundo de los Cárpatos, que atraviesan el
territorio rumano y también Eslovaquia, donde ocurren los crímenes de
las cintas de Roth. Se trataría, por tanto, de una referencia
principalmente literaria. Sin embargo, en las cintas de la serie
Hostal hay alusiones al supuesto caos que provocó la disolución de
la URSS en los países que formaron parte del bloque socialista, y
también a la crueldad que el prejuicio atribuye a los eslavos. En
Ellos el origen del odio y la tendencia asesina de los agresores
parece ser social.
Esto
emparentaría la cinta con otros filmes estadounidenses, aquellos que en
la década de los setenta se ocuparon de la incapacidad de la policía de
contener las formas crueles de delito que la pobreza y la marginalidad
engendran. Ese sería el prejuicio de Ellos, el que se expresa en
la identificación de los pobres como delincuentes. Pero el hecho de que
la acción ocurra en Rumania presenta al fenómeno como una cuestión
universal. No se trataría, por tanto, de la clásica doctrina liberal
anglosajona y protestante que voltea la explicación que para otros es de
sentido común y sostiene que la corrupción moral engendra la pobreza y,
por ende, el crimen. La universalidad geográfica del fenómeno de la
delincuencia violenta, con la consecuente conclusión paranoica de que no
hay lugar donde pueda estarse a salvo del problema, sugiere que no es
sólo cosa de individuos malvados. Sería un problema mundial, es decir,
un resultado de la globalización. La peculiaridad rumana se derivaría de
que allí la situación es más grave porque los cambios sociales que ha
provocado la globalización han sido más profundos en naciones como esa,
al igual que en el Tercer Mundo. Hay en ello una alusión al
desmembramiento de la URSS, pero diferente de la de Roth: el caos no es
consecuencia de que los eslavos salvajes hayan quedado fuera de control
sino de una causa que los trasciende como conjunto de pueblos.
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Pero
también hay cosas en estos filmes que no parecen ser sino calco del
terror estadounidense, sobre todo de aquella vertiente, también de los
setenta, que surgió como consecuencia de una desconfianza en la
capacidad de seguir asustando con monstruos y decorados como los de
Frankenstein o Drácula, en los años treinta, o criaturas llegadas del
espacio exterior o nacidas de la radiación o experimentos científicos,
como las que puso de moda la paranoia estimulada por la Guerra Fría y
las cacerías de “comunistas” en los cincuenta. El personaje terrorífico
es en este caso el psicópata asesino, una persona como cualquier otra,
que lleva el monstruo escondido dentro y no es claramente perceptible
para los demás hasta que ataca, aunque no deje de insinuarse. De allí
también la nueva paranoia: se teme que cualquiera pueda ser un monstruo
asesino.
Si la
máscara de Michael Myers en Halloween de John Carpenter (1974) es
emblemática de esta tendencia, puesto que cualquiera puede ocultarse
tras ella, la receta reaparece en la capucha que ensombrece la cara de
un asesino en Ellos. En El despertar del miedo también se
juega con la máscara. Pero en este caso se trata de una alucinación que
oculta a la asesina su propia identidad. Este es un desarrollo de la
doble personalidad del psicópata, un tema que irrumpió en el cine de
Hollywood con el clásico Psicosis de Alfred Hitchcock (Psycho,
1960). En Cena con el diablo también hay un personaje de este
tipo, que parece ser un hombre común y lleva el rostro descubierto. Ahí
sí hay un calco de Norman Bates, pero con el fin de burlarse de los
psicópatas de las películas.
Todas
estas observaciones, a las que cada quien podría añadir muchas más,
puesto que el disfrute de filmes como estos se deriva en buena parte de
la identificación de las referencias, ponen en cuestión el estatus
trasnacional de lo genérico, que se derivaría de la imposición mundial
de los géneros por la industria estadounidense del entretenimiento. Lo
trasnacional sería genuinamente universal en la medida en que se
convierte en un acervo del que cineastas de diversas nacionalidades se
pueden apropiar para utilizarlo creativamente, añadiendo aportes en los
que se expresa la idiosincrasia nacional. Y sería universal también en
tanto espectadores de diversos países son capaces de entender lo
genérico más allá del consumo, al desarrollar el peritaje al que se
hacía referencia en la introducción. Si el público cinéfilo puede hacer
juicios sobre la calidad de los filmes basados en su experticia, ¿por
qué no habría de permitirles distinguir y filtrar lo que propiamente se
considera como ajeno para darle universalidad al resto? En no entender
todo esto, y en particular lo último, consiste el prejuicio culto contra
el cine de género.
El
problema cultural con lo genérico estaría específicamente en el uso del
poder económico para lograr que una versión del género se difunda
mundialmente y otras no, lo cual no implica que no puedan existir otras
formas de abordar el género y que ellas sean igualmente genuinas como
expresiones nacionales y universales. La cuestión es que no llegan con
la misma facilidad a los públicos por el control estadounidense del
mercado. En cambio, si el modelo de Hollywood fuera impuesto como un
monolito, no habría manera de reapropiárselo para enriquecerlo, como
ocurre en El despertar del miedo, Ellos y en Cena con
el diablo.
EL
DESPERTAR DEL MIEDO
Haute tensión,
Francia, 2003
Dirección:
Alexandre Aja. Guión: Alexandre Aja, Grégory Lavasseur.
Producción: Alexandre Arcady, Robert Benmussa. Diseño de
producción: Renald Cotte Verdy, Tony Egry. Fotografía: Maxime
Alexandre. Montaje: Baxter. Sonido: Pierre Andre, Emmanuel
Augeard, Didier Lozahic. Música: Francois Eudes. Elenco:
Cécile de France (Marie), Maïwenn Le Besco (Alex), Philippe Nahon (el
asesino), Franck Khalfoun (Jimmy), Andrei Finti (padre de Alex), Oana
Paella (madre de Alex). Duración: 91 minutos. Formato: 35
mm, 2,35:1, color, Dolby Digital EX.
ELLOS
Ils,
Francia-Rumania, 2006
Dirección y guión:
David Moreau, Xavier Palud. Producción: Richard Grandpierre, Vlad
Paunescu. Fotografía: Axel Cosnefroy. Montaje: Nicolas
Sarkissian. Música: René-Marc Bini. Elenco: Olivia Bonamy
(Clémentine), Michael Cohen (Lucas), Emmanuel Stefanuc (adolescente 1),
Horia Ioan (adolescente 2), Stefan Cornic (adolescente 3), George Iulian
(adolescente 4). Duración: 77 minutos. Formato: Video
digital inflado a 35 mm, 2,35:1, color, Dolby Digital.
CENA CON EL DIABLO
Sheitan,
Francia, 2006
Dirección y guión:
Kim Chapiron. Producción: Vincent Cassel, Eric Neve. Diseño de
producción: Marie-Helene Sulmoni. Fotografía: Alex Lamarque.
Montaje: Benjamin Weill. Sonido: Ken Yasumoto. Música:
Nguyen Lê. Elenco: Vincent Cassel (Joseph), Olivier Bartelemy (Bart),
Roxane Mesquida (Eve), Nico Le Phat Tan (Thai), Leila Bekhti (Yasmin),
Ladj Ly (Ladj), Julie-Marie Permentier (Jeanne), Gérard Thomassin (Maurice).
Duración: 94 minutos. Formato: 35 mm, 1,85:1, color.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |