La
fábrica de los monstruos
En varios lugares de Europa han dejado de
funcionar las fábricas que largo tiempo atrás constituyeron
el centro y la razón de ser de la vida colectiva. Las
sociedades que se han desindustrializado fabrican hoy algo
diferente de aquello que les dio prosperidad en el pasado:
desempleados crónicos que, como respuesta a la dificultad de
labrarse un futuro a través del trabajo, viven entregados al
disfrute inmediato de los pocos placeres que pone a su
alcance la expansión del consumo. La falta de perspectivas
puede traducirse así en un egoísmo extremo, al punto de que
parecen verdaderos monstruos, si se les ve de lejos.

Tal es el caso de Bruno (Jérémie Renier),
el protagonista de El niño (L’Enfant, 2005) de
Luc y Jean-Pierre Dardenne, filme que ganó la Palma de Oro
en el Festival de Cannes en 2005. El bebé de nueve días de
nacido que ha tenido con Sonia (Déborah Francois) es una
responsabilidad que parece incapaz de afrontar con sus
medios. En todo caso, no compagina con el disfrute de su
manera precaria de vivir. Por ello decide venderlo. “Qué
importa”, le dice a la chica. “Podemos hacer otro”.
Dostoyevski pareciera ser aquí la fuente
de inspiración de los realizadores de La promesa (La
promesse, 1996), Rosetta (1999) y El hijo
(Le fils, 2002), tanto por el tema como por el
desenlace. Y, así como el escritor de Crimen y castigo
relata en la novela cómo un estudiante de buen corazón
puede llegar a matar a hachazos a una viejita, para luego
arrepentirse, los directores y guionistas belgas se
preocupan por indagar en cómo las circunstancias en la
sociedad propician un comportamiento monstruoso como el de
Bruno. Lo hacen, además, de una manera que permite que el
espectador observe al muchacho y a Sonia como cualquier
padre que viera en ellos algo que podría sucederle a sus
hijos.
Lo primero que se percibe en el filme es
una relajación del acoso al que fueron sometidos Rosetta (Emilie
Dequenne) y a Olivier (Olivier Gourmet), los protagonistas
de las dos películas anteriores, respectivamente. Ambos
llevaban tenían la cámara prácticamente sobre la nuca todo
el tiempo para que el espectador se les metiera lo más
adentro posible en la piel. Los dos, además, fueron
premiados en Cannes por su capacidad de dar actuaciones
magistrales bajo semejante presión. Desde una distancia un
poco mayor, análoga quizás a la del que se detiene a
observar a otro con tierna preoculación, los Dardenne
muestran en El niño detalles como los sandwichs poco
nutritivos que apenas muerden Bruno y Sonia; la cena que
cocina ella, con un sobre de sopa y un tomate, o el café que
se prepara él, agregando agua caliente de chorro a un
producto instantáneo en un vaso, entre muchas otras minucias
de la cotidianidad. La profundización en lo que siente Bruno
cuando hace las cosas atroces que hace se da por
eliminación: cuando devuelve el dinero para que le regresen
al bebé, por ejemplo, la operación se lleva a cabo fuera de
cuadro, para no distraer la atención de la manera como lo
que sucede en su interior se expresa en el cuerpo y el
rostro del personaje. La acción en estos casos es relatada
con sonidos: el ruido del carro, el clic de una puerta al
cerrarse, el roce de los billetes cuando se les cuenta, por
ejemplo.

A pesar de la frugalidad de su
alimentación y de las condiciones precarias en las que
pueden hacer uso de una vivienda, la inmediatez en que vive
la pareja, aun con el niño a cuestas, pareciera ser una
forma irónica de despreocupada prosperidad. Bruno consigue
algo de dinero con relativa facilidad, bien sea mediante la
venta de los artículos que hace robar a unos niños, quienes
no pueden ir presos por su edad, o bien pidiendo por la
calle, y lo que obtiene lo gasta en comprarle a Sonia una
chaqueta y en alquilar un automóvil para salir a pasear. Tan
fácil le resulta conseguir la poca plata que necesita para
llevar la vida que lleva, que ahorrar le parece algo, no
sólo inútil sino por completo sin sentido. En cuanto a
trabajar, “eso es para los que se dejan joder”, exclama,
cuando la chica le plantea la posibilidad de conseguir un
empleo para mantener al niño. La vida en pareja de ambos no
es más que jugar, corretear, tocarse, abrazarse y luego
separarse, cada quien por su lado.
Cuando Bruno y Sonia viajan en el carro,
el único momento de música que hay en toda la película
agrega un punzante comentario: en la radio suena El
danubio azul, pieza que en el cine constituye el himno a
la falta de gravedad, desde que Stanley Kubrick la utilizó
para evocar a través del ritmo del vals la sensación de no
tener peso en 2001, una odisea del espacio (2001 –
An Space Oddysey, 1968). Así es sutilmente calificada de
inconsistente y etérea la felicidad de Bruno y Sonia. En lo
que se refiere a la vida, El niño pareciera ser la
continuación del retrato de la realidad de los excluidos en
Rosetta. En ambos filmes los desempleados se ven
relegados a la condición de seres humanos primitivos, que se
ganan la vida de forma análoga a como lo hacían los hombres
antes de la invención de la agricultura: mediante la caza y
la recolección. La diferencia es que Rosetta pelea a muerte
por un empleo que apenas le dura; Bruno, en cambio, cree que
eso es cosa de gente idiota.
La caza de Bruno es el robo, el último de
los cuales permite incluir en la película una secuencia de
persecución a modo de sarcástica parodia de los filmes de
acción de Hollywood. La recolección es la mendicidad. Pero
también en una secuencia emplea una piedra, a modo de
martillo prehistórico, para enderezar un pedazo de aluminio
con el que intenta arreglar el que fuera el cochecito de su
hijo para venderlo, y se refugia en una suerte de caverna
posmoderna: una caseta, al borde del río, que pudo albergar
maquinaria o haber sido un depósito de materiales en el
lejano apogeo industrial. La vida primitiva de Bruno se
desarrolla en un paisaje de restos que dejó atrás el
desarrollo que creó la modernidad, y cuyo fin significó el
advenimiento de la actual época de desindustrialización y
desempleo.

