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críticas

El orfanato
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Creer para ver  

 

Un destilado de esencia de Hollywood, excelentemente ejecutado, podría ser el principal aporte de El orfanato, escrita por Sergio G. Sánchez y dirigida por Juan Antonio Bayona. Las novedades están ausentes de esta película española, que relata la búsqueda de un niño raptado por fantasmas en una casa embrujada. Lo que importa es lo que no hay prácticamente nada de sangre, ni rostros demoníacos que parecen sacados de la galería de imágenes del programa de animación, ni presencia explícita del Diablo, ese personaje emblemático de la cultura protestante. La mesura es el principal rasgo de la elegancia que distingue a este filme, al igual que a Los otros, de Alejandro Amenábar (2001), y a la cinta colombiana Al final del espectro de Juan Felipe Orozco (2006). La vulgaridad de las producciones estándar de la industria estadounidense parece ser anatema para realizadores como estos, que forman parte del emergente cine de terror español y latinoamericano, en el cual se inscriben también las películas de monstruos del productor, Guillermo del Toro.

 

Lo que permite esa elegancia es una creencia en el cine. Para gente como Bayona no hace falta invertir en efectos especiales para que el público vaya a ver una película que trata de lo sobrenatural. Se pretende, además, caminar sin la ayuda de esa muleta en la que suele apoyarse el género desde los sesenta: la crítica política. Tampoco se parte de la premisa escéptica de la gente ha visto demasiado cine y el manejo de las reglas del género se ha vuelto trivial de tan extendido, por lo que pareciera ser difícil confiar en la capacidad de crear verdadero miedo. Si el tratamiento reflexivo del terror, en la trilogía Scream de Wes Craven (1996-2000) por ejemplo, se inscribe en una vertiente que termina siendo más bien cómica, en El orfanato vuelve a apostarse por la capacidad del género de escarbar en sus raíces culturales para horrorizar, así como para tratar la psicología del terror.

 

Lo que más destaca en la película, aparte de la sobriedad y la impecable realización, es el personaje de Laura y la selección de Belén Rueda para el papel. Si en Los otros, por ejemplo, es inevitable que Nicole Kidman se asome siempre en Grace Stewart, la protagonista, por ser quien es, Rueda no tiene ese “handicap”. En consecuencia es capaz de desarrollar mucho más el personaje arquetípico que encarna. La mirada no se puede distraerse en el rostro marchito y el cabello descuidado de Rueda como ha de hacerlo en la deslumbrante belleza de Kidman, por lo que el interés se centra más fácilmente en esa extraña madre huérfana de la cinta, que incluso no es una verdadera madre, puesto que su hijo es adoptado. Se plantea así como problema el vínculo psicológico entre Laura y Simón, quien además es un niño enfermo.

 

 
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La entrega es lo que define a Laura como madre arquetípica, y ella se expresa también en el proyecto que la ha llevado a comprar la casa, junto con su marido: crear una residencia para más niños, en este caso con síndrome de Down. La evolución del personaje va de esa caridad superficial a un acercamiento cada vez más profundo a los niños y a su pasado. Una vez que el hijo ha desaparecido por obra de los fantasmas, el puente entre un mundo y otro es el juego, esa actividad que supuestamente hay que dejar atrás para convertirse en adulto. El recorrido de Laura la lleva entonces a alejare paulatinamente de las personas de su edad que le rodean para atender la llamada de los niños fantasmas, a los que logra invocar cuando vuelve a jugar con la misma entrega con que lo hacía en la infancia. “No hay que ver para creer sino creer para ver”, le dice la médium Aurora (Geraldine Chaplin).

 

La cuestión psicológica, luego de plantear el problema de la madre, termina así por refiere fundamentalmente al cine, puesto que la experiencia del espectador consiste también en un dejarse llevar a otro mundo, en un jugar a creer para poder meterse en ella y disfrutarla. Hacer una buena película de terror, desde este punto de vista, consistiría en lograr que el público se entregue a ese juego con la intensidad de un niño, en vez de tratar de deslumbrarlo, más que aterrorizarlo, con efectos, o hacer que mantenga siempre la inteligencia afilada para defenderse del miedo, como en la trilogía Scream.

 

El problema es que El orfanato, como destilado de Hollywood que es, no logra impedir que el espectador se entretenga también en el juego adulto del desenmascaramiento, de hacer la autopsia del Frankenstein que es toda película de terror, en la medida en que es el evidente resultado de la suma de aportes de muchos filmes. Hay cintas en las que eso no sucede, porque la apuesta por el terror psicológico es más decidida, como ocurre en Circuito de Kiyoshi Kurosawa (Cairo, 2001). Por eso la película de Bayona es buena y no magistral.

 

EL ORFANATO

España-México, 2007

 

Dirección: Juan Antonio Bayona. Guión: Sergio G. Sánchez. Producción: Guillermo del Toro, Álvaro Agustín, Joaquín Padro, Mar Targarona. Diseño de producción: Josep Rosell. Fotografía: Oscar Faura. Montaje: Elena Ruiz. Sonido: Oriol Tarrago. Música: Fernando Velásquez. Elenco: Belén Rueda (Laura), Roger Príncep (Simón), Fernando Cayo (Carlos), Mabel Rivera (Pilar), Montserrat Carulla (Benigna), Óscar Casas (Tomás), Edgar Vivar (Balaban), Geraldine Chaplin (Aurora). Duración: 100 minutos. 35 mm, 2,35:1, color, Dolby Digital, DTS. 

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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