08/07
 
 
Guía del cine en Venezuela
 
 

 

 

 

Encuentros fortuitos

Luis Sedgwick Báez

El azar, ese duende inesperado, que se nos aparece sutil o bruscamente en nuestra cotidianeidad, es capaz de jugarnos sorpresas variopintas. Empleo el término azar en tono positivo y conste, que jamás he ganado una locha en los juegos de azar. Tampoco me interesan, tal vez ésa sea la razón.

 

Unos amigos me esperaban a cenar en un restorán chino de la tercera avenida, allá por la calle 60 en Nueva York. Iba subiendo y en la intersección de la calle 54 diviso a  una figura desgarbada, toda de negro, aferrada a su bolsa de papel marrón. Al acercarme veo  que se detiene en el semáforo para cruzar a la acera de enfrente. Yo procedo con  igual movimiento. Al voltearme a verla percibo su famoso perfil y cubierta de un gorro, también negro, hace un rictus con la boca a causa del intenso frío y viento cortante,  enseñando una hilera de dientes inmaculados. Era Greta Garbo. Al darse cuenta que capté quién era permaneció inmóvil. Yo también permanecí igual. Observé qué grandes eran sus pies y sus manos. Después de dos cambios de luz en los semáforos decidió rectificar de rumbo y  la seguí, bajando por la tercera avenida. A cada instante se volteaba para verme y se metió en una farmacia. (Su apartamento no se hallaba lejos, vivía, como todos sabemos, en 450 E.52nd reclusa hasta su muerte). Allí terminó el encuentro fortuito respetando su privacidad, la misma privacidad que añoró cuando abandonó los vericuetos del celuloide.

 

Todos los años, en el Festival de Toronto, Unifrance ofrece un almuerzo a la comitiva francesa. El año pasado coincidí con Charlotte Rampling que presentaba un film y me senté a su lado. Alta, espigada, lánguida, de mirada oblicua por unos párpados que se comían a  las pupilas, y un dejo de dolor celosamente escondido, apenas maquillada, de vestimenta unicolor, franela y pantalón. Hablamos en inglés (su francés es impecable, al haberse casado con un francés, el músico Jean Michel Jarre, con residencia en París y diva adoptada por los directores galos), saludaba a  los que pasaban, con gestos y palabras lacónicas también en francés. Fue un diálogo e intercambio de banalidades pues no era ocasión para entrevistas ni digresiones sobre su carrera artística. Para mí el almuerzo fue ella. Al abandonar el restorán, ella se olvidaría de uno, pero uno no de ella.

El Festival de Montreal tiene la agradable particularidad que todas las salas de proyecciones  se encuentran a poca distancia del centro de operaciones y el crítico consuetudinario como yo emplea el mismo recorrido, como autómata, sin bifurcaciones. Esa tarde, algún duende que deseaba interferir en el trayecto me hizo desviar de la ruta primigenia. “¿Pero por qué voy por aquí?” me decía cuando me topé, en una esquina, a Manoel de Oliveira, el mítico director portugués, ya en sus 90 años avanzados y que venía a Montreal para recibir el Premio de las Américas por su ilustre carrera. (Cuando presentó Valle de Abraham, tal vez su mejor film en Cannes, recibió una ovación de pie durante 20 minutos). Era el momento oportuno para abordarlo y así lo hice sin interferencia alguna. Iba acompañado de su esposa, atenta, callada. Hablamos de Venezuela. Me indicó que su hermano vivió mucho tiempo en Maracay hasta que  regresó a Portugal. Le señalé que había escrito mucho sobre él en varias revistas puntuales y me pidió que le enviara copias pues se estaba construyendo el Museo de Oliveira en Oporto, su ciudad natal. Fue una tarde de brisa suave, luminosa y lúcida, como su presencia. Meses después recibo una carta, y en el sobre una letra como escrita por una hormiga inquieta –su letra– y unas palabras de agradecimiento –a mano– al haber recibido mis comentarios. Aún conservo su carta con fruición y sé exactamente dónde se encuentra.

Cuando se celebró en Caracas la II Cumbre Extraordinaria de la OPEP en el año 2000, fui el encargado de organizar el Festival de Cine Árabo-Islámico con la presencia de films de sus países miembros. Siempre tuve inclinación por los films de Irán, por su cualidad temática y estética y donde el diálogo adquiere tonos metafóricos y críticas subrepticias a lo que desea criticar. Para la inauguración se había escogido El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami , ganador de la Palma de Oro en Cannes, pero la copia no llegó a tiempo y mejor así pues el film era un ejemplo típico de cine de “arte y ensayo” y los espectadores, que en estos eventos se agolpan bajo una onda más liviana y pendientes de la recepción después, no era oportuno sacrificarlos a hora y media de contemplación, meditación, escaso diálogo y poca trama, por lo que escogimos Los niños del paraíso, de Majid Majidi, más asequible a un público no necesariamente cinéfilo y una obra de arte iraní,  además. Todo esto como introito. Al salir del ascensor del hotel en Montreal,  veo a Majid apoltronado en un sofá, solo. Me acerco y sólo atino a decirle “salam aleikum”, no sé farsi y él tampoco sabía inglés por lo que nuestro diálogo fue gestual y a través de dibujitos en un papel. Traté de explicarle que escribiera algunas palabras para la revista Encuadre, de la que fui colaborador durante muchos años ( y por cierto ¿ qué se hizo Encuadre?), que complacido lo hizo. Fue muy expresivo y amable conmigo y tuvo gestos deferentes hacia mi persona y la foto que nos sacamos en ese momento adquiere, con los días, un sabor de nostalgia.

 El 28 de agosto del año 2001, Carlos Hugo Astaraín, un colega argentino que dirige la revista Euromovies, con sede en Madrid, me invitó a tomar un trago en la barra del hotel con Paco Rabal, que venía a Montreal a recibir el Premio de las Américas. Paco se encontraba con su esposa Asunción que le rezongaba  increpándole a que no tomara. “Ya basta, mujer”, le replicaba “ ….a estas alturas!”.  Efectivamente, su rostro demacrado acentuaba los rigores del enfisema que lo estaba carcomiendo. Ella se retiró a la habitación y el encuentro entre los tres estuvo salpicado de anécdotas, chistes y buen vino. De repente, Paco se levantó y se disculpó pues debía de levantarse temprano para tomar el avión de regreso a España. Al día siguiente, leí en la prensa que Paco había muerto en el avión y que el piloto hubo de realizar un aterrizaje forzoso en Burdeos. Cosa extraña, Paco había interpretado a Goya en Goya en Burdeos de Carlos Saura y Goya murió en una suerte de exilio voluntario en Burdeos. La fotografía  de nosotros tres en el bar del hotel en Montreal, que también la conservo, creo que fue la última foto en vida de Paco Rabal. Fue un gran actor, bastan ver sus films.