A pesar de que Bruno deambula por las
calles de la ciudad, vive por tanto en otro tiempo y en otro
lugar. De esa manera retratan los Dardenne la exclusión: a
la privación del bienestar socioeconómico se añade la
relegación de los marginados a una condición en la que no
pueden desarrollarse plenamente como seres humanos y viven,
por ello, como de regreso al Paleolítico en la jungla urbana
de hoy. Sin embargo, no están propiamente al margen de la
sociedad. Por el contrario, mantienen intensas relaciones de
intercambio con el mundo que les rodea: Bruno logra vender
fácilmente los artículos que roba, incluso a comerciantes
legalmente establecidos, y los niños que le ayudan a cometer
sus fechorías estudian en la escuela. No pareciera haber
nadie a salvo de la podredumbre general en la que se inserta
el desempleo. La sociedad está corrompida de arriba a bajo,
por lo que, al fin y al cabo, no termina pareciendo tan
insólita la monstruosa decisión de vender un hijo y hacer
otro.
La principal virtud del tratamiento de la
temática social en El niño, y en general en las
películas de los hermanos Dardenne sobre el desempleo y la
pobreza, es que los excluidos no son representados como
simples víctimas de una sociedad perversa. La sociedad es
cruel, pero su maldad no se manifiesta principalmente como
poder de privar a la gente de lo que por derecho le
corresponde sino, por el contrario, como generadora de
determinado tipo de seres humanos. Es una concepción
productiva y no represora del poder que excluye, como la de
Michel Foucault, dicho en dos platos. Y si obviamente llaman
la atención acerca de la urgencia de cambiar las cosas,
también ponen el acento en el hecho de que la gente pueden
desarrollar estrategias perversas para hallar el sucedáneo
de la felicidad sin salir de la exclusión, por lo que el
cambio social requiere de transformación personal.
Esa transformación, además, no es
consecuencia de pensamientos ni de abstracción alguna en
El niño. Es el sufrimiento el que abre ese camino, a
través de un aprendizaje que se experimenta en el cuerpo.
Sonia pareciera ser incapaz de albergar en el pensamiento la
idea de que Bruno ha vendido a su hijo. Simplemente se
desmaya, y debe ser hospitalizada por el shock que le
produce la noticia. El egoísmo de Bruno deviene naturalmente
en abandono y caída en una soledad donde no solamente le
falta el cuerpo de Sonia sino también abrigo de cualquier
tipo e incluso la comida. La venta del niño termina de
hacerle caer en las garras de delincuentes profesionales,
quienes a golpes quieren forzarle a hacer lo que él
considera son cosas de idiotas: trabajar para pagarles. Y a
golpes aprende otra cosa.
De una necesidad que es a la vez física y
espiritual, nace así la decisión con la que se produce el
desenlace de la historia. Una decisión moral que puede
conducir a un doloroso enderezamiento de la existencia,
tanto del que es personaje de historias como esa como del
que pudiera enterarse de cuál es la historia que no se
difunde de la pobreza al ver la película. La justicia social
que pudiera plantear el filme requiere hacer justicia
primero en la vida de uno, para empezar a vivir con la
seriedad que exige el compromiso con los demás, y hacer
justicia también en relación con los otros, al comprender
las razones humanas por las que pueden llegar a comportarse
como si no fueran parte de la humanidad.
EL NIÑO
L’Enfant,
Bélgica-Francia, 2005
Dirección y guión:
Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne. Producción:
Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, Denis Freyd. Diseño
de producción: Igor Gabriel. Fotografía: Alain Marcoen.
Montaje: Marie.Hélène Dozo. Sonido:
Jean-Pierre Duret. Intérpretes: Jérémie Rénier
(Bruno), Deborah Francois (Sonia), Jérémie Segard (Steve),
Olivier Gourmet (policía). Duración: 100 minutos.
Super 16 mm inflado a 35 mm, 1,66:1, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info