Encuentros
fortuitos
Luis Sedgwick
Báez
El
azar, ese duende inesperado, que se nos aparece sutil o
bruscamente en nuestra cotidianeidad, es capaz de jugarnos
sorpresas variopintas. Empleo el término azar en tono
positivo y conste, que jamás he ganado una locha en los
juegos de azar. Tampoco me interesan, tal vez ésa sea la
razón.
Unos
amigos me esperaban a cenar en un restorán chino de la
tercera avenida, allá por la calle 60 en Nueva York. Iba
subiendo y en la intersección de la calle 54 diviso a una
figura desgarbada, toda de negro, aferrada a su bolsa de
papel marrón. Al acercarme veo que se detiene en el
semáforo para cruzar a la acera de enfrente. Yo procedo con
igual movimiento. Al voltearme a verla percibo su famoso
perfil y cubierta de un gorro, también negro, hace un rictus
con la boca a causa del intenso frío y viento cortante,
enseñando una hilera de dientes inmaculados. Era Greta
Garbo. Al darse cuenta que capté quién era permaneció
inmóvil. Yo también permanecí igual. Observé qué grandes
eran sus pies y sus manos. Después de dos cambios de luz en
los semáforos decidió rectificar de rumbo y la seguí,
bajando por la tercera avenida. A cada instante se volteaba
para verme y se metió en una farmacia. (Su apartamento no se
hallaba lejos, vivía, como todos sabemos, en 450 E.52nd
reclusa hasta su muerte). Allí terminó el encuentro fortuito
respetando su privacidad, la misma privacidad que añoró
cuando abandonó los vericuetos del celuloide.
Todos los años, en el Festival de Toronto, Unifrance ofrece
un almuerzo a la comitiva francesa. El año pasado coincidí
con Charlotte Rampling que presentaba un film y me senté a
su lado. Alta, espigada, lánguida, de mirada oblicua por
unos párpados que se comían a las pupilas, y un dejo de
dolor celosamente escondido, apenas maquillada, de
vestimenta unicolor, franela y pantalón. Hablamos en inglés
(su francés es impecable, al haberse casado con un francés,
el músico Jean Michel Jarre, con residencia en París y diva
adoptada por los directores galos), saludaba a los que
pasaban, con gestos y palabras lacónicas también en francés.
Fue un diálogo e intercambio de banalidades pues no era
ocasión para entrevistas ni digresiones sobre su carrera
artística. Para mí el almuerzo fue ella. Al abandonar el
restorán, ella se olvidaría de uno, pero uno no de ella.

El Festival de Montreal tiene la
agradable particularidad que todas las salas de
proyecciones se encuentran a poca distancia del centro de
operaciones y el crítico consuetudinario como yo emplea el
mismo recorrido, como autómata, sin bifurcaciones. Esa
tarde, algún duende que deseaba interferir en el trayecto me
hizo desviar de la ruta primigenia. “¿Pero por qué voy por
aquí?” me decía cuando me topé, en una esquina, a Manoel de
Oliveira, el mítico director portugués, ya en sus 90 años
avanzados y que venía a Montreal para recibir el Premio de
las Américas por su ilustre carrera. (Cuando presentó
Valle de Abraham, tal vez su mejor film en Cannes,
recibió una ovación de pie durante 20 minutos). Era el
momento oportuno para abordarlo y así lo hice sin
interferencia alguna. Iba acompañado de su esposa, atenta,
callada. Hablamos de Venezuela. Me indicó que su hermano
vivió mucho tiempo en Maracay hasta que regresó a Portugal.
Le señalé que había escrito mucho sobre él en varias
revistas puntuales y me pidió que le enviara copias pues se
estaba construyendo el Museo de Oliveira en Oporto, su
ciudad natal. Fue una tarde de brisa suave, luminosa y
lúcida, como su presencia. Meses después recibo una carta, y
en el sobre una letra como escrita por una hormiga inquieta
–su letra– y unas palabras de agradecimiento –a mano– al
haber recibido mis comentarios. Aún conservo su carta con
fruición y sé exactamente dónde se encuentra.

Cuando se celebró en Caracas la II Cumbre Extraordinaria de
la OPEP en el año 2000, fui el encargado de organizar el
Festival de Cine Árabo-Islámico con la presencia de films de
sus países miembros. Siempre tuve inclinación por los films
de Irán, por su cualidad temática y estética y donde el
diálogo adquiere tonos metafóricos y críticas subrepticias a
lo que desea criticar. Para la inauguración se había
escogido El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami
, ganador de la Palma de Oro en Cannes, pero la copia no
llegó a tiempo y mejor así pues el film era un ejemplo
típico de cine de “arte y ensayo” y los espectadores, que en
estos eventos se agolpan bajo una onda más liviana y
pendientes de la recepción después, no era oportuno
sacrificarlos a hora y media de contemplación, meditación,
escaso diálogo y poca trama, por lo que escogimos Los
niños del paraíso, de Majid Majidi, más asequible a un
público no necesariamente cinéfilo y una obra de arte iraní,
además. Todo esto como introito. Al salir del ascensor del
hotel en Montreal, veo a Majid apoltronado en un sofá,
solo. Me acerco y sólo atino a decirle “salam aleikum”,
no sé farsi y él tampoco sabía inglés por lo que nuestro
diálogo fue gestual y a través de dibujitos en un papel.
Traté de explicarle que escribiera algunas palabras para la
revista Encuadre, de la que fui colaborador durante
muchos años ( y por cierto ¿ qué se hizo Encuadre?),
que complacido lo hizo. Fue muy expresivo y amable conmigo y
tuvo gestos deferentes hacia mi persona y la foto que nos
sacamos en ese momento adquiere, con los días, un sabor de
nostalgia.

El
28 de agosto del año 2001, Carlos Hugo Astaraín, un colega
argentino que dirige la revista Euromovies, con sede
en Madrid, me invitó a tomar un trago en la barra del hotel
con Paco Rabal, que venía a Montreal a recibir el Premio de
las Américas. Paco se encontraba con su esposa Asunción que
le rezongaba increpándole a que no tomara. “Ya basta,
mujer”, le replicaba “ ….a estas alturas!”. Efectivamente,
su rostro demacrado acentuaba los rigores del enfisema que
lo estaba carcomiendo. Ella se retiró a la habitación y el
encuentro entre los tres estuvo salpicado de anécdotas,
chistes y buen vino. De repente, Paco se levantó y se
disculpó pues debía de levantarse temprano para tomar el
avión de regreso a España. Al día siguiente, leí en la
prensa que Paco había muerto en el avión y que el piloto
hubo de realizar un aterrizaje forzoso en Burdeos. Cosa
extraña, Paco había interpretado a Goya en Goya en
Burdeos de Carlos Saura y Goya murió en una suerte de
exilio voluntario en Burdeos. La fotografía de nosotros
tres en el bar del hotel en Montreal, que también la
conservo, creo que fue la última foto en vida de Paco Rabal.
Fue un gran actor, bastan ver sus films.