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críticas

Incautos
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La supervivencia
de los más pillos
 


 

La mayoría de las personas son más ingenuas de lo que suponen ser, a juzgar por el filme Incautos de Miguel Bardem (2004). “Mira toda esta gente. Todos pagan sus impuestos aunque el estado les tima, y aceptan esa situación”, dice más o menos así el experto estafador Federico (Federico Luppi), aconsejando a Ernesto (Ernesto Alterio), un aprendiz forjado en los trucos callejeros que aspira a ingresar en el selecto círculo del delito de cuello blanco. La principal virtud del filme es el desparpajo con que representa una España de corrupción generalizada que sirve de caldo de cultivo para los fraudes que cometen los protagonistas y en los que se hallan involucrados empresarios, funcionarios del gobierno, la un juez, oficiales de las fuerzas armadas y curas. Las instituciones fundamentales de la sociedad funcionan en el filme como el juego de apuestas de las tres cartas, que se practica a la caza de tontos en cualquier esquina.

 

Narrado en primera persona por Ernesto, que inexplicablemente en una escena pasa de la voice over a dar una explicación ante la cámara, el núcleo de la trama es la explotación de un “mirlo blanco” –un incauto con suficientemente dinero como para poder estafarle lo necesario para retirarse tranquilamente del negocio– por parte del grupo de delincuentes elegantes que lidera Federico. En el hallazgo de la presa interviene quien fuera pareja de Federico, Pilar (Victoria Abril), la inefable femme fatale de toda cinta como esta. La mujer se acerca al experimentado delincuente con la historia de la muerte inminente de su marido, con el que se casó obviamente por dinero, y de cómo sacar provecho de la necesidad que él tiene de relegitimar las ganancias obtenidas en negocios sucios del pasado, en vista de la sustitución de la peseta por el euro como moneda nacional. La operación que se trama con el fin de blanquear otra vez el dinero, y producir un capital adicional para Pilar, es la adquisición de un supuesto terreno que tiene interés en adquirir la Disney, según información suministrada por un funcionario, para venderlo a precio de trasnacional.

 

Los que parecen ser dos empresarios ambiciosos son invitados a unirse a un grupo de “inversionistas” formado para comprar la propiedad, en el cual figuran como socios inicialmente Pilar, Federico y otro viejo estafador, el Manco (Manuel Alexandre), quien hace el papel de juez para darle respetabilidad al asunto. A medida que se desarrolla la operación, las comisiones y los precios van subiendo, y crece también el número de involucrados en el negocio, con la incorporación del funcionario como socio y la participación de un representante de la institución que posee las tierras: la iglesia. Aunque sospechan y titubean ante las complicaciones y el creciente monto de dinero que arriesgan, los “mirlos” también se convencen de que la cantidad de dinero que deben poner crece porque el negocio se va haciendo más y más jugoso, y esa es su perdición. La ambición, filosofa Federico, es la que propicia que los incautos se sumen gustosamente a las estafas, y todo buen estafador no debe aspirar a otra cosa que a vivir con cierto lujo pero también con mesura, porque si no contiene su propia ambición va a pasar de timador a timado.

 

Que nadie logre cumplir con esta máxima de la moral del delincuente es lo que conduce a la historia hacia su desenlace. Cada estafador que participa en el negocio, tiene a su vez sus propias cartas bajo la manga para hacerle una mala jugada a sus socios y apoderarse de la totalidad del cada vez más cuantioso botín. Pero, lamentablemente, el director y el coguionista, Carlos Martín, tampoco parecen haber encontrado la manera de parar a tiempo en el desarrollo del juego del ladrón que roba a ladrón. Si bien hay en él un aspecto interesante desde el punto de vista cinematográfico, puesto que se llega a un punto en que seguir la historia parece requerir no menos credulidad que la que exhiben los “mirlos blancos”, el delicado equilibrio que debe mantenerse para tratar cuestiones como esta se pierde de tan enredadas que resultan las intrigas.

 

El anarquismo elegante que parecía plantear el filme con su representación de las instituciones deviene así en crítica moralista del darwinismo al que conduciría la naturaleza ambiciosa de los individuos, si se la dejara manifestarse sin freno. Lástima. Queda, en cambio, el consuelo del casting, sobre todo de una Victoria Abril como vampiresa cuarentona, capaz a la vez de lucir con dignidad sus arrugas y con orgullo sus piernas.

 

INCAUTOS

España, 2004

 

Dirección: Miguel Bardem. Guión: Miguel Bardem, Carlos Martín. Producción: Francisco Ramos. Fotografía: Thierry Arbogast. Montaje: Iván Aledo. Sonido: Pierre Lorraine. Música: Juan Bardem. Elenco: Ernesto Alterio (Ernesto), Federico Luppi (Federico), Victoria Abril (Pilar), Manco (Manuel Alexandre), Gitano (Alejandro Caseseca). Duración: 110 minutos. 35 mm, 2,35:1, color, Dolby Digital.

  

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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