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críticas
Paranoicos por
naturaleza
Que el mito de los usurpadores de cuerpos haya sido tema de cuatro
filmes, desde la película dirigida por Don Siegel (Invasion of the
Body Snatchers, 1956) hasta Invasores (The Invasión,
2007) de Oliver Hirschbiegel, el director de El hundimiento (Der
Untergang, 2004), da una idea de su importancia en la cultura
estadounidense. El temor se refiere a aquello que constituye el
fundamento del liberalismo: la concepción de la sociedad como unión
voluntaria de individuos libres. Si el cuerpo social estuviera enlazado
por un sentir y pensar uniformes, quizás la sociedad podría existir y
ser más sólida, pero no sería democrática en el sentido liberal de la
palabra. De allí que fascismo y comunismo sean lo mismo desde esta
perspectiva política. Por eso quizás también los poderes establecidos en
ese país sean reacios a aceptar y a representar la participación de las
masas en la vida pública. No pareciera haber mítines multitudinarios en
Estados Unidos, al menos como lo pintan el cine y las noticias, y sin
embargo también ellos han tenido y tienen sus marchas de participación
masiva, como la movilización de 1 millón de hombres hacia Washington,
convocada en 1995 por Louis Farrakhan, el líder de la Nación Islámica,
para estimular a los afroamericanos a registrarse para votar, y a la que
Spike Lee dedicó Get on the Bus (1996).
En la
más reciente entrega de la saga basada en la novela de Jack Finney, el
temor se ha hecho mundial, aunque todo parezca ocurrir por el bien de la
humanidad. Al apoderarse de los cuerpos y las mentes de los terrícolas,
las plantas extraterrestres invasoras logran establecer la paz en todo
el planeta, Medio Oriente incluido, y hasta consiguen que entre Bush y
Chávez se estrechen lazos de amistad. La crítica que en el filme se hace
de esta posibilidad de acabar con las guerras, a través de una comunidad
planetaria del sentir y del pensar, pareciera ser incluso frívola. Al
final, cuando el triunfo del “bien” reestablece la normalidad de los
conflictos sangrientos a los que estamos habituados por las noticias, la
doctora Carol Benell (Nicole Kidman) dice más o menos esto: “No será un
mundo perfecto, pero es un mundo de seres humanos”. Y no es que sea una
defensora del carácter inherentemente conflictivo y cruel de la
naturaleza humana. Para demostrar que no lo es se hace contrastar su
postura liberal con la del embajador ruso (Roger Rees). Bennell es una
multiculturalista pesimista, que acepta la inevitabilidad de los
conflictos pero aboga por corregir los males del individuo, que
eventualmente pueden devenir en daño para los demás, y es su profesión
hacerlo, puesto que es médico psiquiatra. El problema es que, aun con
estos matices, si el precio del dejar ser a los seres humanos tal como
son es un mundo de guerras, aunque no fueran tan crueles como en el
actual, la respuesta no es convincente. El ideal de individuo libre no
puede ser un individuo muerto en el campo de batalla.
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Afortunadamente, en la mitología de los usurpadores de cuerpos hay mucha
más tela que cortar. Podría repararse, por ejemplo, en que la película
de 1956, a pesar de que por el contexto de Guerra Fría pareciera apuntar
hacia la amenaza de una secreta invasión comunista, no deja de señalar
tampoco los peligros de la uniformidad que también se establece con la
expansión de la forma de vida característica de la “sociedad de
consumo”, que tiene su representación emblemática en el acertadamente
llamado American way of life. La cinta de Siegel es la única
donde no hay una representación explícita de la invasión de criaturas de
otro planeta, aunque históricamente cabría esperar que fuera la más
paranoica. La gente comienza a comportarse de manera extraña y ello es
relacionado con los vegetales que copian sus cuerpos y sus recuerdos, y
los instalan en una mente desprovista de emociones. Pero esa plácida
felicidad que defienden con sus palabras y que parece reflejarse también
en sus rostros no pareciera diferir de la que obtienen los individuos a
través del tipo de “realización” que se les ofrece el consumismo, y la
falta de emociones podría relacionarse también con las exigencias de un
medio de competitividad individual.
Que
la gente esté contenta y tranquila, aunque la sociedad tenga problemas,
pareciera ser el punto central de la crítica que se hace en el filme, y
que tiene su momento culminante en la magistral escena en la que el
doctor Miles Bennell intenta detener los automóviles en una carretera
gritando “Auxilio, auxilio, están en peligro”. Si los productores
hubieran dejado que la cinta terminara allí, como era originalmente la
idea, La invasión de los usurpadores de cuerpos se hubiese
convertido en una obra maestra del séptimo arte. Pero ese final no se
hubiese parecido a lo que Hollywood uniformemente impone, y hubiese sido
una denuncia demasiado evidente de cuál es el verdadero problema de la
pérdida de la individualidad.
Sin
embargo, los filmes de la saga de los usurpadores de cuerpos tampoco
dejan de ser críticos en relación con la noción liberal de individuo que
propugnan. Hay en ella una paradoja de la que se nutren las películas:
si toda uniformidad de pensamiento y de conducta entre las personas
fuera inhumana, ¿qué sería aquello común que podría haber en el alma de
todos los hombres y que los hace humanos? La paradoja, por tanto, es
esta: los hombres y mujeres son todos humanos en la medida en no
integran una humanidad uniforme. De esto se desprende que el individuo
liberal sea propenso a la paranoia por la forma como es concebida su
naturaleza: si los demás comienzan a comportarse de la misma manera,
puesto que no es humano hacerlo, un individuo no tendría razones para no
creer que se han confabulado para constituir una amenazadora jauría de
fieras, capaces de recurrir al poder de la numerosidad para destruirlo.
Esta es la razón por la cual los hombres, cuando actúan como masa, son
la pesadilla de la sociedad liberal. En una democracia basada en esta
doctrina, que en sus orígenes no era democrática, toda masa debe
disgregarse en los átomos que la constituyen, es decir, en votos
individuales, para que no parezca una manada de lobos. Esa sería la
explicación del chillido que profieren los cuerpos usurpados a partir de
la segunda versión de Philip Kaufman (Invasión of the Body Snatchers,
1978): el aullido de la bestia de la masa, presta a arremeter contra el
individuo.
El
problema con Invasores es que la película no parece estar a la
altura de la profundidad de la mitología, como tampoco lo estuvo la
versión de 1993, dirigida por Abel Ferrara (Body Snatchers). El
principal aporte pareciera ser la extensión de las consecuencias de la
invasión extraterrestre al ámbito global, pero ya se dijo que eso
deviene en un multiculturalismo pesimista que sería difícil de sostener
por su superficialidad. También se añadió una explicación científica de
los efectos de las esporas invasoras sobre el cuerpo, que no enriquece
sino opaca la dimensión simbólica de la posesión, sobre todo en los dos
primeros filmes, y un uso del flash forward que permite ahondar
en la paranoia de la protagonista, al hacer borrosa la distinción entre
su percepción de la realidad y los hechos que son reales en el mundo de
la ficción. Pero anteriormente se planteó que la paranoia no sería tanto
una cuestión psicológica como algo que se deriva de una concepción
filosófica y política del individuo, de acuerdo con una doctrina. Todo
esto, además, se aglutina en el filme como una colcha de retazos, en la
que se acumula también una selección de los tópicos más representativos
de las películas anteriores –el individuo enloquecido en medio del
tránsito, de la versión de 1956; el grito, de la cinta de 1978; el
recurso de la simulación de la falta de emociones para pasar inadvertido
entre los invasores, introducido en el filme de 1993–, más unos toques
de acción Hollywoodense por completo fuera de lugar –persecuciones,
carros en llamas, etcétera–. La esperanza es que, tal como ha ocurrido
con la saga de los muertos vivientes de George A. Romero, dentro de
alrededor de 10 años se estrene una nueva versión que recupere y renueve
el esplendor de las dos primeras.
INVASORES
The Invasión,
Estados Unidos, 2007
Dirección:
Oliver Hirschbiegel. Guión: Dave Kajganich, basado en la novela
de Jack Finney. Producción: Joel Silver. Diseño de producción:
Jack Fisk. Fotografía: Rainer Klausmann. Montaje: Hans
Funck, Joel Negron. Sonido: Brian O. Watkins. Música: John
Ottman. Elenco: Nicole Kidman (Carol Bennell), Daniel Craig (Ben
Driscoll), Jeremy Northam (Tucker Kaufman), Jackson Bond (Oliver),
Jeffrey Wright (Dr Stephen Galeano), Josef Sommer (Dr Henryk Belicec),
Celia Weston (Ludmila Belicec), Roger Rees (Yorish), Eric Benjamin
(Gene). Duración: 99 minutos. 35 mm, 1.85:1, color, Dolby
Digital, DTS, SDDS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |