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críticas
Una lucha sin
fin
El
cine sobre las guerrillas vuelve a dispararse en América Latina con por
lo menos tres largometrajes de ficción importantes. Postales de
Leningrado de Mariana Rondón (Venezuela, 2007) se inscribe en lo que
se perfila como una vertiente que incluye Las cruces, poblado próximo
de Rafael Rosal (Guatemala, 2006), exhibida en Venezuela por la
Cinemateca Nacional y en el Segundo Festival de Cine Latinoamericano, y
El violín de Francisco Vargas Quevedo (México, 2006), que forma
parte de la muestra del Primer Festival de Cine de los Pueblos del Sur.
Destaca en los tres filmes la diversidad en el abordaje del tema. En
Las cruces se recurrió al homenaje al clásico Los siete samuráis
de Akira Kurosawa (Shichinin no samurai, 1954); en
Postales de Leningrado al relato en primera persona de una niña, que
confronta la Historia con mayúscula con la experiencia de su familia.
El violín es, en este sentido, un filme más directa y
tradicionalmente social y político, aunque su brutal forma de
representar la realidad es también poética. Sus imágenes no sólo buscan
apuntar hacia lo que muestran, con el fin de denunciar injusticias y
crímenes, y hacer ver el porqué de la lucha armada. Además, tienen un
sentido simbólico que trasciende todo eso.
Filmado en un blanco y negro cuasidocumental y dramático, el mundo en
que se desarrolla El violín es también una realidad de contrastes
marcados. Aunque el recurso fotográfico connota, además, cierta
intemporalidad de la historia, los uniformes de los militares que
aparecen en la película indican que se desarrolla en la actualidad. Es,
por tanto, una cinta que pareciera relatar cosas que han sucedido desde
siempre, y que siguen pasando en la actualidad.
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La
primera secuencia pone las cartas sobre la mesa. Un prisionero es
torturado por los soldados mientras otros cautivos contemplan
aterrorizados lo que saben que les va a ocurrir después. Esa crueldad no
es sino el lógico desenlace de lo que la película muestra a todo lo
largo del flash back en que se desarrolla, como una historia circular.
El Ejército irrumpe en un poblado a la búsqueda de guerrilleros,
destruye las viviendas, maltrata y mata a quienes captura mientras que
los que logran huir deben hacerlo dejando atrás sus cosechas y sus
pertenencias. Los campesinos, a su vez, buscan refugio en zonas donde
saben que los guerrilleros pueden defenderlos, reciben clandestinamente
armas en las cantinas, esconden municiones bajo tierra, en un sembradío
de maíz.
Una
secuencia de montaje remata la representación del enfrentamiento como
una oposición que, al menos en lo que al método de lucha respecta, es
simétrica. Planos de los soldados en ejercicios de orden cerrado
alternan con tomas de los guerrilleros en una práctica similar. Se
trata, por tanto, y como quiera que se le mire, de una guerra. El
desequilibrio entre los adversarios se manifestará después, en las
consecuencias que el enfrentamiento tiene para los que siempre han sido
y siguen siendo los más débiles, e incluso en la desigual capacidad de
afrontar el conflicto armado que tiene cada bando.
Forzados a abandonar el pueblo a toda prisa, los campesinos no tienen
tiempo de llevar consigo el parque que les permitiría defenderse. Sin
balas por el momento, lo que les queda es el ingenio para burlar a sus
enemigos. El viejo Plutarco, excelentemente interpretado por el músico
campesino Ángel Tavira, encarna esta astucia. Se vale de ella, primero
para “comprarle” a un hacendado una mula que no piensa pagar, pero cuya
venta es asentada en un papel en blanco. Cualquier término abusivo de
negociación puede ser plasmado allí por el vendedor, pero sobre la base
de la premisa de que realmente ha vendido algo, y en ese detalle triunfa
el campesino. Luego, montado en la bestia y armado de su violín,
Plutarco se propone recorrer el camino hasta el pueblo para, con la
excusa de cuidar el maíz para que no se seque, ir recuperando poco a
poco el parque y llevarlo a sus compañeros, escondido en el estuche del
instrumento. En el camino hay un puesto de control de los soldados, pero
él se los mete en el bolsillo con su música
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La
relación que Plutarco establece principalmente con el capitán (Dagoberto
Gama), al entretenerlo con sus interpretaciones, pareciera tender un
puente hacia un vínculo humano que trasciende las trincheras opuestas en
las que la guerra social perpetua ha colocado a ambos personajes. En el
caso del oficial, la ilusión de fraternidad es alimentada al principio
por el asombro que significa para él que ese viejo campesino, de aspecto
miserable y al que además le falta una mano, sea capaz de tocar
bellamente el instrumento. De ese barrunto de humanización se desprende
también para Plutarco la esperanza de poder hallar solidaridad entre los
soldados, que es alentada porque le deslizan una pistola en una vianda
que le dan para el camino. Además de que también le dan comida de
verdad, le filtran un dato sobre dónde será el próximo ataque contra la
guerrilla.
Pero
cualquier sueño de humanizar el antagonismo mediante la
confraternización con el enemigo es tan vano como los intentos que hace
el capitán de extraer algún sonido melodioso del violín, haciendo
chirriar una y otra vez el arco contra las cuerdas para malestar de sus
compañeros de armas. Incluso la aparente solidaridad termina por
confundirse con un perverso ardid, algo que el filme tiene el tino de no
aclarar. Por ello el círculo no puede sino cerrarse, para culminar en
los hechos inmediatamente previos a la secuencia de inicio. “Se acabó la
música”, sentencia entonces Plutarco. Pero en realidad no termina. Las
historias cantadas que el violinista inculcó a los nietos son repetidas
por ellos, a la vez con rabia y con necesidad de ganar unas monedas. Una
vez más, aunque el pueblo parezca derrotado, puede echar mano del
ingenio y del arte para mantener la resistencia que se traducirá en
otras y otras guerrillas.
En el
contexto actual, además, el cuestionamiento que hay en el filme de la
ilusión de humanizar los conflictos sin resolverlos no deja de encerrar
un pertinente llamado de atención. El discurso legitimador de la
democracia, en los países que han conocido dictaduras y resistencia
armada contra gobiernos elegidos por votación popular, suele hacer
énfasis estratégico en la necesidad del perdón por los crímenes
cometidos en la lucha y la represión, como vía hacia una futura
reconciliación. El violín advierte, con terrible lógica, que
sobre esas bases no podrá alcanzarse jamás la meta de la paz. Primero
hay que resolver los problemas que se traducen en conflictos para que el
diálogo pueda ser entre gente humana, no entre combatientes enemigos en
una interminable guerra social.
EL
VIOLÍN
México, 2005
Dirección y guión:
Francisco Vargas Quevedo. Producción: Francisco Vargas Quevedo,
Ángeles Castro, Hugo Rodríguez. Fotografía: Martín Boege, Oscar
Hijuelos. Montaje: Francisco Vargas, Ricardo Garfias. Sonido:
Enrique Greiner. Música: Armando Rosas, Cuauhtémoc Tavira. Elenco:
Ángel Tavira (Plutarco), Gerardo Taracena (Gerardo), Dagoberto Gama
(capitán), Mario Garibaldi (Lucio), Fermín Martínez (teniente), Silverio
Palacios (Comandante Cayetano), Octavio Castro (Zacarías), Ángeles Cruz
(jefa guerillera), Norma Pablo (jefa guerrillera), Ariel Galván
(Joaquín). Duración: 98 minutos. 35 mm, blanco y negro.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |